Mostrando entradas con la etiqueta bibliotecas curvas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bibliotecas curvas. Mostrar todas las entradas

8 de agosto de 2010

Siguendo con la curva bibliómana

Por todos lados se dice que están destinados a desaparecer. Que serán reemplazados. Que ya no habrá lugar para ellos. Que todos tendremos nuestras pantallas portátiles y otros dispositivos semejantes. Que ocupan mucho lugar, que si no están ordenados no sirven para nada, etc. Que se van a terminar. Que no son ecológicos. Que se editan más de los que realmente se leen. Que no hay manera de leerlos o tenerlos todos. Que aspirar a esto es imposible. Que son inútiles, que no son prácticos. Y así. 
Y yo digo: mentira. Mienten, mienten los que suponen que los días del libro se acercan a su fin. Desde que el bueno de Gutenberg tuvo su extraordinaria idea que muchos agoreros vienen diciendo lo mismo y ya lo ven. Habemus aún libros. Seguramente es cierto que se editan muchos libros, incluso demasiados. Seguramente también es cierto que la mayoría de lo que se edita es una porquería y no vale la pena poner en marcha semejante maquinaria para algo tan pobre o ñoño o lo que sea. Eso no significa que el libro deba dejar de existir. Tampoco significa que no pueda haber otros soportes para el conocimiento, puesto que de hecho los hay. Pero el libro, el libro literario, a mi juicio, es irremplazable. 
Tengo en mi computadora libros en PDF. He de decir la verdad: jamás los leí. Jamás los voy a leer. Ni siquiera si tuviera la más moderna, liviana y rápida de las laptops. Leer en una pantalla es un acto del todo diferente a leer las páginas de un libro, páginas que uno puede sentir, tocar, oler, acariciar y, sobre todo, ver. Y, por supuesto, anotar, subrayar, marcar. Es como leer una galerada: eso no es todavía un libro. Leer en pantalla, además, es una experiencia sujeta a distracciones tan enormes que es un milagro si uno logra leer unas cuantas páginas de un tirón. Pero no es mi idea tirarme contra lo que ya parece inevitable, sino seguir abonando mi amor por los libros (para los geeks anti-libros, les dejo estos datos, que me parecen altamente significativos y que respaldan lo que acabo de decir). 
Porque no soy la única, y lo compruebo día a día. Todavía hay gente que, al igual que yo, aprovecha el viaje en tren para leer. También hay gente que, como yo, se define a sí misma como bibliómana y gente que hasta tiene el buen gusto de reunir fotos de bibliotecas, libros y estantes para otros bibliófilos amantes. Es que, como dice el nombre de esta maravillosa página, "book lovers never go to bed alone". 
Pero mi amor imparable por los libros, o acaso, como bien se dice aquí (ver los comentarios), esa terrible angustia e inquietud por nuestra propia finitud que se traduce en la insensata acumulación de libros, se encuentra en crisis. Como ya dije ayer o antes de ayer, mi nuevo hogar será pequeño y no habrá espacio para albergar las 2800 almas que ya tiene mi biblioteca. Desde hace aproximadamente una semana, vengo haciendo periódicos recortes y amontonando pilas de libros que no vendrán. Así y todo, los posibles candidatos a habitar mi nuevo lugar siguen siendo muchos. Muchos más de los que seguramente cupirán allí. Sucede que este año, por algunas circunstancias que podríamos llamar azarosas, he comprado muchísimos libros. Más que de costumbre incluso, ya que iba a un taller de escritura creativa enclavado en pleno corazón de la calle Corrientes, mi meca personal. Y, por si no fuera poco, en el camino hacia el Pasaje Dardo Rocha, lugar donde yo doy taller, tenía que pasar no por una si no por dos librerías, las cuales me llamaban cada miércoles con sus cantos de sirena y así todas las semanas el caudal de libros se iba incrementando e incrementando... hasta ahora. 
Desde que empezó agosto que estoy en abstinencia. Sé que no durará, sé que en cuanto pueda me escurriré hacia ese infame bazar de la calle 1, enfrente de la estación de tren, que al fondo tiene pilas y pilas de libros para revolver, algunos a precios rídiculos de toda ridiculez y donde el vendedor ya me conoce y hasta me hace todavía más precio. Sé que en cuanto vuelva a andar por Corrientes visitaré Lucas y arrasaré con algunos libros usados (ya van dos veces que encuentro libros de Erica Jong allí) y, por supuesto, con los inapreciables mamotretos de súper-oferta de 10 libros x 10 pesos. Sé que en cuanto pueda volveré al Parque Rivadavia y haré estragos. Pero.
¿Dónde voy a poner todos esos libros ahora, si ni siquiera sé si podré llevarme todos los que deseo de mis libros actuales? ¿Qué criterio de selección triunfará al fin? Primero usé el que me pareció más lógico: si en quince o veinte años no había leído el libro en cuestión era muy probable que tampoco lo leería en el futuro. Esa fue la primera criba. Luego pensé que los libros muy pesados iban a entorpecer grandemente la mudanza y salvo excepciones (como La regenta o Miedo a los cincuenta), todos los libros demasiado grandes o pesados fueron a parar a la pila de los que "se quedan acá". Sin embargo, eso no redujo en mucho la cantidad de libros que sí iban a ser llevados. Opté por un nuevo criterio: mamotretos que sólo a mí me interesan y que compré por razones completamente absurdas o inexplicables. Eran muchos, pero aún así, los estantes seguían sin decrecer demasiado. Otro criterio vino a ayudarme: libros que ya había leído y que, aunque me habían gustado, no me parecían imprescindibles. Es decir, que no volvería a leer. Bien, sacamos varios más. Pero falta. Oh, Dios, cuánto falta. Más los miro y más me digo que no van a entrar. O que van a entrar ellos y yo voy a dormir en el baño o en el pasillo. Entonces hay que extremar las cosas y ser completamente sincera delante de cada uno de ellos y preguntarme si realmente lo voy a leer alguna vez o si tiene algún sentido que ocupe el lugar de otro libro que quizás me interese más... Bien, la pila de los que no vienen sigue creciendo. 
Así y todo, sigue siendo más grande la pila de los que sí van. ¿Qué hacer entonces? Desde hace un rato que estoy pensando en llevar nada más que lo imprescindible. Todo este proceso me ha llevado desde los criterios más amplios (los más tramposos, desde luego) hasta los más certeros. Ahora, ¿qué entiendo por un libro imprescindible? Los mismos que siempre dije que salvaría en una catástrofe más mis autores favoritos más ciertos libros (o autores) por los que tengo un cariño especial... Y nada más. Creo que sólo así la pila de los libros que vendrán, de los pocos que van a entrar, tendrá el tamaño acorde a mi nuevo lugar. No sé si seré capaz de reducir tanto mi "arqueología personal" pero puede ser un reto interesante. Incluso pensé (pero no lo haré, lo sé) en no llevar ningún libro. Todos los estudiantes de Letras conocemos la leyenda áurea de Eric Auerbach, el insigne autor de Mímesis, libro que escribió exiliado en no recuerdo qué país, sin ninguno de los libros de su biblioteca a mano. Pero aún con ese antecedente tan magno a la vista me resisto a la idea de dejar todo acá y no llevarme nada. Parece más factible llevar sólo lo imprescindible (los libros de mamá Erica, de Cortázar, de Borges, el Quijote y toda la bibliografía que tengo sobre él, los libros de poesía, los diccionarios y otros libros de consulta, los libros de Umbral, de Baudelaire y de los nuevos dioses que he descubierto en estos últimos años, Maupassant, London, Stevenson, Kundera, etc., los autores que he destacado en Fauna Abisal, digamos) y pensar que no representa una pérdida no poder llevarlos todos conmigo si no, más bien, un triunfo sobre mi antiguo yo. 
También es cierto que ni bien pueda, una nueva biblioteca se iniciará (y será continuación de esta) en mi nuevo hogar. Tal vez un libro baste para representar a todos los otros ya que, como sabemos los que los amamos, todos los libros literarios dialogan entre sí, no son más que una larga conversación a través de las eras y los siglos. 

