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19 de junio de 2010

La curva del recuerdo

Hoy es un día signado por los recuerdos. Mejor dicho, por un recuerdo. Por alguna razón, que intuyo nunca llegaré a develar, recordé una tarde posiblemente "mágica" con quien ya se imaginarán. Cuando llegué al taller de escritura creativa al que asisto, la consigna era hacer un listado de diez recuerdos, elegir uno y tratar de darle un tono netamente novelístico al mismo. El primer recuerdo de la lista fue el de esa tarde y, por su propio peso, fue también el elegido para volverlo, dentro de lo posible, literatura.
Ustedes me dirán si lo he logrado: 

No sé porqué me acordé de eso. Se supone que ya está todo terminado, que todo lo que alguna vez me pareció posible con él ya está definitivamente clausurado. Pero por alguna razón, recordé esa tarde, ese momento, ese abrazo. Mi memoria eligió un momento del que ya hacía mucho tiempo que no tenía ni noticias. Antes hubiera pensado que hasta se trataba de un buen recuerdo, que este era uno de los pocos -poquísimos- buenos momentos que habíamos vivido juntos. ¿Que habíamos vivido juntos? Bueno, que yo había vivido con él, porque ya estoy convencida de que cada cual vive en su propia realidad y vive las cosas según sus propios filtros y sus propios tamices. 
Pero no sé porqué me acordé de esa tarde. Quizá sea por el frío, porque recordé su pulover de esa lana entremezclada de negro y blanco y quizás gris. Quizás fuera porque hoy también hacía frío y había sol como esa tarde en la que yo estaba en mi casa. Casi seguro que era un jueves, el único día libre que tenía yo por entonces. Estábamos en uno de esos graves momentos de "impasse" y por alguna razón que ya no recuerdo él vino a verme. ¿Con qué excusa? ¿A santo de qué? No lo sé. Sólo sé que vino y hablamos. Pero más que hablar, escuchamos música. Música que él había traído, cuándo no. Spinetta. Fue el tiempo en el que estaba descarrilado con ese disco de los Socios del Desierto. ¿De qué hablamos? No sé. ¿De qué íbamos a hablar? De nosotros, de nuestra situación, de las mismas cosas que hablabámos siempre hasta el hartazgo. Pero eso no es lo importante, no es eso lo que perdura. 
Lo importante en el recuerdo de esa tarde, que la mala poeta que llevo adentro no tardaría en calificar de "mágica" sin ningún pudor, no fue eso. Lo importante, creo, fue el abrazo. No, no el abrazo que él me dio si no el abrazo que yo le di y la sensación que tuve al estar abrazada a él, a mi "amor eterno", al "hombre de mi vida", al "único vendimiador posible". (Cuántos nombres para un solo sujeto, ¿verdad? Y hay más, pero por pudor, que algo de eso yo aún sí tengo, los callo). Estábamos en el estudio, el mismo en el que ahora siguen reposando y agigantándose mis libros, el mismo donde yo sigo tecleando en estas duras noches de invierno, el mismo donde le escribí cartas, diatribas, declaraciones de amor/odio y millones de estúpidos y gloriosos y horrísonos poemas. Él se había sentado en una de las sillas, Spinetta sonaba desde la compu (que aún es la misma) y yo me había sentado arriba de él, que para eso nunca tuve pudicia. Y lo había abrazado, mis manos lo acariciaban, paseaban por su frente, se perdían en su pelo y mi cabeza había encontrado el hueco perfecto en sus hombros y toda yo estaba ya irremediablemente perdida en su olor y en el tacto que desprendían su piel y su ropa. 
Abrazados, entrelazados, en silencio, escuchábamos esos versos perversos de Luis Almirante Brown ("el deseo no me deja partir" decía uno de los más malditos), pero en realidad creo que yo escuchaba otra cosa. Escuchaba el atroz y maravilloso silencio que de pronto habían hecho todas las voces que pululaban siempre por mi cabeza, acaso subyugadas por la perfección (bastante módica y pequeña, según lo pienso ahora) de ese momento. No quería nada más que eso. No pedía nada más que eso. Estar así con él, poder abrazarlo y oírlo hablar de lo que más amaba (la música, claro, no yo) y nada más. Admirarlo, una vez más y van... De nuevo súbdita, de nuevo esclava, de nuevo ese ente privado de voluntad (que es lo mismo que estar privado de libertad) que sólo puede amar y entregarse incondicionalmente a su distante y cruel tirano. Tirano. Tiranuelo. Dictador de pacotilla, pequeño y casero führer cuyo único talento real consistía en su prodigiosa habilidad para componer música fuera de este mundo y para tocar la guitarra como un verdadero dios pagano. Eso era todo lo que había en él. De eso se componía esta octava maravilla que yo adoraba tanto. Pero entonces, en aquella tarde fría y soleada ("e iluminada por su presencia", sigue acotando la poeta mala), eso era todo lo que yo necesitaba. Lo que yo quería. De eso tan inasible y fantasmal y hasta utópico (¿acaso pude alguna vez atrapar entre mis piernas sus talentos o reproducirlos en mi escritura?) se conformaba el universo para mí. Y su olor y el contacto eléctrico de su pelo y el caudal sonoro de su voz retumbando a través de sus huesos en mis oídos y las bromas y las cosas que sólo nosotros sabíamos y que sólo a nosotros nos hacían tan felices... O eso creíamos. O, mejor dicho, eso creía yo. 
Las horas se pasaron volando esa tarde de un invierno tan parecido y tan distinto ya a éste y todavía creo recordar que cuando él se fue (¿habré de decir "cuando volvió a su casa con su mujer y sus hijos"? mejor no, para qué aclararlo a esta altura) la sensación de beatitud, ese neto estado de gracia, prosiguió y el "impasse" en el que estábamos se rompió, desde luego, y hasta recuerdo haberle dicho que eso era todo lo que yo quería, estar así con él y nada más, compartir esas minucias, esas nadas tan magníficas, una vez más las míseras migajas del opíparo banquete con las que yo siempre me conformaba. Eso era todo lo que yo quería, sí, pero eso no era todo y, por supuesto, no duró. No había forma ya de que todo eso durase. Era otra de nuestras imposibles burbujas y, por cierto, era una de las últimas. 
Y, como todas, estalló. 

