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8 de mayo de 2014

Idea, siempre Idea

Hace muchos años que leí por primera vez a Idea Vilariño. Desde el primer instante quedé totalmente prendada. En versos de cautivadora simplicidad y de una sutil crudeza desgarrada, Idea fue plasmando los vaivenes de una existencia signada por un amor (prácticamente) imposible: el que tenía por el escritor Juan Carlos Onetti. Por lo que comentan unos y otros, se llevaban muy mal. Quizás porque ella era intimidante de tan bella; quizás porque él era un hombre que no sabía expresar sus sentimientos más profundos; quizás porque nunca encontraron otro idioma común que no fuera el de la carne. 
Esta nota me recordó, una vez más, esos versos desgarrados y desgarradores y me recordó, cómo no, mi propia historia de amor, a la que siempre he comparado (con las salvedades del caso) con la de ellos. Al igual que Idea, yo también me he pasado meses, años enteros, sin saber nada de mi amado. Y de pronto, un día, el teléfono sonaba y, pum, era él y todo retornaba. Pero del mismo modo nos peleábamos y chau, no nos veíamos por quién sabe cuánto tiempo. O nos veíamos a cada rato. O estábamos viviendo prácticamente juntos. O... los mil y un avatares de los que se atraen tanto que se terminan repeliendo. Odi et amo, una vez más, y hasta el infinito. 
Y estos días de nuevo he estado pensando en él, en el amadodiado, en el idiota que me borra del Facebook porque o bien es idiota o bien alguna otra idiota que se cree con derechos le llena la cabeza o le da órdenes (juro que yo nunca he podido ser esa, no está en mi naturaleza, no me sale), el imbécil que sigue llenando las páginas de mis cuadernos de poemas (oh sí) y las páginas de este blog (y van...), el protagonista masculino de mi nunca terminada ni corregida como se debe novela autobiográfica, el único (¿único?) zopenco que me ha hecho estremecer y desfallecer como nadie más y así podría seguir varios renglones más, pero para qué. Si ya no, como dice el poema de Idea. Ya no. ¿No?


