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18 de junio de 2010

Juira invierno (o la desfavorable curva climática actual)

Como ya saben (y si no les cuento) odio el invierno. Desde ayer que he comenzado a sentir las rigurosidades del frío con una pertinacia que me desagrada en extremo. Acaso porque no supe elegir mi guardarropas adecuadamente (¿por coquetería femenina?) o porque no supe calcular mejor la temperatura externa (entre las tantas cosas que soy, meteórologa no se cuenta entre ellas) tuve que aguantarme la fresca y refunfuñar embravecida cada vez que el viento osaba recordarme que sí, que ya llega, que ya empieza el fuckin' invierno.
Pero probemos un nuevo antídoto esta vez. En vez de refunfuñar, cosa que hago muy seguido, escribamos. Hagamos arte. O algo que se le acerque bastante. O mejor, que se le acerque mucho. Que casi no se note la diferencia entre "escrito terapéutico" y "escrito artístico" (en mi caso suelen ser lo mismo, pero no siempre...). Quizás una foto pueda ayudarnos. Estaba mirando fotos de mi amigo, confesor y padre espiritual, señor Daniel Medina, y la foto que aquí les comparto me envió, sin escalas, a una escena de película. 



Una de Humphrey Bogart, claro, en riguroso blanco y negro, con hombres trajeados y mujeres de cintura de avispa (ay, quién pudiera). Nueva York, la ciudad de los ocho millones de historias, se agita por detrás de esa hipotética ventana que no vemos pero intuímos en los chorros de luz que atraviesan las aspas del ventilador. Nueva York, Hell's Kitchen, un verano abrasador, imposible, inaguantable. Pero. Pero tenemos la dicha de estar en una fresca habitación de hotel, con este ventilador despeinándonos apenas mientras siesteamos que da gusto. El mismo sopor nos obliga a la horizontalidad más profunda, nos insta a apagar todos los motores y dejarnos arrullar por el monocorde sonido de las aspas que giran y giran... ¿Quién nos acompaña? Nos acompaña quien nosotros querramos, que para algo estamos soñando y soñando en grande. A mí me acompaña un morocho parecido a Georges Corraface, un poco más alto (me gustan altos) y un poco más grandote (me gustan grandotes, anoten), que apenas se tapa con una de esas hospitalarias sábanas blancas... Seguramente duerme boca abajo y deja al descubierto una espalda que más tarde llenaré de besos y caricias, su pelo es un regalo del cielo y sus manos se pierden en alguna de las "blancas colinas" que mi cuerpo ofrece impúdicamente al mundo cada día. Oh, sí... ¿Qué estuvimos haciendo antes de esto? Eso lo dejo librado a vuestra imaginación.
No sé a ustedes, pero a mí se me pasó bastante el frío...

