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29 de junio de 2010

La esencia de la curva

Encuentro en un blog sobre arquitectura (tema al que ya me he referido aquí, en este posteo y subsiguientes con la etiqueta "desvío arquitectónico") una definición cuya obviedad no le resta en absoluto potencia y eficacia discursiva: 

Esencialmente la curva es el recorrido pausado entre dos puntos
A lo que luego se agrega: 

Es como si el camino más corto no nos interesara, lo que nos interesa realmente es el paseo casi aleatorio, metafóricamente hablando 
Voilá, touché, chapeau, eureka. Precisamente de eso se trata este blog y mis divagaciones erráticas y vespertinas. "El recorrido pausado entre dos puntos" que muchas veces se queda en punto de partida y nunca de llegada. O que, otras tantas, arranca por el final sin llegar nunca al principio, perdiéndose en vaya a saber qué confines... pero confines siempre interesantes (o eso intento).
"Lo que nos interesa realmente es el paseo casi aleatorio": sí, señor. Un paseo por las letras, por las llanuras del habla, por los riscos y hondonadas de la literatura y del poema, por los valles perdidos de la razón, por los afluentes de la elocutio y la argumentatio, por los meandros siempre repetidos -y siempre nuevos- del amor. Un recorrido, un puro "flanneurismo" intelectual, algo propio de escritores decimonónicos, románticos y decadentes. Una aventura por los reinos de la palabra, por los aposentos del vocablo, por las hojas que se vuelven una y otra vez, en sus ansias de volver al antiguo árbol de la sabiduría, a su Ygdrassil primero. 
Un mero divagar, un ameno divertimento, un incurrir moroso y saltarín en cualquier cosa que despierte mi siempre inquieta curiosidad. Una nada en medio de otro millón de nadas contiguas, segmentadas, espaciadas y concatenadas por ese inquietante "siguiente blog" que Blogger nos ofrece en el menú superior de nuestras pantallas-palabras. ¿Quién me sigue? ¿A quién sigo? (y me refiero a qué blogs están delante y detrás del mío en la blogosfera, no a qué blogs sigo -cosa que se puede ver en mi perfil- ni a quiénes me siguen aquí -cosa que se puede ver aquí junto). ¿Qué hay detrás de ese espacio virtual reglamentado tan laxamente?
Es un misterio que, como tantos otros, así debe permanecer.

Para el que le interese, el posteo completo del que extraje las dos ideas rectoras de este divagante post, aquí.

24 de mayo de 2010

La peligrosa curva de la indiferencia

Mañana es mi cumpleaños número 36 pero no quiero hablar de eso hoy. No hay que festejar por anticipado, dicen, y me apegaré a esa superstición sólo para usar esa hermosa palabra aquí (superstición, y casi pongo superchería). Pretendo hablar de otra cosa en este extraño feriado sandwich que nos regaló la presidencia K. 
Un manto de indiferencia, un peligroso manto de indiferencia sería mejor decir, se ha cernido sobre mí en estos últimos días (¿en estos últimos tiempos, mejor?). Nada me inquieta demasiado, con excepción de alguna explosión de rabia, como la última que adorna estas páginas. Nada me perturba mucho o cuando empieza a perturbarme demasiado logro correrme y evitarlo. Tampoco nada me entusiasma demasiado, con excepción de la literatura (la ajena, porque la propia es siempre un problema, un problema que no debería ser tal sino todo lo contrario, pero mi mente loca se sigue empeñando en que lo sea y aún no puedo resolverlo, aunque Dios, la Patria y Freud me ayuden con esto). Nada roza la superficie, nada altera el curso de los días, no digamos ya el ritmo de mi siempre inquieto corazón. Nada dije. Quizás sea mejor decir "nadie" pero no quiero reducir todo a la mera ausencia de un significant other porque intuyo que esto va más allá. No se trata de que falte alguien del otro lado sino de que no hay demasiada disponibilidad por este lado. Quizás el nuevo amor de mi vida (habría que revisar este concepto de "amor de mi vida" y/o "hombre de mi vida" pero lo dejo para otro posteo) esté frente a mis narices y yo no me de cuenta. O haya estado e idem. O vaya a estar y lo mismo, obnubilada como siempre con mis enredos psicoanarquistas personales. No sé. Tampoco me interesa demasiado, en consonancia con este feo estado de indiferencia supina. ¿Qué me llevó a esto? No sé. Pero mejor: ¿cómo salgo de esto? Tampoco lo sé. ¿Tiempo al tiempo? Quizás. ¿Son los planetas que se están reacomodando? Acaso. ¿Es que se viene otra etapa de gran jaleo y rock n' roll emocional y por eso esta aburrida meseta carente de toda emoción? Puede ser. ¿Soy responsable de esta ausencia de acontecimientos, de esta falta de vértigo y adrenalina? También puede ser. El robo de que fui objeto hace ya dos meses fue una suerte de freno muy grande, malditos sean una y mil veces esos miserables rateros: dejé de ir a cubrir obras de teatro, procuro no volver muy tarde a mi casa, no volví a tomar el 22, decliné montones de invitaciones a distintos eventos por el tema del "horario", volví un montón de veces casi corriendo a mi casa y otras conductas paranoicas que les ahorro sólo por el miedo de que me volviera a pasar algo similar. Y lo peor es que el miedo, si bien ya no es tan fuerte, continúa. Y ahora encima anochece enseguida, hace frío (aunque es cierto que todavía no hizo frío "de verdad") y todo conspira, sospechosamente, claro, para que estar en casa sea la mejor opción. La más "sana" y "natural". La menos arriesgada. La más aburrida, buhhh. Oh... dilemas existenciales. Y a todo esto lo único que quisiera en ocasiones es tener ese amigo especial, el que me puede dar lo que nadie más, con el que reírme de estas y muchas otras pavadas, además de pasarla bien en la cama, claro... ¿Quién será? Y ¿cuánto tiempo faltará?

25 de agosto de 2009

La curva de la insistencia (o los fantasmas del pasado tornan a reaparecer incesantemente...)

