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23 de abril de 2014

Amor Frankenstein

Tuve un amor Frankenstein. Al igual que el monstruo creado por la ambición inacabable nunca estuvo realmente vivo. Fue mantenido artificialmente, por medios innobles, por vías no humanas. Era un amor al que siempre había que estar transfundiéndole cosas: poemas, música, toda clase de narcóticos, ilusiones. Mis ilusiones. La ilusión de que un día iba a cambiar. La ilusión de que un día iba a volver. La ilusión de que un día iba a ser todo como yo quería. La ilusión de... Lo cierto es que ya no quedaban muchas, porque las ilusiones también se gastan, se rompen, se oxidan, se atrofian, envejecen, tienen fecha de caducidad. Pero yo insistía, con mi saña taurina, porque creía, porque pensaba, porque suponía. Porque me era indispensable mantener esto vivo, a cualquier precio. Ya no sé bien para qué, la verdad. No importa. Tuve un amor que se alimentaba de todo lo que no debe alimentarse un amor: de resentimientos, de revancha, de venganza, de ardiente concupiscencia, de flagrante traición. Cuando todo eso ya no sirvió, siguió alimentándose de lo peor: silencios, distancias, indecisiones, falsedades, rupturas. Cuando eso también se pudrió, aún siguió sobreviviendo a base de inyecciones de falso optimismo de mi parte, elevadas dosis de qué-me-importa y agudos picos de inconsciencia. Pero era cada vez más difícil mantener con vida algo que, probablemente, haya estado muerto (o, para no ser tan drástica, condenado) desde que nació. Lo dije y lo repetí mil veces, incluso en este mismo blog: no tenía que ser. Nunca tuvo que ser. Pero porfiamos. Insistimos. Prometeicamente. No nos importó nada nunca (no es cierto, pero me gusta decirlo). Repetimos una y otra vez los mismos errores, aún cuando nos decíamos a nosotros mismos que no los estábamos repitiendo. Pero sí, los repetíamos. Y hasta calcados. Algo que nunca supe qué es, y que a esta altura ya nunca lo sabré, nos empujaba uno contra otro a pesar de todo. A pesar de nosotros mismos. A pesar de cualquier cosa. Siempre encontrábamos la manera para hacer perdurar esto. Por mi debilidad, por su idiotez, por nuestra sed mutua, por un millón de cosas que pueden resumirse en los vocablos necedad y ceguera esto siempre sobrevivía. Más agónicamente cada vez, más difícil, también más terco y empecinado, casi sin brillo al final, aunque aún con algún que otro momento esplendente (pero a qué precio), esto sobrevivía. Sin embargo, lo sé, mas nunca lo quise admitir, dejó de latir hace mucho tiempo. Todo lo que lo mantuvo hasta acá fue la más pura artificialidad. Todo simulacro, nada verdad. Todo falso. Y me niego a usar la palabra ficción: la ficción no miente. La ficción es otra forma de la verdad. Acá nunca hubo nada parecido a eso. Sólo un amor Frankenstein que, como el monstruo creado por la ambición desmedida, por la más aterradora hybris, también dejó de existir. 


Quizás sea apropiado decir "enhorabuena", pero no sé, no estoy muy segura.

