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11 de abril de 2014

Percepción del otoño

Hoy, ni bien salí a la calle para ir a trabajar, percibí que era otoño. Si bien es cierto que comenzó hace ya variosssss días, yo todavía no había caído en la cuenta de ello. Todavía la ropa de verano seguía a mano, todavía había motivos para ponerse remeritas y cosas frescas, pero hoy ya me quedó claro que no. No puedo precisar qué fue lo que me hizo percatarme: algo en el aire, tal vez, una tonalidad distinta en el cielo, la tópica referencia a las hojas amarilleando y danzando frenéticas en las veredas. Algo hay que marca el ritmo, el paso de cada estación y no es lo obvio: no es ni la dorada alfombra otoñal, ni el frío irrepetuoso del invierno (¡fuera, estación horrible!), ni el estallido multicolor de la primavera, ni la cálida y demorada sucesión del estío. Es otra cosa, indefinible, inasible, imposible de aferrar, que nos dice el nombre verdadero de cada estación. Eso también tal vez sea la poesía. Esa cosa indefinible, inasible e imposible de aferrar que nos dice, en su propio idioma, el nombre verdadero de cada cosa.

“El otoño espolvorea en nuestro tintero un tamiz de oro como el que usaban los monjes medievales para miniar sus códices, y aunque nos reclama la escritura urgente, el problema de cada día, la denuncia tímida de lo que pasa, toda nuestra escritura va teniendo, por algún tiempo, un resol involuntario y dorado. (...) Aquello que se compró en primavera, luciente y nuevo, industrial y mediocre, tiene ya, en otoño, una pátina de vida, un oriente de muerte, un poco de biografía.”
Francisco Umbral
Imagen: Liliana Muente

 P. S.: Este posteo fue escrito con Catina durmiendo en mi regazo. Más amor, imposible.

21 de marzo de 2010

Otoño 2010

Ha llegado el otoño. Aún no se lo siente tanto, pero los días ya han empezado a acortarse, por las noches refresca, los pies reclaman su par de medias finitas para dormir. Llegó el otoño, mi estación favorita del año, cuando suelo estar o perdidamente enamorada o perdidamente desesperada, penando por lo que fue o lo que no fue o lo que pudo haber sido y tampoco fue. ¿Cómo me encuentra, entonces, este otoño 2010? Me encuentra felizmente azorada, sorprendida, maravillada, a apenas un paso de decir "bueno, sí, qué tanto, estoy enamorada". No lo digo aún por decoro, porque es muy pronto, porque no sé, porque me asusta, porque es muy fuerte, porque hay días que no lo creo y sostengo que no puede ser, porque es complicado, porque ¿la historia se repite?, porque no sé qué pasará, porque he vuelto a escribir, porque aún no escribo lo suficiente, porque no quiero asustarlo, pero él lo sabe y yo lo sé y los dos sabemos que lo sabemos, porque sí, porque no, porque qué sé yo y yo qué sé... No lo digo porque aún no lo puedo creer. 
Pero lo que sí puedo creer es que el pasado, ese pasado del que tantas muestras he dejado en estas bonitas y curvas páginas, ha quedado exactamente allí, en el pasado. He dejado atrás a mi dios del Olimpo, a mi músico narcótico y fantasmal, a mi único vendimiador posible. He terminado con la univocidad, ese cáncer del alma para mi vida y mi escritura. He concluido un período de duelo y planto, he finalizado con toda un aura que nunca creí que fuera posible abandonarla. Se cerró el capítulo, el largo, el larguísimo, el casi casi interminable capítulo "I." en mi vida. Ya no había nada más que decir, por eso los poemas tampoco venían. Ya nos habíamos dicho todo (y si faltaba algo, seguro que ya no tiene importancia o se hubiera dicho). Ya no había nada allí donde antes florecieran las maravillas más estremecedoras, donde la poesía y la música se hicieran dueñas de todo, donde ni un recoveco del alma podía permanecer indiferente a su belleza, sus dones, su magnífica creación.
Son otros los vientos que ahora vienen, con otoñal risa, a despeinarme. Es otro el color de los ojos que me miran y que miro. Es otra la piel y seguro que es otro el sabor. Y ya no importa que sea otro dios del Olimpo o un ser humano común y silvestre (pero desde luego, no es común y mucho menos, silvestre). Ya no importa todo lo que antes importaba, porque es todo nuevo, aun cuando algunas situaciones parecieran repetirse. Pero ni siquiera. No hay dejà-vu. Es todo nuevo. Es todo excitación, nervios, ardorosos retorcimientos de la médula espinal, bruscos cambios de ritmo en el acompasado bombeo del corazón, súbitos vaivenes en la marcha, alteraciones violentas en la respiración. Es otra voz la que me insta ahora, la que me ayuda a volcarme en el papel, la que me parte con su aire. Es todo otro. Y, mejor aún, yo soy otra también. Clara, distinta, diáfana, como escribí en algún poema hace mil años, cuando aún distaba mucho de ser todo eso.
Por eso celebro la llegada de este otoño y aguardo con auténtica fruición sus primicias, cada una de las hojas que ya se cayeron o que están a punto de caer, cada una de las flores que nacerán y morirán en cada esquina, cada uno de sus vientos, de sus brisas y, más aún, cada una de sus amarillas noches.