6 de abril de 2010

La curva de las despedidas

Se suponía que ya no iba a hablar de vos, que ya nos habíamos despedido, que el año pasado había sido la última vez que te nombraba en este blog, pero ya ves, no es así. Tantas cosas se suponen usualmente que no es extraño que esto que no se suponía fuera a suceder, haya sucedido.
Hoy te vi. Estabas con tu hija (¡tan parecida a ella...!) en la estación de tren. Tantas veces que soñé, deseé y supliqué por un encuentro así y ya lo había desestimado, porque suponía que ya no andabas por el barrio. Pero no, ahí estabas. Cuando yo ya me había olvidado de esos pecaminosos deseos de volver a verte y encandilarte, cuando ya ni se me cruzaba por la cabeza que fuera posible, ahí estabas. Vos, el mismo, el de siempre, mi músico lisérgico y fantasmal, narcótico, vándalo, peligroso... Te dediqué tantos adjetivos en mis poemas que podría escribirse todo un glosario con ellos. Y ninguno nunca daba ni dio ni dará en la tecla. La tecla. ¿Qué tecla oprimiste para que yo te amara siempre así? No lo sé. Creo que nunca lo voy a saber. ¿Qué tecla oprimo ahora para seguir mi camino? ¿Delete? ¿Enter? ¿Backspace? No lo sé tampoco. 
Sólo sé que aunque no lo pareciera, ésta fue nuestra despedida. Visto desde afuera eran sólo dos personas, dos conocidos (¿quién sospecharía que éramos en verdad dos amantes?) que se encuentran, se saludan, charlan de banalidades y cada cual sigue su camino. Pero desde adentro fue distinto. Ni toda mi cháchara sobre los lamentables sucesos de que fui objeto los otros días (que le roben a uno tiene ciertas ventajas: se obtiene el protagonismo en cualquier conversación) ni lo poco que vos me contaste pudieron opacar ni ocultar lo que se estaba jugando por detrás. El tan anunciado y vilipendiando y buscado y evitado a la vez fin. Ahora sí. Ya lo venía sintiendo desde hacía rato (porque ni siquiera después de lo que pasó el año pasado podía aún admitirlo) y hoy quedó plasmado. Nada en la actualidad me une a vos y eso está muy bien. Allá quedó el pasado: en una cuenta de gmail que nunca volví a abrir, en algunos recovecos de tu blog, en pasados posteos de este mismo blog, en mis diarios y en mis poemas. 
Se terminó. Y está muy bien que se haya terminado. 
No me resulta fácil decirlo, sin embargo. Lo digo con lágrimas en los ojos, una vez más, pero sé que es lo mejor. Más aún, es lo adecuado, que siempre es mucho mejor que lo correcto. Ya no podría estar con vos: la vestal se fue hace mucho, se arrojó, feliz, como profetizo en varios poemas, en el centro de su propio fuego, del fuego que con tanto celo cuidaba día y noche. La sierva, la supliciada, la émula de Alejandra Pizarnik, de Sylvia Plath, de Erica Jong y de todas las mujeres maltratadas por el bruto de turno murió allí también. La prueba está en que hasta te fuiste de mi poesía. Otros son los musos que me inspiran ahora, otros los vientos, otros los caminos que recorro y que quiero empezar a recorrer con ansiedad adánica (o evánica, digamos). Otros son y nada hay de malo en ello y sé que si algún día llegás a leer esto lo comprenderás perfectamente porque vos también recorrés ya otras sendas y otras auras y otros duelos y eso está perfecto, es lo que tiene que ser, lo que siempre tuvo que ser (lo nuestro no, lo nuestro nunca tenía que ser). 
Me quedo, eso sí, con el abrazo que me diste y con lo que creí percibir en tu mirada: una mezcla de nostalgia y encanto, como esas últimas llamitas que quedan ardiendo cuando ya se enfrió toda la lava y el volcán que antes nos arrastró tanto y tan lejos empieza ya a humear, despacio, tranquilo, aliviado al fin. No quería quedarme con las imágenes del encuentro anterior, porque estaban cargadas de odios, rencores y tantos otros sentimientos negativos que siempre estuvieron amalgamados con lo más profundo de nuestro amor (o con lo que demonios haya sido). No quería odiarte ni cuando te dije que te odiaba ni cuando te eché de mi casa (oh, he sido siempre tan melodramática, ¿no?) ni cuando te dije cosas horribles e irrepetibles. Nunca hice otra cosa que no fuera amarte, ya no importa si a vos o a la idea mítica que yo tenía de vos. Pero no quería quedarme con esa piedra oscura y fría adentro, con ese peso que me llagaba, con ese dolor todavía presente. Por eso celebro que nos hayamos visto así, como se encuentra un día cualquiera la gente civilizada y mientras en la superficie se discurre acerca de las banalidades diarias, en lo profundo se restañan y curan todas las heridas. 
Ojalá haya sido algo así para vos también. 
Chau, amor, que estés bien, como te dije hoy. 


