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26 de septiembre de 2016

No se cierra nunca

De como se puede perder el tiempo mirando la nada o el todo mismo, el aleph infatigable del Facebook y su esfera no tan mágica ni tan portentosa... Hace casi dos horas que me senté a la compu con el ¿firme? propósito de escribir un posteo en este siempre abandonado y siempre retomado blog. En lugar de eso, como es público y notorio, me la pasé scrolleando cual posesa en Facebook, justamente para evitar este momento. Los escritores somos expertos en este tipo de patrañas y triquiñuelas. Nos encanta escribir pero cuando intuimos que la mano viene pesada hacemos todo lo posible por esquivar el momento. Nadie quiere sentarse a escarbar en sus miserias y encima después mostrarlas al mundo. 
Mejor escribir una boludez cualquiera, un estado ingenioso en el muro, mejor leer un cuento de O. Henry (bueno, eso es saludable sin duda alguna), mejor poner un corazoncito o una carita de enojo, mejor volver a putear al gobierno porque x o z... Mejor lo que sea con tal de no escribir. De no decir lo que quema y corroe como ácido las entrañas, el omento. Mejor huir. Mejor dejarlo para la próxima, total siempre habrá una próxima. Mejor guardarlo para después, pero después la miserabilia se pone putrefacta y huele peor. Mejor no escribir nada. Mejor mandar todo a la mierda. Mejor reír como oligofrénico con cualquier pelotudez. Mejor hacer un test de Facebook. Mejor mirar otro video de gatitos. Mejor criticar lo que hacen/escriben los otros. Mejor compartir una foto de Sandro. Mejor, mejor, mejor... Mejor no hacer nada, mejor no ocuparse de la propia obra que clama con gritos angustiantes y desesperados, mejor dejarlo para el próximo feriado (¿cuándo?), mejor dejarlo para las vacaciones (¿cuáles?), mejor... Y mejor nada. Porque no hay nada mejor que escribir, aunque lo que se tenga para decir sea una bosta, o sea intrascendente o le importe un pepino a nadie. Que se pudran todos, incluido Flanders. Mejor decir lo que nos pasa que no decirlo (después sí veremos si con eso podemos hacer literatura o no). Mejor que escribir no hay nada, así sea una larga e ignominiosa puteada, así sea una novela sublime, un cuento electrizante o un poema que desemboque en el llanto. Mejor que escribir (léase hacer lo que nos nace desde lo más hondo), no hay nada. Pero no alcanza una vida para entenderlo y siempre creemos que después habrá tiempo, que mañana, que la semana que viene, que cuando termine con esto o con aquello podremos hacerlo, podremos al fin sentarnos a escribir, ahora sí. Mentira. No hay nada mejor que escribir ahora, cuando nace, cuando pide, cuando grita, cuando surge. Así sea pura bosta catártica, así sea lamento de mina herida, de poeta doliente, así sea sarasa mugrienta, no importa. No hay nada mejor que escribir cuando todo lo pide, donde sea y como sea. 

Imagen: Analía Pinto (2016)

Sirva todo este preámbulo idiota para decir lo que en un principio quería decir o al menos empezar a rasguñar su superficie, dejar una mínima huella. Hace meses que me invade el desánimo, la falta de entusiasmo, una enorme desazón. Hace mucho tiempo que el optimismo me viene en oleadas escasas, cada vez más exiguas y débiles. Hace bastante ya que levantarme cada día es un triunfo luego de una ardua batalla en mi interior. Hace rato que no me río de verdad, que no me alegro a fondo, que no sé lo que es andar con el corazón estallado de amor y ternura. Y es ridículo. Todos los elementos indican que no hay razón valedera para sentir este agobio, esta opresión. Ayer lo hablaba con una amiga muy querida, que parece andar transitando un desarreglo similar (¿será la edá?). Hicimos el mismo recuento: tenemos trabajo, tenemos salud, tenemos un techo sobre nuestra cabeza y comida en la heladera, no tenemos grandes deudas y tenemos una serie de amigos maravillosos que saldrían corriendo en nuestra ayuda ante cualquier situación. ¿Cómo es posible que nos sintamos así, tan desganadas, tan desmotivadas? Personas llenas de proyectos, de intereses, de curiosidad, de impetu y por momentos no damos, no doy, pie con bola. 
Hoy pensaba en el irrefrenable y magnífico optimismo que me envolvió cuando me vine a vivir sola. Había todo un horizonte, toda una vida nueva que se extendía frente a mí y eso me maravillaba sin fin. Todo era un bello desafío, todo era nuevo, todo era mío y para mí. Veía todo con los ojos del asombro, con los ojos de la novedad, con los ojos de la inocencia. Todo me parecía fabuloso. No sé dónde quedaron esos ojos ni esas munificiencias. Hace meses que me debato en rutinas que por momentos me sacan de quicio, que no paro de correr para nunca ir a ningún lado, que todo es lo mismo, que nada me sorprende, que todo me aburre o me resulta anodino muy rápidamente, más rápidamente de lo aconsejable quizás. Hace mucho que no me visita la gracia del amor, hace demasiado ya que todo es gris y oprobioso, hace mucho que el único ser que recibe mis caricias es Catina y que ella misma es mi única fuente de ternura. Tedio vital, le decían en el siglo XIX, pero sospecho que es algo más, mucho más profundo. El mundo exterior me parece cada vez más estúpido y espantoso y quitando los maravillosos remansos de la literatura, la poesía, la música y los amigos, está plagado de monstruos grotescos, deleznables y sumamente peligrosos que no quiero ver ni de casualidad. A veces pienso que nada de esto me ocurriría si fuera un ama de casa del conurbano como debía haber sido mi supuesto destino social; nada de esto acontecería por mi cabeza si yo fuera una ignara que no sabe nada de nada, que sólo mira telenovelas y cuya mayor preocupación es la correcta preparación de las milanesas para su marido. Pero entonces pienso en sor Juana, en Alfonsina, en Alejandra, en Olga y en todas las que escriben y escribieron y pasaron por rachas similares y se me pasa. Aunque la herida primordial no se cierra nunca.

