24 de febrero de 2010

Los cuchillos curvos

Sí, hay cuchillos curvos. ¿Habéis oído hablar alguna vez de kukris? Pues de ellos se trata.
Hasta no hace mucho tenía un conocimiento meramente literario (como acerca de casi todo...) de los cuchillos. Pero, mi maestro, de cuyos libros ya he hablado en otras bonitas páginas, además de ser un gran escritor, un excelente coordinador de taller y una bonísima persona es también un cuchillero de ley. Gracias a él he conocido un poquito más del fabuloso mundo de los cuchillos y si bien aún no he ingresado en él, no puedo dejar de admirarme ante muchas de sus proezas (como cortar en ángulo de cuarenta y cinco grados una soga colgante o cortar, también a cuarenta y cinco grados perfecto una frágil botella de plástico) como así tampoco es posible dejar de admirarse ante su soberbia belleza. En el caso de los cuchillos curvos, esta belleza se acentúa mucho más, en mi opinión. Y si no, no hay más que ver algunas de las siguientes fotos, que extraje de aquí




Pero en realidad fue este cuchillo el que me trajo hasta aquí: 



Si observan bien notarán que su mango está empedrado de piedras preciosas y que esa delgada línea azul son, sí, no se equivocan, zafiros. Este cuchillo, llamado "Nesmuk", es, aunque no lo parezca, un cuchillo de cocina y cuesta nada más y nada menos que 12.000 euros. Está bien, no pensaba comprarlo, ¡me conformaré con admirarlo!
Pero tanta cuchillería no hace sino que vuelva, desde luego, a las fuentes literarias. Hay un precioso cuento de Borges (uno nada "complicado" ni "difícil" -hago la aclaración porque me re-pudre que ante la sola mención de Borges la unánime respuesta sea "no lo entiendo", "es muy complicado", etc. -y de paso los invito al taller que un amigo va a estar dando el próximo mes de marzo tratando de combatir justamente esta imagen estereotipada y completamente falsa de Borges), en el que un niño después de ser raptado por el malón, si no recuerdo mal, vuelve a la casa de sus padres y se dirige, derecho y sin vacilación hacia la campana del fogón donde una vez, hacía ya muchos años, había escondido su cuchillo, que, por supuesto, aún estaba ahí.
¿Qué cosas habremos escondido nosotros y aún no sabemos ni qué son ni dónde están?

22 de febrero de 2010

La tabla curva

Una vez más, gracias a las alertas de Google, acabo de enterarme que existe una tabla periódica de los elementos curvada. Sí, señor, "con todos los lantánidos y actínidos" (chiste simpsoniano) y las tierras raras (nunca supe por qué eran "raras") y los gases nobles (idem) y los metales pesados. Aún recuerdo la emoción de recorrer la tabla periódica convencional y encontrarme con ese festival de musicalidad palabreril (ya ven, he sido poeta desde muy pequeña): ahí estaban el estaño, el bismuto, el antimonio, el nitrógeno, el kurchatovio (les juro que existe un elemento llamado así, búsquenlo), el cromo, el zinc, el estroncio, el telurio (!!!), el bario, el berilio, el magnesio, el infernal azufre... Y todos rodeados de, para mí, extraños e indescifrables números (su peso atómico, si no recuerdo mal; su cantidad de moléculas o algo así) y con sus nombres abreviados... Ag = plata; Cl = cloro; H = hidrógeno... Algo todavía recuerdo.
Es que cuando era chica yo soñaba con ser bioquímica. Pues sí. Mientras otras niñitas soñaban con casarse y tener muchos niños, yo, la eterna rebelde, soñaba con trabajar en un laboratorio (incluso ya había decidido en cuál: en el laboratorio de YPF que se encuentra antes de llegar al Cruce Varela), rodeada de tubos de ensayos, mecheros Bunsen, erlenmeyers (¡creo que lo soñaba sólo por el sonido y la desusada longitud de esta palabra!), retortas y matraces... Soñaba con hacer algún descubrimiento trascendental o simplemente con investigar, comparar datos, extraer conclusiones mediante complicados y complejísimos experimentos.
Mi sueño se vio fortalecido por un regalo de los "reyes magos", a los diez u once años, no recuerdo ya. Los benévolos reyes, en pos de mi insistencia con querer ser "bioquímica" (y nótese que incluso ya había elegido, con toda determinación y precocidad, la especialidad que iba a seguir en mi carrera científica), me regalaron un juego de química. Así se llamaba, sí, señores. Consistía en dos tubos de ensayo "de verdad" (o sea, de vidrio), un pequeño mechero que funcionaba con alcohol, un implemento de metal para mezclar los diversos compuestos y... ¡maravilla de maravillas...! Un montón de tubitos de plástico con sustancias químicas dentro...! Las sustancias eran de diversos colores (recuerdo que el permanganato de potasio o algo similar era... ¡violeta! Mi all-time favourite colour!) y estaban debidamente rotuladas... ¡igual que en un laboratorio de verdad! Acompañaba todo esto una suerte de manual de experimentos donde se explicaba cómo combinar las sustancias y qué efectos se podía esperar. También explicaba, recuerdo, cómo conseguir "negro de humo". En ningún lado decía, eso sí, que esa sustancia violeta manchaba la ropa de forma absolutamente indeleble.
Pero mi sueño bioquímico no prosperó. Mi ya mencionada negación con la matemática impidió que una carrera de ese estilo fuera una opción viable para mí. Cuando al fin tuve Química en el colegio comprendí que no estaba hecha para eso: tan sólo me fascinaban los nombres (nunca comprendí, tampoco, cuál era la diferencia entre "química", "merceología" y "estequiometría", por ejemplo) y el hecho de combinar sustancias y ver qué ocurría, pero jamás pude desenredar ni la más sencilla de sus fórmulas ni aprender los rudimentos más básicos de esa ciencia. Sin embargo, la musicalidad de esos nombres me ha seguido acompañando y ahora celebro haber encontrado esta belleza de tabla periódica que aquí les comparto, vía Google alerts, vía Wikipedia: 


21 de febrero de 2010

La curva del tiempo

Hace exactamente un mes que he posteado aquí por última vez. Se suponía que este año iba a retomar la sana costumbre de postear a diario aquí. Se suponía que el viernes no iba a llover (no importa qué dijera el santísimo Servicio Meteorológico Nacional), se suponía que el sábado iba a estar lindo y me iba a juntar con las chicas, que después iba a ir al teatro, se suponía que... Ya ven, en apenas dos días se suponían tantas cosas que no es de extrañar que mi buen propósito de postear nuevamente a diario se desbarrancara completamente una vez más. Pero no. Dije por algún lado que la misión del poeta, si alguna tiene o tuviere, es insistir, como procuro hacerlo patente en este poema que me han publicado aquí y aquí
Así pues, insisto. Insisto con las curvas. Y pronto insistiré con un nuevo blog, ¡oh, sí! ¿Acaso creían que me iba a quedar quieta...? Imposible. Ya les contaré de qué se trata. A decir verdad quiero retomar los posteos en todos mis sucuchitos, pero eso parece aún un deseo harto complicado. No es sólo el tiempo el tirano, también lo es el freakin' inconsciente y el huidizo deseo y... pero con eso ya basta. Se entiende lo que quiero decir, creo: uno tiene el deseo de hacer algo, procura hacerlo, se entusiasma, pone gran empeño y después... pifffff, el globo del deseo se pincha, uno se desanima, se encuentran cada vez más rápidamente más excusas para dejar de lado eso que tanta alegría nos brindó y una vez más nos ha ganado el desaliento, la desconfianza y el temor. Feos cucos esos: desaliento, desconfianza, temor. Hay que huir de ellos. Y una forma es perseverando, insistiendo con aquello que uno quería hacer. Es así que planeo (pero cuánto temo que no podré llevarlo a cabo, que seguramente encontraré cómo zafar de esto una vez más) retomar todos mis rinconcitos virtuales abandonados por mi pereza y mi desidia (¡feos cucos esos también!) y ver si de ese modo las musas también retornan a mí (porque andan lejos, muy lejos...). 
Entonces. Curvas. La curva del tiempo. Ha pasado un mes, dije, desde que posteé por última vez aquí. Parece que hubiera sido hace un siglo ya. ¿Y qué cambió entremedio para percibirlo de ese modo? ¿Es sólo porque volví a trabajar, porque las rutinas usuales volvieron a instalarse? Quizás. Pero quizás también sea algo más profundo. Este año (que es el año del Tigre, es decir, MI año) parezco estar especialmente reacia a caer en las rutinas consabidas. Son pocas las rutinas de antaño que quiero conservar y son muchas las que quiero instaurar de modo tal que no parezcan rutinas si no más bien rituales de celebración y encuentro. Ando en búsqueda de nuevos horizontes, en todos los sentidos. Supongo que el aire (y la experiencia) salteños tiene mucho que ver con esto. 
Pero hablabámos del tiempo. Del tiempo que pasa y deja su huella. O del tiempo que puede ser tan diferentemente percibido, incluso para la misma persona. Pero también, como en el caso del link que les comparto a continuación de lo distinto que puede ser el tiempo, como bien lo plantea el autor del posteo, para el que va en ese tren amarillo y verde, para el paseante que iba por allí distraído y para quien tomó la fotografía. ¿Es posible pensar que ninguno de los tres tiene las mismas referencias del momento evocado por la foto? ¿Cómo conjugar esas tres experiencias tan disímiles? Sí, ya sé, qué hago acá escribiendo todo esto en vez de dedicarme a la filosofía, ¿no? (y no vayan a creer, alguna vez consideré estudiar Filosofía, sí, señor...). 
No se pierdan la foto y los comentarios, están muy buenos. Pueden verlos aquí.