27 de abril de 2010

Las curvas y los caminos de la vida

¿Alguien ha notado los hermosos días que este otoño nos está regalando, al menos por estos lares? Días de sol, templados, con unas ligeras brisas que despeinan lo justo y sólo a la mañana muy temprano o a la noche ya tarde son plenamente frías. Días con hojas que crujen y con rayos de sol que se inmiscuyen entre ramas todavía verdes. Días tan doradamente otoñales que parecen primaverales. Espero que alguien lo haya notado porque yo también estaba a punto de perdérmelos (irremediablemente, lo que es aún más triste) sumida en mis tribulaciones habituales: que si yo lo quise y él no (o sí); que si se terminó; que por qué tiene que haber alguien sí o sí en mi vida para que todo lo demás se mueva; que por qué siempre me busco cosas, amores y pasiones complicadas; que de dónde vengo; que a dónde voy; que por qué soy siempre la otra, la amante, la clandestina; qué que importa; que por qué me importa ahora y no antes; y así por el estilo. Y a todo esto se sumaba la tremenda, incontestable, insalvable tribulación de ser una indocumentada más y, por si fuera poco, no tener ningún acceso al dinero ganado con el sudor de mi frente (o de mis dedos, digamos). Todo tragedia, todo traba, todo tan lindo para las ensaladas rusas de mi psiquis a las que soy tan afecta. Buhhh.
Por suerte, una parte de esas tribulaciones tan improductivas ya se ha terminado: hoy he vuelto a pertenecer a la tribu de los documentados, al clan de los legales, a las huestes de aquellos que hacen las cosas como deben hacerse (por lo menos... ciertas cosas; respecto a otras, nunca aprendo, al parecer). Y consecuentemente ya he accedido a mis dinerillos y ahora tengo que empezar a pagar deudas y cuentas pero bueno... es mejor eso que no poder disfrutar ni usufructuar lo que es mío. Y todo porque, esta vez, no me quedé esperando
Esperar. Es todo un tema para mí. Odio esperar, digo siempre, y sin embargo esperé años por el amor de cierto hombre (ya saben quién). Odio esperar y sin embargo estaba dispuesta a seguir esperando el fuckin' documento que nunca llegaba (y que probablemente iba a llegar para mi cumpleaños o para el día del arquero -pobres los arqueros ¿no se merecen ellos también su día?). Odio esperar y sin embargo soy perfectamente capaz de hacerlo porque mientras uno espera está totalmente dispensado de hacer nada más (es decir, así funciona el autoengaño al que lleva la espera inútil y prolongada). Uno no está ahí sin hacer nada... está "esperando". Y mientras tanto la vida pasa, el documento había que ir a reclamarlo y los amores es mejor declararlos cuando se sienten, cuando revientan contra las entrañas que guardárselos años y años como tesoros hundidos en un galeón pirata. Pero no, no, uno "espera", ergo, no tiene que hacer nada... salvo "esperar". Esta clase de pensamiento tautológico y perturbador me ha llevado por caminos muy erróneos a lo largo de mi existencia; por eso celebro esa lucecita que hoy me dijo "andá a buscar tu documento y a la mierda todo" porque en efecto allí estaba el muy ladino (¿esperándome él a mí, acaso?). Quizás hubiera llegado por correo tal como me dijeron cuando lo tramité, pero es evidente que no iba a ser en el transcurso de esta semana como yo tan ilusamente creía...
Señalo todo esto de los caminos de la vida a propósito de una imagen que mi amigo D. comentó en la red social Buena Foto haciendo bandera (ay, ¡cómo lo quiero!) de este espacio curvo y desviado. Al ver la foto comprenderán por qué D. ha tenido esta nueva deferencia con su amiga e ¿hija del corazón? (ja ja), con su princesa, como tanto le gusta llamarme y como tanto me gusta a mí que me llame. Así pues la moraleja de todo esto para mí es: de vez en cuando vale la pena esperar (pero muy poco, tampoco la pavada), pero en otras ocasiones hay que dejarse de remilgos y mariconadas y, simplemente, actuar (aunque sea algo tan trivial como ir a buscar un puto documento). 
¡Disfruten la imagen...!















