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8 de agosto de 2010

Siguendo con la curva bibliómana

Por todos lados se dice que están destinados a desaparecer. Que serán reemplazados. Que ya no habrá lugar para ellos. Que todos tendremos nuestras pantallas portátiles y otros dispositivos semejantes. Que ocupan mucho lugar, que si no están ordenados no sirven para nada, etc. Que se van a terminar. Que no son ecológicos. Que se editan más de los que realmente se leen. Que no hay manera de leerlos o tenerlos todos. Que aspirar a esto es imposible. Que son inútiles, que no son prácticos. Y así. 
Y yo digo: mentira. Mienten, mienten los que suponen que los días del libro se acercan a su fin. Desde que el bueno de Gutenberg tuvo su extraordinaria idea que muchos agoreros vienen diciendo lo mismo y ya lo ven. Habemus aún libros. Seguramente es cierto que se editan muchos libros, incluso demasiados. Seguramente también es cierto que la mayoría de lo que se edita es una porquería y no vale la pena poner en marcha semejante maquinaria para algo tan pobre o ñoño o lo que sea. Eso no significa que el libro deba dejar de existir. Tampoco significa que no pueda haber otros soportes para el conocimiento, puesto que de hecho los hay. Pero el libro, el libro literario, a mi juicio, es irremplazable
Tengo en mi computadora libros en PDF. He de decir la verdad: jamás los leí. Jamás los voy a leer. Ni siquiera si tuviera la más moderna, liviana y rápida de las laptops. Leer en una pantalla es un acto del todo diferente a leer las páginas de un libro, páginas que uno puede sentir, tocar, oler, acariciar y, sobre todo, ver. Y, por supuesto, anotar, subrayar, marcar. Es como leer una galerada: eso no es todavía un libro. Leer en pantalla, además, es una experiencia sujeta a distracciones tan enormes que es un milagro si uno logra leer unas cuantas páginas de un tirón. Pero no es mi idea tirarme contra lo que ya parece inevitable, sino seguir abonando mi amor por los libros (para los geeks anti-libros, les dejo estos datos, que me parecen altamente significativos y que respaldan lo que acabo de decir). 
Porque no soy la única, y lo compruebo día a día. Todavía hay gente que, al igual que yo, aprovecha el viaje en tren para leer. También hay gente que, como yo, se define a sí misma como bibliómana y gente que hasta tiene el buen gusto de reunir fotos de bibliotecas, libros y estantes para otros bibliófilos amantes. Es que, como dice el nombre de esta maravillosa página, "book lovers never go to bed alone". 
Pero mi amor imparable por los libros, o acaso, como bien se dice aquí (ver los comentarios), esa terrible angustia e inquietud por nuestra propia finitud que se traduce en la insensata acumulación de libros, se encuentra en crisis. Como ya dije ayer o antes de ayer, mi nuevo hogar será pequeño y no habrá espacio para albergar las 2800 almas que ya tiene mi biblioteca. Desde hace aproximadamente una semana, vengo haciendo periódicos recortes y amontonando pilas de libros que no vendrán. Así y todo, los posibles candidatos a habitar mi nuevo lugar siguen siendo muchos. Muchos más de los que seguramente cupirán allí. Sucede que este año, por algunas circunstancias que podríamos llamar azarosas, he comprado muchísimos libros. Más que de costumbre incluso, ya que iba a un taller de escritura creativa enclavado en pleno corazón de la calle Corrientes, mi meca personal. Y, por si no fuera poco, en el camino hacia el Pasaje Dardo Rocha, lugar donde yo doy taller, tenía que pasar no por una si no por dos librerías, las cuales me llamaban cada miércoles con sus cantos de sirena y así todas las semanas el caudal de libros se iba incrementando e incrementando... hasta ahora. 