29 de marzo de 2014

La catarata de porqués

La protagonista de mi novela autobiográfica Nunca, nadie, jamás (que soy y no soy yo), un día se dijo: "Amo a un hombre que siempre ama a otra. Mejor dicho, que siempre elige a otra". Un hombre del que se ha hablado mucho aquí mismo (hasta tiene una etiqueta que lo identifica, que hoy no he usado adrede, pues, después de todo, él también es un personaje de mi ficción). Eso desató, como era de esperar, la catarata de los porqués (¡y seguimos!): ¿por qué me obstino en querer a alguien que no me quiere como yo quiero que me quieran -ni nunca lo hará? ¿por qué pretendo siempre lo imposible? ¿por qué no me conformo? ¿por qué él siempre siente la necesidad de hacérmelo saber? ¿por qué siempre otras y no yo? ¿por qué vuelve, entonces, cuando todas las otras se hartan o lo envían de una patada en el orto hasta mi casa? ¿por qué lo acepto, cada vez que vuelve, y sonrío como un gato de Cheshire cada vez que dice que no va a volver? 
Imagen: Analía Pinto (2009)
Y los porqués siguen, inexorables. La protagonista de mi novela es muy cabeza dura. Ella siempre dice que es su ascendente en Tauro, pero yo comienzo a sospechar que es pura necedad, ya ni siquiera obstinación ni tampoco ofuscación (en el sentido griego del término), como pudo haber sido en el pasado. Es necia, por no decir que es estúpida. Es necia porque sabe, desde tiempos inmemoriales, que esto es así. Siempre fue así. Desde el comienzo mismo (la novela así lo describe). ¿Por qué cree esta tonta que eso puede cambiar? ¿Por qué es tan ingenua? (y los porqués vuelven y vuelven). Es necia porque supone que alguna vez esto va a ser distinto. Porque un día él le dijo que. Porque una noche de verano él sostuvo aquello otro. O porque la miró así o porque le acarició asá o porque no sé qué. Ella cree. Ella sigue creyendo. Persiste. Ni una horda de psicoanalistas podría convencerla de lo contrario.
Pero tal vez yo sí pueda. Después de todo, A, la protagonista de mi novela autobiográfica aún inédita, es un personaje de mi creación. Yo podría hacer que A, al fin, se rindiera. Que tirara la toalla de una vez y dijera: ¿sabés qué? me tenés harta vos y todas tus "otras", vos y todas tus payasadas, vos y todas tus idioteces, vos y todas las veces que me dijiste lo que yo quiero escuchar con el único objeto de pasar el rato, no porque lo sintieras verdaderamente, vos y la reputa madre que te remil parió, vos y... Vos, vos, vos, él, él, él, siempre él, ¿no? El malo de la película. El que dice lo que ella quiere escuchar con fines espúreos. El que dice, hace y deshace, como si ella no tuviera vida ni voluntad. Siempre él. El hijo de puta, el conchudo más bello, como lo llamó en algún poema (en este poema). Y, oh sagrado corazón de la psiquis, ¿no sería tiempo, quizás, pequeña A, de empezar a pensar las cosas de otra manera? 
¿Qué tal si nos preguntamos, incluso en un día tan bello como éste, qué pasa con nosotras? ¿Quién es el malo o la mala de la película acá? ¿Qué tal si dejamos de ponernos en el lugar de las pobrecitas y relegadas víctimas por un rato? (un ratito nomás, para probar, ¿dale?). ¿Qué tal si dejamos de fijarnos en lo que esta persona en particular hace y nos fijamos en lo que hacemos aquí dentro? ¿Qué tal si nos fijamos en los aleteos contumaces de este corazón, en la sublime efervescencia de este espíritu, en los tiernos arrebatos que todavía alberga esta piel? Mirá si, por una de esas casualidades nada casuales que tiene la vida, descubrimos que ¡oh! no siempre era él el culpable de tus tormentos ni la causa de tus sinrazones, ni siquiera la musa inspiradora de todos tus poemas... ¡chan! (caída estrepitosa de paradigmas varios). Mirá si, por el mero hecho de aventurarse a pensar un poquito como lo haría tu psicoanalista (guiño guiño), descubrimos que él "no te elige" por la sencilla razón de que sos vos la que nunca se eligió para ocupar ese lugar... ¡lluvia de chanes! (todas las estructuras psíquicas de A estallaron de rabiosa claridad esta mañana cuando al regresar del gimnasio pensó precisamente esto). 
La catarata de los porqués tiene su razón de ser cuando lleva a revelaciones de esta especie, no cuando se queda dando vueltas como un perro queriéndose morder la cola. Sucede que para ello es necesaria una dosis de sereno coraje que no creía poseer hasta ahora. Bienvenidos, pues, los porqués.