(Plegaria para cerrar este posteo: Quiera el deseo -y mi inconsciente, que siempre va un paso adelante- que volver a postear diariamente en Curvas sea una de esas bellas rutinas-rituales que quiero conservar a lo largo de este 2010-año del Tigre...).

21 de enero de 2010

Salta, la linda (con muchas curvas y desvíos...)

Y bien, queridos leyentes, he vuelto de mi aventura salteña. 
He vuelto maravillada, encantada, enamorada. "Llena de revelaciones", como me dijo hace un rato mi amigo Leo Mercado (una vez más les sugiero vivamente que visiten su blog, aquí). He vuelto hechizada por los paisajes, por la ciudad, por la gente, por la energía que desprenden esos maravillosos cerros, esas imponentes montañas. Desde la ventana de mi hotel, podía ver el cerro San Bernardo en su totalidad (ver foto debajo). Pero desde cualquier punto en el que uno se hallase siempre había un cerro en el horizonte. Acostumbrada a la planicie bonaerense no dejaba de sorprenderme cada vez que miraba allende los límites de la pequeña y acogedora ciudad, rodeada en su totalidad por montañas, al encontrarse en el fondo de un valle (el valle de Lerma). 
Un valle. Hasta la palabra es hermosa, poéticamente sonora, breve, sincopada. Sí, por cierto que quisiera vivir en un valle, rodeada de montañas y verde, olvidada para siempre del caos porteño, del caos platense y transformada para siempre también por el tiempo de Salta. Porque quiero vivir en "tiempo de Salta" a lo largo de todo este año, hasta que pueda volver. Porque voy a volver. Lo sabía antes de irme y ahora ya estoy segura: el amor -o algo muy parecido e igual de lindo- se asomó por allí y ya tengo tres razones tres para volver a Salta, la linda: 


1) volver a ver a mi amigo Leo y compartir nuevamente largas charlas en un bar, en "Farito" (donde venden las mejores empanadas salteñas!), en el dique Campo Alegre (ver debajo foto) o en cualquier otro lugar que se presente; 


2) visitar Cachi, ya que sólo visité Cafayate (ver fotos debajo también) y un montón de ciudades más (y no, no fui a Humahuaca, no fui a Tilcara, no fui a Iruya, no fui a las salinas...); 


3) volver a ver a un salteñito que me robó el corazón regalándome una rosa y dándome los besos más lindos que me dieron en mucho mucho tiempo...


Así que ya ven, razones para volver, me sobran. Claro que aquí también hay razones para quedarse, pero parecen tan débiles e insustanciales que si no fuera por estrictas razones materiales (léase $$$) ¡me volvería ya mismo para allá!
Estaba segura de que iba a ser un viaje de descubrimiento interior y así fue. No tuve ni treinta segundos de malestar mientras estuve en Salta, no hubo nada, pero nada, que me incomodara o me hiciera sentir mal o me produjera el menor sobresalto. Todo belleza, todo paz, todo calma y tranquilidad: pude notar enseguida el desacelere mental y corporal y así quiero seguir en lo que resta de 2010. 
Ya vendrán los proyectos, las escrituras, las novedades, los ciclos de poesía, los poemas, las novelas, los cuentos. Ahora, ¡a seguir disfrutando de las vacaciones! Y, si ustedes pueden regalarse a sí mismos un viaje como éste (no es necesario irse a 1600 kilométros de Buenos Aires, eso sí), les aseguro que nunca se arrepentirán de emprender una aventura como ésta. Los dejo con algunas fotos (saqué cientos, que pronto subiré a Facebook, por ahora les dejo las más impactantes aquí): 





Salta, de noche (vista de la catedral)





Vista del cerro San Bernardo, desde la ventana de mi hotel





Camino a Cafayate, El Anfiteatro





La Caldera, dique Campo Alegre





Salta de noche, vista desde el cerro San Bernardo

12 de enero de 2010

200 entradas, antes de partir

Celebro la entrada número 200 de este blog presentándoles mi nuevo chiche (ver más abajo) y anunciándoles mi inminente partida hacia tierras norteñas... No, no me voy a la patria de Bart Simpson y Frank Zappa (aunque alguna vez me gustaría...) sino que me voy a pasar mis más que merecidas vacaciones, ja ja, al Norte de nuestro país, más exactamente a Salta, donde mi amigo personal Leo Mercado me está esperando con asado y vinitos varios, según me ha comentado. 
Después de una odisea digna de figurar en el libro de la Gran Burocracia Argentina pude al fin conseguir mi primera cámara digital. No era la que yo pensaba comprarme en un primer momento, tampoco la que estuve a un trís de comprarme en un segundo momento sino que fue amor a primera vista y crédito Garbarino mediante que logré hacerme con ella. Ya desde lo estético (¡observése el color...!) era evidente que era la cámara para mí. Y, tal como me habían dicho mis amigos fotográfos, era de una marca de cámaras de fotos y no de otros ochocientos artículos electrónicos más... Así que aunque el precio estuviera salado, decidí comprarla igual. Hela aquí: 



Hasta ahora he hecho algunas tomas de prueba, pero nada digno de ser expuesto aún. Tengo la experanza de que Salta me regale fotos increíbles que disparen a su vez poemas (no sé si increíbles pero poemas al menos...!) y que evoquen momentos, seguramente, inolvidables
¡Nos vemos a la vuelta!

8 de enero de 2010

¡Al fin!



¡Sí! ¡Al fin! Desde hace algunas horas que yo, Analía Verónica Pinto, me he declarado en ¡¡¡VACACIONES!!! Y a diferencia del año pasado, no pienso dejar de postear aquí sino todo lo contrario. Aunque es posible que mientras esté de viaje (pronto se enterarán hacia dónde me voy) no me vean el pelo por acá, pero mi idea es seguir posteando a lo largo de todo el verano (y luego de todo el año) para no perder ritmo y retomar también mis otros blogs abandonados o dejados a medio camino... Por no mencionar los nuevos en los que ya estoy pensando...
Pero dejemos eso ahí... ¡Ha llegado el merecido descanso, el bienvenido ocio, el reparador dolce far niente! Fue un año trajinado, por momentos duro, por momentos desesperante, por momentos maravilloso. Pero fue un año de mucho trabajo y realmente ¡no veía la hora de que llegara este momento! ¡Y al fin llegó!
Por hoy no los incordio más. Como ayer y antes de ayer escribí bastante, creo que tienen para entretenerse con los desvíos por los que se suele evadir mi curvilínea mente. 
Que tengan un fin de semana inolvidable!!!

7 de enero de 2010

Y usted, ¿cómo empezó el año?