P. D.: Hoy me voy a dar el lujo de poner una foto tuya, de la misma manera que en su momento puse fotos de Zappa o de cualquier otra persona que juzgué digna de estar aquí. 

P. D.: Hoy volví a entrar en esa cuenta de gmail que ya no frecuento y encontré todos esos maravillosos, delirantes, enojosos, malévolos, hermosos y apasionados mails que intercambiamos hace ya tanto tiempo y me encontré con esta cita de la novela de Philip Roth, El teatro de Sabbath, novela de la que saqué otro de mis tantos seudónimos (Drenka Balich, el mismo con el que aún aparezco en tu blog): 

"Parodia, juego, el talento y el gusto de lo clandestino, el conocimiento de que todo lo subterráneo supera con mucho a lo terráneo, cierto equilibrio físico, el equilibrio que es la expresión más pura de su libertad sexual."

P. D. (última): En febrero pasado se cumplieron quince años exactos desde la primera vez que nos vimos... Y todavía hay sensaciones, momentos, palabras y miradas de esa primera vez que me resulta del todo imposible olvidar. Intuyo que eso nunca cambiará, al igual que la posesión demoníaca a la que aún me somete, con tanta facilidad y maestría, tu música.  

2 de diciembre de 2009

Otra vez la música me dispara reflexiones desviadas...

Está tan lejos que casi no puedo creerlo. Pero está tan lejos como quiero que esté. Y no quiero que se acerque ni un milímetro. Antes, sin embargo, hubiera dado cualquier cosa, hasta un brazo, por tenerlo unos centímetros más cerca, mejor dicho, porque volviera. Que volviera era el máximo anhelo hasta no hace mucho. Que se produjera ese bendito llamado telefónico, que se concretara el demorado reencuentro, que al fin mis ojos volvieran a verlo y a admirarlo y a sucumbir como cada vez... Que de nuevo se reiniciara la larga marcha, que el exquisito martirio volviera a coronar mis días, que de nuevo yo fuera la vestal, la supliciada, la suplicante, la sumisa y devota amante que a su (propio) hechizo se rinde, la que a nada se niega, la que a todo se entrega con ferocidad digna de mejor causa...
Pero no sirvió. El llamado telefónico se produjo, el reencuentro aconteció y los ojos volvieron a quedar prendados en su maldición eterna pero no sirvió. Quedó todo tan lejos que, insisto, casi no puedo creerlo. Ya no sé quién es ese que me provocaba torrentes de ardiente lava ante la sola mención de su nombre mundano. Ya no sé quién es ni me importa. Ha desaparecido. Murió el ídolo dentro mío y no queda ya sino una solitaria lápida, desgastada por el agua de numerosas y grises lluvias. "De lo que había ya no hay más...", es cierto. No hay nada. Con excepción de una cosa. Su música.
Su música, su obra, lo único que en verdad perdura. Su arte. Su particular manera de empuñar una guitarra, de arrancarle sonidos extraños, distintos, infrecuentes. Sus melodías y sus ritmos entrecortados, disonantes, diferentes. Sus modos. Sus entonaciones. Eso que sólo él sabe producir y que siempre me hacía decir que era "él" y no cualquier otro cristiano. Todo lo que lo hacía tan distinto al resto, tan único, tan maravilloso, permanece intacto allí, en la sonoridad evanescente de su música. Es lo único que ha quedado. Y está bien. No hace falta más. Todo lo demás ha sido sepultado y no vale la pena exhumarlo. Hasta ha abandonado mi poesía, tan lejos, reitero, está.
Y ahora temo, como si de un fatal sino se tratara, que haberlo recordado en este post salido out of nowhere (salido en realidad de haber escuchado atenta e impensadamente uno de sus solos de guitarra) oficie de invocación y reaparezca para decirme algunas de las estupideces que yo tanto amaba que me dijera, y todo recomience, en un eterno loop...

Los dejo con uno de mis temas favoritos de Zappa, que siempre me lo recuerda por razones que ya caducaron...



20 de agosto de 2009

Las narcóticas flores de la primavera ya se acercan...