2 de mayo de 2014

El pensamiento catástrofe

Suelo ser la reina del pensamiento catástrofe. Siempre me imagino que todo va a salir mal (muy mal). 
En mis tiempos de estudiante, al rato de salir de un parcial empezaba a revisar mentalmente mis respuestas y las encontraba inequívocamente mal, mal, mal (respuestas que, unos momentos antes, me habían parecido bien, bien, bien). Hasta que llegaba el momento de que nos dieran la nota, seguía repasándolas y encontrándolas cada vez peor, lo que me sumía en un estado de ansiedad insoportable (después me preguntan por qué no me recibo, jeje). Finalmente, cuando la nota llegaba, era un 9 o un 10. De los errores vislumbrados en ese manijeo mental, ni noticias.
Antes de venirme a vivir sola, imaginé toda clase de catástrofes domésticas que demostrarían mi absoluta ineptitud para convivir conmigo misma y mi tremenda necesidad de tener un hombre cerca (padre o pareja, no importaba). Me pasaba horas (quizás días) imaginando lo peor, perfeccionándolo con detalles muy verosímiles y espantándome yo solita cada vez más. Por suerte, alguna fuerza que nunca tener, hizo que pasara por alto toda esa tragicomedia interior y me mudara. Ninguna de las temidas catástrofes aconteció. Y cuando acontecieron algunos desperfectos (el techo del baño se desplomó un par de veces, digamos), todo se solucionó llamando por teléfono a la inmobiliaria. No me dieron ni tiempo para armar más imágenes de pesadilla.
En alguna de las tantas idas y venidas con ya saben quién, también me las ingenié para sostener los peores escenarios siempre. Siempre. Repetidamente. En este caso fue más difícil deshacerme de la autoincantación y tuvo que rescatarme mi psicoanalista, cual Ariadna, de mis propios laberintos. Llevó mucho tiempo y esfuerzo, pero también fue posible deshacer todas esas películas horripilantes en las que yo siempre aparecía como la pobrecita y apaleada víctima, como la solterona empedernida y como la menos atractiva de las mujeres simplemente porque no gozaba de la gracia del señor. Cuánto tiempo y cuánta energía perdidos, pienso hoy día.
Pero el pensamiento catástrofe siempre me acompaña. Si bien no me impide actuar, como sí lo hacía en el pasado, siempre asoma su horrible cabeza por ahí. Y ahora me vengo a desayunar de que, en realidad, una buena parte de esto (el resto es mi mente loca, claro) es una cuestión ancestral: nuestros cerebros están "cableados" de este modo para prevenirnos ante cualquier peligro. Claro, en épocas donde salir de la caverna no era nada seguro, era mejor estar preparado para lo peor. Pero, ahora que lo pienso... ¿ha cambiado algo en tantos años de evolución? ¿no sigue siendo peligroso aventurarse fuera de la zona de confort? Y, sin embargo, como bien sabemos, las cosas buenas sólo suceden allí, donde nos sentimos incómodos, algo inseguros, miedosos pero también alegres y expectantes. 