6 de abril de 2010

La curva de las despedidas

Se suponía que ya no iba a hablar de vos, que ya nos habíamos despedido, que el año pasado había sido la última vez que te nombraba en este blog, pero ya ves, no es así. Tantas cosas se suponen usualmente que no es extraño que esto que no se suponía fuera a suceder, haya sucedido.
Hoy te vi. Estabas con tu hija (¡tan parecida a ella...!) en la estación de tren. Tantas veces que soñé, deseé y supliqué por un encuentro así y ya lo había desestimado, porque suponía que ya no andabas por el barrio. Pero no, ahí estabas. Cuando yo ya me había olvidado de esos pecaminosos deseos de volver a verte y encandilarte, cuando ya ni se me cruzaba por la cabeza que fuera posible, ahí estabas. Vos, el mismo, el de siempre, mi músico lisérgico y fantasmal, narcótico, vándalo, peligroso... Te dediqué tantos adjetivos en mis poemas que podría escribirse todo un glosario con ellos. Y ninguno nunca daba ni dio ni dará en la tecla. La tecla. ¿Qué tecla oprimiste para que yo te amara siempre así? No lo sé. Creo que nunca lo voy a saber. ¿Qué tecla oprimo ahora para seguir mi camino? ¿Delete? ¿Enter? ¿Backspace? No lo sé tampoco. 
Sólo sé que aunque no lo pareciera, ésta fue nuestra despedida. Visto desde afuera eran sólo dos personas, dos conocidos (¿quién sospecharía que éramos en verdad dos amantes?) que se encuentran, se saludan, charlan de banalidades y cada cual sigue su camino. Pero desde adentro fue distinto. Ni toda mi cháchara sobre los lamentables sucesos de que fui objeto los otros días (que le roben a uno tiene ciertas ventajas: se obtiene el protagonismo en cualquier conversación) ni lo poco que vos me contaste pudieron opacar ni ocultar lo que se estaba jugando por detrás. El tan anunciado y vilipendiando y buscado y evitado a la vez fin. Ahora sí. Ya lo venía sintiendo desde hacía rato (porque ni siquiera después de lo que pasó el año pasado podía aún admitirlo) y hoy quedó plasmado. Nada en la actualidad me une a vos y eso está muy bien. Allá quedó el pasado: en una cuenta de gmail que nunca volví a abrir, en algunos recovecos de tu blog, en pasados posteos de este mismo blog, en mis diarios y en mis poemas. 
Se terminó. Y está muy bien que se haya terminado. 
No me resulta fácil decirlo, sin embargo. Lo digo con lágrimas en los ojos, una vez más, pero sé que es lo mejor. Más aún, es lo adecuado, que siempre es mucho mejor que lo correcto. Ya no podría estar con vos: la vestal se fue hace mucho, se arrojó, feliz, como profetizo en varios poemas, en el centro de su propio fuego, del fuego que con tanto celo cuidaba día y noche. La sierva, la supliciada, la émula de Alejandra Pizarnik, de Sylvia Plath, de Erica Jong y de todas las mujeres maltratadas por el bruto de turno murió allí también. La prueba está en que hasta te fuiste de mi poesía. Otros son los musos que me inspiran ahora, otros los vientos, otros los caminos que recorro y que quiero empezar a recorrer con ansiedad adánica (o evánica, digamos). Otros son y nada hay de malo en ello y sé que si algún día llegás a leer esto lo comprenderás perfectamente porque vos también recorrés ya otras sendas y otras auras y otros duelos y eso está perfecto, es lo que tiene que ser, lo que siempre tuvo que ser (lo nuestro no, lo nuestro nunca tenía que ser). 
Me quedo, eso sí, con el abrazo que me diste y con lo que creí percibir en tu mirada: una mezcla de nostalgia y encanto, como esas últimas llamitas que quedan ardiendo cuando ya se enfrió toda la lava y el volcán que antes nos arrastró tanto y tan lejos empieza ya a humear, despacio, tranquilo, aliviado al fin. No quería quedarme con las imágenes del encuentro anterior, porque estaban cargadas de odios, rencores y tantos otros sentimientos negativos que siempre estuvieron amalgamados con lo más profundo de nuestro amor (o con lo que demonios haya sido). No quería odiarte ni cuando te dije que te odiaba ni cuando te eché de mi casa (oh, he sido siempre tan melodramática, ¿no?) ni cuando te dije cosas horribles e irrepetibles. Nunca hice otra cosa que no fuera amarte, ya no importa si a vos o a la idea mítica que yo tenía de vos. Pero no quería quedarme con esa piedra oscura y fría adentro, con ese peso que me llagaba, con ese dolor todavía presente. Por eso celebro que nos hayamos visto así, como se encuentra un día cualquiera la gente civilizada y mientras en la superficie se discurre acerca de las banalidades diarias, en lo profundo se restañan y curan todas las heridas. 
Ojalá haya sido algo así para vos también. 
Chau, amor, que estés bien, como te dije hoy. 