Los fantasmas del pasado se obstinan en reaparecer. Insisten. Insisten como insiste mi poesía, tan porfiada como yo misma. Porque la poesía no es sólo testamentaria sino que es, también, la manifestación de un fracaso. Uno ha querido decir amor y ha dicho otra cosa. Uno ha querido decir casa y lo que en realidad dice es, siempre, otra cosa. Lo mismo pasa con toda la comunicación humana. ¿Cómo podría haber transmitido hoy mis tironeos, mis propias contradicciones, mis avances y retrocesos? ¿Cómo dar cuenta de esos cimbroneos si el lenguaje no nos deja (pero qué otra cosa tenemos...)? Porque el lenguaje es fascista, ya lo dijo Rolito. Es un fascista puro, que no admite desobediencias. Una vez que entramos en su éjida, no hay forma de salir de él ni de decir ninguna otra cosa que no sea la que él quiera. Y los fantasmas del pasado (lo digo en plural porque queda mejor, a pesar de que es uno y sólo uno) tal vez querían decirme otra cosa y yo he entendido esta otra. Y yo también tal vez quería decirles otra muy distinta de la que finalmente les dije y así se va tejiendo el perfecto malentendido que es el amor (y todas las relaciones humanas).
Pero a pesar de la tiranía cruel del lenguaje (no más cruel que otras ejercidas por manos lo suficientemente tibias como para derretir cualquier resistencia) el poeta logra vencer. Es decir: logra decir algo, que es su único triunfo, aunque no sea lo que él (o ella) quería decir. Ella quería decir hoy podría haberte matado y terminó despidiéndose de quien ya se había despedido. Él quizás quería consolarla o seguir burlándose de ella y terminó confesando sus viles crímenes. Y ¿cómo no caer en esta maravillosa trampa / red / malla /jaula /reja que es el lenguaje? ¿Cómo evitar las palabras, esos vagos signos que sin embargo pueden designar a la persona amada, o a su espectro, ya poco importa? ¿Cómo romper con las palabras, con las perras negras cortazarianas, con la filita de hormigas trabajadoras e incansables que se baten contra nuestros oídos cada día? ¿Con qué otra cosa combatirlas sino con más palabras? ¿De qué asirse, cuando ya no hay nada más de que asirse?
Porque yo nunca es yo y es sólo yo respecto a un tú, un tú que sólo será yo si tiene a su otro tú a mano... Porque yo es una forma vacía, un vestido viejo colgado en el ropero que se llena momentáneamente de materia cuando alguien lo viste, cuando alguien dice yo, pero que queda inmediatamente vacío al momento siguiente, hasta que alguien vuelve a llenarlo y así... Y así como el amor, yo y tú y él nunca están donde se supone que debieran estar, son más fugaces que la fugacidad misma, enloquecen a la poeta con su vibrátil permanencia impermanente e impertinente, la vuelcan hacia las furibundas prosas de la sinrazón, le exigen indecencias e insensateces que ella comete con admirable altivez pero también con gran alevosía... Ni yo ni tú ni él están nunca donde deben estar. Tampoco el amor. Menos la poesía, que siempre está más allá.

Adendda: una frase de Horacio Quiroga (me pongo de pie, pues es uno de mis maestros) que, aunque no venga, en apariencia, al caso, resume mucho de lo que pienso actualmente (y pido disculpas por lo críptico de este posteo, si salió como creo):

"Porque en la alianza de Enid y Wyoming no había habido nunca amor. Faltóle siempre una llamarada de insensatez, extravío, injusticia -la llama de pasión que quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos de fuego-." (en "El espectro")

19 de agosto de 2009

Libros terapéuticos

Me tendrán que perdonar los lectores habituales de este blog así como sus followers estos excursos por la vía netamente personal. Hoy las únicas curvas y los únicos desvíos que me interesan son los que transita mi espíritu, una vez más "bamboozled by love" (*). El que dijo que abril era el mes más cruel, se equivocaba. En mi caso, parece que es agosto nomás el que se lleva todas las palmas en lo que a crueldad se refiere. Y para colmo se terminó el veranito que estábamos viviendo hasta hace poco y hoy volvió el frío, el gris, la intemperie... Extranjera a la intemperie, así me sentí ya saben cuándo. Extraña, ajena, lejana. Más lejana que Alina Reyes que es la reina y... Pero no me sentí sola ni desahuciada ni desolada. Extraña paradoja que al momento de enfrentar la verdad cruda y pura no me sintiera más desvalida, desasida, rota para siempre, como solía sentirme antes.
Pero me estoy desviando, una vez más. Y ahora me pregunto: ¿esto, lo del domingo, también fue un desvío? Quizás. Porque en mis planes no estaba. En mis planes el reencuentro era soñado, era perfecto, era fantasmalmente irreal. En mis planes sólo cabía un reencuentro de novela, de telenovela, de folletín, de novelín de Corín Tellado, y lo digo sin ninguna vergüenza. Soy y siempre he sido una romántica absurda, ingenua, batallante y apasionada. Una militante del romanticismo a cualquier precio (así me va, claro). Una idiota absoluta, una fantástica pelotuda en lo que a cuestiones amorosas se trata. Pero no me importa, porque no pienso dejar de creer, ni de ilusionarme ni de querer querer y querer que me quieran. Así me haga bolsa de nuevo contra éste u otros muros de hipocresía y frialdad. Contra la misma cara de las mentiras y de las verdades a medias y de todos los entredichos habidos y por haber. No pienso dejar de creer en todo, hasta en las dedicatorias, como decía Baldomero.
Ya que el reencuentro (llamarlo así es una falta de respeto a tan bella palabra, pero no sé qué otro nombre ponerle a lo que nunca supe cómo nombrar y a lo que siempre me afané y esforcé por nombrar en todos mis poemas) no fue como mi mente enamorada y mi corazón agónico y mi cuerpo extático lo esperaban, debo recurrir, una vez más, a lo que hace ya un tiempo denominé "libros terapéuticos" y que no son, como su nombre pudiera indicar, los típicos manuales de autoayuda. Bah, en realidad sí, pero no están escritos por Osho, Bucay y otros embaucadores famosos sino por escritores, por pares, por almas gemelas a través de la historia y los siglos.
Son esos libros que uno sabe que los abra por donde los abra encontrará siempre un gramo de sabiduría, encontrará consuelo, encontrará perdón, explicación, causa y efecto de todos sus malditos pesares. Son, por lo general, esas novelas con cuyos personajes nos identificamos hasta la saciedad, que leemos sin parar, que podemos releer quinientas veces sin cansarnos jamás. Son, por lo general, de esos autores que leímos en la adolescencia cuando somos una esponja que lo absorbe todo sin tasa y sin filtro, cuando somos una tabula rasa al raso, que de a poco se va llenando de lecturas, conflictos, pesares y experiencias.
Son esos libros que nos marcaron un camino, que como una madre o un amigo comprensivos nos restañaron las heridas y nos secaron las lágrimas en los momentos de zozobra extrema. Son los que nos acompañarían hasta el fin del mundo, los que salvaríamos de una catastrófe sin dudarlo o los que aprenderíamos de memoria si se cumpliera la profecía de Bradbury. Son esos libros que nos ayudaron a crecer como seres humanos pensantes y no como meras máquinas de reproducir conductas y estados políticamente correctos (ya saben lo que pienso de la corrección política...). Son los libros que, ay, hay que decirlo, uno quisiera haber escrito, aquellos por los que se muere de sanísima envidia, los mismos que nos empujan a escribir (y si un libro os da ganas de escribir, amigos, es que está maravillosamente bien escrito y ha cumplido con su cometido).
Así, hoy quiero compartir algunas citas-curitas, algunas citas-carilinas, algunas citas para recomponer las trizas de mi alma y salir a perseguir, ahora sí (algún día tenía que ser, está claro), todos mis pedazos, todos mis sueños, todo lo que está en germen pugnando (¿existe verbo más bello?) por salir de una vez por todas.
Si quieren compartir sus propios libros terapéuticos, serán muy bienvenidos.