Imagen: Analía Pinto (2013)
En la imagen aparezco en el teleférico del cerro Otto (Bariloche), lugar en el que el pensamiento catástrofe, por suerte, no pudo triunfar.

25 de marzo de 2014

El niño que llora

En mi edificio hay un niño que llora. Qué novedad, dirán. En todos los edificios de todo el planeta hay niños que lloran, y madres que les gritan y platos que se rompen. Pero, por alguna razón que desconozco, éste no es un niño más. Llora de día. Llora de noche. Llora por la tarde. Cuando me voy a las 8 y algo de la mañana ya está llorando desde las 7 y media, quizás. Cuando llego alrededor de las 4 sigue llorando. Y más tarde, llora. Y a la noche, a las 10, a las 11, incluso a las 12, está llorando. Llora todo el día. Sus pulmones parece que no se gastan. Y su madre parece que no se cansa de gritarle, de insultarlo, de no sé, no puedo saberlo, si de pegarle. Pienso que algo le pasa. Pienso que no es normal, que un chico no puede llorar así. Que hay algo que está mal, más allá de esa madre imbécil que no para de gritarle. Porque ella le grita siempre. El chico hace algo que evidentemente a ella le molesta mucho y entonces viene el llanto. Siempre el llanto.
Esto, que puede parecer una anécdota idiota y nada más, en el fondo me preocupa mucho. Porque, bueno, cuando me harto de escucharlo llorar pongo música y listo. O me voy. O mientras estoy en el trabajo me olvido del chico que llora, lo mismo si estoy en el gimnasio, lo mismo si estoy en cualquier otro lado. Pero en cuanto llego, zas, el niño que llora está ahí y su llanto invade todo el edificio. ¿Y nadie hace nada?, me dirán. ¿Qué se puede hacer?, repregunto yo. Y no es esto lo que más me preocupa. Lo que me preocupa es no poder decodificar ese llanto. No entender qué le pasa, por qué llora tanto, por qué nadie le pone un freno a esa catarata de lágrimas y berreos. Cada vez que le presto atención (y es díficil no prestarle atención), me lo imagino desolado, aterrado, inmerso en un dolor inenarrable, en un sufrimiento inextinguible, porque así suena ese llanto. ¿Será entonces que le pegan?, me digo. No puede ser, pienso, porque entonces le estarían pegando todo el santo día. ¿Qué chico puede resistir eso? Entonces razono que el chico tal vez es muy caprichoso y tiene cero tolerancia a la frustración. Cada vez que le dicen que no, bum, viene el llanto. Pero entonces se la pasan diciéndole que no, sigo. ¿Y qué cosa tan estrafalaria puede estar pidiendo un chico que no debe tener más de 2 o 3 años, que apenas balbucea unas pocas palabras, entre medio de sus lloros? No sé, no sé, me devano los sesos pensando en esto y no hallo respuesta. Y el llanto sigue, les aseguro que sigue. 


Ahora, milagrosamente, no se escucha. Hasta hace un rato el niño que llora estaba en el más pleno apogeo de su llantina. Se habrá calmado, se habrá dormido. Pero no va a durar. A las doce de la noche llora siempre. Y yo siempre pienso, ¿no tendría que estar dormido ese chico ya? ¿Cómo no va a llorar si a esta hora un chico de dos o tres años está despierto? Y sigo pensando: ¿qué le pasará a ese chico? ¿qué recordará cuando sea grande? ¿se acordará de que lo único que hacía era llorar y llorar? ¿se acordará de que su madre era una energúmena que sólo le decía "salí de ahí" y "nooo" todo el tiempo? ¿se acordará de que sufría y berreaba como si lo estuvieran torturando o matando o vaya uno a saber qué? 
Ojalá que no se acuerde de nada. Yo díficilmente pueda olvidar su llanto.

13 de julio de 2008

Un poema con curvas en un domingo de muchas idem

Para no aburrirlos (y aburrirme) con las alertas de Google, hoy prefiero postear un poema viejito que encontré hace poco con un par de curvas interesantes. Lo subo sin corregir, tal como salió del magín. Creo que no está tan mal, a pesar del obvio juego con el cisne rubendariano.
Y ya que aquí también se trata de desvíos, aprovecho para reflexionar brevemente acerca de ese adjetivo que deslicé por allí: "obvio juego". ¿Obvio para quién? ¿Obvio según quién? ¿Qué tan obvio es lo que a mí me parece irrefutablemente obvio? Preguntas como éstas surgen, gracias a Dios, cuando uno empieza a corregir "seriamente" su trabajo. Cuando empieza a pensar que escribir, o que "la Literatura" (lo pongo con mayúsculas a propósito), no es un ejercicio de alegre ombliguismo sino que es un "para": del otro lado hay alguien. Alguien nos lee. Si de verdad queremos hacer algo que valga la pena, nunca lo lograremos si no somos conscientes de ello. Entonces, retorno: la alusión al cisne de Rubén Darío (no Insúa, cuac) es obvia para mí, pero puede ser novedosa, extraña y hasta completamente desconocida para otros. Para ese otro posible lector que está del otro lado (de algún otro lado) y que hace posible, justamente, esto (la escritura, la literatura).