6 de agosto de 2010

Curvas en movimiento, bis

La decisión fue tomada. Y, milagrosamente y contra todo pronóstico, llevada a cabo por una personilla que no se destaca justamente por hacer las cosas así: de una y sin vacilaciones. O tal vez sí, y no lo sabía. La tipa buscó, encontró y reservó depto. Ahora tiene que esperar. 
Y mientras tanto, apronta los bártulos porque ahora sí, esta vez es "denserio". Esta vez se va. Y ya sabe que la están esperando con los brazos abiertos, allá en su nueva, próxima ciudad adoptiva. Tanto renegó, tanto se negó, tanto se obnubiló con las luces del centro, pero al final su corazoncito decimonónico pudo más y allá se va, a la capital de la provincia, a la gran diagonal, a la ciudad masónica por excelencia, hija directa de la generación del 80, a la que ella misma es tan afecta (véase aquí). Las curvas se mueven y no pueden más de la excitación que todo esto significa. Las curvas quieren más, quieren hacer todo lo que hasta ahora no pudieron hacer, no importa ya por qué razones. ¡Las curvas se van!
Pero allí donde vayan, algo siempre las seguirá: sus libros. ¿Qué hacer con su enorme, desmesurada como toda ella, biblioteca? Es de suyo evidente que 2800 libros no van a entrar en un monoambiente. Es de suyo evidente que hay que elegir (o bien, como dicen las voces psi-, "algo hay que resignar"). Las curvas hicieron de tripa corazón y empezaron a elegir qué libros se llevarán a su nueva morada. Primero de a poco, haciendo trampa, o eligiendo lo más obvio. Pero después las curvas se dijeron "seamos realistas" y empezaron a cribar la biblioteca de verdad. "Si un libro está acá desde hace quince o veinte años sin ser leído, es bastante presumible que tampoco será leído en el futuro", se dijeron a continuación y volvieron a sacar libros de los estantes. 
Pero, ay. Es duro. Sepan comprender. Nuestra chica rumiante es una bibliómana, que es un estamento diferente dentro de la bibliofilia. No es de esas personas que buscan incunables en las casas de antigüedades de San Telmo ni, mucho menos, de esas personas que atesoran libros firmados por celebridades literarias. No, no, aunque tenga algunos libros autografiados. No tiene tampoco ediciones raras (aunque sí) en sus anaqueles. La rumiante en cuestión es una buscadora de tesoros ocultos, una descubridora de verdaderos filones de maravillosa literatura a precios siempre ridículos e increíbles. Es de esas personas que puede pasar doscientas veces delante de una librería como El Ateneo o Yenny sin prestarle jamás atención, pero que muy díficilmente deje de entrar en cualquier antro o pequeño bolichón donde se vendan libros usados. Es una fanática de la calle Corrientes. Una veterana del Parque Rivadavia. Una admiradora de Lenzi (ver aquí). Una degustadora de los cambalaches donde se vendan libros, de cualquier puestito donde asomen sus colecciones favoritas y donde siempre aparece su gesto de "ya lo tengo". ¡Cómo no lo va a tener si en veinte años de bibliomanía ya juntó esta cantidad infernal de libros!
Ahora tiene que elegir. Se vio obligada a elegir. El lugar es chico pero el corazón y la biblioteca (aunque en versión reducida) siempre serán grandes. 