Fotografía de José Francisco Girona

3 de marzo de 2009

Algunas reflexiones desviadas sobre la escritura de ficción

Leo en un comentario de D. al último posteo de este blog que "siempre escribiremos desde cero". 
No estoy de acuerdo. Es imposible escribir ex nihilo nihil. Es el deseo de lo que en otro lugar llamo los poeñoños y de todos aquellos escritores principiantes que creen que el mundo ha nacido con ellos y por ende les toca renombrarlo todo e inventar a cada paso el agua caliente. Cuando dije que estaba escribiendo algo "desde cero", quise decir que me había entregado al puro placer de la fabulación, acaso lo más placentero del oficio de escribir. Pero incluso en ese escribir desde cero hay siempre cosas que vienen de no se sabe qué insospechados rincones de nuestra psique, de nuestra experiencia y de nuestras influencias, por citar sólo tres instancias importantes. 
Escribir desde cero, en mi opinión, se diferencia radicalmente del tipo de escritura que puedo desplegar aquí o en otros sitios en lo siguiente: en un blog o en un reseña crítica hay muy poco lugar para la fabulación. Quizá en un blog haya más que en una crítica teatral, de acuerdo, pero la fabulación es patrimonio exclusivo de la ficción. Este tipo de escritos (aunque instauren una ficción, pues TODOS los textos lo hacen, y esto es algo que tampoco comprenden los novatos, los neófitos y los poeñoños) no pertenecen al género de la ficción, no al menos como yo lo entiendo. Aquí a veces puede haber textos que de lejos parezcan ficción, pero técnicamente no lo son. Se trata de reflexiones, de impresiones, de semblanzas, incluso de recuerdos y de vivencias, pero en modo alguno estamos aquí en el terreno de la ficción. Menos ficción, así entendida pues, puede haber en las críticas teatrales o en las reseñas de libros
Escribir desde cero significa empezar a contar una historia de la que nada o casi nada sabemos pero que se va gestando en nuestra cabeza al mismo tiempo que se va volcando sobre el papel. Eso es fabular. En la primera página sólo sé que hay determinado personaje y que le pasa (o no le pasa) tal cosa. A veces incluso sé menos que eso. Tal vez sólo tengo una frase. Una frase que por alguna razón insiste en mi cabeza hasta que la pongo en un papel. A partir de ahí no hago más que tirar de esa frase del mismo modo que tiraría de un hilito suelto en un pulover tejido a mano. El pulover se desteje, es cierto. Pero el texto se teje así justamente. En ese desovillarse es donde la historia se ovilla y finalmente nace. Si en la primera página sólo sabía que había un personaje es muy probable que si sigo tirando, si sigo el camino que esa frase me muestra, en la página veinte ya me encuentre con toda una situación en pleno proceso, una situación que todavía no tengo ni puta idea de cómo va a terminar, pero que si sigo tirando un poquito cada día voy a encontrar no sólo cómo termina sino un montón de sorpresas en el medio de ese camino.
A este momento maravilloso de la creación, el más explosivo, el más liberador, el más entusiasmante de todos, mi maestro lo llama la "etapa volcánica". En efecto, uno es como un volcán dormido que se ha despertado al tintinear de una frase o una idea. Surgen tremendas nubes pirocrásticas alrededor de uno (son esos momentos previos al sentarnos a escribir en el que todo nos molesta y no sabemos bien por qué: es porque la erupción está a punto de comenzar) y momentos después, si somos lo suficientemente inteligentes como para permitirnoslo, acontece la erupción: el texto brota, incontrolable, fluido, maravilloso. Nada importa. Y toda nuestra vida empieza a girar alrededor de él. Todo lo que antes estaba muerto, inerte, inconmovible, empieza a deshielarse, a desentumecerse gracias al enorme poder de la lava creativa. Todo se empieza a vivir en función de lo que estemos escribiendo, todo va a parar a esa molienda continua que es el estrujarnos la cabeza para seguir escribiendo nuestro texto. Stephen King, mi nuevo dios, recomienda escribir 3000 palabras por día (en todo caso, no menos de 1000) para no perder continuidad y estar en permanente contacto con aquello que pugna por ser contado. Aquello que se pare a través nuestro. En esta etapa no interesa si es bueno, malo, regular, original o decididamente tonto. Todo eso viene después (y a lo mejor es mucho más conveniente que ni venga).
Después, llega la etapa más crítica del proceso de creación. Una vez que todo ha salido (y nunca antes e incluso habiéndolo dejado leudar como un buen pan de campo) llega la etapa que muchos (la mayoría) evitan como si del diablo mismo se tratara: es el momento de la corrección, es "la etapa quirúrgica" siguiendo a di Marco, donde habremos de extirpar, modificar, reescribir y corregir nuestro texto para que alcance su mejor versión, su máximo brillo, su vividez más plena.
Y con esto paso a un posteo que leí hoy aquí: no creo que haya que tener demasiada fuerza de voluntad para escribir una novela ni un cuento ni un poema ni nada. De hecho, no creo que escribir tenga que ver con eso que llamamos la "voluntad". Los textos se escriben solos, como he dicho en otra parte, uno es sólo un canal. Para lo que sí hay que tener mucha voluntad, una enorme fuerza de voluntad, es para sentarse a corregir. Hay que tener mucha voluntad para observar nuestros textos con los ojos más objetivos posibles y empezar a sacarles brillo como si fueran gemas en bruto (que es lo que son, vamos). Hay que tener una fuerza de voluntad enorme, titánica, ciclópea para sentarse a hacer ese tremendo laburito... y una paciencia de chino y un buen humor del carajo y un amor por la letra escrita que no abunda en ningún sitio. Por eso nos encontramos con tantas chapuzas de este y del otro lado del Atlántico porque la cultura del esfuerzo no está bien vista que se aplique a algo tan "gratuito" como el arte en estos días. Es mejor dejar todo como está, total... No molestarse siquiera en revisar la ortografía. ¿Para qué, si Arlt escribía mal y le fue bien? Es mejor dejar todo a su aire, porque yo soy un artista libre y espontáneo. 
Quizá sería hora de empezar a pensar que nada hay menos espontáneo que el arte. El arte verdadero, claro, no las paparruchas que nos quieren hacer pasar como tales.