“El día es un cisne anclado en la memoria” MARIA EUGENIA CASEIRO

no hay día que no amanezca
alabiada en el promontorio de sus plumas
en la curva que lo interrogaba
—¿acerca de qué?— al poeta azul de tientos

no hay día en que la memoria
también se curve en sus interrogantes blancos y adustos
urgiéndome de respuestas y cosquillas
mariposas de un vuelo neutro

no hay día que no sepa desgajar una flor
de las alas de su cisne hambriento

(16/10/04)

30 de abril de 2008

Termina el mes más cruel, se cierra una etapa y se abre un nuevo desvío...

Termina abril, el más más cruel como ya dijera Chaucer y repitiera Eliot, boreales ambos, agarrándoselas con la bella primavera de esos lares, condenando al ostracismo literario a nuestros igualmente bellos, ocres y tristes otoños sudacas.
Termina este mes en el que mi vida está a punto de tomar un desvío inesperado (bueno, si el desvío es esperado deja de ser desvío, ¿no? o en todo caso es un falso desvío, al menos fácticamente; o, si se quiere, el desvío "esperado" es sólo un rumbo contemplado dentro del rumbo general tomado sólo cuando las circunstancias así nos obligaron): este desvío es inesperado porque no estaba en el plan.
El Plan, como el de los templarios del péndulo foucaultiano de Eco, viene ejecutándose desde hace algún tiempo ya y, como todos los designios, oculta siempre una de sus caras (si las mostrara todas, sería todo tan previsible que ni siquiera se justificaría la existencia de dicho plan y/o de algún plan). El Plan indicaba que ahora que yo tenía un trabajo relativamente estable y en el que estaba relativamente "cómoda" el paso a dar ipso facto era irme a vivir sola, más exactamente a la ciudad de Buenos Aires, con sus humos sojeros y sus marchas piqueteras y su locura de constante hora pico a cuestas...
Eso decía el Plan original, la escritura visible del dios, la cara de la luna que siempre vemos aunque no esté... Pero por detrás del telón universal, se tejía otro Plan, acaso más vasto y también más modesto (qué frase borgeana me acabo de mandar, estoy tremenda). El Otro Plan consistía en un cambio de dirección, concretamente en un desvío que yo no había tenido en cuenta (y por eso lo llamo propiamente desvío): un nuevo trabajo, más cercano a mis deseos de usar con gran amplitud mis conocimientos académicos, más cercano a la academia también, tanto que es en la ciudad de las diagonales, La Plata.
La Plata, esa bella ciudad masónica que he evocado a través del libro que me la descubrió cuando sólo tenía 16 años (ver aquí), estaba en el Plan pero no en primer plano. Pululaba su órbita por algún lugar, lejos del foco de atención (trabajar, escribir, mudarme). Volver a estudiar era algo que en un momento había sido descartado y luego sólo considerado como un posible pase de universidad (de la UNLP a la UBA, algo que mis colegas platenses jamás me hubieran perdonado, como bien me advirtió uno de ellos), pero ni siquiera eso fue debidamente sopesado. Por tanto, La Plata estaba en el Plan pero como un cabo suelto, un flequito, una hilacha que cuelga de la costurita del pantalón y de la que si se tira se corre el riesgo de descoser todo. Como un hilván, era un hilo provisorio, al cual era necesario continuar reforzando para darle la pasada de overlock final.
Y así, el último día de abril me encuentra despidiéndome de mis compañeros de Plus Mobile (aunque siga siendo parte de la empresa a la distancia, ya no será lo mismo), cerrando etapas, comenzando a extrañar rutinas, gestos, palabras (el inolvidable "¿sabés?" de mi compañero de redacción Christian, por ejemplo), momentos (los ratos entre las cuatro y media y las cinco y algo escuchando heavy-metal "a todo gas" con mi compañero Martín), vivencias y unos cuantos etcéteras varios y preparándome para nuevas rutinas, nuevos horarios, nuevos compañeros, con toda la adrenalina, nervios, emoción y pánico que todo ello causa.
Brindo entonces por una vida llena de gratos y desafiantes desvíos.