Yo empecé el año ordenando la biblioteca. Posiblemente este sea un posteo más adecuado para Fauna, pero dejémoslo correr aquí, ya que no hablaré ni reseñaré ningún libro, sino que hablaré de la experiencia de ordenar una biblioteca. "Ordenar", bueno, en fin, qué presunción la de ciertos verbos, ¿verdad? En puridad, no se ordena nada: se asigna una cierta ubicación a ciertos objetos que, en breve tiempo, muy breve, se desordenarán y volverán a rodar por donde ellos quieran. Se asigna un criterio de ordenación que, nuevamente en puridad, puede ser cualquier otro porque ¿quién me impide ordenar los libros por color, si así lo quisiera? Nadie. Y aunque jamás haría tal cosa, no siempre he ordenado la biblioteca tal como ahora. 
Antes, cuando con dos estantes de un escritorio era suficiente para albergarla toda, usaba el criterio "orden de adquisición". Era lo más práctico y expedito. Sencillamente usted va poniendo un libro detrás de otro, según su fecha de adquisición. Y listo. Eso sí, siempre y cuando tenga el cuidado de anotar algo en apariencia tan trivial como la fecha en que se compra un libro. Pero para mí no tiene nada de trivial, porque cada vez que agarro un libro mío y veo la fecha recuerdo exactamente qué momento de mi vida era ese (¿estaba en el secundario? ¿ya estaba en la facultad? ¿estaba con él? ¿era la primera separación? ¿la segunda? ¿era el momento en el que nos reencontramos? ¿fue después de la debacle? ¿antes?) y en ocasiones recuerdo también qué me llevó a comprar ese libro en ese momento y qué otras cosas acontecían en mi vida y en el mundo también. 
Pero la fecha de adquisición es un criterio que sólo sirve para unas pocas decenas de libros. Cuando se empiezan a acumular centenas y no ya decenas, en mi opinión no queda otra opción que el orden alfábetico. Pero cuando ya se acumulan tantas centenas que se transforman en miles, entonces la amenaza del caos está siempre allí, acechando, y hay que apelar a otras tácticas. En mi caso, a una mixtura de criterios, que podríamos denominar el criterio "genérico-alfabético", complementado con el criterio de origen. Así, para mí la poesía va siempre primero y aparte de todos los demás libros. Por otra parte, el criterio de origen refiere a qué literatura pertenecen los susodichos libros. Se podría hilar muy fino y tener tantas literaturas como seres humanos tiene el mundo pero yo, para simplificar, escogí dividir mi biblioteca en cuatro grandes grupos: literatura argentina, literatura española, literatura latinoamericana y literatura universal. De los cuatro, el sector latinoamericano ocupa apenas dos estantes, contra los doce o trece de literatura universal, los siete de española y los ya perdí la cuenta cuántos de literatura argentina. 
Entonces, dijimos, la poesía primero. Después, dependerá del grupo en cuestión: puede haber más o menos crítica literaria, algunas antologías específicas, el resto seguramente será todo mayormente narrativa (también se podría separar el teatro). Pero a medida que voy escribiendo esto me doy cuenta de que la cosa no es tan así. Aquí mismo, donde tengo la PC, hay, por supuesto, estantes. ¿Y qué hay en esos estantes? Veamos: enciclopedias y diccionarios de toda clase (incluido el que redacté y corregí); libros de gramática castellana y otros textos de lingüística (ahhh, dónde quedaron mis ganas de convertirme en la nueva Chomsky...); libros de crítica literaria de variada especie (léase un Vladimir Propp junto con un Umberto Eco junto con Pierre Bourdieu junto con un Alfonso Reyes); una guía de viaje sobre Europa (ahhh, qué ganas que tenía de irme a Europa en un momento... ¿dónde habrán quedado?); una enciclopedia (desarmada) de literatura argentina (pero, momento, ¿qué hace aquí? ¿No debería estar en el sector de literatura argentina? Hum...); un hermosísimo libro sobre la película "Moulin Rouge", que viene con una sobrecubierta de raso amarillo bordada con canutillos rojos formando el famoso molino de marras; algunos libros fotocopiados (¡oh, sí, sacrílega de mí!); una historia de la literatura publicada en 1902 (con seguridad, el libro más antiguo de toda mi biblioteca); un "almanaque de lo insólito"... ¿Qué criterio impera aquí entonces?
Pero eso no es todo. En mi mesa de trabajo, hay más libros. ¿Y qué tenemos allí? Todos los libros tallerísticos de mi maestro, Marcelo di Marco, junto con el libro de Stephen King Mientras escribo y el maravilloso Qué es ser un escritor de Abelardo Castillo; también se encuentran El camino del artista y El camino del artista en acción, el primero uno de los libros que más me ayudado en toda mi existencia; Cómo se escribe un poema, en sus dos versiones (poetas en lengua inglesa y poetas en lengua castellana y portuguesa); Cómo se escribe un diario; otros libros sobre poesía; otros libros curiosos e inclasificables... De nuevo, ¿qué criterio he aplicado allí? Vaya uno a saber. ¿Libros que quiero/necesito tener cerca? Tal vez.
Pero volviendo a la primera gran clasificación, dentro de cada grupo hay subdivisiones, por así decirlo. Todavía no he terminado de ordenar tooooodaaaaa la biblioteca: falta el grupo más controversial, el de la literatura argentina. ¿Por qué digo "controversial"? Porque ese sector creció en forma desmesurada a partir del 2006, momento en el que empecé a trabajar en el bendito diccionario. Con esa formidable excusa, entonces, compré auténticas carradas, paletadas, paladas de libros que, de un modo u otro, sirvieran para tamaña empresa y así aparecen cosas inimaginables como los Estudios histórico-literarios de Juan María Gutiérrez, las biografías de Arlt, Mujica Lainez, Martínez Estrada, Lucio V. Mansilla, Alejandra Pizarnik y un gran etcétera; la Breve historia de la literatura argentina de Martín Prieto, comprada ni bien salió a la venta; toneladas y toneladas de poesía, a las que se agregan todos los libros de poesía que me regalaron el año pasado sus propios autores; ediciones raras o extrañas de viejos clásicos; las Páginas de Lord Kendal; el Manual de la lengua pampa del coronel Federico Barbará; libros sobre Rosas y Sarmiento; libros de historia; antologías de las más variadas especies y calañas... Todo esto sin contar los estantes ya superpoblados de poesía, crítica y narrativa que existían pre-diccionario (y que nos salvaron las papas en más de una ocasión). 
Como Borges dijera, ordenar una biblioteca es como ordenar un universo y cualquiera sea el orden que establezcamos, rápidamente quedan en claro dos cosas: 1) cualquier orden que se aplique es absolutamente arbitrario y azaroso; 2) establecer ese orden, por simple y nimio que parezca, exige complicadas elucubraciones acerca de sus ventajas y desventajas frente a otros posibles ordenamientos de la materia. Lo que nos lleva a pensar qué complicado debe ser Dios y decidir qué cosa crear y cuál descartar. O más modestamente, nos ilumina acerca de nuestra tarea como artistas: encontrar lo que está de más, saber cuándo hay materia de menos, embellecer sólo hasta alcanzar el punto justo y no más. Saber diagnosticar, como dice mi maestro. Saber discernir, más aún: cuándo parar. 


Addenda: mi teoría de los criterios de ordenación se viene abajo estrepitosamente cuando me doy cuenta de que además de todo lo que enuncié existe un por ahora inexistente estante que albergaría mi colección de literatura erótica junto con otro igualmente inexistente por el momento (hasta que encuentre dónde ubicarlos) con los libros de filosofía y algo que vagamente podríamos denominar "antropología" o "psicobiología" o algo así (donde se incluyen libros como El zoo humano o una Historia de la locura). Sin contar tampoco las dos pequeñas columnatas de libros de romani y de aqueos que sostienen uno de los estantes que siempre amenaza con venirse abajo. Como por ahora los libros en latín y las tragedias griegas no los frecuento, me parecieron los ideales para oficiar de pilares. Después de todo, Grecia y Roma son la cuna de la ¿sabiduría? occidental, ¿no? 


Segunda addenda: Peor aún, ahora me doy cuenta de que también hay un sector no oficialmente reconocido aún con libros de humor (como, por ejemplo, Cómo ser una idische mame de Dan Greenburg o Dónde están los hombres de Serena Gray) que se complementa con algunos libros de astrología, uno de Maitena, otros de simil cómic y un par de cosas más "por el estilo"... pero sabrá Dios qué estilo es ese... Algún día les hablaré de mi colección de revistas de historietas también. ¿Forman o no parte de la biblioteca? Hum... en qué berenjenal me metí, mejor ¿lo dejamos ahí?