ü “Lo que es más importante, jamás se permite que en la soledad la mujer sea ella misma (a pesar de que bien sabe cuán infelices son sus amigas casadas). Vive como si estuviese siempre al borde de una gran realización. Como si estuviese esperando que el Príncipe Encantado la arranque “de todo esto”. ¿Y qué es todo esto? ¿La soledad de vivir en el ámbito de su propia alma? ¿La certidumbre de ser ella misma y no la mitad de algo diferente?”

ü “Sólo quería recordarme lo que me había dicho muchas veces:

—Usted no es una secretaria, sino una poetisa. ¿Por qué cree que su vida debe ser simple? ¿Qué le hace pensar que puede evitar todos los conflictos? ¿por qué supone que puede evitar el dolor? ¿O la pasión? Bien puede decirse algo a favor de la pasión. ¿Jamás se tomará libertades para perdonarse luego?”

ü “En mi caso nada es real hasta que lo escribo —corrigiéndolo y embelleciéndolo a medida que lo desarrollo. Siempre estoy esperando que las cosas concluyan para llegar a casa y pasarlas al papel.”

Erica Jong, Miedo a volar.

ü “Si escribiera esta novela, el tema principal quedaría soterrado al comienzo, y sólo más tarde iría predominando. El tema de la esposa de Paul, de la tercera persona. Al principio, Ella nunca piensa en esa mujer, pero luego tiene que hacer un esfuerzo deliberado para apartarla de su mente. Esto ocurre cuando ella se da cuenta que su actitud es despreciable: se siente triunfadora, satisfecha de haberle quitado a Paul. Entonces se horroriza y avergüenza tanto, que rápidamente esconde sus sentimientos. No obstante, la sombra de la tercera persona vuelve a alzarse y le resulta imposible no pensar en ella. Reflexiona mucho sobre la mujer invisible a la que Paul siempre vuelve (y junto al la cual siempre acabará volviendo) y no tiene sensación de triunfo sino de envidia.”

ü “Y, mientras está allí, contemplándose a sí misma comprendió que aquella locura estaba relacionada con el extravío que le impidiera comprender que la aventura debía terminar, irremediablemente, en la ingenuidad que la había hecho tan feliz. Sí, aquella estúpida ingenuidad suya, y su fe, y su confianza, la condujeron, lógicamente, a permanecer de pie junto a la ventana, esperando a un hombre que ella sabía muy bien, no iba a regresar.”

ü “Me causa miedo el hecho de que, cuando escribo, parece que tengo un terrible sexto sentido o algo así, cierta intuición. En esos momentos, empieza a trabajar en mí un tipo de inteligencia que en la vida ordinaria sería demasiado dolorosa, pues me sería imposible vivir si la usara en la vida.”

Doris Lessing, El cuaderno dorado.

ü “Esto es una locura pasada de moda que ningún novelista moderno se atrevería a escribir, se decía. El enamoramiento no es político. Y tampoco es rentable. El enamoramiento no es una historia, es una retahíla de emociones descontroladas. Una traición a todo, incluso al feminismo. Algo que no le interesa a nadie. Le pasa a mucha gente, decía Natalia, te crees protagonista de una relación que, hoy en día, es habitual. Señora independiente que ama a señor casado, nada más.”

ü “Las sensaciones que tenemos después de haber amado, la mezcla de placer y dolor, el punto concentrado en algún lugar del cuerpo..., el agudo sentimiento de gozo y melancolía, explicar la oscura emoción, compenetración viva, insensata, pueril, felizmente inocente que nos envuelve bajo el misterio de la inconsciencia... “

Montserrat Roig, La hora violeta.

ü “... los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también.”

ü “Todos necesitamos que alguien nos mire.”

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.

ü “¡Tú no podías atrapar por tí misma la presa, pero podías esperarla!”

August Strindberg, La más fuerte.

ü “¡Qué día gris, triste, funesto aquel en que el amante se da cuenta de pronto de que ya no está poseído, de que está curado por así decirlo, de su gran amor! (…) El sentimiento de alivio que engendra ese despertar puede a uno hacerle creer con toda sinceridad que ha recuperado su libertad. ¡Pero a qué precio! ¡Qué libertad tan pobre! ¿No es una calamidad volver a contemplar el mundo con la mirada cotidiana, con el discernimiento de todos los días? ¿No es doloroso encontrarse rodeado por seres conocidos y vulgares? ¿No es espantoso pensar que uno tiene que seguir adelante, como dicen, pero con piedras en las entrañas y guijarros en la boca? ¿Encontrar cenizas, nada más que cenizas, donde antes había soles resplandecientes, maravillas, magnificencias, una maravilla tras otra, una magnificencia tras otra y todo creado espontáneamente como por alguna fuente mágica? Si hay algo que merece ser llamado milagroso ¿no es el amor? ¿Qué otro poder, qué otra fuerza misteriosa existe que pueda investir a la vida de un esplendor tan innegable?”

Henry Miller, Nexus.

(*) "Bamboozled by love" es un tema de Frank Zappa, cuya traducción podría ser "embaucado por el amor".