5 de marzo de 2008

Blogging: el desvío casi interminable

Esto de bloguear es un desvío en sí mismo, como creo haber deslizado en los primeros posteos. Pero recién acabo de tener su prueba más palpable. El mundo informático nos ofrece, en estos momentos, tantos "chiches" con los que experimentar que el ansia de investigar y "toquetear" todo es casi insoportable. Hemos pasado de la angustia de las influencias a la angustia de los widgets, por así decirlo.
¿Qué es un widget, para quienes no estén versados en el tema? Es un "artilugio" (bellísima palabra castellana para designarlo!) que podemos agregar a nuestro blog para que le de a éste diferentes funcionalidades. Y eso es lo que me acaba de ocurrir: que estuve casi 40 minutos o más "boludeando" en la página de feedburner, entretenida con sus millones de opciones para hacer cosas re-divertidas y re-locas con tu blog... y todo lo que terminé obteniendo (un poco por mi propia impericia, otro poco por mi máquina que ha decidido no colaborar demasiado con esta empresa del pelotudeo informático agigantado por los conceptos de "funcionalidad" y "entretenimiento" en que se basan los dichos artilugios -y sus mil y un artilugios para engancharnos y want more, more, more!) fue el artilugio que, como por arte de birlibirloque, le permitirá a ud., querido y desconocido lector, suscribirse a su feed favorito para estar al día con cada posteo mío... ¿no es un lujo?
Pero había otro artilugio (le confieso, estimado leyente, que hay no "otro" sino cientos) con el que ud. podría ver, y espero que así lo haga en cuanto domine esta nueva ciencia del blogueo, los títulos de los posteos de mis otros blogs en este y viceversa... ¿se entendió? Todavía no he podido ponerlo en marcha, pero ya lo haré y entonces, seré un poquito más feliz que ahora.
Un último artilugio aparecerá ahora debajo de mi firma, aunque más que artilugio es una especie de ¿guiño cómplice? (cómplice sólo para algunos, estimo) o bien ¿alardeo innecesario? (una pena considerarlo así, pero es plausible) o, mejor, una muestra chiquita de todo lo que ahora podemos hacer con estos inventos del propio Diablo, claro que sí. El artilugio en cuestión podría llamarse "lo que estoy escuchando mientras escribo esto" y sólo puedo mostrarlo cuando edito mi blog en Firefox...
Lo dicho, el blogueo es el desvío -casi- interminable.

AP

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Now playing: Led Zeppelin - Black Dog
via FoxyTunes