23 de abril de 2010

La curva de los libros

Aunque ya se está por terminar, hoy es el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor. Se debe a la feliz (y falaz) coincidencia de las fechas de muerte de dos insignes vates: Shakespeare por un lado (aunque ciertamente murió el 3 de mayo de 1616 y no el 23 de abril) y Cervantes por el otro (quien habría muerto el 22 y habría sido enterrado el 23 de abril). En fin, minucias temporales aparte, en Europa -y sobre todo en España- es una celebración concurrida y en Cataluña coincide con el día de Sant Jordi, con lo cual los regalos usuales consisten en un libro y una rosa, símbolos de lo eterno y lo fugaz, según leí hace ya muchos años en un señalador.
En general deploro la existencia de cualquier "día de" pero en este caso me sirvió para volver a acercarme aquí luego de varios días de cierta sequía (o no sé si llamarlo desinterés o, mejor, desmotivación). Como muchos ya saben, soy bibliófila. En realidad, me gusta más denominarme bibliómana, porque en el bibliófilo las ansias obsesivas pueden llegar a tal nivel que impiden casi toda relación con el objeto de sus desvelos, pero, en cambio, en la bibliomanía, la idea de adicción y abuso que implica me cae mucho mejor: yo amo los libros, yo vivo entre libros, trabajo con libros, escribo -o intento escribir- libros, llevo libros a todas partes y, más aún, traigo libros de todas partes. Hay quien me ha dicho que ya debo haber leído más que Borges pero no es cierto. He leído, sí, pero no tanto. No he leído Hyperión de Hölderlin, por ejemplo; ni la Divina Comedia ni Gargantúa y Pantagruel, sólo por citar tres ejemplos. No he leído a la mayor parte de los contemporáneos y sé que ya no lo haré. Me falta leer a muchos autores del siglo XIX, por ejemplo, que como muchos lectores que también me siguen en Fauna Abisal saben, es mi siglo favorito en lo que a literatura se refiere. No he leído a tantísimos poetas que debería leer no sólo para el bien de mi salud mental sino también poética. En fin. No pretendo leerlo toooodooooo, pero sí todo lo que pueda. 
Las librerías, las bibliotecas, cualquier acumulación de libros, ejercieron siempre sobre mí una fascinación sin tasa, sin coto, sin límites (bueno, mi psicoanalista insiste en que "no tengo límites" aunque no se refiere precisamente a los libros, pero pongamos). Es instintivo: veo un libro y tengo que tocarlo, abrirlo, inspeccionarlo. No importa de qué trate, yo necesito ver por mí misma qué es, qué dice, de qué autor es, de qué año, de qué editorial... Oh, sí. Soy, en el fondo, una bibliotecaria frustrada. Peor aún, una monja intelectual. Siempre se me figuró que viviendo recluida en un convento y con libre acceso a la biblioteca del mismo, cual si fuera sor Juana Inés de la Cruz, yo sería muy feliz. Incluso más que feliz. Pero en lugar de convento tengo mi propio estudio, en el que también me recluyo noche a noche y trato de pergeñar mis cosas. Y los libros me acompañan desde que tuve uso de razón.
Lo más extraño y llamativo del caso es que en mi casa no había libros ni nadie que leyera. No procedí por imitación ni por seguir ningún buen ejemplo, ya que simplemente no lo había. Fue una determinación propia, un movimiento soberano de mi incipiente voluntad el que decidió que los libros fueran parte esencial de mi existencia. Y empezó tímidamente, con un Principito regalado para "entretenerme" mientras me recuperaba de unas anginas y con la edición condensada para niños de Moby Dick, de la que ya he hablado aquí. Algún tiempo después, de vacaciones en Santa Teresita, fui a una de esos típicos comercios de nuestras costas donde venden revistas y libros por igual, sin el menor orden ni concierto. Allí descubrí un libro de Herman Melville y nació la bibliomána que hoy ustedes conocen. Simplemente tomé el libro de Melville, Billy Bud, marinero, y dije "quiero este", con total seguridad acerca de mi elección. La ecuación había sido muy fácil: me encanta el mar / Moby Dick es sobre el mar / Herman Melville es el autor de Moby Dick / Por ende este otro texto suyo que también habla sobre el mar debe ser bueno. No hizo falta más y en general he seguido aplicando un criterio bastante similar a ese cada vez que compro libros.
Después de ese libro pasaron varios años hasta que volví a comprar libros "por mí misma" pero una vez que arranqué (digamos a eso de los 16 años) no he parado hasta el día de hoy. Es así como se llega a una biblioteca de 2600 volúmenes (y contando...), y comprando siempre libros usados, saldos, en oferta, etc., nunca jamás nuevos, a menos que fuera indispensable (es decir, por la facultad), y revolviendo siempre en las bateas y en las mesas y no permitiendo jamás que ningún vendedor ignorante e inepto se inmiscuyera en mis asuntos libreriles. Odio, por ejemplo, a los esforzados vendedores de Plaza Italia que, ante la imposibilidad de desplegar sus mesas como antes (aunque el sábado pasé y me pareció ver varias mesas infractoras por allí...), al pasar uno por sus puestitos dicen, como si ese fuera su deber, "¿qué andás buscando?". Señor (o señora), no sé qué estoy buscando. No estoy buscando nada. O estoy buscando todo. Yo dejo que los libros me encuentren a mí, ¿comprende? Simplemente salgo dispuesta a lo que sea. Así y no de otro es como debe comprarse siempre un libro. Dejándose sorprender, dejándose amar y seducir por los libros. Nada de "¿tenés el último de Paulo Coelho?" ni mucho menos "sí, estoy buscando tal o cual cosa". No, señor. Eso lo hacen los que no son lectores compulsivos, los que no son escritores, los que leen como podrían igualmente mirar televisión o andar en bicicleta. 
Así y sólo así he logrado reunir libros tan dispares, maravillosos y extraños en mis anaqueles. Un diccionario español-ruso que cabe en la palma de la mano, fechado en 1939 y con una dedicatoria que reza "Para que vayas acostumbrándote a decirlo en el idioma de Pushkin" (!). O una Historia de la Literatura de 1902 editada en Barcelona por Montaner y Simón. O libros en idiomas que aún no domino como el húngaro y el alemán. O una edición con bellísimas ilustraciones de Cuento de abril de Ramón del Valle-Inclán, que seguramente me salió una ganga. O un libro traducido por Mansilla (de quien ayer hablé en Fauna Abisal) y Dominguito Sarmiento, editado en la colección que a principios de siglos salía junto con el diario La Nación... Sin contar mi paciente y venturosa recolección de los libros de la colección Capítulo del CEAL, muy especialmente de la Biblioteca Argentina Fundamental que ya ocupan su propio estante y que sigue creciendo, pues siempre aparece alguno de ellos entre las ofertas y los saldos. Y hasta tengo una Biografía del libro, un ensayo de Raúl Castagnino sobre este objeto tan hermoso que hoy nos convoca y que los agoreros de siempre pretenden que pronto dejará de existir... Pues les tengo noticias: cosas así se vienen diciendo desde que Gutemberg realizó su genial invención y ya ven...
Los dejo con un poema de Quevedo (¡otro de mis dioses máximos!) que resume perfectamente todo lo que yo siento -y sentiré siempre- por los libros: 

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.