6 de mayo de 2009

Influenza: la curva del pánico

Alguna vez he hablado por estas mismas páginas de la lógica del pánico, las teorías conspirativas y otros similares desvíos convenientes (convenientes para los poderosos, se entiende, para los Señores del Mundo). Hoy, que estoy bastante resfriada, bastante molesta, bastante zombie y ligeramente preocupada (¿será un simple resfrío -el primero del año? ¿será una gripe moderada? u ¡oh no! ¡debe ser la gripe porcina, auxilio!), quiero compartir con uds, queridos lectores (de lejitos, no se preocupen; sin barbijo, eso sí) una nota que me llegó a través de Feisbuc en la que considero, a pesar de su extensión, se brinda información muy útil e interesante. 
Pero no es la típica nota que en tono apocalíptico alerta acerca de los peligros inminentes (o nunca llegados, en fin) de esta nueva "pandemia" si no que, con números y hechos en la mano, invita a reflexionar acerca de las causas económicas y políticas que están detrás de todas estas porquerías que, de pronto, de improviso, como por arte de birlibirloque, "nos invaden". No hay tal invasión. No hay ningún "de improviso". Hay algo que, lamentablemente, se parece mucho a las teorías conspirativas y a los siniestros sínodos internacionales donde un montón de Monty Burns se juntan a ver cómo hacen para incrementar, a cualquier precio, sus ganancias. 
La nota, a pesar de su extensión, insisto, invita también a pensar en las terribles consecuencias que el maldito individualismo instaurado hace ya varios años por nuestros gobiernos "progresistas" provoca en nuestras ya deterioradas y socavadas sociedades. Y si bien se refiere específicamente a México creo que basta con cambiar por 'Argentina' o el país latinoamericano que se prefiera o en el que se resida para ver reflejadas las mismas problemáticas una y otra vez...
Aquí la nota. Enjoy it... if you can. Es un poco bajón, lo sé, sobre todo al final (donde aparece, sí, la veta apocalíptica), pero de vez en cuando viene bien pensar en este tipo de cosas que, en definitiva, nos pueden dar una idea de hacia dónde vamos o hacia dónde no queremos ir. Atchís!!!

22 de abril de 2009

Nebreda: ¿el auténtico desviado?

¿Qué pasa cuando es la mente humana la que se desvía? ¿La que se sale de los carriles normales (pero, desde luego, no dejo de preguntarme cuáles son y quién decide que esos sean los carriles "normales")?
Me temo que voy a decir un montón de estupideces o de paparruchas pero esto me ha realmente impactado. Anoche estaba chateando con una amiga fotográfa (ella). Una charla de chicas presuntamente inteligentes, presuntamente independientes, previsiblemente solas. No importa. Lo que importa es que nos pusimos a hablar de fotográfos y otros artistas, y Cele mencionó a David Nebreda. El link vino por los trabajos, también impresionantes, de Joel-Peter Witkin. Pero si el enterarme de que Witkin trabaja con cadáveres (cosa que yo no sabía y que explica muchas de sus fotos...) me impresionó, no lo hizo tanto como la obra del español Nebreda.
Nebreda no es un fotográfo (quizá sería mejor denominarlo directamente "artista") cualquiera. No saca fotos de pajaritos, de niños angelicales, de flores (que las amo), ni siquiera de eróticos, cuidados y sugestivos desnudos. Saca fotos de sí mismo. Pero de nuevo. No son los previsibles autorretratos de Mapplethorpe, pongamos por caso. No, señor. Nebreda saca fotos, registra, documenta su locura, su enfermedad, el desvío terrible, fatal y ominoso por el que se va su mente. Y al colocar ese precioso tricolon de adjetivos ("terrible, fatal y ominoso") no puedo dejar de preguntarme ¿terrible para quién? ¿para él o para nosotros que impasibles permanecemos observándolo cual si un insecto monstruoso e imposible fuera?; ¿qué es lo fatal? ¿su no adecuación a nuestras normas morales, sociales, culturales, lo que fuera?; ¿qué es lo ominoso? ¿su mente "desenfocada" o la nuestra, tal vez demasiado enfocada, encarrilada y encauzada por la cultura, la civilización, la educación?
Éstas son las preguntas que me surgen al pensar en la "obra" de Nebreda. Pongo comillas porque, insisto, su obra es sí mismo. Marca su cuerpo (por usar un verbo suave) pero también lo muestra, a pesar de que hace ya muchos años que vive completamente encerrado en una casa en algún oscuro e ignoto punto de Madrid. Se flagela (de nuevo, por usar un verbo suave) pero lo muestra. Cabe preguntarse entonces: ¿hace todo eso para mostrarlo, con el sólo fin de mostrarlo? ¿Es una pantomima perfectamente orquestada o realmente su enfermedad, la esquizofrenia paranoide según leo, lo lleva sin más a eso? ¿Dónde está el límite entre la supuesta actuación en pos de llamar la atención, digamos, y el terrible, fatal y ominoso acting a que lo obliga su desequilibrio, su desvío?
Sé que todo este palabrerío no sirve de mucho sin las pruebas fotográficas que lo sustenten. Pero en lugar de eso prefiero remitirlos a un video en el que se exhiben muchas de sus fotos, y entonces comprenderán a qué me estaba refiriendo con todo esto.
Como corolario, si ayer dije, vía Barthes, que el lenguaje es fascista, hoy debo agregar que en estos días leí un cuento de Kafka que nunca había leído y quedé sencillamente anodada, pasmada y azorada. Los que lo leyeron dirán "puff, chocolate por la noticia", pero yo todavía no salgo de mi asombro: "En la colonia penitenciaria" es, verdaderamente, terrible, fatal y ominoso. Quizás mañana en Fauna Abisal me despache a gusto sobre él. Nuevamente, todo tiene que ver con todo... y me guardo la obra de otro fotográfo en consonancia con todo lo expuesto hasta aquí para otro momento, quizá para mañana mismo. 
Por si acaso aclaro que el video no es apto para impresionables.