28 de febrero de 2008

Dar con el tono

Iba a hablar de otra cosa hoy, pero me la reservo para otra ocasión (que no faltará, debido a la frecuencia diaria que le he impuesto a este blog). Y es precisamente de blogs de lo que deseo hablar en este momento, en otra muestra más de lo que puede constituir un desvío al propio desvío.
En verdad pensaba hablar del Quijote hoy, del Quijote como EL GRAN DESVIADO, o el desviado, al menos literario, por naturaleza, por derecho propio. Pero con motivo del cuarto centenario de su publicación, cuando aún editaba y dirigía el boletín literario La Granda Milito (al que aún pueden suscribirse, al menos para consultar y bajar del archivo los números publicados en Word), hicimos un número doble en el que expresé gran parte de lo que pensaba acerca del personaje y del libro en sí. No obstante lo cual me explayaré en algún momento sobre Quijano-Quijote como el gran desviado, pero no será hoy.
Hoy, ahora, con hambre, con un poco de sueño, con el cansancio de un día de trabajo en la oficina-redacción (alguna vez revelaré a qué me dedico exactamente, je je), tengo ganas de decir que después de varios intentos, he dado con el tono que buscaba en este blog. Muy perfectible aún pero bastante cercano a lo que yo quería lograr cuando fundé rumiante, mi supuesto blog oficial. Precisamente, vengo de allí. Y no sé qué hacer con él. Sé que esto es parte de mi propia neurosis y quizá haría bien en no exhibirla tan alegremente, pero teniendo en cuenta que en la red se exhiben cosas mucho peores... Quiero decir que no sé qué hacer con ese blog porque nunca le encontré, -ni me molesté demasiado en, justo es reconocerlo-, el tono, tal como sí parece que lo he encontrado ahora.
La idea-fuerza de ese blog era hablar y reflexionar sobre poesía pero por diversos imponderables nunca logré hacerlo más que en ciertos posts (el de las maquinitas, el de la contemporaneidad de la poesía y no mucho más). Y lo logré en forma errática cuando mi idea era que fuera una reflexión constante y fluida, que fuera retroalimentándose a sí misma y con los comentarios de los navegantes ocasionales... Quería también algo más periodístico, menos autorreferencial... No sé, quería muchas cosas que no supe cómo lograr. Aquí, en mis curvas, pretendía menos cosas y las fui encontrando sin dificultad. O al menos encontré el camino expedito hacia ellas.
Hay algo más, desde luego, respecto a ese blog, que prefiero callar precisamente para no "ensuciar" este blog con eso y volverlo inhabitable también. Así pues he estado meditando qué hacer y tal vez lo más viable sea refundarlo aquí, en Blogger, y dedicarlo exclusivamente a lo que fue destinado, es decir, la poesía y la reflexión sobre ella. Con algún poema ocasional, pero preferiblemente no, a no ser que ilustre alguna hipótesis. Aún no me decido pero es probable que así lo haga.
"I believe there is a sign in the audience that says what's the secret word for tonight. The secret word for tonight is..." dice Frank Zappa en un momento del concierto en el que dirigió al Berlin Ensemble y del cual se grabó uno de sus discos más memorables, The yellow shark. Por supuesto, nunca dice cuál es la palabra secreta. Sólo silencio después de eso y luego música, su maravillosa e inigualable música. Y toda esa frase, en realidad, es una especie de "¿Y?" gigantesco, un "¿y?" como el que me imagino en los hipóteticos o futuros lectores de este post.
O sea: ¿y a mí qué? Fundá tu blog de nuevo, tirá el anterior, hacé lo que quieras, a mí qué me importa. Qué corno me importan tus razones neuróticas, tus traumas y tus obsesiones. Ya sé. Pero eso no me impedirá hacerlo. Ya sé que a nadie o a casi nadie le importa este parloteo en el vacío (o en un casi vacío). Pero de eso se trata también un blog. De lo que le pasa a quien lo escribe, lo funda y refunda cada día. Más interesante a veces, completamente anodino o supliciantemente aburrido otras. "Como la vida misma", odiosa frase de teleteatro argentino ochentoso.
Entonces, como la vida misma, comunico que quizá haya un rumiante blogger en el que espero poder hacer lo que yo quería hacer en el rumiante primero y no me salió. No está mal, creo yo, reconocer que algo no nos salió e intentarlo de nuevo. Intentarlo cuantas veces haga falta. No dejar de intentar ni de hacer ni de crear porque "a nadie le vaya a importar". No importa, y no por razones ególatras sino todo lo contrario: el otro siempre está. Yo sé que del otro lado hay alguien. No importa quién. Ese alguien está y no es una proyección de mi atribulada cabecita. Para ese imponderable e inasible alguien se escriben todas las palabras de este mundo. Y que "alguien" venga a discutírmelo.

AP

22 de febrero de 2008

Discurriendo por los desvíos de la literatura

Interesante comentario el de Daniel Medina a "El escritor y el desvío, II". En lugar de contestarle allí, aprovecho para ponerme a discurrir aquí a propósito de su propuesta, de la que rescato lo siguiente:

"Allí donde la novela es, como propuesta (sospecho nuevamente), "trampa", porque atrapa (atrapar: Del fr. attraper, der. de trappe, trampa), el poema suelta, libera."

Es taxativamente cierto que la novela 'atrapa': ¿cuántas veces no hemos dicho "esta novela me atrapó"? Cientos. Ése es el mérito del género y del novelista: sólo si logra atraparnos en su sueño vívido podemos transitarlo sin fatigarnos, así tenga 50 o 1000 páginas. Las 1000 páginas del Quijote, las 1000 páginas de La regenta, las cientos y cientos de páginas escritas por Erica Jong, sólo por citar tres ejemplos que me son muy caros, se dejan leer con absoluta paz, con mórbida calidez, con el deleitoso abandono propio de los amantes, ya que sus autores se preocuparon por esquivar sus desvíos (o, como en el caso de Cervantes, los convirtieron en parte de la obra misma -recuédense las "novelitas" incluidas en el Quijote, como la novela del "Curioso impertinente" o las "bodas de Camacho"- y no sería ocioso mencionar aquí que las novelas eran, en aquel entonces, antes de que Cervantes las transformara en lo que serían luego, esas historias "exemplares" intercaladas entre otras historias, breves y sustanciosas, en ocasiones con moraleja incluida) y hacer que el río de la novela fluyera por los cauces adecuados.
Es igualmente cierto que el poema 'suelta' (let go, en inglés), a condición de haber sujetado de los pelos o de las orejas al poeta primero para que el poema pudiera manifestarse y ser, luego, ese dispositivo textual que nos permite liberarnos de demonios, fantasmas, fantasías y también de la fealdad, la crueldad y la hipocresía que reina en el mundo. El poema suelta porque quien llega hasta él ya está atrapado en todos estos miasmas que he mencionado y sólo a través de la belleza puede ver alguna salida. No necesita evasión (de la buena, se entiende), como el lector de novelas, sino liberación, más aún, rendición: porque ¿qué hace uno si no rendirse cuando lee un poema que le llega a lo más hondo, que le revela una parte de sí que no había visto -que no quería ver- o que le pone en la boca las palabras para dar cuenta de lo que estaba sintiendo en ese momento y su lengua se resistía a hacerlo por él? ¿Qué es ese sentimiento sino una rendición, una capitulación, el reconocimiento de que lo que está dicho allí yo no podría decirlo jamás así pero es exactamente eso lo que siento en mí?
Y aquí es donde creo que Daniel dice lo que a mí me hubiera gustado decir, justamente:

"Pero el poema (estanque) está siempre detenido, hasta que nuestra lectura lo movilice hacia nosotros mismos (movilizarse, pronominal). Quien tenga el valor de perforar ese apacible estanque, tendrá que vérselas, tarde o temprano, con la descomunal violencia con la que "sus aguas" romperán la paz que nos producía."


AP

21 de febrero de 2008

El contexto y el desvío

Estos días he estado pensando insistentemente acerca del contexto.
Me refiero específicamente al entorno verbal y no verbal en el que se dan algunos intercambios humanos. Éste, por ejemplo. Publicar posts en un blog me obliga a respetar ciertas normas no escritas pero que responden al contexto lingüístico y no lingüístico en el que me hallo. Si de pronto publicara un post que hablara de fútbol o de religión o de física cuántica (materias todas de las que nada sé, por otra parte, con excepción del fútbol), ello podría tomarse como una falta de ubicación en el contexto comunicativo en el estoy operando ya que he tratado, hasta el momento, de que todas las curvas y todos los desvíos tuvieran cierta coherencia o cierta temática común, aglutinada, precisamente en esos dos términos resumidores. Pero, por otra parte, bien se podría argüír que los desvíos están permitidos aquí, en tanto hablo de ellos con insistencia machacona. Más que hablar sobre ellos, intento reflexionar "en voz alta" (tan alta como se pueda en un blog más de los millones que ya existen) sobre diferentes desvíos a medida que se me van ocurriendo.
Pero, por otra parte, salirse de contexto o, más todavía, sacar de contexto es justamente uno de los procedimientos poéticos por excelencia, uno de los favoritos de las vanguardias históricas, por ejemplo. Cuando proponían recortar palabras y titulares de los diarios para "escribir" poemas con ellos (ejercicio que recomiendo a todos los poetas que se sientan bloqueados) no estaban proponiendo más que la exacerbación del procedimiento más poético por naturaleza, que es este sacar de contexto, arrancar a las palabras de su cotidianeidad gastada, opaca, utilitaria y devolverles su brillo, su infinita capacidad evocadora (¿qué palabra más evocadora de imágenes insólitas y bellezas de toda clase que 'lapislázuli', por ejemplo?), su maravillosa posibilidad de transformarse plásticamente frente a nuestros ojos en el objeto o la sensación evocados, quitarles la fea pátina del uso mundano, hacer que vuelvan a ser lo que son, más que etiquetas, más que simples nombres, más que un banal señalamiento (esto es una mesa, esto es una silla), volverlas los pedacitos intrínsecos de humanidad que sin duda son?