6 de enero de 2010

Las imágenes de la curvilínea

Finalmente, he decidido hacerles caso a mis dos amigos fotógrafos (ella y él) y dedicarme, si no profesionalmente, al menos seriamente a la fotografía. Como es repetido testigo este blog (y, desde luego, este) la fotografía y yo no somos extranjeras. De hecho, siempre me gustó sacar fotos. Y, cosa curiosa, otra cuestión interesante para anotar acerca del 2009 es que ha sido el año en el que más fotos me han sacado, ever. Creo que ni cuando era chica fui objeto de tantos flashes y teleobjetivos. No sé bien a qué se debió esto. O, mejor dicho, sí. 
En mi familia, tanto de un lado como de otro, siempre se usó mucho sacar fotos y guardar imágenes varias como recuerdo. Pero, como también he dicho por algún lado, mi familia un día se rompió y ya no hubo momentos Kodak que inmortalizar. No había habido tampoco muchos antes, pero después de eso fueron aún menos. Las pocas fotos que hay, entonces, de mi adolescencia y juventud existieron gracias a la cámara de mi hace ya diez años (¡oh, tanto tiempo ha pasado, tanta agua bajo el puente, tanto lodo por la espalda!) ex mejor amiga. Y ni siquiera las tengo escaneadas. He prometido escanearlas alguna vez para que todos vean mi orgulloso pasado metalero, pero no será hoy el día. Luego, aparecieron algunas fotos más. De la facultad,  de mi nueva mejor amiga. Del casamiento donde firmé como testigo (la única vez que un registro civil tuvo -¿tendrá?- mi firma). Luego, nada. Hasta el 2009, reitero. Si pasan por mi perfil de Facebook y revisan todas las fotos en las que estoy etiquetada, verán que llegan al centenar. ¡Yo, etiquetada en un centenar de fotos! ¡Yo, que me creía nada fotogénica, que siempre estaba acomplejada por mis caras o mi sonrisa o mi pelo o vaya Dios a saber qué, que tan tremendo pavor me daba antes salir en una foto...! Fue precisamente en el 2009 que descubrí la gran falacia que se escondía detrás de ese horrible (y tonto) cuco: no era cierto que no fuera fotogénica y no tenía nada de qué avergonzarme, tal como todas mis caras sonrientes y payasas (en el buen sentido) así lo atestiguan. 
Y confieso que me sorprendí la primera vez que descubrí que salían tan bien las fotos. Es decir, lo que me sorprendió no fue la calidad fotográfica de las imágenes sino lo radiante que yo salía (¡que yo salgo!). ¿De dónde venía esa risa diafána y sin complejos? ¿Cómo podía ser? ¿Acaso no era yo la poeta atormentada, el alma en pena, la supliciada pizarnikiana incapaz de esbozar ni una sonrisa irónica siquiera? ¿Dónde estaba la de la triste figura? ¿Quién era esta mujer que me sonreía con mi propia cara, rodeada de un montón de gente igualmente feliz y descontracturada? ¿Qué pasó allí?
Y allí pasó lo que tenía que pasar tarde o temprano. La metalera y su costado gothic-dark quedó en el pasado, la pizarnikiana decidió abrazar estros poéticos más sustanciosos y nutritivos, el aura de negrura desapareció por completo. La tipa creció, en definitiva. Y se animó a sonreír, a pesar de los tropiezos y los estropicios varios cometidos por su corazón. Se animó a posar para las fotos, pero paradójicamente ese posar era mucho más verdadero y auténtico que las anteriores poses de "qué tragedia es mi pobre vida", "qué sufrimiento tengo", "cuánto falta para la hora final" y "qué bien que escribo cuando agarro mi maquinita pizarnikiana y escribo poesía desde el hoyo". Hacer morisquetas, reír a mandíbula batiente, no estar pendiente de las voces del Censor y del Crítico internos dieron por resultado todas esas fotos en las que se me ve, ¡oh, sí, dilo de una vez!, feliz. Y tengo que aclarar: feliz sin él (ya saben quién es él). 
Bueno, mi idea para este posteo era otra, pero como he dicho más de una vez, la escritura es así, uno quería un perro violeta y le sale un ornitorrinco púrpura (o al revés), así que dejo las imágenes que iba a postear para otro momento, y declaro entonces que estoy a punto de comprarme mi primera cámara digital, desde luego no profesional, pero sí lo más completa y copada que pueda. Y una vez que la tenga... ¡agarrénse! Voy a llenar todo de fotos! 
Ahora los dejo con algunas curvas que capturé con mi telefonito:





Cúpula interior del edificio donde funciona la SEA (estación de trenes de Once)








 La horrible pero bella flor de acero en la avenida Figueroa Alcorta







Interior del anfiteatro de la Manzana de las Luces

5 de enero de 2010

¿Dejaron los zapatitos?


Todavía conmocionada por la desaparición física de Sandro, igualmente quería venir y dejar una pequeña reflexión acerca de la noche de hoy. 
Es la noche en que todos, grandes y chicos, deberíamos dejar nuestros zapatos en un rincón escogido de la casa ya que vendrán los Reyes Magos. ¡Y no hay que olvidarse del agua y el pasto para los camellos...! Comentando jocosamente  esto mismo en el trabajo, nos dimos cuenta de que la tradición no indica que se les deje nada a los pobres reyes... ¿Es que ellos no vienen también cansados del fugaz y fantasmágorico desierto? ¿Es que no van a tener hambre o sed por ser reyes o por ser magos u sabihondos hombres de ciencia y misterio? ¿Por qué no dejamos nada para ellos, ya que estamos? Un pequeño refrigerio, alguna bebida espumante, por qué no, o el pedacito de budín o pan dulce que sobró de las fiestas pasadas aunque sea... ¡Justicia para los Reyes Magos! ¡Ellos también merecen su porción! ¿O acaso vamos a creer que se alimentan del oro, la mirra y el incienso que le trajeron al Niño Jesús? No, señor... ¡eran hombres como cualesquiera otros...! 
Pero nunca dejo de pensar en la ternura que implicaba el gesto de dejar el balde con agua y un poco de pasto a un costado de los zapatos, junto con la carta que declaraba puntillosamente no sólo lo bien que me había portado el año anterior sino lo que deseaba que los susodichos reyes me trajeran. ¡Con qué afán, denuedo y cuidado seleccionaba el mejor pasto para esos imaginarios e improbables camellos que vendrían, seguramente, volando por los cielos! (¿Quién dijo que los camellos no vuelan? Nos engañan con esas cómicas jorobas...). ¡Con qué preocupación juntaba el agua en el mejor balde de la casa para esos igualmente maravillosos e improbabilísimos camellos! Y lo mejor de todo: ¡con qué ilusión me iba a dormir esa noche! Y todo porque estaba absolutamente convencida de que al día siguiente el balde iba a estar vacío, del pasto iban a quedar apenas una o dos briznas y los zapatos iban a estar rebosantes de regalos, regalos que ya no importaba si concordaban con los de la carta o no...! No sé si alguna vez volví a estar tan segura y convencida de algo en toda mi vida.
Lo cierto es que, en momentos como los actuales, me encantaría recuperar tan siquiera una pizca de esa seguridad, esa bravura incontestable de la inocencia plena. 