10 de abril de 2009

Un desvío anatómico

No sé ustedes pero a mí, cuando era chica, me fascinaba ver libros de medicina o recorrer las hojas en papel ilustración de la enciclopedia donde se mostraban los distintos sistemas del cuerpo humano por dentro. Así, estaban las láminas donde el rojo de los músculos sobresalía ante todo; otras, en donde el recorrido de las venas y los vasos sanguíneos hacían pensar en mapas de territorios no hollados aún por el hombre; y también estaban aquellas, las más tétricas, las más hórridas, las que en el amarillento color de la muerte mostraban nuestros poderosos y frágiles doscientos seis huesos, nuestro simpáticamente feo esqueleto. 
¿Qué morbo se (nos) despierta al ver eso? No lo sé, pero evidemente uno muy grande. No hay más que pensar en la cantidad de series que hoy día se ocupan de cosas por el estilo en la tele (Bones, CSI, Dexter y tantas más). Recuerdo ahora también la muestra "Bodies", a la que al final no fui, pero de la que había visto algunas imágenes en un documental (justamente) por Discovery o History Channel. ¿Nos gusta la muerte? ¿O es otra cosa?
Creo que es otra cosa, aparte de la necrofilia. Es el misterio de lo que se nos mantiene, por nuestro bien, oculto. Es el misterio ahora profanado por radiografías, ecografías, tomografías y otros chismes de última generación semejantes. Podemos llegar, con ellos, a ver hasta el último recoveco de nuestro cerebro. Podemos conocer la silla turca (ese huesito donde se asienta la hipófisis) o el huesito vómer (un hueso detrás de la nariz) que siempre me cayó simpático por su nombre. Podemos conocer la inclinación de nuestro útero, el estado de todos nuestros órganos, pero aún así no podemos conocernos lo suficientemente a nosotros mismos y menos a quienes nos rodean. ¿No es realmente paradójico que el conocimiento de todos los cableados de nuestro interior no nos revelen ni un ápice de quiénes somos realmente?
Toda esta diatriba anatómica viene a cuento de dos cosas que vi en estos días y que quiero compartir con uds. Una salió ya en el blog de Jorge Gómez Jiménez y la otra me llegó vía Curious Expeditions, ese hermoso sitio donde están las imágenes de las bibliotecas curvas que publiqué hace unos meses. La primera se trata de una exposición en la biblioteca de Nueva York, titulada "Imágenes de la ciencia: 700 años de ilustración científica y médica", que pueden ver acá. Es, sencillamente, amazing, como dirían los yanquis. La otra es este blog, de temática similar. Lo que más me espeluznó, en todo sentido, son las figuras de cera usadas por los antiguos estudiantes de Medicina. Y también la colección de animales conservados en formol. 
Vuelvo a mi pregunta inicial: ¿qué es, entonces, lo que tanto nos fascina? ¿Por qué yo sigo mirando programas como los que pasan en Discovery Home & Health acerca de extraños casos médicos? ¿Por qué nos gusta tanto Doctor House? Estoy segura de que no es sólo por lo bien construido que está el personaje. Hay algo más. Lo distinto. Lo extraño. Lo que se sale de la norma. En definitiva, lo que se desvía. Lo que no sigue el curso preestablecido... pero ¿preestablecido por quién?

24 de marzo de 2009

La curva de la mejilla

Hoy es un día raro. Hace exactamente 33 años que hoy es un día raro. Pero, a decir verdad, y a diferencia del año pasado, hoy no tengo ganas de plegarme a la medianía nacional y decir algo al respecto. O bien creo que lo diré, pero no aquí. Estoy soberanamente podrida de debates, de foros, de conferencias y de parloteos varios que nunca llevan a nada. Estoy más interesada en los debates de mi alma, en las conferencias que celebran sin mi consentimiento mis sentidos y en los ayes, gemidos y bravuconadas de mi corazón. Y como dijera Rubén Darío y refrendara mi amado Arlt, si a alguien esto le parece un sacrilegio o una herejía en medio de los terribles-momentos-que-estamos-viviendo, catullianamente digo que me importa un bledo y que bufen los eunucos. 
Finalmente, para no dejarlos con la intriga de mi folletín-culebrón telenovelesco y virtual, me despedí de mi hermoso musiquito. Por mail, desde luego, atendiendo a la virtualidad de la cosa, no podía ser de otra manera. Bueno, pudiera haber sido por el chat, pero, ¡oh, condenada!, fiel a mis malos hábitos no me animé. Comprendió la situación, dijo que conmigo había aprendido un montón de cosas, desde toda esa música extrañísima y maravillosa de la que tanto hablamos y escuchamos (aunque cada cual detrás de su pantalla, ¡maldito mundo conectado y desconectado a la vez!) hasta cómo ir a Hurlingham... y que nunca se iba a olvidar de todos los buenos momentos que vivimos on-line... Nunca mejor expresado. Me deseó que fuera "más que feliz" y que siguiera siempre por los senderos del arte. Bendito. Estoy segura de que si nos hubiéramos cruzado en otra circunstancia o si hubiéramos concretado el encuentro, habríamos vivido una hermosa historia de amor. 
Pero... ¿estoy realmente tan segura de eso? ¿O es lo que hubiera deseado y ante la desilusión transformo ese deseo en un anhelo aún más elevado e inalcanzable? Hum... menuda cuestión. He seguido cavilando acerca de estas cosas y me he ayudado con la lectura de un libro del psiquiatra y escritor Irvin Yalom, autor de la novela El día que Nietzsche lloró, cuya adaptación teatral en Buenos Aires he reseñado aquí. El libro se llama Remedios de amor (oh, sí, un guiño al licencioso Ovidio), pero en verdad, su título en inglés es Love's executioner. Es decir: el verdugo del amor. Dice Yalom que detesta ser el verdugo del amor pero que tiene que serlo: "El buen terapeuta combate la oscuridad y busca la iluminación, mientras que el amor romántico se sostiene por el misterio y se pulveriza al ser examinado."
No era exactamente esa la cita que quería traer a colación, pero igual viene bien. Acaso esta ¿inquietud?, este ¿encanto?, este ¿atisbo de algo que no sé bien qué es y que pudo o no ser amor?, que me produjo este bebote no resistiera el menor análisis ni la menor luz sobre él. Pero es bien cierto que, desde que las cosas se terminaron con el otro amor musical, él -y acaso nadie más, pero no es cierto, shh, hay alguien más, y muy cercano pero muy lejano a la vez- me produjo nuevamente esta clase de estrecimiento, de sensaciones, de galopes tiernos y desesperados en el corazón. Sólo por eso he decidido guardar su bello recuerdo y evitar que caiga en ese pozo negro donde cayeron, de inmediato, todos los demás esperpentos y payasos que he conocido en este tiempo. 
La cita que quería traer a colación pertenece a Proust. Proust no es autor de mi agrado, aun cuando como sabéis (y si no, os lo digo ahora), el siglo XIX en general y especialmente el francés ejerce sobre mí una fascinación inusitada e inquebrantable (ahora estoy leyendo a Guy de Maupassant, por ejemplo). No le pude entrar a Proust. Dios sabe que lo intenté. Tenía que leerlo para la facultad, no podía andar con vueltas ni remilgos. Pero no pude. Justamente porque él, al menos en lo poco que leí, se la pasaba en vueltas y remilgos. Pienso también que mi estado mental de aquel entonces no contribuyó demasiado a hacérmelo fácil; estaba en las antípodas del bueno de Marcel, y no soportaba la morosidad, el detenimiento azorado y premeditado en el detalle, la terrible banalidad de la experiencia, el goce con la minucia y con lo mínino. Quizá ahora fuera distinto, si probara a leerlo de nuevo. No lo sé. 
El caso es que es un manantial de citas para todo tiempo, evento y lugar. He comprobado que cada vez que se lo cita, queda uno no solamente bien sino con una enseñanza bajo el brazo (razón de más para leerlo, me digo, pero ¿por qué yo nunca encuentro estas citas tan vivificantes?). Y este es el caso del fragmento de Proust citado por Yalom que quiero compartir con uds.: 

"Llenamos el perfil físico de la criatura que vemos con todas las ideas que ya nos hemos formado de ella, y en la imagen completa de ella que nos hacemos en la mente, aquellas ideas tienen con seguridad el principal papel. Al final llegan a cubrir tan completamente la curva de las mejillas, a seguir tan exactamente la línea de su nariz, se funden tan armoniosamente con el sonido de su voz que éstas no parecen ser más que un envoltorio transparente, con lo que cada vez que vemos la cara u oímos la voz de esa persona son nuestras propias ideas de ella lo que reconocemos y escuchamos."