Francisco de Quevedo

Las imágenes que ilustran este post me pertenecen y fueron tomadas con mi nuevo celular Nokia 7020. 

7 de enero de 2010

Y usted, ¿cómo empezó el año?


Yo empecé el año ordenando la biblioteca. Posiblemente este sea un posteo más adecuado para Fauna, pero dejémoslo correr aquí, ya que no hablaré ni reseñaré ningún libro, sino que hablaré de la experiencia de ordenar una biblioteca. "Ordenar", bueno, en fin, qué presunción la de ciertos verbos, ¿verdad? En puridad, no se ordena nada: se asigna una cierta ubicación a ciertos objetos que, en breve tiempo, muy breve, se desordenarán y volverán a rodar por donde ellos quieran. Se asigna un criterio de ordenación que, nuevamente en puridad, puede ser cualquier otro porque ¿quién me impide ordenar los libros por color, si así lo quisiera? Nadie. Y aunque jamás haría tal cosa, no siempre he ordenado la biblioteca tal como ahora. 
Antes, cuando con dos estantes de un escritorio era suficiente para albergarla toda, usaba el criterio "orden de adquisición". Era lo más práctico y expedito. Sencillamente usted va poniendo un libro detrás de otro, según su fecha de adquisición. Y listo. Eso sí, siempre y cuando tenga el cuidado de anotar algo en apariencia tan trivial como la fecha en que se compra un libro. Pero para mí no tiene nada de trivial, porque cada vez que agarro un libro mío y veo la fecha recuerdo exactamente qué momento de mi vida era ese (¿estaba en el secundario? ¿ya estaba en la facultad? ¿estaba con él? ¿era la primera separación? ¿la segunda? ¿era el momento en el que nos reencontramos? ¿fue después de la debacle? ¿antes?) y en ocasiones recuerdo también qué me llevó a comprar ese libro en ese momento y qué otras cosas acontecían en mi vida y en el mundo también. 
Pero la fecha de adquisición es un criterio que sólo sirve para unas pocas decenas de libros. Cuando se empiezan a acumular centenas y no ya decenas, en mi opinión no queda otra opción que el orden alfábetico. Pero cuando ya se acumulan tantas centenas que se transforman en miles, entonces la amenaza del caos está siempre allí, acechando, y hay que apelar a otras tácticas. En mi caso, a una mixtura de criterios, que podríamos denominar el criterio "genérico-alfabético", complementado con el criterio de origen. Así, para mí la poesía va siempre primero y aparte de todos los demás libros. Por otra parte, el criterio de origen refiere a qué literatura pertenecen los susodichos libros. Se podría hilar muy fino y tener tantas literaturas como seres humanos tiene el mundo pero yo, para simplificar, escogí dividir mi biblioteca en cuatro grandes grupos: literatura argentina, literatura española, literatura latinoamericana y literatura universal. De los cuatro, el sector latinoamericano ocupa apenas dos estantes, contra los doce o trece de literatura universal, los siete de española y los ya perdí la cuenta cuántos de literatura argentina. 
Entonces, dijimos, la poesía primero. Después, dependerá del grupo en cuestión: puede haber más o menos crítica literaria, algunas antologías específicas, el resto seguramente será todo mayormente narrativa (también se podría separar el teatro). Pero a medida que voy escribiendo esto me doy cuenta de que la cosa no es tan así. Aquí mismo, donde tengo la PC, hay, por supuesto, estantes. ¿Y qué hay en esos estantes? Veamos: enciclopedias y diccionarios de toda clase (incluido el que redacté y corregí); libros de gramática castellana y otros textos de lingüística (ahhh, dónde quedaron mis ganas de convertirme en la nueva Chomsky...); libros de crítica literaria de variada especie (léase un Vladimir Propp junto con un Umberto Eco junto con Pierre Bourdieu junto con un Alfonso Reyes); una guía de viaje sobre Europa (ahhh, qué ganas que tenía de irme a Europa en un momento... ¿dónde habrán quedado?); una enciclopedia (desarmada) de literatura argentina (pero, momento, ¿qué hace aquí? ¿No debería estar en el sector de literatura argentina? Hum...); un hermosísimo libro sobre la película "Moulin Rouge", que viene con una sobrecubierta de raso amarillo bordada con canutillos rojos formando el famoso molino de marras; algunos libros fotocopiados (¡oh, sí, sacrílega de mí!); una historia de la literatura publicada en 1902 (con seguridad, el libro más antiguo de toda mi biblioteca); un "almanaque de lo insólito"... ¿Qué criterio impera aquí entonces?
Pero eso no es todo. En mi mesa de trabajo, hay más libros. ¿Y qué tenemos allí? Todos los libros tallerísticos de mi maestro, Marcelo di Marco, junto con el libro de Stephen King Mientras escribo y el maravilloso Qué es ser un escritor de Abelardo Castillo; también se encuentran El camino del artista y El camino del artista en acción, el primero uno de los libros que más me ayudado en toda mi existencia; Cómo se escribe un poema, en sus dos versiones (poetas en lengua inglesa y poetas en lengua castellana y portuguesa); Cómo se escribe un diario; otros libros sobre poesía; otros libros curiosos e inclasificables... De nuevo, ¿qué criterio he aplicado allí? Vaya uno a saber. ¿Libros que quiero/necesito tener cerca? Tal vez.
Pero volviendo a la primera gran clasificación, dentro de cada grupo hay subdivisiones, por así decirlo. Todavía no he terminado de ordenar tooooodaaaaa la biblioteca: falta el grupo más controversial, el de la literatura argentina. ¿Por qué digo "controversial"? Porque ese sector creció en forma desmesurada a partir del 2006, momento en el que empecé a trabajar en el bendito diccionario. Con esa formidable excusa, entonces, compré auténticas carradas, paletadas, paladas de libros que, de un modo u otro, sirvieran para tamaña empresa y así aparecen cosas inimaginables como los Estudios histórico-literarios de Juan María Gutiérrez, las biografías de Arlt, Mujica Lainez, Martínez Estrada, Lucio V. Mansilla, Alejandra Pizarnik y un gran etcétera; la Breve historia de la literatura argentina de Martín Prieto, comprada ni bien salió a la venta; toneladas y toneladas de poesía, a las que se agregan todos los libros de poesía que me regalaron el año pasado sus propios autores; ediciones raras o extrañas de viejos clásicos; las Páginas de Lord Kendal; el Manual de la lengua pampa del coronel Federico Barbará; libros sobre Rosas y Sarmiento; libros de historia; antologías de las más variadas especies y calañas... Todo esto sin contar los estantes ya superpoblados de poesía, crítica y narrativa que existían pre-diccionario (y que nos salvaron las papas en más de una ocasión). 
Como Borges dijera, ordenar una biblioteca es como ordenar un universo y cualquiera sea el orden que establezcamos, rápidamente quedan en claro dos cosas: 1) cualquier orden que se aplique es absolutamente arbitrario y azaroso; 2) establecer ese orden, por simple y nimio que parezca, exige complicadas elucubraciones acerca de sus ventajas y desventajas frente a otros posibles ordenamientos de la materia. Lo que nos lleva a pensar qué complicado debe ser Dios y decidir qué cosa crear y cuál descartar. O más modestamente, nos ilumina acerca de nuestra tarea como artistas: encontrar lo que está de más, saber cuándo hay materia de menos, embellecer sólo hasta alcanzar el punto justo y no más. Saber diagnosticar, como dice mi maestro. Saber discernir, más aún: cuándo parar. 