En apenas un mes ella habrá llegado, en apenas treinta días ella estará aquí; ella, que ya nos anda avisando que se acerca con un día como el de hoy, sereno, soleado, brillante. Los árboles aún están en letargo, los cogollos no asoman todavía, pero en el aire ya se siente su presencia, ya se respira, mejor dicho, otro aire. ¿O soy yo la que, finalmente, respira otro aire?
Contra todo lo que pueda pensarse dados mis últimos posteos, estoy bien. Estoy mejor. Y voy a estar aún mejor cuando el agosto de los adioses haya pasado. Increíblemente (o no tanto...) parece que agosto es siempre el mes en el que él y yo nos decimos adiós. Sólo que esta vez fue el adiós definitivo. Ni siquiera una romántica empedernida, militante y ferviente como yo cree ya que haya un retorno ni nada que se le parezca, ni siquiera dentro de diez, quince o veinte años, nada, no es posible, se rompió... Y lo que se rompe mejor no arreglarlo, porque nunca volverá a ser como era, nunca volverá a funcionar y deslizarse como otrora.
Pero, claro. Tengo furibundos ramalazos de tristeza, y de rabia, y de dolor. Accesos de llanto, cóleras repentinas por hechos que sucedieron el mismo domingo o hace más de diez años o hace un rato. Nudos en la garganta díficiles de destrabar, imposibles de disimular. Agujeros negros en el estómago, allí donde antes siempre había un millón de mariposas danzantes hipnotizándome con sus élitros. Hay pozos de materia oscura aún, negros presentimientos, funestas advertencias acerca de cómo deberá ser mi conducta en el futuro, respecto a él y a cualquier otro. ¿Cómo pude haber cedido a los cantos sirenaicos que tan bien había esquivado primero? ¿Por qué no fui más fuerte, por qué no pedí auxilio a los santos, por qué me dejé una vez más?
Hoy se me ocurrió pensar que nada de lo vivido retornará. Ni lo bueno ni lo malo ni lo intermedio. Nada. Nada podrá ser recuperado, nada podrá repetirse jamás. Pero. Pero sí puedo revivirlo si lo escribo. Ahora sí. Ahora estoy lista para escribir esta novela. No podía escribirla mientras la vivía, como quedó claramente demostrado en uno de los tantos comienzos truncos que tengo dando vueltas por ahí. No podía vivir y escribir al mismo tiempo. Pero ahora sí. Ahora bastará echar mano a los diarios y a los recuerdos para escribir la más fantástica de las novelas de amor y desamor, la más alucinante versión del "odi et amo" catuliano, la más fabulosa de las fábulas fabulescas acerca de dos seres que creían estar cósmicamente conectados a través de las galaxias y las esferas... Ahora, cuando quiera, cuando guste, podré hacerlo.
Pero antes será necesario completar el duelo de este amor. Puede que eso lleve algún tiempo. Puede que tenga, en el proceso, alguna recaída, algún tropezón. Quizás no (tengo la esperanza de que no). Puede que llore más todavía, puede que aún tenga otras mil poesías para él u otro millón, no lo sé, puede todo eso y mucho más. No importará. Porque sobreviví, la tragedia ya quedó atrás. Aún humea su pira, aún destella, con palidez suprema, su resplandor. Aún se calcina mi corazón en esa hoguera pero pronto llegará la ceniza salvadora, el hueso pulverizado, la fina sombra de la muerte se cernirá sobre todo ello como la nieve en el final de "Los muertos" de Joyce.
Entonces, podré ir al cementerio de los amores fenecidos, al camposanto más bendito, y dejarle unas flores y llorarlo en la privacidad salvaje de la naturaleza cada tanto. Lloraré mi amor, mis esperanzas, mis ingenuas patrañas, mis poemas nonatos, y a Ariadna; lloraré su pelo, su espalda, su voz; lloraré por "Paraíso" y por cada una de las canciones que no me dedicó; lloraré por mí, por aquella ella que lo adoraba tanto como para olvidarse de que existía y de que tenía una vida aparte; lloraré por mi pena, por mi única y exclusiva pena; lloraré por todo lo que merezca ser llorado; lloraré por cada uno de los besos robados, de las lágrimas ofrendadas, de los abrazos no dados; lloraré por cada una de las imágenes que me azotan y acongojan con furia y saña morbosas; lloraré hasta que los ojos se me partan y las manos se me abran y el cuerpo diga un gran y tenebroso basta... y le llevaré flores, flores narcóticas, flores de otro mundo, flores malditas cada vez que me acerque al túmulo que erigiré conmemorando los restos de lo que no fue, de lo que, ahora sé, nunca tuvo que haber sido.