Desde que empezó agosto que estoy en abstinencia. Sé que no durará, sé que en cuanto pueda me escurriré hacia ese infame bazar de la calle 1, enfrente de la estación de tren, que al fondo tiene pilas y pilas de libros para revolver, algunos a precios rídiculos de toda ridiculez y donde el vendedor ya me conoce y hasta me hace todavía más precio. Sé que en cuanto vuelva a andar por Corrientes visitaré Lucas y arrasaré con algunos libros usados (ya van dos veces que encuentro libros de Erica Jong allí) y, por supuesto, con los inapreciables mamotretos de súper-oferta de 10 libros x 10 pesos. Sé que en cuanto pueda volveré al Parque Rivadavia y haré estragos. Pero.
¿Dónde voy a poner todos esos libros ahora, si ni siquiera sé si podré llevarme todos los que deseo de mis libros actuales? ¿Qué criterio de selección triunfará al fin? Primero usé el que me pareció más lógico: si en quince o veinte años no había leído el libro en cuestión era muy probable que tampoco lo leería en el futuro. Esa fue la primera criba. Luego pensé que los libros muy pesados iban a entorpecer grandemente la mudanza y salvo excepciones (como La regenta o Miedo a los cincuenta), todos los libros demasiado grandes o pesados fueron a parar a la pila de los que "se quedan acá". Sin embargo, eso no redujo en mucho la cantidad de libros que sí iban a ser llevados. Opté por un nuevo criterio: mamotretos que sólo a mí me interesan y que compré por razones completamente absurdas o inexplicables. Eran muchos, pero aún así, los estantes seguían sin decrecer demasiado. Otro criterio vino a ayudarme: libros que ya había leído y que, aunque me habían gustado, no me parecían imprescindibles. Es decir, que no volvería a leer. Bien, sacamos varios más. Pero falta. Oh, Dios, cuánto falta. Más los miro y más me digo que no van a entrar. O que van a entrar ellos y yo voy a dormir en el baño o en el pasillo. Entonces hay que extremar las cosas y ser completamente sincera delante de cada uno de ellos y preguntarme si realmente lo voy a leer alguna vez o si tiene algún sentido que ocupe el lugar de otro libro que quizás me interese más... Bien, la pila de los que no vienen sigue creciendo. 
Así y todo, sigue siendo más grande la pila de los que sí van. ¿Qué hacer entonces? Desde hace un rato que estoy pensando en llevar nada más que lo imprescindible. Todo este proceso me ha llevado desde los criterios más amplios (los más tramposos, desde luego) hasta los más certeros. Ahora, ¿qué entiendo por un libro imprescindible? Los mismos que siempre dije que salvaría en una catástrofe más mis autores favoritos más ciertos libros (o autores) por los que tengo un cariño especial... Y nada más. Creo que sólo así la pila de los libros que vendrán, de los pocos que van a entrar, tendrá el tamaño acorde a mi nuevo lugar. No sé si seré capaz de reducir tanto mi "arqueología personal" pero puede ser un reto interesante. Incluso pensé (pero no lo haré, lo sé) en no llevar ningún libro. Todos los estudiantes de Letras conocemos la leyenda áurea de Eric Auerbach, el insigne autor de Mímesis, libro que escribió exiliado en no recuerdo qué país, sin ninguno de los libros de su biblioteca a mano. Pero aún con ese antecedente tan magno a la vista me resisto a la idea de dejar todo acá y no llevarme nada. Parece más factible llevar sólo lo imprescindible (los libros de mamá Erica, de Cortázar, de Borges, el Quijote y toda la bibliografía que tengo sobre él, los libros de poesía, los diccionarios y otros libros de consulta, los libros de Umbral, de Baudelaire y de los nuevos dioses que he descubierto en estos últimos años, Maupassant, London, Stevenson, Kundera, etc., los autores que he destacado en Fauna Abisal, digamos) y pensar que no representa una pérdida no poder llevarlos todos conmigo si no, más bien, un triunfo sobre mi antiguo yo. 
También es cierto que ni bien pueda, una nueva biblioteca se iniciará (y será continuación de esta) en mi nuevo hogar. Tal vez un libro baste para representar a todos los otros ya que, como sabemos los que los amamos, todos los libros literarios dialogan entre sí, no son más que una larga conversación a través de las eras y los siglos. 