Addenda: mi teoría de los criterios de ordenación se viene abajo estrepitosamente cuando me doy cuenta de que además de todo lo que enuncié existe un por ahora inexistente estante que albergaría mi colección de literatura erótica junto con otro igualmente inexistente por el momento (hasta que encuentre dónde ubicarlos) con los libros de filosofía y algo que vagamente podríamos denominar "antropología" o "psicobiología" o algo así (donde se incluyen libros como El zoo humano o una Historia de la locura). Sin contar tampoco las dos pequeñas columnatas de libros de romani y de aqueos que sostienen uno de los estantes que siempre amenaza con venirse abajo. Como por ahora los libros en latín y las tragedias griegas no los frecuento, me parecieron los ideales para oficiar de pilares. Después de todo, Grecia y Roma son la cuna de la ¿sabiduría? occidental, ¿no? 


Segunda addenda: Peor aún, ahora me doy cuenta de que también hay un sector no oficialmente reconocido aún con libros de humor (como, por ejemplo, Cómo ser una idische mame de Dan Greenburg o Dónde están los hombres de Serena Gray) que se complementa con algunos libros de astrología, uno de Maitena, otros de simil cómic y un par de cosas más "por el estilo"... pero sabrá Dios qué estilo es ese... Algún día les hablaré de mi colección de revistas de historietas también. ¿Forman o no parte de la biblioteca? Hum... en qué berenjenal me metí, mejor ¿lo dejamos ahí?

10 de diciembre de 2008

Las bibliotecas curvas VII II (final)

Doy por finalizada esta serie de posteos. Los que ya hayan entrado a Curious Expeditions habrán visto que hay muchísimas más fotos de bibliotecas que las pocas que yo traje hasta aquí. Hoy, sin embargo, quiero postear la foto más extraña del conjunto, una que precisamente no es curva ni tiene nada que ver con las curvas... Aunque quizá tenga más que ver con los desvíos...
Como dije la última vez que anduve por acá son días locos, llenos de idas y venidas, de cambios de última hora (por ejemplo, ya es la tercera vez que reprogramamos el asado de fin de año con mis compañeros de trabajo), algunos proyectos llegan a su fin o toman nuevos rumbos, se concretan cosas que ya parecía que nunca iban a concretarse, otras tendrán que seguir esperando a que la rueda se vuelva a poner en marcha en marzo del año que viene y de la nada pueden surgir nuevos amores, romances y por qué no, la esperanza, ingenua, cursi, tonta, pero esperanza al fin, de que el año que viene las cosas serán mejores, lo que, en mi universo unilateral, mítico y pequeño quiere decir que pensaré menos en él y más en ciertas personas que me rodean e inquietan (en el mejor sentido del término...) cada vez más; que no perderé más tiempo añorando lo que fue, lo que no pudo ser o lo que ya nunca será y me concentraré en lo que sí puede ser (sobre todo si me animo a dar algunos pequeños pasos y unos pocos saltos); que no soñaré más con el temido/ansiado reencuentro sino que me preocuparé por los nuevos encuentros, los encuentros con lo desconocido, con los amores, los hombres, las historias y las ciudades que aún no revistieron con su luz mis pupilas... En definitiva, que tengo la ingenua, cursi y tonta esperanza de que el año que viene llegaré más lejos que en este y que, tal vez, por fin, pueda decir que he dejado atrás lo que tanto daño me hacía (y hace, cada vez que yo lo dejo).
Oops, no era la idea ponerme autorreferencial de nuevo, pero sabrán disculpar, también es una época propicia para este tipo de "informes" o de "estado de la cuestión". También es cierto que las noches están cada vez más dulces, más perfumadas, más olorosas, lenta pero persistentemente su oscuridad se pone cada vez más sedosa, más invitante, más diligentemente rabiosa y yo, ¡oh, al fin!, ya no deseo estar o pasar esas tibias noches, tan prometedoras, sublevantes e intoxicantes noches, con quien siempre he estado o he deseado hacerlo en el pasado, si no ¡albricias! con alguien que aún no conozco pero intuyo y vislumbro... ¿cómo no iba entonces a tener esperanzas?
Y tal vez esté rematadamente loca como el omnímodo y silencioso (pues molido a palos estaba) protagonista de la escena que copiaré a continuación, pero no me importa, al fin siento que hay luz al final de este túnel que he llamado "la vida sin I." y que de ahora en más será llamado, simplemente, la vida o eso que pasa mientras nosotros hacemos otros planes o eso que los libros se emperran, inútil y gloriosamente en retratar.

"Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y así como el ama los vio, volviose a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:
-Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.
Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
-No -dijo la sobrina-; no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos, y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.
Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:
-Parece cosa de misterio ésta, porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.
-No, señor -dijo el barbero-; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.
-Así es verdad -dijo el cura-, y por esta razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto a él.
(...)
Y sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó el ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No lo dijo a tonta ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemarlos que de echar una tela por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vió que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.
-Válame Dios -dijo el cura, dando una gran voz-; ¡que aquí esté Tirante Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Kirieleison de Montalván, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalván y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con Alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora emperatriz enamorada de Hipólito su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo; aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros de este género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que lo compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto de él os he dicho.
-Así será -respondió el barbero-, pero ¿qué haremos de estos pequeños libros que quedan?
-Estos -dijo el cura- no deben de ser de caballerías, sino de poesía; y abriendo uno, vió que era la Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo (creyendo que todos los demás eran del mismo género:) estos no merecen ser quemados como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que son libros de entretenimiento, sin perjuicio de tercero.
-¡Ay, señor! -dijo la sobrina-. Bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo estos se le antojase de hacerse pastor, y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.
(...)
-Pero ¿qué libro es ese que está junto a él?
-La Galatea de Miguel de Cervantes -dijo el barbero-.
-Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención, propone algo y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se vé, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
-Que me place -respondió el barbero- y aquí vienen tres todos juntos: la Araucana de don Alonso de Ercilla; la Austríada de don Juan Rufo, jurado de Córdoba y el Montserrat de Cristóbal de Virues, poeta valenciano.
-Todos estos tres libros -dijo el cura- son los mejores que en verso heroico, en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia: guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Cansóse el cura de ver más libros, y así a carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero que se llamaba Las lágrimas de Angélica.
-Lloráralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio."

Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha.

8 de diciembre de 2008

Las bibliotecas curvas, VII (I)

Como prometí, esta serie va llegando a su fin. Se acerca fin de año, consabida época de balances, de cenas, de asados, de reuniones, de reencuentros, de muchos nervios para unos, de mucha melancolía y soledad para otros, de recuerdos que lastiman o enfebrecen, pero también consabida época de nuevos romances, de esperanzas remotas que ya no lo parecen tanto, de promisorias piletas en las que zambullirse a pleno (literales y metafóricas), de chancletas que al fin se revolean, de espumantes bebidas cuyas burbujas cosquillean en el vértigo de las gargantas, de los sabores navideños anhelados o detestados, época de estrellitas, de bengalas, del por siempre inocuo y festivo chaski-boom... Y en medio de todo eso, los libros, la literatura, una vez más:

"El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez finito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: inevitablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito...
(...)
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta."

Jorge Luis Borges, "La biblioteca de Babel".

3 de diciembre de 2008

Las bibliotecas curvas,VI

Desde luego que esta serie de posteos sobre las bibliotecas, originada en este maravilloso sitio, no pretende ser exhaustiva ni nada por el estilo, por lo que después de hoy habrá sólo dos posteos más con lo que serán dos obras emblemáticas en lo que a bibliotecas se trata. Un leyente de estos desvíos me sugiere en los comentarios (¡gracias, Cristian!) un libro de Alberto Manguel que no tengo pero que procuraré conseguir, donde sospecho que han de estar citados muchos de los autores que fui desgranando aquí y probablemente la novela, paradigmática si la hay, cuyo fragmento traje hoy.
Fragmento del que me acordé cuando ya estaba cerrando el posteo anterior a éste. Vino a mí la imagen de uno de los personajes más enigmáticos con los que yo me haya topado dentro de las tapas de un libro... No sólo enigmático sino también tan parecido a mí, en algunas cosas, en algunos momentos, que la primera vez que leí lo que ahora copiaré juro que me asusté. Aunque luego me alegré de pertenecer a la estirpe de los autodidactos, je je...
"He dejado Eugenia Grandet. Me he puesto a trabajar, pero sin entusiasmo. El Autodidacto, que me ve escribir, me observa con respetuosa concuspicencia. De vez en cuando levanto un poco la cabeza, veo el inmenso cuello postizo, recio, de donde sale su pescuezo de gallina. Lleva un traje raído pero la camisa de una blancura deslumbradora. Acaba de sacar del mismo estante otro libro cuyo título descifro al revés: La flecha de Caudebec, crónica normanda de Mlle. Julie Lavergne. Las lecturas del Autodidacto siempre me desconciertan.
De pronto me vuelven a la memoria los nombres de los últimos autores cuyas obras ha consultado: Lambert, Langlois, Larbalétrier, Lastev, Lavergne. Me iluminé; comprendo el método del Autodidacto: se instruye por orden alfabético.
Lo contemplo con una especie de admiración. ¡Qué voluntad necesita para realizar lenta, obstinadamente, un plan de tan vasta envergadura! Un día, hace siete años (me ha dicho que estudia desde hace siete años), entró con gran pompa en esta sala. Recorrió con la mirada los innumerables libros que tapizan las paredes y debió decirse, poco más o menos como Rastignac: "Manos a la obra. Ciencia humana." Después tomó el primer tomo del estante del primer extremo derecho; lo abrió en la primera página con un sentimiento de respeto y espanto unido a una decisión inquebrantable. Hoy está en la L. K después de J, L después de K. Pasó brutalmente del estudio de los coleópteros al de la teoría de los cuanta, de una obra sobre Tamerlán a un panfleto católico sobre el darvinismo, sin desconcertarse ni un instante. Lo leyó todo; ha almacenado en su cabeza la mitad de lo que sabe sobre la partenogénesis, la mitad de los argumentos contra la vivisección. Detrás, delante de él, hay un universo. Y se acerca el día en que se dirá, cerrando el último volumen del último estante del extremo izquierdo: "¿Y ahora?"

Jean-Paul Sartre, La náusea.