Imagen: "Bellagio" en http://www.flickr.com/photos/52923129@N00/517439237

17 de agosto de 2009

La curva del desengaño

Después de la muerte, ¿existe algo más triste que un desengaño amoroso? No me refiero a la infidelidad, me refiero a ese momento en el que el que ama, deja de amar. ¿Por qué deja de amar? Porque ya no puede seguir sosteniendo la ficción que él mismo se había construido a partir de una persona real de carne y hueso, a la que -sin su consentimiento- ha investido con las maravillas más magníficas de la creación, téngalas esta persona o no. No importa.
El que ama se contenta con contemplar su propia creación, su espejo, su laguna de plateado narcisismo. El que ama no necesita nada, en realidad. Le basta una palabra, una mirada, un gesto nimio e imperceptible para vivir en extásis durante semanas, meses y hasta años. ¡Cuánto no habrán de durarle un beso, un abrazo, toda una noche de maravilloso amor del bueno! Pero un día todo eso se acaba. Un día no hay palabra, gesto, beso o recuerdo que alcance para llegar al nirvana. Un día todo se termina. Generalmente esto sucede cuando uno ya se ha separado hace mucho de la persona amada. Cuando ya no lo ve ni lo siente ni lo huele más. Cuando deja de formar parte de la realidad cotidiana, del tedio urbano, de la misma mierda que día tras día intenta sumergirnos en su oscuro lodo. Y así, cuando de pronto volvemos a ver al otrora ser amado, el desengaño sobrevuela rasante y triunfa. Ya no hay maravillas. Ya no hay magia. Ya no hay nada.
Eso es lo que me ha sucedido ayer, exactamente two years later de esa dolorosa pero necesaria separación. Dos años después de no verlo más que en esas dos fugaces oportunidades, ya reseñadas aquí, dos años después de no saber casi nada de él, dos años después de aburrir a muchas personas con mi historia, con nuestra historia, con nuestras idas y venidas, dos años después de penar, sufrir, esperar, suponer, ansiar, anhelar pero nunca accionar porque sabía que no debía hacerlo, se produjo el ansiado, temido, postergado reencuentro.
¿Y te arrepentís?, me pregunta alguna parte de mi ser. No, no me arrepiento, nunca me arrepentí de nada, no creo en el arrepentimiento. Pero no te hizo bien, estás muy triste, por lo que veo, sigue esa u otra parte de mí. Pero tampoco me hizo mal, porque lo que no me mata, etc. A decir verdad, me hizo un favor, igual que hace dos años. Sólo viéndolo por mí misma iba a ser capaz de dar los pasos decisivos para ir hacia mi propio encuentro. Sólo experimentándolo iba a poder pararme sobre mis propios dos pies sin tambalearme ahora que realmente empieza lo bueno. Pero lo amás, continúa esa vocecita que nunca se calla. Por supuesto, pero eso no tiene la menor importancia. Amo algo que ya no existe, amo todo lo que puse yo allí, amo lo que le di, lo poco que me dio, amo lo que tuvimos y ya no volveremos a tener jamás, por supuesto.
¿Cómo no amarlo?, grita el idiota de mi corazón. Pero eso ya no hace ninguna diferencia, ya ni siquiera tiene importancia. No creo que se deje de amar a nadie nunca, a nadie a quien realmente se haya amado, desde luego, a alguien que se haya amado con las tripas, con las entrañas, con el vientre mismo del alma y del cuerpo no creo que se lo pueda dejar de amar jamás, a alguien con quien uno conoció la pasión, o, al menos, una versión de ella, no creo que haya fuerza humana posible capaz de extinguir ese fuego... desde luego. Pero, reitero, no importa. Ya no importa. Y no importa porque el que ama ha dejado de fascinarse al fin. No encontrando todo aquello que antes había cultivado con tanta dedicación y esmero, viendo al fin, y quizá por primera vez, a la persona tal cual, sin nuestros aditamentos, la ficción cae, la fascinación se desploma y todo el ser queda profundamente conmovido, desguarnecido, más desnudo y vulnerable que nunca y, a la vez, vaya paradoja, más fuerte y potente que nunca, más maduro e implacable, más humano, más uno mismo que nunca.
Y en un momento así, un solo libro viene a mi mente y aquí dejo algunas citas. Se trata de Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes. Cuando la tristeza pase (será pronto) este blog retomará su ritmo habitual y mi vida también:

Saber que se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura.

Han sido necesarias muchas casualidades, muchas coincidencias sorprendentes (y tal vez muchas búsquedas), para que encuentre la Imagen que, entre mil, conviene a mi deseo.

Sea lo que fuere del objeto amado, que desaparezca o pase a la región Amistad, de todas maneras, no lo veo desvanecerse: el amor que ha terminado se aleja hacia otro mundo a la manera de un navío espacial que cese de parpadear: el ser amado resonaba como un clamor y helo aquí de golpe apagado (el otro no desaparece jamás cuándo y cómo se lo espera).

El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo.

No se puede regalar lenguaje (¿cómo hacerlo pasar de una mano a otra?), pero se lo puede dedicar —puesto que el otro es un pequeño dios.

para C. A. H., por última vez.

22 de marzo de 2009

Un desvío por las relaciones virtuales

Robo de un blog hermosísimo esta cita para reflexionar acerca de algo en lo que he venido pensando estos últimos días: 

¿Por qué será que, tanto los hombres como las mujeres, pero sobre todo los hombres, estamos dispuestos a aceptar los impedimentos y los rechazos de las relaciones reales, cada vez más rechazos a medida que transcurre el tiempo, cada vez más humillantes y, sin embargo, seguimos intentándolo? La respuesta: porque no podemos prescindir de la relación auténtica real; porque sin lo real perecemos, como si muriésemos de sed.
La cita es de J. M. Coetzee, a quien no he leído (y quien también ha dicho: "Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente",  -!!!-), pero a quien ya mismo me gustaría estar leyendo (ya saben qué regalarme para mi cumpleaños!). Dice allí que "sin lo real perecemos" y yo me atrevería a afirmar que sin lo ilusorio también. Mejor dicho, sin la ilusión, sin la fantasía, sin la ensoñación que, en muchas ocasiones, nos impide (o usamos como excusa para no) ponernos en acción e ir hacia aquello que deseamos. 
Ya he hablado en muchas ocasiones de mi vida amorosa aquí, así que volveré a hacerlo una vez más, porque tiene que ver con lo que plantea Coetzee y con lo que me interesa plantear en este primer domingo de otoño. Los músicos me pueden. No es que habiendo estado mucho tiempo con uno, ahora quiera reeditar todo aquello estando con otro. No, señor Freud, no se adelante. Los músicos me pueden desde que tengo uso de razón, e incluso quizá antes. La primera vez que me enamoré perdidamente de alguien fue, desde luego, de un músico. Un músico en ciernes, bueno, porque tenía la misma edad que yo (quince, diéciseis años), pero ya se veía que era capaz de sacarle sonidos, sonidos ármonicos y melodiosos, desde luego, a cualquier cosa (a una mesa, a las piedras, a mi corazón). No sé qué habrá sido de él, dejé de verlo hace muchísimos años y aunque cada tanto googleo su nombre, nunca aparece nada suyo en la red. Cosa por demás extraña: ¿quién no está hoy en la red? 
Más allá de eso, el caso es que tengo un olfato especial para detectar a un músico a varios kilómetros de distancia y además de ese primer amor adolescente, luego tuve muchos otros entuertos fugaces y no tanto con otros músicos hasta el encuentro, fatal y decisivo, con quien aún es (pero ya debería dejar de serlo, se sabe) "el amor de mi vida". Como ya he hablado de él bastante más de lo aconsejable en estas y en otras páginas, juzgo interesante no agregar nada más al respecto. Acaso sólo podría agregar que es el día de hoy que su música me sigue conmoviendo como siempre, que eso no ha variado ni un ápice y que no creo que vaya a cambiar nunca, y que, como le dije una vez, "ojalá no me gustara tu música", pero, dios, me gusta y me gusta porque es la mejor representación de lo mejor que hay en él, de eso que muy pocas, pero realmente pocas, veces deja salir. 
El caso es que acordamos dejarnos en paz hace ya casi dos años, paz que sólo se vio perturbada por una increíble (o no tanto) invitación suya a su hi5, sitio del que prudentemente me borré luego de un tiempo, y por esos dos fugaces avistajes el año pasado por la calle... Lamentablemente para mi espíritu y para mi psique, aún (sí, aún) aguardo el tercer y definitivo avistaje, aquel que nos permita al menos decirnos "hola, cómo estás" y después sí, seguir como si nada hubiera sucedido (pero nunca se puede seguir así después de reencontrarse con alguien a quien se ha amado hasta la inconsciencia más absoluta y dañina). 
El caso es, decía, que ya debería haberlo superado o por lo menos haber aceptado el hecho de que no estamos juntos y no lo volveremos a estar, sencillamente porque nos hacemos mal. No porque técnica y fácticamente no sea posible, que lo es, las cosas cambian, nada es para siempre, se pudo haber separado ayer mismo incluso, si no porque ha sido fehacientemente probado que, por nuestras características psíquicas y emocionales actuamos en el otro como un verdadero pharmakón: un lento envenenamiento, una narcotización sinuosa y ondulante, que empieza primero con una terrible y maravillosa e insuperable euforia, con la sensación más entusiástica y orgiástica que imaginarse puedan y que termina, siempre, invariablemente, en los abismos más profundos de la desesperación, de la miseria y de la desolación. ¿Exagerado? En absoluto. Cualquiera que sepa lo que es una verdadera pasión, comprenderá que estas palabras apenas si descubren-describen una mínima parte de ella.
En este contexto, desde que me he separado de él, y por otras circunstancias que no viene al caso enumerar aquí, he procurado conocer a otros hombres y he elegido, quizá equivocadamente, este medio como un modo ¿más expedito? ¿más seguro? ¿más cómodo? de hacerlo. Y así me he visto envuelta en historias francamente risibles, rídiculas, estúpidas y hasta malsanas. Me he llevado numerosos chascos (en todos los sentidos del término), he conocido monigotes y fantoches que ni salidos de un bestiario medieval, he gastado mis mejores armas de seducción (la verba pero también las curvas, claro) en chimangos y otras aves despreciables, he perdido tiempo, energías y horas de escritura por sólo intentar conocer a alguien y estar relativamente bien. Pero, si he de ser justa, también tengo que decir que a pesar de todo eso también conocí algún que otro hombre interesante (a tal punto que estoy en un proyecto artístico muy copado con uno de ellos) y que, como dice Coetzee, he seguido intentándolo a pesar del evidente fracaso que ha sido todo esto. 
¿Por qué he seguido intentándolo? es lo que me pregunto a partir de la cita de Coetzee.