P. D.: Hoy me voy a dar el lujo de poner una foto tuya, de la misma manera que en su momento puse fotos de Zappa o de cualquier otra persona que juzgué digna de estar aquí. 

P. D.: Hoy volví a entrar en esa cuenta de gmail que ya no frecuento y encontré todos esos maravillosos, delirantes, enojosos, malévolos, hermosos y apasionados mails que intercambiamos hace ya tanto tiempo y me encontré con esta cita de la novela de Philip Roth, El teatro de Sabbath, novela de la que saqué otro de mis tantos seudónimos (Drenka Balich, el mismo con el que aún aparezco en tu blog): 

"Parodia, juego, el talento y el gusto de lo clandestino, el conocimiento de que todo lo subterráneo supera con mucho a lo terráneo, cierto equilibrio físico, el equilibrio que es la expresión más pura de su libertad sexual."

P. D. (última): En febrero pasado se cumplieron quince años exactos desde la primera vez que nos vimos... Y todavía hay sensaciones, momentos, palabras y miradas de esa primera vez que me resulta del todo imposible olvidar. Intuyo que eso nunca cambiará, al igual que la posesión demoníaca a la que aún me somete, con tanta facilidad y maestría, tu música.  

1 de abril de 2010

La curva de los reencuentros (virtuales)