23 de abril de 2010

La curva de los libros

Aunque ya se está por terminar, hoy es el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor. Se debe a la feliz (y falaz) coincidencia de las fechas de muerte de dos insignes vates: Shakespeare por un lado (aunque ciertamente murió el 3 de mayo de 1616 y no el 23 de abril) y Cervantes por el otro (quien habría muerto el 22 y habría sido enterrado el 23 de abril). En fin, minucias temporales aparte, en Europa -y sobre todo en España- es una celebración concurrida y en Cataluña coincide con el día de Sant Jordi, con lo cual los regalos usuales consisten en un libro y una rosa, símbolos de lo eterno y lo fugaz, según leí hace ya muchos años en un señalador.
En general deploro la existencia de cualquier "día de" pero en este caso me sirvió para volver a acercarme aquí luego de varios días de cierta sequía (o no sé si llamarlo desinterés o, mejor, desmotivación). Como muchos ya saben, soy bibliófila. En realidad, me gusta más denominarme bibliómana, porque en el bibliófilo las ansias obsesivas pueden llegar a tal nivel que impiden casi toda relación con el objeto de sus desvelos, pero, en cambio, en la bibliomanía, la idea de adicción y abuso que implica me cae mucho mejor: yo amo los libros, yo vivo entre libros, trabajo con libros, escribo -o intento escribir- libros, llevo libros a todas partes y, más aún, traigo libros de todas partes. Hay quien me ha dicho que ya debo haber leído más que Borges pero no es cierto. He leído, sí, pero no tanto. No he leído Hyperión de Hölderlin, por ejemplo; ni la Divina Comedia ni Gargantúa y Pantagruel, sólo por citar tres ejemplos. No he leído a la mayor parte de los contemporáneos y sé que ya no lo haré. Me falta leer a muchos autores del siglo XIX, por ejemplo, que como muchos lectores que también me siguen en Fauna Abisal saben, es mi siglo favorito en lo que a literatura se refiere. No he leído a tantísimos poetas que debería leer no sólo para el bien de mi salud mental sino también poética. En fin. No pretendo leerlo toooodooooo, pero sí todo lo que pueda. 
Las librerías, las bibliotecas, cualquier acumulación de libros, ejercieron siempre sobre mí una fascinación sin tasa, sin coto, sin límites (bueno, mi psicoanalista insiste en que "no tengo límites" aunque no se refiere precisamente a los libros, pero pongamos). Es instintivo: veo un libro y tengo que tocarlo, abrirlo, inspeccionarlo. No importa de qué trate, yo necesito ver por mí misma qué es, qué dice, de qué autor es, de qué año, de qué editorial... Oh, sí. Soy, en el fondo, una bibliotecaria frustrada. Peor aún, una monja intelectual. Siempre se me figuró que viviendo recluida en un convento y con libre acceso a la biblioteca del mismo, cual si fuera sor Juana Inés de la Cruz, yo sería muy feliz. Incluso más que feliz. Pero en lugar de convento tengo mi propio estudio, en el que también me recluyo noche a noche y trato de pergeñar mis cosas. Y los libros me acompañan desde que tuve uso de razón.
Lo más extraño y llamativo del caso es que en mi casa no había libros ni nadie que leyera. No procedí por imitación ni por seguir ningún buen ejemplo, ya que simplemente no lo había. Fue una determinación propia, un movimiento soberano de mi incipiente voluntad el que decidió que los libros fueran parte esencial de mi existencia. Y empezó tímidamente, con un Principito regalado para "entretenerme" mientras me recuperaba de unas anginas y con la edición condensada para niños de Moby Dick, de la que ya he hablado aquí. Algún tiempo después, de vacaciones en Santa Teresita, fui a una de esos típicos comercios de nuestras costas donde venden revistas y libros por igual, sin el menor orden ni concierto. Allí descubrí un libro de Herman Melville y nació la bibliomána que hoy ustedes conocen. Simplemente tomé el libro de Melville, Billy Bud, marinero, y dije "quiero este", con total seguridad acerca de mi elección. La ecuación había sido muy fácil: me encanta el mar / Moby Dick es sobre el mar / Herman Melville es el autor de Moby Dick / Por ende este otro texto suyo que también habla sobre el mar debe ser bueno. No hizo falta más y en general he seguido aplicando un criterio bastante similar a ese cada vez que compro libros.
Después de ese libro pasaron varios años hasta que volví a comprar libros "por mí misma" pero una vez que arranqué (digamos a eso de los 16 años) no he parado hasta el día de hoy. Es así como se llega a una biblioteca de 2600 volúmenes (y contando...), y comprando siempre libros usados, saldos, en oferta, etc., nunca jamás nuevos, a menos que fuera indispensable (es decir, por la facultad), y revolviendo siempre en las bateas y en las mesas y no permitiendo jamás que ningún vendedor ignorante e inepto se inmiscuyera en mis asuntos libreriles. Odio, por ejemplo, a los esforzados vendedores de Plaza Italia que, ante la imposibilidad de desplegar sus mesas como antes (aunque el sábado pasé y me pareció ver varias mesas infractoras por allí...), al pasar uno por sus puestitos dicen, como si ese fuera su deber, "¿qué andás buscando?". Señor (o señora), no sé qué estoy buscando. No estoy buscando nada. O estoy buscando todo. Yo dejo que los libros me encuentren a mí, ¿comprende? Simplemente salgo dispuesta a lo que sea. Así y no de otro es como debe comprarse siempre un libro. Dejándose sorprender, dejándose amar y seducir por los libros. Nada de "¿tenés el último de Paulo Coelho?" ni mucho menos "sí, estoy buscando tal o cual cosa". No, señor. Eso lo hacen los que no son lectores compulsivos, los que no son escritores, los que leen como podrían igualmente mirar televisión o andar en bicicleta. 
Así y sólo así he logrado reunir libros tan dispares, maravillosos y extraños en mis anaqueles. Un diccionario español-ruso que cabe en la palma de la mano, fechado en 1939 y con una dedicatoria que reza "Para que vayas acostumbrándote a decirlo en el idioma de Pushkin" (!). O una Historia de la Literatura de 1902 editada en Barcelona por Montaner y Simón. O libros en idiomas que aún no domino como el húngaro y el alemán. O una edición con bellísimas ilustraciones de Cuento de abril de Ramón del Valle-Inclán, que seguramente me salió una ganga. O un libro traducido por Mansilla (de quien ayer hablé en Fauna Abisal) y Dominguito Sarmiento, editado en la colección que a principios de siglos salía junto con el diario La Nación... Sin contar mi paciente y venturosa recolección de los libros de la colección Capítulo del CEAL, muy especialmente de la Biblioteca Argentina Fundamental que ya ocupan su propio estante y que sigue creciendo, pues siempre aparece alguno de ellos entre las ofertas y los saldos. Y hasta tengo una Biografía del libro, un ensayo de Raúl Castagnino sobre este objeto tan hermoso que hoy nos convoca y que los agoreros de siempre pretenden que pronto dejará de existir... Pues les tengo noticias: cosas así se vienen diciendo desde que Gutemberg realizó su genial invención y ya ven...
Los dejo con un poema de Quevedo (¡otro de mis dioses máximos!) que resume perfectamente todo lo que yo siento -y sentiré siempre- por los libros: 

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.

Francisco de Quevedo

Las imágenes que ilustran este post me pertenecen y fueron tomadas con mi nuevo celular Nokia 7020. 