6 de agosto de 2008

Un desvío entomológico, II

Las mariposas, libélulas y luciérnagas (luego recordé el nombre íntimo, familiar de estas pequeñas candelas movedizas: "bichitos de luz") llevaron a un amigo hacia otros insectos, no menos maravillosos, extraños, poéticos y bellos. Señoras y señores, con ustedes... los fásmidos.
¿Los qué? Sí, yo pregunté lo mismo. Los fásmidos son un orden de insectos que se caracterizan, entre otras cosas, por su gran habilidad para el camuflaje. Las especies más conocidas son los "insectos palo"y también los "insectos hoja". Mientras chateaba con mi amigo acerca de estos animalitos, recordé que una vez, hace varios años, 9 por lo menos, vi uno de ellos. Era, en efecto, una suerte de ramita verde con largas y rectas patas que caminaba, muy orondo y vertical él, por una pared. Tenía también dos pequeños redondelitos, de color cobre, y yo me quedé estupefáctida mirándolo, pues nunca había visto nada igual, ni siquiera en Misiones, provincia en la que había estado unos meses antes asistiendo a numerosos prodigios de la Naturaleza (por ejemplo, cómo se forma una nube en lo alto de los montes, con su tupidísima y abigarrada vegetación, o como se desata una tormenta tropical en apenas segundos, limpia literalmente la tierra y luego el sol y numerosos arcoiris adornan de nuevo el día, todo en menos tiempo del que seguramente me está llevando recordarlo y tipearlo).
Volviendo a estos simpáticos bichitos, gracias a la Wikipedia me entero de que son "heterometábolos" (es decir que su metamorfosis es incompleta) y "expterigotos" o "hemipteroideos" (es decir que pertenecen al superorden de los insectos con metamorfosis incompleta). Como se ve, la poesía de la Naturaleza no se termina nunca. Quien no pueda ver esto, menos podrá ver la poesía del hombre.
En fin, esto de la entomología (y lo que ahora he decidido llamar aquí "insectos maravillosos") me tiene tan fascinada que me he suscrito al RSS de un excelente blog sobre la materia, pero para no guardármelo para mí sola he decidido compartirlo con todos ustedes y ponerles un widget con las actualizaciones del mismo. Podrán encontrarlo al final de la columna derecha, bajo el título "Desvío entomológico".
Con ustedes, entonces, un fásmido:

Fásmido o insecto palo

22 de febrero de 2008

Discurriendo por los desvíos de la literatura

Interesante comentario el de Daniel Medina a "El escritor y el desvío, II". En lugar de contestarle allí, aprovecho para ponerme a discurrir aquí a propósito de su propuesta, de la que rescato lo siguiente:

"Allí donde la novela es, como propuesta (sospecho nuevamente), "trampa", porque atrapa (atrapar: Del fr. attraper, der. de trappe, trampa), el poema suelta, libera."

Es taxativamente cierto que la novela 'atrapa': ¿cuántas veces no hemos dicho "esta novela me atrapó"? Cientos. Ése es el mérito del género y del novelista: sólo si logra atraparnos en su sueño vívido podemos transitarlo sin fatigarnos, así tenga 50 o 1000 páginas. Las 1000 páginas del Quijote, las 1000 páginas de La regenta, las cientos y cientos de páginas escritas por Erica Jong, sólo por citar tres ejemplos que me son muy caros, se dejan leer con absoluta paz, con mórbida calidez, con el deleitoso abandono propio de los amantes, ya que sus autores se preocuparon por esquivar sus desvíos (o, como en el caso de Cervantes, los convirtieron en parte de la obra misma -recuédense las "novelitas" incluidas en el Quijote, como la novela del "Curioso impertinente" o las "bodas de Camacho"- y no sería ocioso mencionar aquí que las novelas eran, en aquel entonces, antes de que Cervantes las transformara en lo que serían luego, esas historias "exemplares" intercaladas entre otras historias, breves y sustanciosas, en ocasiones con moraleja incluida) y hacer que el río de la novela fluyera por los cauces adecuados.
Es igualmente cierto que el poema 'suelta' (let go, en inglés), a condición de haber sujetado de los pelos o de las orejas al poeta primero para que el poema pudiera manifestarse y ser, luego, ese dispositivo textual que nos permite liberarnos de demonios, fantasmas, fantasías y también de la fealdad, la crueldad y la hipocresía que reina en el mundo. El poema suelta porque quien llega hasta él ya está atrapado en todos estos miasmas que he mencionado y sólo a través de la belleza puede ver alguna salida. No necesita evasión (de la buena, se entiende), como el lector de novelas, sino liberación, más aún, rendición: porque ¿qué hace uno si no rendirse cuando lee un poema que le llega a lo más hondo, que le revela una parte de sí que no había visto -que no quería ver- o que le pone en la boca las palabras para dar cuenta de lo que estaba sintiendo en ese momento y su lengua se resistía a hacerlo por él? ¿Qué es ese sentimiento sino una rendición, una capitulación, el reconocimiento de que lo que está dicho allí yo no podría decirlo jamás así pero es exactamente eso lo que siento en mí?
Y aquí es donde creo que Daniel dice lo que a mí me hubiera gustado decir, justamente:

"Pero el poema (estanque) está siempre detenido, hasta que nuestra lectura lo movilice hacia nosotros mismos (movilizarse, pronominal). Quien tenga el valor de perforar ese apacible estanque, tendrá que vérselas, tarde o temprano, con la descomunal violencia con la que "sus aguas" romperán la paz que nos producía."


AP
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