¿De quién nos enamoramos entonces? ¿De los otros o de nosotros mismos? ¿De lo bueno que no podemos ver en nosotros mismos y que proyectamos en un otro que calza justo en nuestro engarce? ¿Y por qué a veces no podemos deshacernos de la gema que con tanta justeza y presteza calzó en nosotros para que una nueva joya venga a ocupar ese lugar? ¿Por qué hacemos todo lo posible por evitar el cambio de gemas? ¿Por qué un rostro, una voz, una forma de decir 'hola' se quedan grabadas a fuego en la mente y no hay forma de arrancar esos vestigios? Si todos somos un accidente ¿por qué este aferrarnos a otros accidentes, a otros objetos contingentes?
No lo sé. Son las cosas que me pregunto después de terapia, después de leer a Proust vía Yalom y después de sepultar una nueva ilusión que parecía prometer tanto y que, como tantas, quedó en la más absoluta ¿y curva y desviada? nada.

22 de marzo de 2009

Un desvío por las relaciones virtuales

Robo de un blog hermosísimo esta cita para reflexionar acerca de algo en lo que he venido pensando estos últimos días: 

¿Por qué será que, tanto los hombres como las mujeres, pero sobre todo los hombres, estamos dispuestos a aceptar los impedimentos y los rechazos de las relaciones reales, cada vez más rechazos a medida que transcurre el tiempo, cada vez más humillantes y, sin embargo, seguimos intentándolo? La respuesta: porque no podemos prescindir de la relación auténtica real; porque sin lo real perecemos, como si muriésemos de sed.
La cita es de J. M. Coetzee, a quien no he leído (y quien también ha dicho: "Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente",  -!!!-), pero a quien ya mismo me gustaría estar leyendo (ya saben qué regalarme para mi cumpleaños!). Dice allí que "sin lo real perecemos" y yo me atrevería a afirmar que sin lo ilusorio también. Mejor dicho, sin la ilusión, sin la fantasía, sin la ensoñación que, en muchas ocasiones, nos impide (o usamos como excusa para no) ponernos en acción e ir hacia aquello que deseamos. 
Ya he hablado en muchas ocasiones de mi vida amorosa aquí, así que volveré a hacerlo una vez más, porque tiene que ver con lo que plantea Coetzee y con lo que me interesa plantear en este primer domingo de otoño. Los músicos me pueden. No es que habiendo estado mucho tiempo con uno, ahora quiera reeditar todo aquello estando con otro. No, señor Freud, no se adelante. Los músicos me pueden desde que tengo uso de razón, e incluso quizá antes. La primera vez que me enamoré perdidamente de alguien fue, desde luego, de un músico. Un músico en ciernes, bueno, porque tenía la misma edad que yo (quince, diéciseis años), pero ya se veía que era capaz de sacarle sonidos, sonidos ármonicos y melodiosos, desde luego, a cualquier cosa (a una mesa, a las piedras, a mi corazón). No sé qué habrá sido de él, dejé de verlo hace muchísimos años y aunque cada tanto googleo su nombre, nunca aparece nada suyo en la red. Cosa por demás extraña: ¿quién no está hoy en la red? 
Más allá de eso, el caso es que tengo un olfato especial para detectar a un músico a varios kilómetros de distancia y además de ese primer amor adolescente, luego tuve muchos otros entuertos fugaces y no tanto con otros músicos hasta el encuentro, fatal y decisivo, con quien aún es (pero ya debería dejar de serlo, se sabe) "el amor de mi vida". Como ya he hablado de él bastante más de lo aconsejable en estas y en otras páginas, juzgo interesante no agregar nada más al respecto. Acaso sólo podría agregar que es el día de hoy que su música me sigue conmoviendo como siempre, que eso no ha variado ni un ápice y que no creo que vaya a cambiar nunca, y que, como le dije una vez, "ojalá no me gustara tu música", pero, dios, me gusta y me gusta porque es la mejor representación de lo mejor que hay en él, de eso que muy pocas, pero realmente pocas, veces deja salir. 
El caso es que acordamos dejarnos en paz hace ya casi dos años, paz que sólo se vio perturbada por una increíble (o no tanto) invitación suya a su hi5, sitio del que prudentemente me borré luego de un tiempo, y por esos dos fugaces avistajes el año pasado por la calle... Lamentablemente para mi espíritu y para mi psique, aún (sí, aún) aguardo el tercer y definitivo avistaje, aquel que nos permita al menos decirnos "hola, cómo estás" y después sí, seguir como si nada hubiera sucedido (pero nunca se puede seguir así después de reencontrarse con alguien a quien se ha amado hasta la inconsciencia más absoluta y dañina). 
El caso es, decía, que ya debería haberlo superado o por lo menos haber aceptado el hecho de que no estamos juntos y no lo volveremos a estar, sencillamente porque nos hacemos mal. No porque técnica y fácticamente no sea posible, que lo es, las cosas cambian, nada es para siempre, se pudo haber separado ayer mismo incluso, si no porque ha sido fehacientemente probado que, por nuestras características psíquicas y emocionales actuamos en el otro como un verdadero pharmakón: un lento envenenamiento, una narcotización sinuosa y ondulante, que empieza primero con una terrible y maravillosa e insuperable euforia, con la sensación más entusiástica y orgiástica que imaginarse puedan y que termina, siempre, invariablemente, en los abismos más profundos de la desesperación, de la miseria y de la desolación. ¿Exagerado? En absoluto. Cualquiera que sepa lo que es una verdadera pasión, comprenderá que estas palabras apenas si descubren-describen una mínima parte de ella.
En este contexto, desde que me he separado de él, y por otras circunstancias que no viene al caso enumerar aquí, he procurado conocer a otros hombres y he elegido, quizá equivocadamente, este medio como un modo ¿más expedito? ¿más seguro? ¿más cómodo? de hacerlo. Y así me he visto envuelta en historias francamente risibles, rídiculas, estúpidas y hasta malsanas. Me he llevado numerosos chascos (en todos los sentidos del término), he conocido monigotes y fantoches que ni salidos de un bestiario medieval, he gastado mis mejores armas de seducción (la verba pero también las curvas, claro) en chimangos y otras aves despreciables, he perdido tiempo, energías y horas de escritura por sólo intentar conocer a alguien y estar relativamente bien. Pero, si he de ser justa, también tengo que decir que a pesar de todo eso también conocí algún que otro hombre interesante (a tal punto que estoy en un proyecto artístico muy copado con uno de ellos) y que, como dice Coetzee, he seguido intentándolo a pesar del evidente fracaso que ha sido todo esto. 