31 de marzo de 2010

La literatura, ese espacio curvo


Hace una noche espléndida (fue un día climáticamente espléndido, cabría acotar). Hace una de esas noches en las que me gustaría estar en alguno de los siguientes escenarios, junto con un hombre deseado y amado (cada vez más deseado y amado): en un balcón que diese al mar y desde el que se escuchase la música arrulladora de las olas, los matices del viento, el agitarse inquieto de los arbustos y los árboles, tomando algo fresco, mirando al cielo sin preocupación alguna y hablando de bubalinos perdidos; o bien, en la acogedora galería de una mansión-estancia, el cielo tan lleno de estrellas que parezca a punto de caerse sobre nosotros, grillos inquietos por todas partes, luciérnagas invitándonos a la levedad y la lujuria...
Pero, en lugar de todo eso, estoy en mi estudio y escribo. Escribo impelida por algo que leí en el tren, mientras volvía a mi hogar luego de una jornada laboral moderada intensa y de una clase de taller no muy iluminada de mi parte. Porque la literatura, en definitiva, es eso. Escribir a partir de lo que otros han escrito, retomar allí donde otros dejaron, rellenar esos espacios que quedaron huecos, o bien hacer algunos intersticios en las sólidas murallas de un texto que parecía haberlo dicho todo ya. Y aunque es probable que todo esté dicho (o Escrito), siempre se puede agregar algo más, porque esto no es otra cosa que un diálogo, el trasvasamiento de ese diálogo que yo quisiera tener, tanto en el balcón como en la fresca y deliciosa galería, con ese hombre amado-deseado que hace tanto tiempo estoy buscando. 
Hace tiempo también que me siento diferente. Rara. Y reitero: clara, distinta, diáfana. Hoy se me ocurrió que se debe a que estoy encontrando a mi yo, a mi verdadero ser, al yo que yo quería ser, valga el juego de palabras. Y lo que encuentro me agrada y quiero saber más, conocerlo más. Y entonces descubro que mi ser participa del aire y del fuego y que se alimenta abundantemente de ambos; participa de las contradicciones, los encuentros y los desencuentros, le agrada surfear al borde de las paradojas, se relame con la ironía, disfruta de todos sus sarcasmos. Participa de la fría crueldad de la Luna pero también del ardoroso rumor de los volcanes. Y es agua y es viento y su nombre abiertamente secreto es Deseo, es Llama, es Locura, es Atrevimiento. Fulgura tanto en el desenfreno como en el rigor. Los quiere a ambos, coquetea con todos, me vuelve este sensual misterio que desborda ciertos corazones y eriza otras ciertas pieles. 
Pero, ay, amigos, este ser es también pura literatura. Es puramente literario, es mitológicamente borgeano, es pura ficción y es ficción pura, es ardientemente libresco, es el más feliz cada vez que se halla entre libros y hojas impresas, entre textos y versos. Cuando lee, cuando escribe es cuando alcanza su máximo esplendor, el cenit de su propia estrella, el equinoccio de su propio corazón. Cuando encuentra esos cósmicos puntos de unión y comunión entre los textos y los autores más dísimiles, igual que Borges. Cuando arriesga una etimología y gana, cuando acuña un verso y no lo olvida aunque se lo roben, cuando empuña su arma cargada de futuro y sale a pelear contra maravillosos molinos de viento...
En ese tembladeral, en esa sima, en ese delicado y turbulento abismo, mi ser encuentra su felicidad. Y la comparte, la expande, la libera al mundo a través de esta vía. Esta vez, la felicidad vino de la mano de un texto de Genette, algo que nunca se me hubiera ocurrido posible. Pero el crítico francés acaso describió mejor que nadie algunas cuestiones relativas a la concepción borgeana de la literatura que me son, he descubierto, muy caras. Y, por eso, por esa felicidad del descubrimiento que siempre realizan los lectores que no desconocen las secretas redes textuales que vinculan todos los textos ya paridos y los por parir, es que quiero compartir esos fragmentos con mis curvos y desviados leyentes. 
Helos aquí: 
"Según Shelley, todos los poemas son otros tantos fragmentos de un poema universal único. Para Emerson, "diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo."
"Esta visión de la literatura como un espacio homogéneo y reversible en el que las particularidades individuales y los datos cronológicos no tienen cabida, ese sentimiento ecuménico que hace de la literatura universal una vasta creación anónima donde cada autor no es más que la encarnación fortuita de un Espíritu intemporal e impersonal, capaz de inspirar, como el dios de Platón, el más bello de los cantos al más mediocre de los cantores, y de resucitar en un poeta inglés del siglo XVIII el sueño de un emperador mongol del siglo XIII, esta idea puede parecer a los espíritus positivos una simple fantasía o una pura locura."
"(...) el mundo de los libros y el libro del mundo no son más que uno, y si el héroe de la segunda parte de El Quijote puede ser lector de la primera y Hamlet espectador de Hamlet, es posible concluir que nosotros, sus lectores o espectadores, somos sin saberlo personajes ficticios, y que en el momento en que leemos Hamlet o Don Quijote alguien está ocupado en leernos, escribirnos o borrarnos."
"Pero la idea excesiva de la literatura, a la que Borges se complace a veces en arrastrarnos, designa tal vez una tendencia profunda de lo escrito, que consiste en atraer ficticiamente a una esfera la totalidad de las cosas existentes (e inexistentes) como si la literatura sólo pudiera mantenerse y justificarse ante sus propios ojos dentro de esa utopía totalitaria. El mundo existe, decía Mallarmé, para llegar a un Libro. El mito borgiano resume ese moderno todo está por escribirse y el clásico todo está escrito en una fórmula más ambiciosa aún que sería: todo está Escrito."
"(...) a la literatura, ese monstruo insaciable, no puede concedérsele nada sin abandonárselo todo (...)."
"(...) la obra pertenece desde su nacimiento (y tal vez antes) al dominio público, y vive sólo de sus innumerables relaciones con las otras obras en el espacio sin fronteras de la lectura. Ninguna obra es original, porque "el número de fábulas o de metáforas de que es capaz la imaginación de los hombres es limitada", pero toda obra es universal, ya que esas contadas invenciones "pueden ser todo para todos como el Apóstol."
"Está permitido encontrar en este mito más verdad que en las verdades de nuestra 'ciencia' literaria. La literatura es ese campo plástico, ese espacio curvo en el cual las relaciones más inesperadas y los encuentros más paradojales son posibles a cada instante."
"El sentido de los libros está delante de ellos y no detrás, está en nosotros: un libro no es un sentido dado de una vez para siempre, una revelación que nos toca sufrir, es una reserva de formas que esperan sus sentidos, es la 'inminencia de una revelación que no se produce...' y que cada uno debe producir por sí mismo. (...) La literatura es esa tarea imperceptible e infinita."
Gérard Genette, "La utopía literaria". En Figuras - Retórica y estructuralismo. Reproducido en Borges y la crítica. CEAL; Buenos Aires, 1981. Capítulo, Biblioteca Argentina Fundamental, nº 80. 

7 de enero de 2010

Y usted, ¿cómo empezó el año?