4 de enero de 2010

Como a la misma felicidad

Uno de mis tantos propósitos (no declarados) para el 2010 era volver a los posteos diarios (o lo más daily posible) en Curvas y Desvíos. Pero, sinceramente, no me gusta para nada tener que retomar esta sana costumbre en un día como hoy. Pero, bis, ¿de qué otra cosa hablar? 
Se murió Sandro. No hay nada más que decir. O sí, pero no parece tener demasiada importancia. ¿Qué podría decir que ya no se haya dicho sobre el Gitano? Y sí, es hora de que lo sepan: a pesar de mi pasado metalero (del cual estoy más que orgullosa) y de mi locura infinita por Frank Zappa (de la que estoy más orgullosa aún, si cabe), Sandro es uno de mis músicos favoritos. Lo escucho desde chica y desde chica también lo amo. Creo que si alguna vez hubiera ido a verlo a un recital, cosa que no he hecho y ahora me arrepiento, sin ninguna duda yo hubiera sido una de las tantas que le revoleaban las bombachas o el corpiño al escenario, como una gráfica muestra no sólo de amor y fanatismo sino de la terrible -inquietante, magnética, descontrolada- sensualidad que emanaba todo su ser.
Está bien: hace ya tiempo que estaba hecho pelota y que restaba muy poco de esa aura animal, salvaje, rebosante de feromonas y vaya uno a saber qué otros neurotrasmisores capaces de disparar las fantasías más arrebatadas en las entrepiernas de todas sus "nenas" (¡ay, Loli, qué hacemos ahora con tu cuento!). Ya no era el mismo, de acuerdo. Pero un cachito de esa animalidad subsistía aún en su mirada, en su voz, en su forma de cantar... 
Recién estaba mirando un video, que les dejo más abajo, y pensaba: ¡qué hombre más lindo, qué hombre más hermoso...! El típico morocho argentino, de rasgos fuertes pero suaves a la vez, de piel tirante, de pelo en pecho...! ¿Queda algún macho -¡no hay palabra que lo describa mejor!- de esos todavía? ¿Hay alguno dando vueltas por ahí? ¿Un morocho recio, cantor, de gesto adusto y voz dulce...? En fin, por si no quedó claro: amo a Sandro y lo amé siempre, y me apenó mucho saber hoy que se había muerto.
Pero los artistas no mueren. Sólo se evapora su sustancia física, pero queda lo único que de veras importa, su obra. Quedan todas sus canciones, queda su voz grabada a fuego en miles de discos, casettes, cds y corazones. Quedan sus imágenes, sus palabras, sus pensamientos. Queda su incontenible humor. Queda viva por siempre esa aura tan magnífica, ese destello felino en la mirada, esa boca terrible, sensual y peligrosa, y quedan, a Dios gracias, las maravillosas letras de sus canciones, producto de su amigo y productor Oscar Anderle. Las letras de las canciones de Sandro son auténticos poemas, jamás tuve una sola duda al respecto. Si alguien la tiene, preste mucha atención a las sutiles, imaginativas y poderosas metáforas con que se alude al pubis femenino (y más aún, al vello púbico) en "Trigal", el video que les dejo para recordar a un grande, al más grande, a Sandro de América: 





31 de diciembre de 2009

Japi niu iar

Así que aquí estamos: es el último día del 2009, al menos en esta parte del mundo. He decidido esperar el nuevo año escribiendo. En silencio y escribiendo. En los últimos días escuché por todas partes "qué año de mierda", "ojalá que se termine pronto", "la verdad que fue un año díficil" y otras tantas frases por el estilo. En mi caso, soy más optimista. Fue un buen año. No fue el mejor pero, definitivamente, no fue nada malo. Incluso fue mejor que el 2008 y se pasó mucho más rápido, signo claro de que las cosas me fueron bastante bien. 
Sé que en lo externo hay desastres por todos lados, pero hoy me interesa detenerme en lo interno. Ya hay demasiada gente que se ocupa de transmitir las catástrofes nacionales y mundiales con una tenacidad envidiable. Yo quiero ocuparme de mi circunstancia, aunque parezca egoísta, antisocial o sencillamente autorreferencial. Qué se le va a hacer. La escritura o es autorreferencial o no es nada, y si no te gusta, andá a cantarle a Freud (o a Galán, es más o menos lo mismo). 
Fue un buen año, decía. Hubo logros laborales que estaban en el horizonte pero que dependían de tantas cosas ajenas a mi desempeño que no se podía confiar demasiado en ellos, y sin embargo se dieron. Hubo logros personales que sí dependían completamente de mí y que fueron tomados como desafíos a vencer -y fueron vencidos. Hay, desde luego, cantidad de asignaturas pendientes, cantidad de issues por resolver, cantidad de zonas oscuras que el análisis, el arte y la escritura aún no iluminaron... No importa. Lo que importa es que hubo avances, avances que ahora yo misma noto. Antes no lo notaba. Bueno, no notaba casi nada...
Fue un buen año incluso en lo amoroso, aunque mi objetivo dorado (conocer a alguien maravilloso, enamorarme de nuevo y tener una relación fabulosa) aún no lo haya alcanzado. Fue un buen año a pesar de algunos cachetazos, de varias decepciones y de la terrible sensación de estar conformándome con menos cuando podría, con todo derecho, aspirar a más. ¿Qué sucede ahí, eh? Ah, no pinchéis, no metáis vuestro dedito mugriento en esa llaga, que duele... Yo sé que duele pero tal vez deba doler aún más para cicatrizar al fin. El hombre maravilloso, fabuloso, fantástico quizás llegará. Pero es más probable que llegue primero el hombre posible, si me atrevo a aceptarlo al fin. Pero ¿me atreveré? Puede ser uno de los desafíos de cara al 2010.
Fue un buen año incluso cuando escribí bastante menos de lo que deseaba. Este y todos mis demás blogs pueden desmentir esto a los ojos de los profanos, pero a los ojos de los obsesivos-compulsivos-fanáticos como una servidora no. No escribí todo lo que yo quería escribir, mucho menos corregí todo lo que yo quería corregir. La poesía estuvo remisa, aunque certera (es la impresión que me llevo tras la lectura de este poema en el primer Eros Aires). Los cuentos anduvieron ahí nomás. La novela quedó una vez más trunca. Pero las críticas teatrales salieron siempre en tiempo y forma, y hasta junio de este año mantuve un ritmo más que aceptable de reseñas bibliográficas. ¿Las retomaré el año próximo? No lo he decidido aún.
Y fue un buen año también porque descubrí la maravilla del arte correo. Esa forma de expresión plástica, totalmente liberadora y enriquecedora, no sólo me abrió las puertas a una forma totalmente impensada, para mí, de expresión, sino que me llevó a conocer un grupo de gente muy copada y estimulante, con quienes espero seguir en contacto gracias a esta maravillosa excusa del "mail art". 
Y el 2009 me trajo también un viaje impensado (mi aventura de un día por Azul) y numerosísimos encuentros literarios y poéticos, entre los que destaco "Reunión de Voces", siempre de la mano de las divinas de Pretextos, y "Padua es una Rosa", lugar donde conocí gente muy especial ahora para mí. Todo esto sin contar la maravillosa experiencia que ha sido conducir el ciclo "Bendita Erato" a lo largo de todos estos meses, un ciclo que me colmó de alegrías y momentos inolvidables. 

Y, por si todo esto fuera poco, este ha sido el año en el que se instauró la hermosa costumbre de salir a almorzar con las chiquis, costumbre que ha incluido también salidas nocturnas, otros encuentros y toda clase de "aguantes" femeninos que, ahora me doy cuenta, me hacían mucha falta y nunca podré terminar de agradecer y celebrar como es debido. 
En suma: no me puedo quejar. Ni remotamente podría hacerlo. Todo lo que no logré o no se dio es simplemente porque no hice lo que debía hacer o porque no estoy preparada aún para ello. Todo lo que venga de aquí en más será producto, como lo fue cada cosa de este año, de esas pequeñas semillitas que fui sembrando no en el exterior sino en lo profundo de mí: creyendo, pensando, analizando, procurando cambiar (¡perdón por la terrible sucesión de gerundios...!), poniendo todo lo que hacía falta, asustándome mucho también. 
Y bien: toda esta palabrería desarticulada no es más que un intento de reafirmar lo que dije en la Nochebuena pasada. Que hay que creer. En lo que sea. Pero, mayormente, en uno mismo. Yo estoy en eso. Espero que ustedes también. 
Y ahora sí, que se venga el 2010 y que traiga lo que tenga que traer!!! 
Luz, amor y poesía para todos!!!