1 de diciembre de 2008

Las bibliotecas curvas, V

Me faltaba encontrar (o elegir) algún pasaje literario que transcurriera en una biblioteca; sólo me faltaba uno porque los dos finales ya los tenía elegidos desde el comienzo mismo y cuando los lean comprenderán que era de cajón que así sucediera. Pero me faltaba el de hoy y me puse a recorrer con los ojos y la mente mi biblioteca y sólo aparecía el caos de sus estantes, en prolijo orden alfabético (adoptado luego de que el número de libros fue lo suficientemente respetable y las búsquedas lo suficientemente frustrantes como para reemplazar el viejo sistema del "orden de adquisición"), con su conveniente división en literaturas nacionales (están los estantes de literatura "universal", los de literatura argentina -que crecieron exponencialmente con la realización del diccionario y se transformaron en siete estantes -si contamos el piso como uno de ellos- y una mesa llena a rebosar de libros que no entraron en esos seis estantes + el piso, los de literatura española -que también crecieron bastante ya que amo dicha literatura-, los dos escasos estantes que le he dedicado a la literatura latinoamericana -y sí, mi espíritu cosmopolita prefiere siempre la literatura inglesa, norteamericana, francesa, rusa, etc.-, el respetable estante con los clásicos griegos y romanos, algunos en su idioma original, y el estante flotante e inexistente que alguna vez dedicaré a la literatura erótica, donde espero insertar, valga el verbo, una novela o una serie de cuentos ídem muy pronto), con el escozor que me produce no ver cada libro en su lugar, el escozor, el horror, la cosquilla molesta en la base del cráneo que ello me produce y la esperanza al decirme "será una bella tarea para las vacaciones ordenar la biblioteca" sabiendo que, muy probablemente, no lo haré, pero no importa, la intención también cuenta... Mis ojos vagaban, decía, perdidos, cuando rápidamente me dirigí a los estantes de mi amada literatura española (insisto) para más rápidamente aún dar con lo que estaba buscando... una escena que transcurriera en una biblioteca y no podría haber encontrado una mejor que ésta. De uno de mis autores españoles favoritos, de una de sus mejores novelas lejos y de una mordacidad y subversión flagrantes, tal como a él, un contrera (que no un hortera) cabal, le encantan (y tanto le encanta que hasta juega con su propia autorrepresentación en este pasaje):

DE NUEVO EN LOS PAPELES

Lectores de la Biblioteca Nacional: enterrados en el mausoleo de la cultura, vagáis por pasillos y salas de lectura como sonámbula hueste de espectros. Examinad la palabra Tumba inscrita en la pared, a la derecha de la entrada, Rue de Richelieu; pensad en que al cabo de un tiempo moriréis de una vez: ¿no sería mejor instilar algo de poesía en vuestras vidas, antes de pudriros también, como los libros y manuscritos que leéis, en otro vasto y crepuscular cementerio?
En el silencio fúnebre que os envuelve, eruditos pacientes, necrófagos ápteros, carcomen y devoran, como múridos, el saber programado. Parásitos de la historia, insectos de la filosofía, emulan las hazañas de la polilla. Como en hospitales y salas de disección, el aire apesta a yodo y formol. ¿No sentís deseos de emerger a la luz, percibir los aleteos del corazón, captar la brusca palpitación de la sangre? Abandonad el yermo sepulcro. Escuchadme.
Sin necesidad de introducir y espachurrar puñados de moscas entre las páginas de los clásicos, como cierto oscuro y maligno escritor en una modesta biblioteca de Tánger [se refiere a él mismo en su novela Reivindicación del conde Don Julián], podéis liberaros no obstante de vuestra torpe e inútil melancolía. Seguid, como yo, a una niña -Ina, Magdalen, Agnès, Dora- a alguna de las salas vetustas y sentaos frente a ella en la mesa, atrincherados con un muro de libros de consulta, procurando que el haz de la lámpara os mantenga discretamente en la sombra. Mientras ella recorre las páginas de algún manual piadoso o devocionario, exquisita en su traje de Primera Comunión, con velo y toca inmaculados y blancos verificaréis que su atención se centra, por ejemplo, en el contenido de dos obras alevemente incluidas en la colección de lectura infantil: Nuestra Señora de las Flores y El milagro de la rosa [se trata de dos novelas del francés Jean Genet, no aptas para niños...]. La adorable criatura absorberá las crudezas y obscenidades del texto con inefable candor. Sorpresa, interés, rubor, pasmo, se pintarán sucesivamente en su expresión, colorearán las delicadas mejillas. Su rostro soñador, las manos inmóviles en el regazo, la tela arrugada del vestido sugieren la existencia de una sensualidad naciente, tal vez la velada invitación a un dios todavía desconocido: algo como para robar el sueño al imaginario catador y estimular súbitamente su apetito. ¡Es el momento ideal para dejar caer una estampita a vuestros pies y suplicar que la recoja con sabia y bonachona sonrisa! Abriréis entonces la gabardina y se la enseñaréis: ¡en aquel lúgubre panteón del deseo, la dulce chiquita de ojos claros experimentará, estad seguros -y os lo hará compartir también a vosotros-, la emoción más terrible e intensa de su vida!

Juan Goytisolo, Paisajes después de la batalla.



P. D.: Como una súbita iluminación de lo alto acabo de recordar otras escenas de una novela aún más célebre que ésta, francesa ella, que también transcurren en una biblioteca, por lo que creo que habrá una yapa...