Ya he hablado por aquí de Facebook y de su ¿extraño? poder para congregar a la gente. Al igual que los pueblos más primitivos se sorprenden con tecnologías que para nosotros ya son obsoletas, yo no dejo de sorprenderme de las coincidencias y conflagraciones que feisbuc puede producir, quizá sin siquiera proponérselo. Porque estoy segura de que no es una directiva del Facebook goverment que yo pudiera enterarme de cómo estaba, al fin, mi primer amor. 
Estuve años enteros (pero años, ¿eh?) preguntándome qué sería de su vida, en qué andaría, por dónde andaría, etc. Fiel a mi antigua costumbre de no innovar nunca hice nada por despejar esas dudas. Una poeta que se precie de tal no hace eso. Simplemente se queda preguntándose con nostalgia qué habrá sido de ese chico (ahora hombre) que le robara el sueño tantas noches y con el que compartiera otras tantas cosas (pero ninguna de las que ella realmente quería); la poeta que se precia de tal simplemente se queda, doliente, escribiendo al respecto, sin jamás mover un dedo. Eso atentaría contra toda una institución, contra todo un mito literario que dice que si una quiere escribir como Alejandra Pizarnik o como Alfonsina Storni deberá sufrir sus penas de amor con toda la intensidad que no pudo poner en llevar a buen puerto ese mismo amor o no será nada. 
Y la vida pasó, llegó el otro amor-dolor y otras tantas cosas, pero el pensamiento de qué habría sido de su vida permanecía siempre intacto en algún rincón. Cuando me uní a Facebook por supuesto que busqué su nombre, mas en vano. Sin embargo, no se me ocurrió buscar los nombres de mis otros compañeros de la secundaria, a ver qué onda. Tuve la dicha de ir siempre al mismo colegio, el Nacional de Quilmes (le cambiaron el nombre en el noventa y pico, pero jamás acepté ese cambio y no voy a empezar ahora) por lo que incluso podría haber buscado por el colegio mismo pero tampoco se me ocurrió. ¡Tantas cosas no se me ocurren a veces...! Pero, de una u otra forma, el laberinto que conforma nuestros días prosigue tejiendo su secreta trama y por allí apareció, vía uno de mis primos (a quien también reencontré en Facebook, alabado sea) una compañera de la secundaria y luego otra y de pronto varias caras conocidas reaparecieron en el horizonte, caras y nombres que la arena de los días ya habían sepultado muy hondo y que sin embargo estaban allí presentes... Pero ninguno era el nombre que a mí me interesaba. 
Empezó entonces un profuso intercambio de mensajes para coordinar una reunión/reencuentro, otra cosa que parece propiciar con todo gusto Facebook. Asistí muda a ese intercambio de mensajes porque aún no me decidía del todo (de hecho, tampoco estoy decidida ahora). Hace por lo menos quince años (si no más...!) que no me veo con casi todos ellos. Yo repetí cuarto año, dejé quinto y retorné al año siguiente. Volví a ver a uno de mis compañeros de esos últimos dos años en la facultad pero tampoco mantuve contacto con ninguno de ellos. Cultivé siempre mi solitaria reclusión y me di con muy poca gente en mi turbulenta adolescencia, siempre enajenada con los libros y el heavy-metal. 
He ahí la cuestión: con él compartía precisamente eso. La invencible pasión lectora y la música, la fundamental, sublime, espectacular, maravillosa música. Porque él, queridos leyentes, era músico, prefiguración benévola de ya sabéis quién, de aquel que después se llevara toda mi poesía y todos mis anhelos. Él era músico y espero que lo siga siendo porque tenía talento de sobra. Podía sacarle música a cualquier cosa que se le cruzara por delante. Podía hacer sonar cualquier instrumento, cualquier cosa, todo era música en sus manos. Y yo también. Mis primeros poemas (podría decir "de amor" pero en ese momento eran lo mismo, la ecuación era poesía = amor) fueron para él. Mi primer libro (que sabatianamente rompí -y tiré- en una noche de desesperación) estaba dedicado a él. Mis primeras lágrimas y desconsuelos, mis primeras alegrías y estremecimientos fueron también para él. 
Y entonces, entremedio de ese intercambio de mensajes que yo seguía sin demasiado entusiasmo, "nos encontramos acá, allá, no, mejor acullá, fulano viene, mengano no sabe, etc.", apareció un nombre que casi me hace saltar de la silla. ¿Sería posible que fuera él? Teníamos otro compañero en aquel tiempo que también se llamaba como él. Tenía que preguntar. Tenía que saber. Entonces decidí responder uno de los tantos hilos de ese mensaje y, como quien no quiere la cosa, pregunté si se trataba de él. Y era. Hoy, otra compañera, me escribió y me acercó su número de teléfono, pero no es eso lo que importa. Lo que importa es que me acercó también las fotos de otro reencuentro de ex-alumnos del Nacio donde estaba él. Entonces lo vi. 
Era él, qué duda podía caber. Pero tan distinto que no sé si lo hubiera reconocido si me lo cruzaba por la calle. Todavía no sé qué es de su vida, ni si sigue tocando, si estará en una banda, etc. Pero está bien. Está vivito y coleando, como quien dice. No es adepto al ciberespacio, por lo que me dicen mis compañeros, con lo cual se entiende que cada vez que googleaba su nombre nada aparecía. Sigue viviendo donde vivía entonces, igual que yo. ¿Cómo es que nunca volví a cruzármelo...? La última vez que lo vi fue en 1993. Yo todavía estaba en el colegio, cursando quinto año, decidida a terminarlo de una vez. Nos habíamos cruzado fugazmente en el recital de Metallica, allá en Vélez, la primera vez que vinieron (sí, yo estuve ahí y lloré como una condenada... ¡tantos años de verlos sólo en posters y videos y de pronto estaban ahí, eran reales!). Después creo que vino para mi cumpleaños y luego creo que una vez más. 
Luego nada. Luego todo. 
Y ahora me pregunto qué hubiera sido de mi vida si en ese tiempo lo hubiese buscando con un poquito más de ahínco, si hubiera procurado que el contacto no se perdiera, si al menos hubierámos seguido siendo amigos (claro que nunca fuimos otra cosa, pero vaya alguien a explicarle eso al tonto de mi corazón), si... En fin, mentalidad de novelista. Deben saber, caros leyentes, que un narrador es siempre aquel que comienza sus preguntas con un "¿Y qué hubiera pasado si...?". No sé qué hubiera pasado si, pero estuve años enteros preguntándomelo y fantaseando al respecto. 
Durante tantísimo tiempo sostuve un "amor" que me permitía evadir cualquier tipo de relación certera y real con otro hombre, ya que ninguno era tan "genial" ni tan "divino" ni tan "perfecto" como él. Después, cambié de objeto de deseo (no mucho, otro músico, más genial, más divino, más perfecto, si acaso era posible...) y proseguí con la misma táctica. Hace apenas dos o tres años que estoy tratando de cambiar eso y evitar, de aquí en más, endiosar a nadie. Pero me cuesta. Me cuesta horrores. Yo no me conformo con "amar", yo tengo que admirar primero, incluso idolatrar, antes de poder llegar a eso. Se me dirá que es un comportamiento infantil. Es posible. Los poetas nunca dejamos de ser niños. Es lo único que nos permite, creo yo, seguir maravillándonos y escribiendo. Pero, reconozco que en algunas cosas está bueno abandonar ese tipo de niñerías. En esta del amor, con seguridad que es lo mejor.
Y ahora que he visto esas fotos, no sé qué pensar. ¿Podría volver a compartir algo con él en nombre de todo lo que compartimos en el pasado? ¿Se puede reanudar una relación con alguien después de más de quince años de no verse, de no saber nada, de no tener ningún tipo de contacto? ¿No hay hasta una cierta violencia en ese tipo de reencuentro? ¿No preferiría uno mantener aquella imagen juvenil y desfachatada..., libre de toda horrible adultez? Ya sé, el complejo de Peter Pan va a terminar matándome. No me importa. En mi imaginación él siempre va a tener el pelo largo, enrulado y hermoso, ¡tan parecido al mío!, y va a seguir siendo mi cómplice, mi compinche, mi compañero de banco preferido... 
Pero también me pregunto ¿qué recuerdo guardará él de mí y qué pensaría al verme ahora?