24 de diciembre de 2009

Creencias


¡Qué rápido se pasó este año...! Increíblemente, ya es Nochebuena. ¿Y qué demonios hago acá, os preguntáreis con toda razón? Sucede que ya cené, sucede que las celebraciones familiares de horas y horas y platos y platos de duración son cosa del pasado. No me molesta, siempre he sido bastante antisocial, bastante antipática, bastante anti-todo o casi todo. Lo señalo, simplemente, porque sé que contraviene las "normas" que esta sociedad considera apropiadas para estos días de celebración natal. En el pasado, había una larga mesa llena de primos, tíos, primitos, abuelos, tíos abuelos y otros parentescos similares todos hablando al mismo tiempo y saboreando las delicias que mi abuela, sola, desde hora muy temprana, había estado preparando: los pollos a la manteca, la ensalada rusa, la ensalada de frutas después, en la que yo tenía colaboración privilegiada. Y al día siguiente, al mediodía del 25 de diciembre se almorzaba ravioles de seso y verdura, aunque hiciera 35 grados a la sombra, y nadie se quejaba ni estaba a dieta ni hacía rancho aparte (ni siquiera yo). 
Ubi sunt todas esas cosas? En el pasado, como he dicho. Mi abuela falleció hace ya mucho, algunos de esos tíos también, mis primos tomaron distintos rumbos, otros están, desde hace ya bastante, en España... Y yo sigo acá, en la misma casa, ¿ocupando el mismo lugar? No lo sé. A estas alturas y en momentos como éstos me pregunto -al menos desde hace un par de años- si no tendría que haber formado mi propia familia ya, si no sería hora de tener esas interminables discusiones acerca de con quién pasamos las fiestas, si los tuyos o los míos, si hago matambre o vittel toné, si llevo budín marmolado o con chips de chocolate (¡odio el pan dulce!), si compro Mantecol y corro el riesgo de ganarme una hermosa patada al hígado como de costumbre... 
Si no sería hora, me pregunto, de transformarme sigilosamente en Mamá Noel y descubrir la forma de dejar los regalos en el arbolito (pero ya ni arbolito tengo) sin que los "peques" se den cuenta... Porque, la verdad, yo nunca me daba cuenta. Era una pavota de trece o catorce años cuando "supe" que ni Papá Noel ni los Reyes Magos existían y que eran -perdonen niños que estén leyendo esto- los padres (terrible decepción). Para mí nunca fueron los padres. Para mí existían. Y existían porque me sentaba con muchos días de anticipación para escribir, con letra desprolija y temblorosa, la cartita a Papá Noel (ahora entiendo por qué siempre había un grande vigilando atentamente esta acción: para ir sabiendo a qué atenerse y ver si era posible comprar aquello que uno solicitaba con tan hermoso desparpajo: una Barbie de las que se doblan las rodillas, mucha ropita para la Barbie, una bicicleta, un monopatín, una motito eléctrica, un auto a control remoto...). Existían porque cada 5 de enero salía corriendo a buscar mucho pasto para los camellos -tan cansados venían, ¡pobrecitos!, venían de tan lejos...- de los Reyes Magos y preparaba también un gran balde de agua porque seguramente venían con mucha sed -¡vienen desde el desierto, imagínense!- y existían porque al día siguiente, no importara a qué hora me levantara, el pasto no estaba, el agua del balde tampoco y los zapatos estaban llenos de regalos. ¿Cómo podría jamás nadie convencerme de que, efectivamente, no existían? Imposible. 
En el fondo de mi ser yo sigo creyendo que existen porque aún recuerdo la emoción, el asombro, la maravilla absoluta que fue la mañana en que los Reyes Magos me habían traído exactamente lo que yo les había pedido: ¡la Pelopincho! Ahí estaba, la caja de cartón que la contenía y que decía "Pelopincho" por todas partes, dando fe de aquel milagro. Y no contentos con eso, los Reyes Magos habían regado todo de caramelos, ¿para que yo tuviera el verano más dulce? ¿Para que siempre tuviera la vida más dulce? (qué lástima que ese buen deseo no siempre fue posible). ¿Quién puede derribar el muro de creencia que un simple truco paterno suscita en la mente de un niño? ¿Quién puede llevarse ese trofeo? Nadie. Nadie pudo aún, aunque lo han intentado mucho y muchos, quebrantar mi credulidad, mi ingenuidad, mi terrible inocencia.
Así que hoy, en esta Nochebuena del 2009, les deseo que nadie pueda quebrantar la suya. Porque nada se iguala a creer. Ya sea en Dios, en Papá Noel o los Reyes Magos. Crean. Deseen y crean, y nadie podrá derribarlos jamás. 

2 de diciembre de 2009

Otra vez la música me dispara reflexiones desviadas...

Está tan lejos que casi no puedo creerlo. Pero está tan lejos como quiero que esté. Y no quiero que se acerque ni un milímetro. Antes, sin embargo, hubiera dado cualquier cosa, hasta un brazo, por tenerlo unos centímetros más cerca, mejor dicho, porque volviera. Que volviera era el máximo anhelo hasta no hace mucho. Que se produjera ese bendito llamado telefónico, que se concretara el demorado reencuentro, que al fin mis ojos volvieran a verlo y a admirarlo y a sucumbir como cada vez... Que de nuevo se reiniciara la larga marcha, que el exquisito martirio volviera a coronar mis días, que de nuevo yo fuera la vestal, la supliciada, la suplicante, la sumisa y devota amante que a su (propio) hechizo se rinde, la que a nada se niega, la que a todo se entrega con ferocidad digna de mejor causa...
Pero no sirvió. El llamado telefónico se produjo, el reencuentro aconteció y los ojos volvieron a quedar prendados en su maldición eterna pero no sirvió. Quedó todo tan lejos que, insisto, casi no puedo creerlo. Ya no sé quién es ese que me provocaba torrentes de ardiente lava ante la sola mención de su nombre mundano. Ya no sé quién es ni me importa. Ha desaparecido. Murió el ídolo dentro mío y no queda ya sino una solitaria lápida, desgastada por el agua de numerosas y grises lluvias. "De lo que había ya no hay más...", es cierto. No hay nada. Con excepción de una cosa. Su música.
Su música, su obra, lo único que en verdad perdura. Su arte. Su particular manera de empuñar una guitarra, de arrancarle sonidos extraños, distintos, infrecuentes. Sus melodías y sus ritmos entrecortados, disonantes, diferentes. Sus modos. Sus entonaciones. Eso que sólo él sabe producir y que siempre me hacía decir que era "él" y no cualquier otro cristiano. Todo lo que lo hacía tan distinto al resto, tan único, tan maravilloso, permanece intacto allí, en la sonoridad evanescente de su música. Es lo único que ha quedado. Y está bien. No hace falta más. Todo lo demás ha sido sepultado y no vale la pena exhumarlo. Hasta ha abandonado mi poesía, tan lejos, reitero, está.
Y ahora temo, como si de un fatal sino se tratara, que haberlo recordado en este post salido out of nowhere (salido en realidad de haber escuchado atenta e impensadamente uno de sus solos de guitarra) oficie de invocación y reaparezca para decirme algunas de las estupideces que yo tanto amaba que me dijera, y todo recomience, en un eterno loop...

Los dejo con uno de mis temas favoritos de Zappa, que siempre me lo recuerda por razones que ya caducaron...



17 de noviembre de 2009

Language is a virus (and music too)