Yo empecé el año ordenando la biblioteca. Posiblemente este sea un posteo más adecuado para Fauna, pero dejémoslo correr aquí, ya que no hablaré ni reseñaré ningún libro, sino que hablaré de la experiencia de ordenar una biblioteca. "Ordenar", bueno, en fin, qué presunción la de ciertos verbos, ¿verdad? En puridad, no se ordena nada: se asigna una cierta ubicación a ciertos objetos que, en breve tiempo, muy breve, se desordenarán y volverán a rodar por donde ellos quieran. Se asigna un criterio de ordenación que, nuevamente en puridad, puede ser cualquier otro porque ¿quién me impide ordenar los libros por color, si así lo quisiera? Nadie. Y aunque jamás haría tal cosa, no siempre he ordenado la biblioteca tal como ahora. 
Antes, cuando con dos estantes de un escritorio era suficiente para albergarla toda, usaba el criterio "orden de adquisición". Era lo más práctico y expedito. Sencillamente usted va poniendo un libro detrás de otro, según su fecha de adquisición. Y listo. Eso sí, siempre y cuando tenga el cuidado de anotar algo en apariencia tan trivial como la fecha en que se compra un libro. Pero para mí no tiene nada de trivial, porque cada vez que agarro un libro mío y veo la fecha recuerdo exactamente qué momento de mi vida era ese (¿estaba en el secundario? ¿ya estaba en la facultad? ¿estaba con él? ¿era la primera separación? ¿la segunda? ¿era el momento en el que nos reencontramos? ¿fue después de la debacle? ¿antes?) y en ocasiones recuerdo también qué me llevó a comprar ese libro en ese momento y qué otras cosas acontecían en mi vida y en el mundo también. 
Pero la fecha de adquisición es un criterio que sólo sirve para unas pocas decenas de libros. Cuando se empiezan a acumular centenas y no ya decenas, en mi opinión no queda otra opción que el orden alfábetico. Pero cuando ya se acumulan tantas centenas que se transforman en miles, entonces la amenaza del caos está siempre allí, acechando, y hay que apelar a otras tácticas. En mi caso, a una mixtura de criterios, que podríamos denominar el criterio "genérico-alfabético", complementado con el criterio de origen. Así, para mí la poesía va siempre primero y aparte de todos los demás libros. Por otra parte, el criterio de origen refiere a qué literatura pertenecen los susodichos libros. Se podría hilar muy fino y tener tantas literaturas como seres humanos tiene el mundo pero yo, para simplificar, escogí dividir mi biblioteca en cuatro grandes grupos: literatura argentina, literatura española, literatura latinoamericana y literatura universal. De los cuatro, el sector latinoamericano ocupa apenas dos estantes, contra los doce o trece de literatura universal, los siete de española y los ya perdí la cuenta cuántos de literatura argentina. 
Entonces, dijimos, la poesía primero. Después, dependerá del grupo en cuestión: puede haber más o menos crítica literaria, algunas antologías específicas, el resto seguramente será todo mayormente narrativa (también se podría separar el teatro). Pero a medida que voy escribiendo esto me doy cuenta de que la cosa no es tan así. Aquí mismo, donde tengo la PC, hay, por supuesto, estantes. ¿Y qué hay en esos estantes? Veamos: enciclopedias y diccionarios de toda clase (incluido el que redacté y corregí); libros de gramática castellana y otros textos de lingüística (ahhh, dónde quedaron mis ganas de convertirme en la nueva Chomsky...); libros de crítica literaria de variada especie (léase un Vladimir Propp junto con un Umberto Eco junto con Pierre Bourdieu junto con un Alfonso Reyes); una guía de viaje sobre Europa (ahhh, qué ganas que tenía de irme a Europa en un momento... ¿dónde habrán quedado?); una enciclopedia (desarmada) de literatura argentina (pero, momento, ¿qué hace aquí? ¿No debería estar en el sector de literatura argentina? Hum...); un hermosísimo libro sobre la película "Moulin Rouge", que viene con una sobrecubierta de raso amarillo bordada con canutillos rojos formando el famoso molino de marras; algunos libros fotocopiados (¡oh, sí, sacrílega de mí!); una historia de la literatura publicada en 1902 (con seguridad, el libro más antiguo de toda mi biblioteca); un "almanaque de lo insólito"... ¿Qué criterio impera aquí entonces?
Pero eso no es todo. En mi mesa de trabajo, hay más libros. ¿Y qué tenemos allí? Todos los libros tallerísticos de mi maestro, Marcelo di Marco, junto con el libro de Stephen King Mientras escribo y el maravilloso Qué es ser un escritor de Abelardo Castillo; también se encuentran El camino del artista y El camino del artista en acción, el primero uno de los libros que más me ayudado en toda mi existencia; Cómo se escribe un poema, en sus dos versiones (poetas en lengua inglesa y poetas en lengua castellana y portuguesa); Cómo se escribe un diario; otros libros sobre poesía; otros libros curiosos e inclasificables... De nuevo, ¿qué criterio he aplicado allí? Vaya uno a saber. ¿Libros que quiero/necesito tener cerca? Tal vez.
Pero volviendo a la primera gran clasificación, dentro de cada grupo hay subdivisiones, por así decirlo. Todavía no he terminado de ordenar tooooodaaaaa la biblioteca: falta el grupo más controversial, el de la literatura argentina. ¿Por qué digo "controversial"? Porque ese sector creció en forma desmesurada a partir del 2006, momento en el que empecé a trabajar en el bendito diccionario. Con esa formidable excusa, entonces, compré auténticas carradas, paletadas, paladas de libros que, de un modo u otro, sirvieran para tamaña empresa y así aparecen cosas inimaginables como los Estudios histórico-literarios de Juan María Gutiérrez, las biografías de Arlt, Mujica Lainez, Martínez Estrada, Lucio V. Mansilla, Alejandra Pizarnik y un gran etcétera; la Breve historia de la literatura argentina de Martín Prieto, comprada ni bien salió a la venta; toneladas y toneladas de poesía, a las que se agregan todos los libros de poesía que me regalaron el año pasado sus propios autores; ediciones raras o extrañas de viejos clásicos; las Páginas de Lord Kendal; el Manual de la lengua pampa del coronel Federico Barbará; libros sobre Rosas y Sarmiento; libros de historia; antologías de las más variadas especies y calañas... Todo esto sin contar los estantes ya superpoblados de poesía, crítica y narrativa que existían pre-diccionario (y que nos salvaron las papas en más de una ocasión). 
Como Borges dijera, ordenar una biblioteca es como ordenar un universo y cualquiera sea el orden que establezcamos, rápidamente quedan en claro dos cosas: 1) cualquier orden que se aplique es absolutamente arbitrario y azaroso; 2) establecer ese orden, por simple y nimio que parezca, exige complicadas elucubraciones acerca de sus ventajas y desventajas frente a otros posibles ordenamientos de la materia. Lo que nos lleva a pensar qué complicado debe ser Dios y decidir qué cosa crear y cuál descartar. O más modestamente, nos ilumina acerca de nuestra tarea como artistas: encontrar lo que está de más, saber cuándo hay materia de menos, embellecer sólo hasta alcanzar el punto justo y no más. Saber diagnosticar, como dice mi maestro. Saber discernir, más aún: cuándo parar. 