Porque aquí no puede hablarse de una "relación real" sino meramente virtual, fantasiosa, ilusoria. Y aquí viene la última parte de este largo rodeo. Dije que los músicos me pueden. Bien, en consonancia con ese hecho casi fisiológico, diría yo, siempre procuro que mis candidatos lo sean. Si no lo son, al menos tienen que estar vinculados, de una forma u otra, al arte. De otro modo, me parecen irremediablemente (y lo son, qué quieren que les diga) insulsos, aburridos, esquemáticos, sin gracia, etc. Mi último candidato virtual era músico. Lindo hasta decir basta. Divertido. Al parecer alto (otro requisito fundamental). Al parecer interesado (muy) en mí. Teníamos charlas diferentes a las que suelo mantener por el MSN. Hablábamos mucho de música. Saqué a relucir mi sapiencia musical en más de una ocasión. Le hablé de la música contemporánea, de Stockhausen, de Ligeti, de Luigi Nono, de John Cage (ya se puede ver qué culta soy). Del cuarteto de helicópteros de Stockhausen, de "4' 33''" de Cage. Le pasé temas de Ritchie Kotzen, de Jaco Pastorius, de John Zorn (no cualquiera, ¿eh?). Le hablé hasta el cansancio de Zappa, claro. ¡Incluso le pasé música de mi ex! Oh, sí, hasta ese sacrilegio cometí, tanto me gustaba este muchachito. Porque encima le llevo diez años. Y hablabámos casi todas las noches, casi siempre cuando él estaba cenando y siempre me decía que yo le hacía compañía. Y otras cosas por el estilo. Esas dulces melosidades que le entibian el corazón a cualquiera. Y me dejaba notitas en mi muro de FB o comentarios en mis fotos de Tagged. Y yo lo mismo. Y así se construyó una auténtica relación virtual, con oxímoron y contradictio in adjecto incluidos. 
Sin embargo, había algo que a mí me llamaba la atención: siempre que yo mencionaba la posibilidad de conocernos, él decía "sí, sí, claro", pero no concretaba nada. Lo invité a ver a Manuel Ochoa, pianista de jazz del carajo y no me respondió. Lo invité a ver alguna peli en el Festival In-Edit Cinzano y tampoco. ¿Debería haber sospechado antes? Quizás. Pero los seres humanos somos especialistas en no ver aquello que no queremos ver. Todo venía más o menos bien hasta que en un momento, desapareció. Literalmente. Es decir, desapareció del mundo virtual. Su perfil de Tagged ostentó la tétrica leyenda "no longer exists" y se esfumó también de FB. Me preocupé. No entendía qué sucedía. Pero en el fondo lo sospechaba, claro que sí, pero me hubiera matado antes de admitir tal cosa. Yo siempre me había apoyado en su declaración de que no estaba con nadie en este momento, de que su corazón estaba libre. Tomada de esa creencia, desplegué con él también mis artes seductrices, a las que agregué el condimento extra que nos unía, la música. ¿Dónde va a encontrar otra mina que conozca a Jeff Beck, a John Scoffield, a Stanley Jordan? pensaba yo con ingenuidad digna de mejor causa. Y además escritora. Y además curvilínea. Y además... tarada de remate. 
Pero bueno, sigamos, que ya se está haciendo muy largo. Hace unos días reapareció. Oh, sí. Su fotito volvió a aparecer entre mis contactos del FB. Y se conectó al fin al MSN y me habló. Me pidió disculpas por su "desaparición", proclamó haber tenido muchos quilombos pero "ahora ya estoy bien". Qué bueno, pensé yo, pero algo no cerraba en la ecuación. Me alegré, de todos modos, y se lo dije. Y le dije también cuánto me había preocupado por él. "¿Tanto se me extrañó por esos lados". "Por acá sí" fue mi respuesta. Y entonces aconteció el baldazo de agua fría que ya todos deben estar sospechando: su mensaje siguiente fue "te presento a mi gordita", seguido de la aparición de una foto suya con una fémina en actitud amorosa. Lindo melodrama, ¿no? Lo peor del caso no es eso, que era obvio desde el vamos, si se quiere, si no que me haya producido tanto malestar (por ponerle algún nombre) algo que proviene de alguien ¡a quien ni siquiera conozco personalmente!
Por eso me atrevo a reformular lo dicho por Coetzee. En los tiempos que corren, no sólo estamos hambrientos de realidad, también de ilusión. Y cuando encontramos una nos agarramos con todas nuestras fuerzas a ella y cuando se rompe nos lamentamos, pataleamos, fingimos que está todo bien (él: "¿no te alegrás por mí?"; yo: "sí, me alegro un montón"), fingimos que no nos duele, seguimos incluso insistiendo (yo: "¿o sea que ya no tengo chances contigo...? malo"), pretendemos que todo sigue igual que antes y decimos "bueno, lindo, que estés bien, me voy a ocupar de mis blogs" y recordamos que esa misma mañana habíamos soñado con nuestro ex y en el sueño habíamos llorado como niños arrancados a la fuerza de los brazos de su madre y seguimos pretendiendo que todo está bien, que ya pasará, que el amor estará en alguna otra parte (pero dónde, dóndeeeeeee), que quizá sea mejor dejarnos de joder con esta pelotudez de Tagged, del MSN, del FB y salir a la calle (si tan sólo no nos diera tanto miedo hacer eso) y de nuevo contemplamos el altar sagrado donde reposa la imagen de nuestro amado/odiado ex y volvemos a pensar que sólo con él podríamos ser felices, que sólo él, aunque fuera un hijo de puta desalmado, nos merecía, que todos los demás son unos imbéciles redomados, que el único genial y hermoso era él, que con él éramos más felices aunque se pasara MESES enteros sin dirigirnos siquiera una paloma mensajera o aunque nos dijera "no sé si te amo" después de habernos dicho que sí nos amaba, y con locura, y que no quería morirse sin casarse con nosotras (como soy geminiana puedo decir tranquilamente nosotras) y que quería tener una hija con nosotras, que se iba a llamar Ariadna, y que siempre nos había amado, a nosotras, no a ella, y así por el estilo. 
¿Por qué la ilusión tiene esta fuerza? ¿Por qué sigo eligiendo colgarme de la ilusión, cualquiera sea? ¿Por qué es más real para mí lo que leo o lo que imagino que lo que realmente "pasa"? Pero, sobre todo, ¿por qué sigo insistiendo con lo que evidentemente me hace mal? Aunque ya sé, otros pensarán que no es ese el problema sino por qué me sigo enganchando con músicos y no pruebo con otras ramas del arte o del saber... porque soy una groupie en cuerpo y alma y porque alguien capaz de hacer belleza con los sonidos como quien estoy escuchando ahora mismo (Zappa, obvio) siempre va a poder obtener de mí lo quiera.
Acaso allí resida el problema. En que no sé ser una perra. Una auténtica yegua, una verdadera hija de puta que se caga en todo y en todos. Tal vez haya llegado el momento de aprenderlo.  