Sigue por aquí este aire crepuscular, melanco, antiguo, desgastado, un río yéndose a la deriva, una hoja desprendida de vaya a saber qué arbol, ya amarilla, ya caduca, pero aún crujiente y viva. Sigue este perturbador estado de cansancio y agotamiento físico y mental extremo que combate, sin embargo, con las ganas de hacer mil cosas a la vez (y hacerlas todas bien). No son sólo los libros los que pueden transportarme a este particular y encantador (por lo decadente) zeitgeist, sino también la música.
"De ahora en adelante / la música vendrá a azotarme / será el látigo que nunca nadie usó", escribí en un poemario que aún no ha sido dado a la luz. Pero su significación era otra. Se refería, ciertamente, a determinada música, a la música compuesta y ejecutada por determinado músico, que juzgo innecesario nombrar a esta altura de las circunstancias. Me refería a su música, claro está (claro está para mí, vaya usted a saber qué interpretará el público lector o los esmerados filológos a la vuelta de las eras a partir de esa música que vendrá a "azotarme").
Es otra la música que viene a instilarme su porfía y su deja-vu en estos días. Todos tenemos pecados musicales inconfesables. Los míos no son muy escandalosos (bueno, depende cómo se lo mire), pero orgullosamente puedo decir que Ricardo Arjona me parece, cuando menos, vomitivo, el más expeditivo y seguro de los laxantes. Lo mismo me sucede con todo un rango similar de "cantautores latinos" con los que otras mujeres sencillamente mueren mientras se humedecen sus bombachas. Con la llamada "música nacional" me sucede algo similar: la mayoría de las bandas pasadas y actuales me parecen horribles, aburridas, previsibles, con las honrosas excepciones de Divididos (obvio), Babasónicos y alguna otra que ya ni siquiera existe, como Los Brujos. Pero una banda del pasado que para mí siempre vuelve y que vuelve a traerme una época que quedó muy, pero muy muy, atrás es Virus.
Ahora que puedo escuchar música en mi trabajo, para el forzado beneplácito de mis compañeros (mejor no hablemos del gusto musical de algunos de los sujetos que trabaja allí dentro...), en lugar de llevar música de mi propia colección, cosa que los espantaría sin remedio y me confinaría al mayor de los ostracismos (sinceramente, díganme, quién se bancaría todo un disco de guitar craft, por ejemplo, sin mencionar, claro está, no todo un disco sino ocho horas seguidas de Frank Zappa...) opté por revisar sus máquinas (¡oh benditas carpetas compartidas!) y ver qué encontraba allí. Luego de llevarme muchas sorpresas agradables (como discos de Primus y Liquid Tension Experiment que no tenía) me encontré también con un hermoso disco de Virus, el famoso doble en vivo que en estos días vengo haciendo sonar contra viento y marea...
Hay algo mágico en esa banda. Mejor dicho: había algo mágico en Federico Mouras y murió con él, sin duda. Pero escuchar a Virus me lleva a mi más tierna infancia. Cuando Mouras falleció yo apenas tenía doce años pero ya hacía bastante que venía escuchándolo. Que veníamos escuchándolo, debo ser sincera, porque el disco era de mi mejor amiga de aquel entonces. Ella se había comprado el casette (¡qué antigualla!) de "Locura", un disco perfecto de principio a fin, mágico, insisto, con esos arreglos de teclados hiper-ochentosos, con esas letras sensuales y poéticas, con la dúctil voz de Federico seguramente en su mejor momento... una gloria de disco es. Y lo escuchábamos en interminables tardes en su casa, en uno de esos horrendos e infaltables grabadores con radio, sin equalización alguna y por alguna razón incomprensible nos encantaba. Digo "razón incomprensible" porque ahora, a la vuelta de las eras, vuelvo a escuchar esas letras y me percato de que trataban cuestiones que atañen, principalmente, a quienes están nel mezzo dil camin di nostra vita, o sea, a los treintañeros, o sea yo hic et nunc. ¿Qué podía comprender yo entonces de obsesiones amorosas, de pieles sensuales y perfumadas, de estar atrapada por quien te va a atrapar, de ser tan feliz que la dicha invade mi felicidad, de querer estar todo el tiempo enamorado, de esas noches llenas de calor, llenas de ansiedad, de los caramelos de miel entre tus manos y de otras tantas -ahora- clarísimas referencias sexuales? Por no hablar de una canción como "Sin disfraz", una abierta declaración de homosexualidad. ¿Qué era lo que llamaba tanto mi atención? ¿Entendía algo? ¿No entendía nada y me fascinaba igual?
Luego, durante años enteros, no volví a escuchar esas canciones. Pero, hace un par de años, cuando en una visita a Zivals encontré el CD de "Locura" en oferta y volví a escucharlas, todas vinieron a mí como si nunca se hubieran ido, como si siempre me hubieran estado acompañando, y más las escucho y más las comprendo y menos entiendo, entonces, qué me podía gustar tanto a esa "tierna edad". Así, escuchar a Virus ahora me lleva de vuelta a esa niña extrovertida y charlatana que yo era (algo pasó luego con ella, todavía estoy tratando de averiguar qué, que la volvió exactamente todo lo contrario) y me lleva también a otro lugar, impensado, imaginario, ¿inexistente?, a interminables noches de verano en un jardín rezumante y perfumado, con ricos licores a la mano y con un hombre escandalosamente sensual y atractivo aún más a mano... Que es, aprovecho a decirlo, mi ya no tan secreto deseo para el verano que, lento, sinuoso, tranquilo, se va acercando.
Aquí, otra de mis canciones favoritas, de una poesía exquisita ("un remolino mezcla los besos y la ausencia / imágenes paganas / se desnudan ensueños..."):

15 de noviembre de 2009

El museo de la soledad

Es esa época del año donde el cansancio se siente más que nunca. Donde la promesa de las vacaciones, el sol y el tiempo libre es prácticamente lo único que nos (me) permite levantar la cabeza de la almohada cada mañana. Es ese momento en el que nos decimos, sorprendidos, ¿ya estamos en noviembre? Y con igual asombro ya vemos asomar los horrendos arreglos y ofertas navideñas en los negocios céntricos. Ya está. El año ya se termina. Se va. Uno más. ¿Y qué nos dejó? Dejo esa respuesta para el momento del balance, que es, por supuesto, diciembre.
Pero algo que recuperé con creces este año fue la lectura. Volví a mis mejores épocas de devoradora de libros. No compré tantos como solía comprar antaño por la sencilla razón de que ya no tengo lugar donde ponerlos (es decir, se apilan en cimbreantes columnas en una mesa unos; otros van a parar arriba de los que milagrosamente aún conservan su lugar en los anaqueles), pero sí leí pilas y pilas aprovechando las horas de viaje diarias que tengo en el tren. Leer mucho es lo mejor que un escritor puede hacer. Por contacto, por ósmosis, por admiración las estructuras, las formas y todo aquello que hace a nuestra actividad se van metiendo en el inconsciente, instilando sus benéficas acciones, y afloran en los momentos indicados, es decir, al momento de fabular y luego corregir.
Posiblemente este posteo debió haber ido a parar a Fauna Abisal pero como no quiero hacer un análisis sino simplemente compartir unos fragmentos he decidido colocarlo aquí. Poco sé de este autor, más bien nada, sólo que es español, que se llama Carlos Castán y que su libro de cuentos Museo de la Soledad es hermoso. Me acompañó durante esta última semana con maravillosos cuentos de belleza otoñal, crepuscular, antigua y moderna a la vez. Perfectamente bien escritos, con buenas tramas pero, sobre todo, con pasajes llenos de verdades y sentencias tan duras y tan hermosas como diamantes, que son los que quiero compartir en este domingo nublado, apto para arrebujarse en las siempre cálidas páginas de un libro:

"Un hombre y una mujer se aman, ese hombre y esa mujer se dicen adiós para siempre y mientras tanto no dejan de sucederse las guerras y las estaciones y siguen saliendo los periódicos y el sol y los barcos y a nadie le importan todos los que tras ventanas anónimas lloran cada noche boca abajo tumbados en la cama, los que confunden su alma con esa ausencia que crece, como una amarga nube de nada, llenándoles el pecho."

"Había saltado al ruedo de improviso, al territorio donde se cruzan por el aire las amenazas a gritos y la furia del deseo, las palabras de amor y los insultos, me sentía empapado de todo ese peligro, sucio y vivo y canalla, a pecho descubierto. Ya nunca más volvería a estar a salvo: era un guerrero traidor, pero hermoso, con la cabellera suelta contra todos los vientos."

"Ser solitario, piensa, es habitar más que nadie la memoria y el deseo y, en cambio, haber desaparecido hace tiempo de los recuerdos y las ganas de los demás; mucho más que la soledad física, lo que duele es ese estar ausente de todas las conciencias, no vivir en cerebro ajeno, saber que no aparece tu nombre escrito en ninguna agenda."

"Lo que a uno va a cambiarle la vida puede estar acechando detrás de la siguiente esquina en forma de dulce perfume, sombra filosa o música que se descuelga sin avisar hasta el centro de nuestras entrañas; pero también puede suceder que durmiera durante años entre las páginas de un libro que nunca antes habíamos abierto, y que un día el azar pone ante nuestras narices envuelto en papel de regalo, con toda esa inocencia, junto a una tarta de cumpleaños."

"Como todo el mundo, diseñó un ser que encarnara una idea, a imagen y semejanza de su deseo. En el amor, si bien miramos, sólo nuestras propias creaciones nos deslumbran."