¿Por qué he seguido intentándolo? es lo que me pregunto a partir de la cita de Coetzee.
Porque aquí no puede hablarse de una "relación real" sino meramente virtual, fantasiosa, ilusoria. Y aquí viene la última parte de este largo rodeo. Dije que los músicos me pueden. Bien, en consonancia con ese hecho casi fisiológico, diría yo, siempre procuro que mis candidatos lo sean. Si no lo son, al menos tienen que estar vinculados, de una forma u otra, al arte. De otro modo, me parecen irremediablemente (y lo son, qué quieren que les diga) insulsos, aburridos, esquemáticos, sin gracia, etc. Mi último candidato virtual era músico. Lindo hasta decir basta. Divertido. Al parecer alto (otro requisito fundamental). Al parecer interesado (muy) en mí. Teníamos charlas diferentes a las que suelo mantener por el MSN. Hablábamos mucho de música. Saqué a relucir mi sapiencia musical en más de una ocasión. Le hablé de la música contemporánea, de Stockhausen, de Ligeti, de Luigi Nono, de John Cage (ya se puede ver qué culta soy). Del cuarteto de helicópteros de Stockhausen, de "4' 33''" de Cage. Le pasé temas de Ritchie Kotzen, de Jaco Pastorius, de John Zorn (no cualquiera, ¿eh?). Le hablé hasta el cansancio de Zappa, claro. ¡Incluso le pasé música de mi ex! Oh, sí, hasta ese sacrilegio cometí, tanto me gustaba este muchachito. Porque encima le llevo diez años. Y hablabámos casi todas las noches, casi siempre cuando él estaba cenando y siempre me decía que yo le hacía compañía. Y otras cosas por el estilo. Esas dulces melosidades que le entibian el corazón a cualquiera. Y me dejaba notitas en mi muro de FB o comentarios en mis fotos de Tagged. Y yo lo mismo. Y así se construyó una auténtica relación virtual, con oxímoron y contradictio in adjecto incluidos. 
Sin embargo, había algo que a mí me llamaba la atención: siempre que yo mencionaba la posibilidad de conocernos, él decía "sí, sí, claro", pero no concretaba nada. Lo invité a ver a Manuel Ochoa, pianista de jazz del carajo y no me respondió. Lo invité a ver alguna peli en el Festival In-Edit Cinzano y tampoco. ¿Debería haber sospechado antes? Quizás. Pero los seres humanos somos especialistas en no ver aquello que no queremos ver. Todo venía más o menos bien hasta que en un momento, desapareció. Literalmente. Es decir, desapareció del mundo virtual. Su perfil de Tagged ostentó la tétrica leyenda "no longer exists" y se esfumó también de FB. Me preocupé. No entendía qué sucedía. Pero en el fondo lo sospechaba, claro que sí, pero me hubiera matado antes de admitir tal cosa. Yo siempre me había apoyado en su declaración de que no estaba con nadie en este momento, de que su corazón estaba libre. Tomada de esa creencia, desplegué con él también mis artes seductrices, a las que agregué el condimento extra que nos unía, la música. ¿Dónde va a encontrar otra mina que conozca a Jeff Beck, a John Scoffield, a Stanley Jordan? pensaba yo con ingenuidad digna de mejor causa. Y además escritora. Y además curvilínea. Y además... tarada de remate. 
Pero bueno, sigamos, que ya se está haciendo muy largo. Hace unos días reapareció. Oh, sí. Su fotito volvió a aparecer entre mis contactos del FB. Y se conectó al fin al MSN y me habló. Me pidió disculpas por su "desaparición", proclamó haber tenido muchos quilombos pero "ahora ya estoy bien". Qué bueno, pensé yo, pero algo no cerraba en la ecuación. Me alegré, de todos modos, y se lo dije. Y le dije también cuánto me había preocupado por él. "¿Tanto se me extrañó por esos lados". "Por acá sí" fue mi respuesta. Y entonces aconteció el baldazo de agua fría que ya todos deben estar sospechando: su mensaje siguiente fue "te presento a mi gordita", seguido de la aparición de una foto suya con una fémina en actitud amorosa. Lindo melodrama, ¿no? Lo peor del caso no es eso, que era obvio desde el vamos, si se quiere, si no que me haya producido tanto malestar (por ponerle algún nombre) algo que proviene de alguien ¡a quien ni siquiera conozco personalmente!
Por eso me atrevo a reformular lo dicho por Coetzee. En los tiempos que corren, no sólo estamos hambrientos de realidad, también de ilusión. Y cuando encontramos una nos agarramos con todas nuestras fuerzas a ella y cuando se rompe nos lamentamos, pataleamos, fingimos que está todo bien (él: "¿no te alegrás por mí?"; yo: "sí, me alegro un montón"), fingimos que no nos duele, seguimos incluso insistiendo (yo: "¿o sea que ya no tengo chances contigo...? malo"), pretendemos que todo sigue igual que antes y decimos "bueno, lindo, que estés bien, me voy a ocupar de mis blogs" y recordamos que esa misma mañana habíamos soñado con nuestro ex y en el sueño habíamos llorado como niños arrancados a la fuerza de los brazos de su madre y seguimos pretendiendo que todo está bien, que ya pasará, que el amor estará en alguna otra parte (pero dónde, dóndeeeeeee), que quizá sea mejor dejarnos de joder con esta pelotudez de Tagged, del MSN, del FB y salir a la calle (si tan sólo no nos diera tanto miedo hacer eso) y de nuevo contemplamos el altar sagrado donde reposa la imagen de nuestro amado/odiado ex y volvemos a pensar que sólo con él podríamos ser felices, que sólo él, aunque fuera un hijo de puta desalmado, nos merecía, que todos los demás son unos imbéciles redomados, que el único genial y hermoso era él, que con él éramos más felices aunque se pasara MESES enteros sin dirigirnos siquiera una paloma mensajera o aunque nos dijera "no sé si te amo" después de habernos dicho que sí nos amaba, y con locura, y que no quería morirse sin casarse con nosotras (como soy geminiana puedo decir tranquilamente nosotras) y que quería tener una hija con nosotras, que se iba a llamar Ariadna, y que siempre nos había amado, a nosotras, no a ella, y así por el estilo. 
¿Por qué la ilusión tiene esta fuerza? ¿Por qué sigo eligiendo colgarme de la ilusión, cualquiera sea? ¿Por qué es más real para mí lo que leo o lo que imagino que lo que realmente "pasa"? Pero, sobre todo, ¿por qué sigo insistiendo con lo que evidentemente me hace mal? Aunque ya sé, otros pensarán que no es ese el problema sino por qué me sigo enganchando con músicos y no pruebo con otras ramas del arte o del saber... porque soy una groupie en cuerpo y alma y porque alguien capaz de hacer belleza con los sonidos como quien estoy escuchando ahora mismo (Zappa, obvio) siempre va a poder obtener de mí lo quiera.
Acaso allí resida el problema. En que no sé ser una perra. Una auténtica yegua, una verdadera hija de puta que se caga en todo y en todos. Tal vez haya llegado el momento de aprenderlo.  