4 de septiembre de 2008

Desvío amoroso (y catuliano)

Hoy vi a mi amor. Iba a poner a "mi ex" pero ¿ex qué? Dentro mío, aún, no es un ex aunque yo lo llame así frente al mundo. Vi a mi amor entonces. Ya les he hablado de él, solapadamente e incluso con nombre y apellido. Hasta hay un post, ya no recuerdo cuál, que incluye la dirección de su blog. Lo cierto es que muchas veces había imaginado este momento, hasta lo había deseado y rediseñado en mi mente más veces de las aconsejables. Siempre me preguntaba cuándo sería el día, cómo iba a ser el momento y tenía perfectamente planeadas las preguntas que íbamos a intercambiar, las que él me iba a hacer, con las respuestas que yo le iba a dar, y las respuestas suyas que no iba a querer oír ("sí, sigo con L." o "no, estoy viendo a otra persona"; sólo en días -o poquísimas noches de optimismo delirante y agónico- un "volvamos, no puedo vivir sin vos").
Pero, como suele suceder, nada aconteció como yo lo había imaginado, soñado y deseado tantas veces a lo largo de ya un año de separación. Nos cruzamos en plena calle, como desconocidos. Borgeanamente tengo que agregar "acaso siempre lo hemos sido, nunca conocemos realmente a nadie". Tengo la impresión de que no me vio, pero quien sabe, tal vez pienso eso para no agregar al impacto de haberlo visto al fin, la duda terrible y ominosa de si me vio y se hizo el tonto o de si me vio y prefirió hacer como que no me veía... No importa. Sólo importa que lo vi y que, malditamente y como no podía ser de otra manera, porque si hubiera sido de otra manera ni siquiera existiría esta página (y las muchas que vendrán para exorcizar este vivo recuerdo, este amor-no amor que se resiste a morir en mí, que quizá ya haya muerto en él, que tal vez nunca estuvo del todo vivo en ninguno de los dos, pero que en mí no acepta, ni aceptará, al parecer, nunca, la derrota), decía que, como no podía ser de otra manera, volví a encontrarlo impertinentemente hermoso, con la misma hermosura demoníaca de siempre, la que tan subyugada me trae desde el momento mismo en que lo conocí, hace ya 13 años.
Y me diréis, queridos leyentes, con toda razón quizá, y a nosotros qué corno nos importan tus encuentros y desencuentros, tus amores y desamores, tus neurosis, tus adicciones, tus padeceres, tus locuras, tus traiciones (porque todo eso representa él para mí y quizá por eso me cuesta tanto dejarlo, dejarlo ir, soltarlo, "let go", como dicen los yanquis), nosotros queremos leer tus curvas y tus desvíos, queremos saber de tu pluma, no de tu corazón... Pero esta vez he decidido romper mis propias estúpidas reglas acerca de lo que cabe y lo que no cabe en un blog y apelar justamente a la parte menos frecuentada de este blog, la de los desvíos, en la que todo, o prácticamente todo, como en la literatura, cabe. Y entonces me permito este excurso sentimental y meláncolico, estas primeras impresiones después de que lo tan deseado sucedió, estos primeros pasos en el inmediato vacío que sucede al deseo (o la plegaria) concedidos.
Porque a eso quería referirme, para darle alguna entidad a este posteo (y basta de justificaciones, lo sé; al fin y al cabo un blog es algo personal; si estos párrafos no son de su agrado, páselos sin más, use con toda libertad el scroll; yo, no puedo dejar de escribirlos y resulta que he decidido escribirlos aquí y no en la sagrada privacidad de mi diario -y no hace falta decir que "log" en inglés es bitácora, diario íntimo, etc.): a la sensación de desamparo y desasimiento que sobreviene una vez que el sueño se cumplió, una vez que tocamos la maravilla. Esa terrible sensación de ¿esto era todo? que también adviene luego de escribir un poema o un cuento o algo que nos venía rondando la cabeza desde hacía mucho tiempo. Y sí, eso era todo. Y ahora no hay más.
Pero no es cierto. Pronto, nuevos deseos, nuevas plegarias, otros sueños, otros rostros poblarán el espíritu y vendrán otros poemas y otros textos. Pero mientras tanto queda este imposible vacío en derredor, esta cuña atravesada en pleno esternón, el corazón primero desbocado y luego reducido a un trapo (el dedo -¿o el inconciente?- se me escapó y puse primero 'a un tropo', lo que no está nada mal: un tropo, una metáfora que se quedó trunca, sin su término de comparación, como dice el poema de Juarroz) mojado y estrujado, a las cenizas más agrias de su combustión, al tizne con el que mañana (o ahora mismo) escribiré algo que nunca será tan bello como esto:

Odio y amo. Tal vez me preguntas por qué lo hago.
No lo sé. Pero advierto que sucede y me atormento.

Catulo, carmen V, siglo I a. C.

Y justo anoche, por esos dibujos insólitos de la "realidad" (pero qué es la realidad...) o por mero capricho del azar (pero qué es el azar...) retomé parcialmente un texto que había comenzado el año pasado, un texto que habla justamente de él y de mí y que es posible que tenga un destino completamente impensado; pero no sólo eso, sino que su música sonó en la aleatoriedad del shuffle (esa maravillosa opción de los reproductores musicales que nos recrea a un disc-jockey de circuitos integrados y silicio, digamos; y cuando digo disc-jockey pienso en Alejandro Pont Lezica, no pienso en Hernán Cattáneo, y sé que eso denota más que cualquier otra cosa mi edad y cuándo y dónde transcurrió mi infancia... en fin) y primero fue, como siempre suele ser con él y con esta relación maligna, la maravilla absoluta, la rendición, la admiración más alucinada, demencial, la que raya en el servilismo, en lo bizarro, en lo enfermizo; era uno de sus solos, simplemente, nada más, uno de sus solos de guitarra, que en su blog se pueden (o se podían, no lo sé) escuchar; pero después fue, igual que en la vida real (pero qué es la vida real para mí... si no esto?), igual que siempre, igual que en el 95, y en el 99, y en el 2001, y en el 2004 y el año pasado, la desolación más absoluta, la desazón, el lento y sostenido desarmarse de mi persona, el licuarse de mi cordura, la sola persistencia del dolor, la rabia, la agonía en su sentido etimológico, que no es meramente morirse (ojalá lo fuera) sino luchar, que eso es el agón, la lucha por la supervivencia, y, por supuesto, el pathos, el padecer gozoso, el masoquismo, bah, el que me impide, justamente, retornar con él; el que me apartó, Dios sabe cómo, porque yo aún no lo sé, de su lado el año pasado, el que me hizo ver que no era justo ni bueno para ninguno de los dos seguir así. Y esto fue porque sonó mi canción. La que él me regaló. La que se titula "Paraíso" y siempre termina precipitándome, sea por una u otra razón (su voz, su guitarra, la circunstancia en que me la regaló, etc.), en la cursilería y en el infierno de su amor. Por eso lo odio y lo amo, como Catulo a Lesbia. Por eso tal vez nunca haya un final, como dice el bolero. Y como dice otro (o quizá el mismo) bolero, "amor entre los dos es un castigo, es querernos para odiarnos...".

Lo mismo que dice Catulo, bah.

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