17 de noviembre de 2008

Las bibliotecas curvas, I

Hace bastante que tenía estas imágenes dando vueltas para postear por aquí. Pero en lugar de sólo postear las imágenes como he hecho en otras ocasiones, esta vez he pensado agregarles algo de interés citando pasajes de obras literarias que vienen al caso.
Ya que justamente se da el caso que las bibliotecas son lugares que siempre han ejercido una fascinación sin límites sobre mí, cuando descubrí estas imágenes caí en absoluto éxtasis. No sé cuántos de mis potenciales y reales seguidores/suscriptores/lectores sentirán la misma devoción por tales edificios y su contenido, pero espero inculcarles algo de mi pasión por ellos. Sobre todo porque lo haré subrepticiamente -como deben hacerse estas cosas-, o vicariamente, mejor dicho, es decir, a través de la literatura, el mismo contenido que, entre otros, estas moles a veces ingentes, a veces modestas, pretenden proteger.
Para mí las bibliotecas son lo que las catedrales y basílicas (dos bellísimas palabras) a los católicos fervientes. Para mí hay pocas cosas más deleitosas que perderse entre los estantes de una biblioteca, así sean dos tablitas enclenques o descomunales andamios del techo hasta el piso (sueño, anhelo, deseo tener una habitación completamente tapizada, amurallada de libros y no me importan las implicancias mortificantes y aparentemente 'inmovilizantes' que ello pueda acarrear según el mundo psi-). Cada vez que llego temprano al taller literario donde religiosamente concurro cada sábado, dejo mis cosas en una silla y me zambullo a chusmear los libros de mi maestro, que por cierto no son pocos y que se ven incrementados, además, por la biblioteca ambulante formada por los préstamos de los talleristas (lo que me recuerda que aún no he hecho mis préstamos pertinentes pero es que... ¡arrancarle un libro a un bibliófilo es como arrancarle un hijo! Es muy díficil elegir qué libro llevar, puesto que ninguno -ni siquiera los libros más innobles o innombrables- entrarán jamás en la categoría de 'libro descartable o canjeable o desechable' así sea una bosta de principio a fin). Una mañana, Marcelo -mi maestro- entró y me sorprendió hurgando sus libros: "Sabía que te iba a encontrar así" dijo y agregó: "Eso denota quién es un verdadero escritor y quién no lo es".
Así pues, vaya la primera imagen de estas impresionantes "bibliotecas curvas", acompañada del primer fragmento literario que se me vino a la mente ni bien pensé en este post. Desde luego que hay todavía escenas más famosas que ésta que transcurren en o alrededor de bibliotecas, pero el romanticismo y los versos de mi padre tutelar que la coronan no podían sino hacer que ella fuera la primera. Nótese además como en medio de una situación de inminente peligro (puesto que han entrado a la biblioteca para robar) los adolescentes se ponen a hablar de amor, especialmente el protagonista, Silvio Astier, quien no puede dejar de recordar a su amada; más todavía, nótensen los signos del mercado literario de entonces (mediados de los años 20) no muy diferentes del actual: los libros "técnicos" son los que serán mercados mientras que los libros literarios o bien son dejados de lado (Las Montañas del Oro, libro de poemas de Lugones, el "poeta nacional", libro convenientemente agotado como bien señala Enrique) o bien atesorados como algo invaluable (los versos de Baudelaire) y no me extiendo más, así disfrutan por ustedes mismos:

"Enrique abrió cautelosamente la puerta de la Biblioteca.
Se pobló la átmosfera de olor a papel viejo, y a la luz de la linterna vimos huir una araña por el piso encerado.
Altas estanterías barnizadas de rojo tocaban el cielo raso, y la cónica rueda de luz se movía en las oscuras librerías, iluminando estantes cargados de libros.
Majestuosas vitrinas añadían un decoro severo a lo sombrío, y tras de los cristales, en los lomos de cuero, de tela y de pasta, relucían las guardas arabescas y títulos dorados de los tejuelos.
Irzubeta se aproximó a los cristales.
Al soslayo lo iluminaba la claridad refleja y como un bajorrelieve era su perfil de mejilla rechupada, con la pupila inmóvil y el cabello negro redondeando armoniosamente el cráneo hasta perderse en declive en los tendones de la nuca.
Al volver a mí sus ojos, dijo sonriendo:
-Sabés que hay buenos libros.
-Sí, y de fácil venta.
-¿Cuánto hará que estamos?
-Más o menos media hora.
Me senté en el ángulo de un escritorio distante pocos pasos de la puerta, en el centro de la biblioteca, y Enrique me imitó. Estábamos fatigados. El silencio del salón oscuro penetraba nuestros espíritus, desplegándolos para los grandes espacios de recuerdo e inquietud.
-Decime, ¿por qué rompiste con Eleonora?
-Qué sé yo. ¿Te acordás? Me regalaba flores.
-¿Y?
-Después me escribió unas cartas. Cosa rara. Cuando dos se quieren parecen adivinarse el pensamiento. Una tarde de domingo salió a dar una vuelta a la cuadra. No sé por qué yo hice lo mismo, pero en dirección contraria y cuando nos encontramos, sin mirarme alargó el brazo y me dio una carta. Tenía un vestido rosa té y me acuerdo que muchos pájaros cantaban en lo verde.
-¿Qué te decía?
-Cosas tan sencillas. Que esperara... ¿te das cuenta? Que esperara a ser más grande.
-Discreta.
-¡Y qué seriedad, che Enrique! Si vos supieras. Yo estaba allí, contra el fierro de la verja. Anochecía. Ella callaba... a momentos me miraba de una forma... y yo sentía ganas de llorar... y no nos decíamos nada... ¿qué nos íbamos a decir?
-Así es la vida -dijo Enrique-, pero vamos a ver los libros. ¿Y el Lucio ése? A veces me da rabia. ¡Qué tipo vago!
-¿Dónde estarán las llaves?
-Seguramente en el cajón de la mesa.
Registramos el escritorio, y en una caja de plumas las encontramos.
Rechinó una cerradura y comenzamos a investigar.
Sacando los volúmenes los hojéabamos, y Enrique que era algo sabedor de precios decía:
-"No vale nada", o "vale".
-Las Montañas del oro.
-Es un libro agotado. Diez pesos te lo dan en cualquier parte.
-Evolución de la materia, de Lebon. Tiene fotografías.
-Me lo reservo para mí -dijo Enrique.
-Rouquete. Química Orgánica e Inórganica.
-Ponelo acá con los otros.
-Cálculo infinitesimal.
-Eso es matemática superior. Debe ser caro.
-¿Y esto?
-¿Cómo se llama?
-Charles Baudelaire. Su vida.
-A ver, alcanzá.
-Parece una bibliografía. No vale nada.
Al azar entreabría el volumen.
-Son versos.
-¿Qué dicen?
Leí en voz alta:

Yo te adoro al igual de la bóveda nocturna
¡oh! vaso de tristezas, ¡oh! blanca taciturna.

Eleonora -pensé- Eleonora.

y vamos a los asaltos, vamos,
como frente a un cádaver, un coro de gitanos.

-Ché, ¿sabés que esto es hermosísimo? Me lo llevo para casa.
-Bueno, mirá, en tanto que yo empaqueto libros, vos arreglate las bombas.
-¿Y la luz?
-Traétela aquí.
Seguí la indicación de Enrique. Trajinábamos silenciosos, y nuestras sombras agigantadas movíanse en el cielo raso y sobre el piso de la habitación, desmesuradas por la penumbra que ensombrecía los ángulos. Familiarizado con la situación de peligro, ninguna inquietud entorpecía mi destreza."

Roberto Arlt, El juguete rabioso.



La fuente original de las imágenes es esta: http://curiousexpeditions.org/2007/09/a_librophiliacs_love_letter_1.html

Related Posts with Thumbnails