Addenda: mi teoría de los criterios de ordenación se viene abajo estrepitosamente cuando me doy cuenta de que además de todo lo que enuncié existe un por ahora inexistente estante que albergaría mi colección de literatura erótica junto con otro igualmente inexistente por el momento (hasta que encuentre dónde ubicarlos) con los libros de filosofía y algo que vagamente podríamos denominar "antropología" o "psicobiología" o algo así (donde se incluyen libros como El zoo humano o una Historia de la locura). Sin contar tampoco las dos pequeñas columnatas de libros de romani y de aqueos que sostienen uno de los estantes que siempre amenaza con venirse abajo. Como por ahora los libros en latín y las tragedias griegas no los frecuento, me parecieron los ideales para oficiar de pilares. Después de todo, Grecia y Roma son la cuna de la ¿sabiduría? occidental, ¿no? 


Segunda addenda: Peor aún, ahora me doy cuenta de que también hay un sector no oficialmente reconocido aún con libros de humor (como, por ejemplo, Cómo ser una idische mame de Dan Greenburg o Dónde están los hombres de Serena Gray) que se complementa con algunos libros de astrología, uno de Maitena, otros de simil cómic y un par de cosas más "por el estilo"... pero sabrá Dios qué estilo es ese... Algún día les hablaré de mi colección de revistas de historietas también. ¿Forman o no parte de la biblioteca? Hum... en qué berenjenal me metí, mejor ¿lo dejamos ahí?

19 de agosto de 2009

Libros terapéuticos

Me tendrán que perdonar los lectores habituales de este blog así como sus followers estos excursos por la vía netamente personal. Hoy las únicas curvas y los únicos desvíos que me interesan son los que transita mi espíritu, una vez más "bamboozled by love" (*). El que dijo que abril era el mes más cruel, se equivocaba. En mi caso, parece que es agosto nomás el que se lleva todas las palmas en lo que a crueldad se refiere. Y para colmo se terminó el veranito que estábamos viviendo hasta hace poco y hoy volvió el frío, el gris, la intemperie... Extranjera a la intemperie, así me sentí ya saben cuándo. Extraña, ajena, lejana. Más lejana que Alina Reyes que es la reina y... Pero no me sentí sola ni desahuciada ni desolada. Extraña paradoja que al momento de enfrentar la verdad cruda y pura no me sintiera más desvalida, desasida, rota para siempre, como solía sentirme antes.
Pero me estoy desviando, una vez más. Y ahora me pregunto: ¿esto, lo del domingo, también fue un desvío? Quizás. Porque en mis planes no estaba. En mis planes el reencuentro era soñado, era perfecto, era fantasmalmente irreal. En mis planes sólo cabía un reencuentro de novela, de telenovela, de folletín, de novelín de Corín Tellado, y lo digo sin ninguna vergüenza. Soy y siempre he sido una romántica absurda, ingenua, batallante y apasionada. Una militante del romanticismo a cualquier precio (así me va, claro). Una idiota absoluta, una fantástica pelotuda en lo que a cuestiones amorosas se trata. Pero no me importa, porque no pienso dejar de creer, ni de ilusionarme ni de querer querer y querer que me quieran. Así me haga bolsa de nuevo contra éste u otros muros de hipocresía y frialdad. Contra la misma cara de las mentiras y de las verdades a medias y de todos los entredichos habidos y por haber. No pienso dejar de creer en todo, hasta en las dedicatorias, como decía Baldomero.
Ya que el reencuentro (llamarlo así es una falta de respeto a tan bella palabra, pero no sé qué otro nombre ponerle a lo que nunca supe cómo nombrar y a lo que siempre me afané y esforcé por nombrar en todos mis poemas) no fue como mi mente enamorada y mi corazón agónico y mi cuerpo extático lo esperaban, debo recurrir, una vez más, a lo que hace ya un tiempo denominé "libros terapéuticos" y que no son, como su nombre pudiera indicar, los típicos manuales de autoayuda. Bah, en realidad sí, pero no están escritos por Osho, Bucay y otros embaucadores famosos sino por escritores, por pares, por almas gemelas a través de la historia y los siglos.
Son esos libros que uno sabe que los abra por donde los abra encontrará siempre un gramo de sabiduría, encontrará consuelo, encontrará perdón, explicación, causa y efecto de todos sus malditos pesares. Son, por lo general, esas novelas con cuyos personajes nos identificamos hasta la saciedad, que leemos sin parar, que podemos releer quinientas veces sin cansarnos jamás. Son, por lo general, de esos autores que leímos en la adolescencia cuando somos una esponja que lo absorbe todo sin tasa y sin filtro, cuando somos una tabula rasa al raso, que de a poco se va llenando de lecturas, conflictos, pesares y experiencias.
Son esos libros que nos marcaron un camino, que como una madre o un amigo comprensivos nos restañaron las heridas y nos secaron las lágrimas en los momentos de zozobra extrema. Son los que nos acompañarían hasta el fin del mundo, los que salvaríamos de una catastrófe sin dudarlo o los que aprenderíamos de memoria si se cumpliera la profecía de Bradbury. Son esos libros que nos ayudaron a crecer como seres humanos pensantes y no como meras máquinas de reproducir conductas y estados políticamente correctos (ya saben lo que pienso de la corrección política...). Son los libros que, ay, hay que decirlo, uno quisiera haber escrito, aquellos por los que se muere de sanísima envidia, los mismos que nos empujan a escribir (y si un libro os da ganas de escribir, amigos, es que está maravillosamente bien escrito y ha cumplido con su cometido).
Así, hoy quiero compartir algunas citas-curitas, algunas citas-carilinas, algunas citas para recomponer las trizas de mi alma y salir a perseguir, ahora sí (algún día tenía que ser, está claro), todos mis pedazos, todos mis sueños, todo lo que está en germen pugnando (¿existe verbo más bello?) por salir de una vez por todas.
Si quieren compartir sus propios libros terapéuticos, serán muy bienvenidos.