"La ausencia tiene un peso. No sé si puede haber un lastre más pesado que la ausencia."

"Por lo general, la gente borra de su memoria lo desagradable, todo lo que le araña o arañaría, desde dentro, y compone la película de su vida a base de fragmentos favorables, instantes atrapados al vuelo para ser colocados en un álbum imaginario con su nombre en la cubierta de terciopelo, que en realidad no es otra cosa que un hatajo de sucias mentiras."

"Nunca una confidencia, ni una mirada especial, de esas que se nos quedan unos minutos dentro como una música que parece que nunca va a terminar del todo de abandonar el aire, ni una palabra sentida."

"Yo me preguntaba qué clase de cosas podría haber expuesto un hombre así en las vitrinas de una sala que llevara el nombre de "Museo de la Soledad". Y, por encima de todo, no podía evitar preguntarme qué habría puesto yo en su lugar. Más que objetos, se me venían a la mente historias y música, esos discos que ponemos los días de lluvia al principio del otoño para que nos ayuden a leer los latidos amargos que nos llaman a veces desde el pecho, y también imágenes como un velero perdido en el centro del mar, una tienda de campaña agitándose bajo una tormenta de nieve en el Polo Norte, o un niño en el patio de recreo con el que nadie quiere jugar y, sentado en el suelo, hace garabatos en el tierra con el mango de un polo de peseta."

"En mi opinión, un Museo de la Soledad tendría que ser más bien una colección de historias, un racimo de relatos que dejaran un regusto al licor a granel y a la ceniza fría de tantas noches como quedaron atrás, vacías y heladoras en la memoria."

"(...) uno de esos besos largos como túneles infinitos repletos de esa húmedad oscuridad de fresas y de música y de sangre que gira y que se enreda (...)"

"La memoria va tejiendo pegajosas trampas y, en el momento más inesperado, la identidad se quiebra como una copa de cristal."

"Y también hay recuerdos que no quieren irse, dolores que regresan siempre, fantasmas carniceros. Digamos que eso es así, que no existe la manera de arrancarse el peso de ciertas derrotas. Pero, no sé, en los recodos de algunos caminos puede aguardar el Séptimo de Caballería y tener ojos verdes, por ejemplo, y una mirada en la que poder ser otro. Quizá no sólo fieras acechan en la niebla."

Carlos Castán, Museo de la Soledad. Espasa, Madrid, 2000. 

19 de octubre de 2009

Fechas

Ayer fue el día de la madre y hoy me toca contestar un cuestionario en el que se me pregunta, por sí o por no, si tuve embarazos (y cuántos), si tuve partos, si tuve cesáreas y, pregunta crucial, si tengo hijos. ¿Qué responder? Sólo hay lugar para el sí o para el no. Términos medios nunca contemplan estos cuestionarios, que ni siquiera tienen un precavido "no sabe/no contesta" como en las encuestas. Lo cierto es que no sé qué poner. 
Porque ha llegado la hora de que declare mi doble orfandad. Hoy estoy en un día típico de mi personalidad Anita la huerfanita, así que es el momento ideal para expulsar esto fuera. Entiéndase ex-pulsar en su sentido etimológico, como un tirar hacia adelante algo que nos molesta para poder seguir un trecho más sin ese peso. Doble orfandad, dije. Dije bien. No sólo murió mi madre cuando yo era muy pequeña sino que hace ya diez años perdí un embarazo. Un embarazo gemelar. Un embarazo del que sólo me quedaron unas pocas estrías en los pechos y unas caderas fabulosas. Un embarazo del que me vuelven flashes, a veces. Porque llegué a tener mi panza prominente, llegué hasta el punto en que me cedían (¡qué placer!) el asiento en el colectivo con sólo verme, llegué a comprar unas batitas, llegué a sentirlos patear y moverse dentro mío. Pero nada más. Nada más, porque mi útero se dio por vencido. Acostumbrado a las ligerezas y las liviandades de los poemas no pudo con dos robustos niñitos y pidió tregua al quinto mes. Horacio y Cristian, como los bautizamos, sólo sobrevivieron una hora fuera de él. 
Entonces. Entonces qué respondo en el cuestionario. ¿Tuvo embarazos? Sí. ¿Cuántos? Uno. Pero doble, ¿eh? Porque yo hago todo así, a lo grande, je. Partos. Sí, uno. Y qué dolor, mamita. Pero no el parto en sí, chicas, no se asusten. Las contracciones. Ay, mamita, dónde estabas en esos momentos, nunca pudiste decirme lo que iba a sentir, nadie pudo, nadie podrá. Pero yo hoy quiero contarles. En mi ingenuidad creía que dolía la panza. Minga. Duele la parte baja de la espalda, es un dolor rarísimo, similar al que a veces nos puede atacar en el síndrome pre-menstrual, sólo que unas dos mil veces más fuerte. Sigamos. Cesáreas. No, fue parto natural, mire ud. qué cosa. Y doble, vuelvo a insistir, quiero que quede bien claro. Entonces... Hijos. Sí. No. ¿Sí? ¿No? ¿Qué se responde? ¿Qué tengo que responder yo? ¿Fue mi día ayer? No. ¿O sí?  ¿Se es madre por parir o por criar? ¿O por el mero hecho de engendrar y portar? No lo sé. Dudo. Hoy no tengo respuestas (bueno, casi nunca las tengo, gracias a Dios). Sólo preguntas incómodas como las de este cuestionario, a las que cabría aún agregar otras que me guardo sólo porque esto era lo que quería ex-pulsar de mí hoy para exorcizarlo, para volverlo algo más amable, menos ominoso, literatura, bah, esa vieja conocida.





Imagen: Thomas Rücker.

14 de octubre de 2009

Regreso con imágenes curvas

Ando ausente de aquí aunque no quiera estarlo. Sucede que aún no encontré la fórmula para hacer las doscientas mil millones de cosas que quiero hacer en el mismo día (o por lo menos en la misma semana). Tampoco encontré la fórmula para dominar mi curiosidad, que siempre me lleva de aquí para allá, de allá para aquí y de acá a acullá. No puedo. 
Debe ser porque pertenezco a un signo de aire, y como una ráfaga, hoy paso por este lugar pero no es seguro que la misma ráfaga vuelva a pasar por el mismo lugar mañana o pasado. Pero, como mi ascendente es un signo de tierra, a veces (muchas veces) sucede el milagro de que la ráfaga vuelva una y otra vez al mismo lugar y así pude sostener, no sin altibajos, este y los demás blogs. Ahora la tierra se ha definitivamente volatilizado y el aire danza a su antojo. ¿Es porque el tonto de mi corazón comprendió al fin lo inútil de su empresa -pero no son todas las empresas del corazón maravillosamente inútiles? No lo sé. ¿O es porque he decidido ser una "multiartista" -con perdón del término y lo rídiculo que suena- y expandir mis horizontes hacia otras artes? Quizás. 
Cada vez me siento más privilegiada en un mundo y en unos momentos donde los privilegios son cosa cada vez más rara. Me han otorgado muchos dones y me parece una pena desperdiciarlos o dejarlos que se atrofien por no usarlos. He sido bendecida con el don de la escritura, el que he abrazado desde los quince años y sigo abrazándolo con el mismo fervor que entonces (ya han pasado veinte años... auch!). Pero también he sido bendecida con el don de la imagen ya que, si bien no sé dibujar -quizá sólo cuestión de ir a un taller y ver qué pasa...-, ya van dos fotográfos profesionales que me dicen que debería considerar seriamente dedicarme a la fotografía. Una rama del arte que, sencillamente, me fascina y me ha fascinado siempre. 
Y desde que pude lograr la amalgama entre poesía e imagen todavía más, como da cuenta este rinconcito, también un poquito abandonado, pero al que prometo volver próximamente. Así que hoy, que he decidido al menos aparecer con un posteo solitario, luego de comprobar que pese a la poca o nula actividad del blog se suman nuevos seguidores día tras día, les traigo algunas imágenes que tomé el lunes pasado en un campo de las afueras de La Plata, donde solemos reunirnos con mis compañeros de trabajo a asadear como se debe (y también a celebrar a Baco como se debe). He aquí las calas de Arana, con sus maravillosas y delicadas curvas (y otras imágenes conexas): 

















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