4 de septiembre de 2008

Desvío amoroso (y catuliano)

Hoy vi a mi amor. Iba a poner a "mi ex" pero ¿ex qué? Dentro mío, aún, no es un ex aunque yo lo llame así frente al mundo. Vi a mi amor entonces. Ya les he hablado de él, solapadamente e incluso con nombre y apellido. Hasta hay un post, ya no recuerdo cuál, que incluye la dirección de su blog. Lo cierto es que muchas veces había imaginado este momento, hasta lo había deseado y rediseñado en mi mente más veces de las aconsejables. Siempre me preguntaba cuándo sería el día, cómo iba a ser el momento y tenía perfectamente planeadas las preguntas que íbamos a intercambiar, las que él me iba a hacer, con las respuestas que yo le iba a dar, y las respuestas suyas que no iba a querer oír ("sí, sigo con L." o "no, estoy viendo a otra persona"; sólo en días -o poquísimas noches de optimismo delirante y agónico- un "volvamos, no puedo vivir sin vos").
Pero, como suele suceder, nada aconteció como yo lo había imaginado, soñado y deseado tantas veces a lo largo de ya un año de separación. Nos cruzamos en plena calle, como desconocidos. Borgeanamente tengo que agregar "acaso siempre lo hemos sido, nunca conocemos realmente a nadie". Tengo la impresión de que no me vio, pero quien sabe, tal vez pienso eso para no agregar al impacto de haberlo visto al fin, la duda terrible y ominosa de si me vio y se hizo el tonto o de si me vio y prefirió hacer como que no me veía... No importa. Sólo importa que lo vi y que, malditamente y como no podía ser de otra manera, porque si hubiera sido de otra manera ni siquiera existiría esta página (y las muchas que vendrán para exorcizar este vivo recuerdo, este amor-no amor que se resiste a morir en mí, que quizá ya haya muerto en él, que tal vez nunca estuvo del todo vivo en ninguno de los dos, pero que en mí no acepta, ni aceptará, al parecer, nunca, la derrota), decía que, como no podía ser de otra manera, volví a encontrarlo impertinentemente hermoso, con la misma hermosura demoníaca de siempre, la que tan subyugada me trae desde el momento mismo en que lo conocí, hace ya 13 años.
Y me diréis, queridos leyentes, con toda razón quizá, y a nosotros qué corno nos importan tus encuentros y desencuentros, tus amores y desamores, tus neurosis, tus adicciones, tus padeceres, tus locuras, tus traiciones (porque todo eso representa él para mí y quizá por eso me cuesta tanto dejarlo, dejarlo ir, soltarlo, "let go", como dicen los yanquis), nosotros queremos leer tus curvas y tus desvíos, queremos saber de tu pluma, no de tu corazón... Pero esta vez he decidido romper mis propias estúpidas reglas acerca de lo que cabe y lo que no cabe en un blog y apelar justamente a la parte menos frecuentada de este blog, la de los desvíos, en la que todo, o prácticamente todo, como en la literatura, cabe. Y entonces me permito este excurso sentimental y meláncolico, estas primeras impresiones después de que lo tan deseado sucedió, estos primeros pasos en el inmediato vacío que sucede al deseo (o la plegaria) concedidos.
Porque a eso quería referirme, para darle alguna entidad a este posteo (y basta de justificaciones, lo sé; al fin y al cabo un blog es algo personal; si estos párrafos no son de su agrado, páselos sin más, use con toda libertad el scroll; yo, no puedo dejar de escribirlos y resulta que he decidido escribirlos aquí y no en la sagrada privacidad de mi diario -y no hace falta decir que "log" en inglés es bitácora, diario íntimo, etc.): a la sensación de desamparo y desasimiento que sobreviene una vez que el sueño se cumplió, una vez que tocamos la maravilla. Esa terrible sensación de ¿esto era todo? que también adviene luego de escribir un poema o un cuento o algo que nos venía rondando la cabeza desde hacía mucho tiempo. Y sí, eso era todo. Y ahora no hay más.
Pero no es cierto. Pronto, nuevos deseos, nuevas plegarias, otros sueños, otros rostros poblarán el espíritu y vendrán otros poemas y otros textos. Pero mientras tanto queda este imposible vacío en derredor, esta cuña atravesada en pleno esternón, el corazón primero desbocado y luego reducido a un trapo (el dedo -¿o el inconciente?- se me escapó y puse primero 'a un tropo', lo que no está nada mal: un tropo, una metáfora que se quedó trunca, sin su término de comparación, como dice el poema de Juarroz) mojado y estrujado, a las cenizas más agrias de su combustión, al tizne con el que mañana (o ahora mismo) escribiré algo que nunca será tan bello como esto:

Odio y amo. Tal vez me preguntas por qué lo hago.
No lo sé. Pero advierto que sucede y me atormento.

Catulo, carmen V, siglo I a. C.

Y justo anoche, por esos dibujos insólitos de la "realidad" (pero qué es la realidad...) o por mero capricho del azar (pero qué es el azar...) retomé parcialmente un texto que había comenzado el año pasado, un texto que habla justamente de él y de mí y que es posible que tenga un destino completamente impensado; pero no sólo eso, sino que su música sonó en la aleatoriedad del shuffle (esa maravillosa opción de los reproductores musicales que nos recrea a un disc-jockey de circuitos integrados y silicio, digamos; y cuando digo disc-jockey pienso en Alejandro Pont Lezica, no pienso en Hernán Cattáneo, y sé que eso denota más que cualquier otra cosa mi edad y cuándo y dónde transcurrió mi infancia... en fin) y primero fue, como siempre suele ser con él y con esta relación maligna, la maravilla absoluta, la rendición, la admiración más alucinada, demencial, la que raya en el servilismo, en lo bizarro, en lo enfermizo; era uno de sus solos, simplemente, nada más, uno de sus solos de guitarra, que en su blog se pueden (o se podían, no lo sé) escuchar; pero después fue, igual que en la vida real (pero qué es la vida real para mí... si no esto?), igual que siempre, igual que en el 95, y en el 99, y en el 2001, y en el 2004 y el año pasado, la desolación más absoluta, la desazón, el lento y sostenido desarmarse de mi persona, el licuarse de mi cordura, la sola persistencia del dolor, la rabia, la agonía en su sentido etimológico, que no es meramente morirse (ojalá lo fuera) sino luchar, que eso es el agón, la lucha por la supervivencia, y, por supuesto, el pathos, el padecer gozoso, el masoquismo, bah, el que me impide, justamente, retornar con él; el que me apartó, Dios sabe cómo, porque yo aún no lo sé, de su lado el año pasado, el que me hizo ver que no era justo ni bueno para ninguno de los dos seguir así. Y esto fue porque sonó mi canción. La que él me regaló. La que se titula "Paraíso" y siempre termina precipitándome, sea por una u otra razón (su voz, su guitarra, la circunstancia en que me la regaló, etc.), en la cursilería y en el infierno de su amor. Por eso lo odio y lo amo, como Catulo a Lesbia. Por eso tal vez nunca haya un final, como dice el bolero. Y como dice otro (o quizá el mismo) bolero, "amor entre los dos es un castigo, es querernos para odiarnos...".

Lo mismo que dice Catulo, bah.

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