ü “Lo que es más importante, jamás se permite que en la soledad la mujer sea ella misma (a pesar de que bien sabe cuán infelices son sus amigas casadas). Vive como si estuviese siempre al borde de una gran realización. Como si estuviese esperando que el Príncipe Encantado la arranque “de todo esto”. ¿Y qué es todo esto? ¿La soledad de vivir en el ámbito de su propia alma? ¿La certidumbre de ser ella misma y no la mitad de algo diferente?”

ü “Sólo quería recordarme lo que me había dicho muchas veces:

—Usted no es una secretaria, sino una poetisa. ¿Por qué cree que su vida debe ser simple? ¿Qué le hace pensar que puede evitar todos los conflictos? ¿por qué supone que puede evitar el dolor? ¿O la pasión? Bien puede decirse algo a favor de la pasión. ¿Jamás se tomará libertades para perdonarse luego?”

ü “En mi caso nada es real hasta que lo escribo —corrigiéndolo y embelleciéndolo a medida que lo desarrollo. Siempre estoy esperando que las cosas concluyan para llegar a casa y pasarlas al papel.”

Erica Jong, Miedo a volar.

ü “Si escribiera esta novela, el tema principal quedaría soterrado al comienzo, y sólo más tarde iría predominando. El tema de la esposa de Paul, de la tercera persona. Al principio, Ella nunca piensa en esa mujer, pero luego tiene que hacer un esfuerzo deliberado para apartarla de su mente. Esto ocurre cuando ella se da cuenta que su actitud es despreciable: se siente triunfadora, satisfecha de haberle quitado a Paul. Entonces se horroriza y avergüenza tanto, que rápidamente esconde sus sentimientos. No obstante, la sombra de la tercera persona vuelve a alzarse y le resulta imposible no pensar en ella. Reflexiona mucho sobre la mujer invisible a la que Paul siempre vuelve (y junto al la cual siempre acabará volviendo) y no tiene sensación de triunfo sino de envidia.”

ü “Y, mientras está allí, contemplándose a sí misma comprendió que aquella locura estaba relacionada con el extravío que le impidiera comprender que la aventura debía terminar, irremediablemente, en la ingenuidad que la había hecho tan feliz. Sí, aquella estúpida ingenuidad suya, y su fe, y su confianza, la condujeron, lógicamente, a permanecer de pie junto a la ventana, esperando a un hombre que ella sabía muy bien, no iba a regresar.”

ü “Me causa miedo el hecho de que, cuando escribo, parece que tengo un terrible sexto sentido o algo así, cierta intuición. En esos momentos, empieza a trabajar en mí un tipo de inteligencia que en la vida ordinaria sería demasiado dolorosa, pues me sería imposible vivir si la usara en la vida.”

Doris Lessing, El cuaderno dorado.

ü “Esto es una locura pasada de moda que ningún novelista moderno se atrevería a escribir, se decía. El enamoramiento no es político. Y tampoco es rentable. El enamoramiento no es una historia, es una retahíla de emociones descontroladas. Una traición a todo, incluso al feminismo. Algo que no le interesa a nadie. Le pasa a mucha gente, decía Natalia, te crees protagonista de una relación que, hoy en día, es habitual. Señora independiente que ama a señor casado, nada más.”

ü “Las sensaciones que tenemos después de haber amado, la mezcla de placer y dolor, el punto concentrado en algún lugar del cuerpo..., el agudo sentimiento de gozo y melancolía, explicar la oscura emoción, compenetración viva, insensata, pueril, felizmente inocente que nos envuelve bajo el misterio de la inconsciencia... “

Montserrat Roig, La hora violeta.

ü “... los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también.”

ü “Todos necesitamos que alguien nos mire.”

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.

ü “¡Tú no podías atrapar por tí misma la presa, pero podías esperarla!”

August Strindberg, La más fuerte.