29 de marzo de 2014

La catarata de porqués

La protagonista de mi novela autobiográfica Nunca, nadie, jamás (que soy y no soy yo), un día se dijo: "Amo a un hombre que siempre ama a otra. Mejor dicho, que siempre elige a otra". Un hombre del que se ha hablado mucho aquí mismo (hasta tiene una etiqueta que lo identifica, que hoy no he usado adrede, pues, después de todo, él también es un personaje de mi ficción). Eso desató, como era de esperar, la catarata de los porqués (¡y seguimos!): ¿por qué me obstino en querer a alguien que no me quiere como yo quiero que me quieran -ni nunca lo hará? ¿por qué pretendo siempre lo imposible? ¿por qué no me conformo? ¿por qué él siempre siente la necesidad de hacérmelo saber? ¿por qué siempre otras y no yo? ¿por qué vuelve, entonces, cuando todas las otras se hartan o lo envían de una patada en el orto hasta mi casa? ¿por qué lo acepto, cada vez que vuelve, y sonrío como un gato de Cheshire cada vez que dice que no va a volver? 
Imagen: Analía Pinto (2009)
Y los porqués siguen, inexorables. La protagonista de mi novela es muy cabeza dura. Ella siempre dice que es su ascendente en Tauro, pero yo comienzo a sospechar que es pura necedad, ya ni siquiera obstinación ni tampoco ofuscación (en el sentido griego del término), como pudo haber sido en el pasado. Es necia, por no decir que es estúpida. Es necia porque sabe, desde tiempos inmemoriales, que esto es así. Siempre fue así. Desde el comienzo mismo (la novela así lo describe). ¿Por qué cree esta tonta que eso puede cambiar? ¿Por qué es tan ingenua? (y los porqués vuelven y vuelven). Es necia porque supone que alguna vez esto va a ser distinto. Porque un día él le dijo que. Porque una noche de verano él sostuvo aquello otro. O porque la miró así o porque le acarició asá o porque no sé qué. Ella cree. Ella sigue creyendo. Persiste. Ni una horda de psicoanalistas podría convencerla de lo contrario.
Pero tal vez yo sí pueda. Después de todo, A, la protagonista de mi novela autobiográfica aún inédita, es un personaje de mi creación. Yo podría hacer que A, al fin, se rindiera. Que tirara la toalla de una vez y dijera: ¿sabés qué? me tenés harta vos y todas tus "otras", vos y todas tus payasadas, vos y todas tus idioteces, vos y todas las veces que me dijiste lo que yo quiero escuchar con el único objeto de pasar el rato, no porque lo sintieras verdaderamente, vos y la reputa madre que te remil parió, vos y... Vos, vos, vos, él, él, él, siempre él, ¿no? El malo de la película. El que dice lo que ella quiere escuchar con fines espúreos. El que dice, hace y deshace, como si ella no tuviera vida ni voluntad. Siempre él. El hijo de puta, el conchudo más bello, como lo llamó en algún poema (en este poema). Y, oh sagrado corazón de la psiquis, ¿no sería tiempo, quizás, pequeña A, de empezar a pensar las cosas de otra manera? 
¿Qué tal si nos preguntamos, incluso en un día tan bello como éste, qué pasa con nosotras? ¿Quién es el malo o la mala de la película acá? ¿Qué tal si dejamos de ponernos en el lugar de las pobrecitas y relegadas víctimas por un rato? (un ratito nomás, para probar, ¿dale?). ¿Qué tal si dejamos de fijarnos en lo que esta persona en particular hace y nos fijamos en lo que hacemos aquí dentro? ¿Qué tal si nos fijamos en los aleteos contumaces de este corazón, en la sublime efervescencia de este espíritu, en los tiernos arrebatos que todavía alberga esta piel? Mirá si, por una de esas casualidades nada casuales que tiene la vida, descubrimos que ¡oh! no siempre era él el culpable de tus tormentos ni la causa de tus sinrazones, ni siquiera la musa inspiradora de todos tus poemas... ¡chan! (caída estrepitosa de paradigmas varios). Mirá si, por el mero hecho de aventurarse a pensar un poquito como lo haría tu psicoanalista (guiño guiño), descubrimos que él "no te elige" por la sencilla razón de que sos vos la que nunca se eligió para ocupar ese lugar... ¡lluvia de chanes! (todas las estructuras psíquicas de A estallaron de rabiosa claridad esta mañana cuando al regresar del gimnasio pensó precisamente esto). 
La catarata de los porqués tiene su razón de ser cuando lleva a revelaciones de esta especie, no cuando se queda dando vueltas como un perro queriéndose morder la cola. Sucede que para ello es necesaria una dosis de sereno coraje que no creía poseer hasta ahora. Bienvenidos, pues, los porqués.

20 de agosto de 2009

Las narcóticas flores de la primavera ya se acercan...