30 de abril de 2008

Termina el mes más cruel, se cierra una etapa y se abre un nuevo desvío...

Termina abril, el más más cruel como ya dijera Chaucer y repitiera Eliot, boreales ambos, agarrándoselas con la bella primavera de esos lares, condenando al ostracismo literario a nuestros igualmente bellos, ocres y tristes otoños sudacas.
Termina este mes en el que mi vida está a punto de tomar un desvío inesperado (bueno, si el desvío es esperado deja de ser desvío, ¿no? o en todo caso es un falso desvío, al menos fácticamente; o, si se quiere, el desvío "esperado" es sólo un rumbo contemplado dentro del rumbo general tomado sólo cuando las circunstancias así nos obligaron): este desvío es inesperado porque no estaba en el plan.
El Plan, como el de los templarios del péndulo foucaultiano de Eco, viene ejecutándose desde hace algún tiempo ya y, como todos los designios, oculta siempre una de sus caras (si las mostrara todas, sería todo tan previsible que ni siquiera se justificaría la existencia de dicho plan y/o de algún plan). El Plan indicaba que ahora que yo tenía un trabajo relativamente estable y en el que estaba relativamente "cómoda" el paso a dar ipso facto era irme a vivir sola, más exactamente a la ciudad de Buenos Aires, con sus humos sojeros y sus marchas piqueteras y su locura de constante hora pico a cuestas...
Eso decía el Plan original, la escritura visible del dios, la cara de la luna que siempre vemos aunque no esté... Pero por detrás del telón universal, se tejía otro Plan, acaso más vasto y también más modesto (qué frase borgeana me acabo de mandar, estoy tremenda). El Otro Plan consistía en un cambio de dirección, concretamente en un desvío que yo no había tenido en cuenta (y por eso lo llamo propiamente desvío): un nuevo trabajo, más cercano a mis deseos de usar con gran amplitud mis conocimientos académicos, más cercano a la academia también, tanto que es en la ciudad de las diagonales, La Plata.
La Plata, esa bella ciudad masónica que he evocado a través del libro que me la descubrió cuando sólo tenía 16 años (ver aquí), estaba en el Plan pero no en primer plano. Pululaba su órbita por algún lugar, lejos del foco de atención (trabajar, escribir, mudarme). Volver a estudiar era algo que en un momento había sido descartado y luego sólo considerado como un posible pase de universidad (de la UNLP a la UBA, algo que mis colegas platenses jamás me hubieran perdonado, como bien me advirtió uno de ellos), pero ni siquiera eso fue debidamente sopesado. Por tanto, La Plata estaba en el Plan pero como un cabo suelto, un flequito, una hilacha que cuelga de la costurita del pantalón y de la que si se tira se corre el riesgo de descoser todo. Como un hilván, era un hilo provisorio, al cual era necesario continuar reforzando para darle la pasada de overlock final.
Y así, el último día de abril me encuentra despidiéndome de mis compañeros de Plus Mobile (aunque siga siendo parte de la empresa a la distancia, ya no será lo mismo), cerrando etapas, comenzando a extrañar rutinas, gestos, palabras (el inolvidable "¿sabés?" de mi compañero de redacción Christian, por ejemplo), momentos (los ratos entre las cuatro y media y las cinco y algo escuchando heavy-metal "a todo gas" con mi compañero Martín), vivencias y unos cuantos etcéteras varios y preparándome para nuevas rutinas, nuevos horarios, nuevos compañeros, con toda la adrenalina, nervios, emoción y pánico que todo ello causa.
Brindo entonces por una vida llena de gratos y desafiantes desvíos.

25 de febrero de 2008

Googleando desvíos

Consecuentemente con lo googleado ayer, hoy le tocó el turno a "desvíos". Después de los previsibles "desvíos de rutas" y más aún "desvíos de fondos" (éstos últimos en páginas de Argentina...), me encontré con unos desvíos mucho más agradables, que los invito a visitar sin duda alguna. Son una serie de dibujos así titulados -"Desvíos"- del artista argentino radicado en España Alejandro Blasi. Un verdadero hallazgo. Vaya aquí una muestra y no dejen de visitar la página en cuestión, muy bien hecha, por otra parte, algo que es de agradecer, siempre.


"Desvío Nº 10" - tinta sobre fotografía- Alejandro Blasi

AP

12 de febrero de 2008

El desvío y lo desviado

¿Qué es un desvío? Un camino alternativo. Figuradamente, una opción no prevista o si se quiere un aspecto no considerado como posible dentro de un todo. Un desvío es una posibilidad que no había sido tomada en cuenta con anterioridad, que siempre estuvo ahí pero que sólo cuando ciertas circunstancias se dieron cita hicieron posible su aparición.
¿Qué es lo desviado? Lo que se sale de la norma, de la recta vía, del camino conocido. Lo desviado es lo que de alguna forma lacera nuestra comprensión de los hechos del mundo proponiéndonos su propia norma. Una norma que no terminamos de comprender, aunque tenga un basamento más o menos comprensible. Algo que está al margen porque no estaba comprendido dentro del nomos rector que lo hace posible. Es decir: que tiene una vinculación frágil o lábil con aquello de lo que se desvía, una relación mutable, variable, pasible de muchas interpretaciones.
El desvío nos muestra otra posibilidad.
Lo desviado nos enseña esa otra posibilidad posible plasmada de una forma que no lo imaginábamos, inmersos en nuestras propias leyes, nomos y posibilidades.

AP
rumiante y curvilínea
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