ü “¡Qué día gris, triste, funesto aquel en que el amante se da cuenta de pronto de que ya no está poseído, de que está curado por así decirlo, de su gran amor! (…) El sentimiento de alivio que engendra ese despertar puede a uno hacerle creer con toda sinceridad que ha recuperado su libertad. ¡Pero a qué precio! ¡Qué libertad tan pobre! ¿No es una calamidad volver a contemplar el mundo con la mirada cotidiana, con el discernimiento de todos los días? ¿No es doloroso encontrarse rodeado por seres conocidos y vulgares? ¿No es espantoso pensar que uno tiene que seguir adelante, como dicen, pero con piedras en las entrañas y guijarros en la boca? ¿Encontrar cenizas, nada más que cenizas, donde antes había soles resplandecientes, maravillas, magnificencias, una maravilla tras otra, una magnificencia tras otra y todo creado espontáneamente como por alguna fuente mágica? Si hay algo que merece ser llamado milagroso ¿no es el amor? ¿Qué otro poder, qué otra fuerza misteriosa existe que pueda investir a la vida de un esplendor tan innegable?”

Henry Miller, Nexus.

(*) "Bamboozled by love" es un tema de Frank Zappa, cuya traducción podría ser "embaucado por el amor".

8 de agosto de 2008

La acumulación y la angustia lectora (dos caras de la misma moneda)

Imagino que sucede hasta en las mejores familias. Después de postear sólo imágenes durante la semana anterior y ante la nulidad de futuros posteos que me prometía el inicio de esta semana, me encuentro ahora en la disyuntiva opuesta: tengo tanto material que no sé qué postear primero, qué postear después. Y lo más cómico del caso es que lo que elegí para postear hoy no pertenece a esos materiales que se acumularon en apenas un par de días. Pero quiero compartir este fragmento de texto que he encontrado entre mis suscripciones a los diversos RSS porque da cuenta de algo que me pasa muy seguido y desde hace mucho tiempo: la angustia lectora.
Esto es: la terrible certeza de que no podremos leerlo todo. Ni aunque quisiéramos. Ni aunque viviéramos mil años. Y quién quiere leerlo todo, podría legítimamente preguntarse alguien (¡alguien que no es lector, desde luego!). Yo quiero. O querría. Por lo menos todo lo que valga la pena ser leído (eso excluye, a ojo de buen cubero, el 70 % de lo que se está vendiendo en estos momentos como "novedad" en cualquier librería del mundo). Aún así, restarían parvas y parvas de obras clásicas cuya no lectura implica por lo menos una falencia grave para cualquiera que se llame a sí mismo lector. La Biblia, libro del que ya he hablado aquí, por ejemplo. Las Mil y Una Noches, La Divina Comedia, La cartuja de Parma (bueno, leí Rojo y Negro), la leyenda de Gilgamesh, El señor de los Anillos, La guerra gaucha (sólo por la proeza verbal de que hace gala Lugones merece ser leída), Adán Buenosayres, La muerte en Venecia, El proceso, y la lista de lo que AÚN no he leído podría seguir y seguir...
Y eso que ahora he vuelto a leer, me digo a modo de consuelo. Porque encima me di el lujo de pasar mucho tiempo sin leer ni escribir nada. Ahora que he vuelto a leer a buen ritmo (un libro a la semana, incluso menos, aunque es algo variable) una luz de esperanza renace en mí: no llegaré a leer todo lo que quiero leer, pero aprovecharé al máximo cada lectura que de aquí en más haga. Pero aún así... cómo no sentirme completamente identificada con este comienzo (apuesto a que muchos de ustedes lo estarán tanto como yo):

"Me atormenta la idea de que nunca seré capaz de leer ni la más ínfima cantidad de los libros que me interesan, me consume la certeza de que sólo alcanzaré a poseer una mínima fracción de los libros que han sido publicados, me abruma y mortifica la magnitud de mi desconocimiento, de mi ignorancia. La cuenta es muy sencilla de realizar: si un lector voraz como yo pudiera leer dos libros semanales durante los próximos cuarenta años —suponiendo que las facultades mentales no quedaran de ninguna manera mermadas y que la agudeza visual no necesitara de ninguna clase de soporte o de refuerzo— tendríamos que podría llegar a leer, ni siquiera a releer, unos cuatro mil sesenta libros, una suma ridícula si reparamos en la cantidad desorbitada de libros que se superponen en las librerías, en el continuo rotar de las novedades, por no mencionar la inabarcable producción de los clásicos de todos los siglos precedentes. Yo confieso que asomarme a ese abismo me produce una desazón tan aguda que intento compensarla con una acumulación doblemente desmedida de títulos, en la vana esperanza de que el mero amontonamiento atenúe mi angustia. Quien no padece esta enfermedad no sabe de qué estoy hablando; quien nunca haya perdido el resuello, la orientación y aún el sentido —se le haya nublado la vista y haya padecido un leve mareo— entre las baldas atestadas de una librería, no sabe a qué me refiero; quien no haya sufrido de vértigos o de apneas en el acecho y el asedio silenciosos a un libro, no sabrá de qué sentimiento estoy hablando; quien no haya deseado poseer una biblioteca infinita y una extensión de tiempo paralela para anegarse en las páginas de todos los libros, no debe seguir leyendo estas cuartillas, eso en la improbable contingencia de que hubieran caído en sus manos y hubiera alcanzado a leer hasta este renglón".

El cuento se llama "Lo peor son los autores", el libro Las mujeres que vuelan y el autor, Joaquín Rodríguez, autor además de este excelente blog.
En cuanto a los próximos posteos habrá más mariposas, más poemas curvos, un desvío completamente imprevisto (o eso creo) y más imágenes de curvas y con curvas muy pronto.
Tengan todos un bello fin de semana y cuéntenme qué están leyendo, cuáles son sus deudas literarias ya que yo les confesé algunas de las mías.
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