Imagen: Mary Dineen

21 de marzo de 2009

El otoño y sus desvíos

Hoy comienza el otoño y esta es la entrada número 150 de este blog. 
Recuerdo que el año pasado, para esta misma fecha, hice un posteo meláncolico y un poco apagado, con un poema que había escrito no hacía mucho, en el que por supuesto hablaba de lo mismo de siempre (de mí y de mi amorosa circunstancia). Estuve a punto de hacer algo parecido hoy también, porque de nuevo el otoño me encuentra sola (¿y desesperada...? tal vez), porque de nuevo sus gatos amarillos maúllan muy lejos de mí y sus hojas caedizas no golpean ya a mi puerta y sus yeguas doradas no galopan sobre mis lomos y yo soy, de nuevo, la que mira pasar el espectáculo de eso que algunos se empeñan en llamar la vida, mientras otros son los que, de nuevo, actúan en ella. Pero ¡basta de poesía conmiserativa!, que era exactamente lo que no quería hacer hoy. 
Ayer tuve un mal día, es cierto, y hoy sólo mejoró en cuanto pude ocuparme de lo único que tengo que ocuparme, es decir, mi escritura. En cuanto me zambullí en ella, el mundo y todos sus estúpidos avatares, y todos sus habitantes, especialmente ciertos músicos, actuales y pasados, desaparecieron del horizonte y ante mí se extendió, soberana, la pantalla despojada con sólo la página que estaba escribiendo y lo que en ella se estaba creando, lo que en ella yo voy creando a medida que lo escribo, a medida que lo saco de mi cabeza y lo pongo ahí. Si eso no es la felicidad, se le parece bastante. 
Pero desde ayer que estaba pensando en hacer algún posteo especial el día de hoy y, reitero, antes de caer en la poesía del hoyo, en el amor que me desaira de nuevo, en la repetición insoportable e impepinable de conductas cuyos resultados son obvios y predecibles y malos para mí (pero aún así insisto... he concluido que la misión del inconsciente es insistir, amigos), antes de volver a ser la unhappy girl que era cuando moría de amor por Jim Morrison, he preferido apostar a los colores. El mundo (es decir, no el planeta y sus maravillas, sino lo que nosotros, especie humana, hacemos con él) ya es lo suficientemente oscuro como para agregarle más oscuridad, ya sea desde el poema, la vestimenta o incluso la actitud. No more black. No more tears. And no more procrastination, como he puesto por ahí. No more hablar y no hacer. No more engendrar deseos que no se cumplirán, la peor de las pestes en palabras de William Blake. No more pesimism. No more ugly vibrations. No more half-empty glasses. Pero sobre todo no more black and grey. 
Desde hace ya bastante tiempo que vivo sobrecogida y fascinada por el color. Prueba de ello son los mandalas que vengo pintando desde, exactamente, el comienzo de la primavera pasada. También lo es la decoración de mi estudio, que ha cambiado radicalmente en los últimos tiempos. Y mis ropas. Amarillo, fucsia, rojo, se han sumado al sempiterno violeta en todos sus matices. Quiero, deseo y necesito ver mucho color a mi alrededor. Y todo esto viene a cuento por no sólo las fotos que ilustran este post ("flores otoñales", podríamos llamarlas), sino por la herramienta que me permitió dar con tan bellas creaciones: se llama Multicolr Search Lab y lo pueden ver en acción aquí. Se trata de un motor de búsqueda de imágenes por colores, en el que se puede armar una paleta de hasta diez colores, pero con poner un solo color ya es suficiente para quedarse boquiabierto ante los resultados.
Y así, poniendo un tono de amarillo, otro de naranja, luego un ocre y finalmente un rojo, di con estas bellezas de la Naturaleza con las que quiero celebrar el comienzo del otoño, una de mis estaciones favoritas, aunque no pueda, este año tampoco, empezarla enamorada y en los brazos de mi amor como sí pude hacerlo en un otoño ya mítico, ya tan lejano y ajeno que parece (¿que es?)  irreal. Y para que la celebración sea tal, en lugar de hojas muertas, vencidas ya por el ciclo de la creación, elegí flores, flores vivas y cimbreantes, frágiles pero fuertes, enteras, dignas, fluyentes y majestuosas, como quiero pensarme yo, como quiero ser de una vez por todas. 
Frágil pero entera. Fuerte pero tierna. Viva, cimbreante, cálida y voluptuosa, una fiesta para el espíritu y para los sentidos. Como ellas: 









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