En apenas un mes ella habrá llegado, en apenas treinta días ella estará aquí; ella, que ya nos anda avisando que se acerca con un día como el de hoy, sereno, soleado, brillante. Los árboles aún están en letargo, los cogollos no asoman todavía, pero en el aire ya se siente su presencia, ya se respira, mejor dicho, otro aire. ¿O soy yo la que, finalmente, respira otro aire?
Contra todo lo que pueda pensarse dados mis últimos posteos, estoy bien. Estoy mejor. Y voy a estar aún mejor cuando el agosto de los adioses haya pasado. Increíblemente (o no tanto...) parece que agosto es siempre el mes en el que él y yo nos decimos adiós. Sólo que esta vez fue el adiós definitivo. Ni siquiera una romántica empedernida, militante y ferviente como yo cree ya que haya un retorno ni nada que se le parezca, ni siquiera dentro de diez, quince o veinte años, nada, no es posible, se rompió... Y lo que se rompe mejor no arreglarlo, porque nunca volverá a ser como era, nunca volverá a funcionar y deslizarse como otrora.
Pero, claro. Tengo furibundos ramalazos de tristeza, y de rabia, y de dolor. Accesos de llanto, cóleras repentinas por hechos que sucedieron el mismo domingo o hace más de diez años o hace un rato. Nudos en la garganta díficiles de destrabar, imposibles de disimular. Agujeros negros en el estómago, allí donde antes siempre había un millón de mariposas danzantes hipnotizándome con sus élitros. Hay pozos de materia oscura aún, negros presentimientos, funestas advertencias acerca de cómo deberá ser mi conducta en el futuro, respecto a él y a cualquier otro. ¿Cómo pude haber cedido a los cantos sirenaicos que tan bien había esquivado primero? ¿Por qué no fui más fuerte, por qué no pedí auxilio a los santos, por qué me dejé una vez más?
Hoy se me ocurrió pensar que nada de lo vivido retornará. Ni lo bueno ni lo malo ni lo intermedio. Nada. Nada podrá ser recuperado, nada podrá repetirse jamás. Pero. Pero sí puedo revivirlo si lo escribo. Ahora sí. Ahora estoy lista para escribir esta novela. No podía escribirla mientras la vivía, como quedó claramente demostrado en uno de los tantos comienzos truncos que tengo dando vueltas por ahí. No podía vivir y escribir al mismo tiempo. Pero ahora sí. Ahora bastará echar mano a los diarios y a los recuerdos para escribir la más fantástica de las novelas de amor y desamor, la más alucinante versión del "odi et amo" catuliano, la más fabulosa de las fábulas fabulescas acerca de dos seres que creían estar cósmicamente conectados a través de las galaxias y las esferas... Ahora, cuando quiera, cuando guste, podré hacerlo.
Pero antes será necesario completar el duelo de este amor. Puede que eso lleve algún tiempo. Puede que tenga, en el proceso, alguna recaída, algún tropezón. Quizás no (tengo la esperanza de que no). Puede que llore más todavía, puede que aún tenga otras mil poesías para él u otro millón, no lo sé, puede todo eso y mucho más. No importará. Porque sobreviví, la tragedia ya quedó atrás. Aún humea su pira, aún destella, con palidez suprema, su resplandor. Aún se calcina mi corazón en esa hoguera pero pronto llegará la ceniza salvadora, el hueso pulverizado, la fina sombra de la muerte se cernirá sobre todo ello como la nieve en el final de "Los muertos" de Joyce.
Entonces, podré ir al cementerio de los amores fenecidos, al camposanto más bendito, y dejarle unas flores y llorarlo en la privacidad salvaje de la naturaleza cada tanto. Lloraré mi amor, mis esperanzas, mis ingenuas patrañas, mis poemas nonatos, y a Ariadna; lloraré su pelo, su espalda, su voz; lloraré por "Paraíso" y por cada una de las canciones que no me dedicó; lloraré por mí, por aquella ella que lo adoraba tanto como para olvidarse de que existía y de que tenía una vida aparte; lloraré por mi pena, por mi única y exclusiva pena; lloraré por todo lo que merezca ser llorado; lloraré por cada uno de los besos robados, de las lágrimas ofrendadas, de los abrazos no dados; lloraré por cada una de las imágenes que me azotan y acongojan con furia y saña morbosas; lloraré hasta que los ojos se me partan y las manos se me abran y el cuerpo diga un gran y tenebroso basta... y le llevaré flores, flores narcóticas, flores de otro mundo, flores malditas cada vez que me acerque al túmulo que erigiré conmemorando los restos de lo que no fue, de lo que, ahora sé, nunca tuvo que haber sido.


Imagen: "Bellagio" en http://www.flickr.com/photos/52923129@N00/517439237
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