AP

19 de febrero de 2008

El escritor y el desvío, II

Ayer hablé sobre el escritor como experto -muy a su pesar- en desvíos y cité como ejemplo más cabal al novelista, pero ¿qué pasa con el poeta? ¿Puede ser también la poesía un desvío controlado?
No puse como ejemplo al poeta en mi reflexión curva y desviada de ayer porque creo que los desvíos que plantea la poesía son otros y muy diferentes a los que tiene que enfrentar un novelista. La poesía simplemente sucede (y en sentido barthesiano se diría que sucede en un lugar que está más allá del poema, que ni siquiera es el poema, pero me guardo esta reflexión para un futuro post rumiante) y el poeta, en realidad, es desviado de su "delicada tarea de vivir" (ay, bueno, ya caí en la egolatría de autocitarme, sabrán disculpar).
Cada vez que un verso o un atisbo de poema empieza a tintinear en su cabeza el poeta deberá abandonar la tarea que tenga entre manos y entregarse a ese llamado, so pena de perder, quizá, el mejor poema de su vida... o el peor. No importa. Lo que importa es que la poesía irrumpe, se presenta, dice "acá estoy, dame bola", flamea banderas, hace señas de todo tipo y guay del poeta que no le haga caso, que se esconda, que pretenda seguir muy orondo con lo que estaba haciendo. Cuando vaya a buscarla, la poesía, ofendida como una amante, simplemente lo mirará por sobre el hombro y se dará media vuelta, retirándose con aires de diva. Y no volverá por un tiempo lo suficientemente largo como para que el poeta se sienta perdido y desesperado y arruinado (lo que normalmente se dice "bloqueado") para que así aprenda la lección.
Durante la escritura del poema los desvíos que se suceden son diferentes a los que pueda experimentar el novelista. Mientras éste luchará para que los personajes y la trama se dirijan hacia un objetivo más o menos claro, el poeta podrá dejarse llevar por lo que los versos le vayan dictando (lo que otros llamarían "por la inspiración") ya que, en verdad, un poema no debería tener ni comienzo ni conflicto ni desenlace sino simplemente fluir, dejarse ser, dejarse estar (en el buen sentido de la expresión, si la tiene). Siempre tendrá tiempo para podar, corregir y realizar la labor limae necesaria. Además, la música intrínseca de las palabras y la música que generan al rozarse y al entrar en contacto entre sí también producen en el poeta ese estado de dejarse ir tan gozoso, muy diferente (aunque con un fondo muy parecido) al que puede experimentar el novelista.
Si la novela es un río que a duras penas se puede contener (no por nada existe la expresión "novela-río") el poema es una catarata que no cesa de caer y caer con delicada majestuosidad.

AP

18 de febrero de 2008

El escritor y el desvío

Una de mis nuevas ocupaciones, que me impuse yo misma, valga la aclaración, es pensar qué voy a poner en el post de cada día. Un post/una escritura que como creo haber deslizado al comienzo es un desvío de mis otras escrituras (la novela, los relatos y la poesía), un desvío que intenta ser un camino que me lleve de vuelta a ellas, con renovados bríos e ideas a ser posible.
No suele ser eso lo que sucede pero no importa. Lo que importa es que hoy venía pensando, libre ya del odioso viaje en colectivo hasta la periferia de Capital Federal, es decir a las puertas mismas del conurbano bonaerense, cuál podía ser un buen tema para el post de hoy, ya que había tenido un atisbo de uno mientras almorzaba en la oficina, pero no tuve la precaución de anotarlo y la idea, ligera cual brisa, se voló, se esfumó, y no volví a saber nada de ella, sólo que tenía que ver con el desvío y no con las curvas, pero eso fue todo. Y ahora ni siquiera estoy muy segura de esto... la cosa es que venía yo caminando hacia mi casa cuando se me ocurrió que el escritor era un experto en desvíos.
Más todavía, el texto es un desvío constante. Mejor aún: el texto logrado (editable, editado) es un desvío controlado. Si como la crítica genética (*) ha demostrado escritura no es más que reescritura, la selva del lenguaje y los mundos que gracias a ella se conforman en la cabeza del escritor no son más que diversas instancias de un desvío original o "cero". Pensemos en el caso más claro de todos, el del novelista: el novelista parte de una idea o conflicto central, cualquiera sea. Sin embargo, a poco que comience a escribir, sea que tenga todo preparado de antemano o se lance a escribir sabiendo poco y nada acerca de su idea/conflicto central, ésta poco a poco -o a pasos agigantados- comenzará a ramificarse, los personajes comenzarán a actuar por su cuenta y cuando el novelista recapitule se encontrará con que está muy lejos del punto de partida y que ha llegado hasta allí optando por un solo camino en desmedro de otros muchos cada vez que sus personajes o su idea central lo pusieron contra la espada y la pared, esto es, a la vuelta de cada esquina, como en un laberinto.
Toda vez que él intente llevar el agua para su molino, ésta querrá desbordarse y fluir libre por los campos. Toda vez que consiga detenerla tras de la muralla de una represa, una grieta finísima en el concreto dejará escapar los hilillos que, con su santa paciencia, terminarán por socavar la fortaleza. Toda vez que entube su arroyo de letras, los aromas y los miasmas se filtrarán y lo harán retroceder, recapacitar, mirar de nuevo todo el panorama y decirse, como el baqueano, "para allá", y aunque el arroyo se resista, lo llevará. Aún así, pequeños cursos de agua, muy pequeños ellos, siempre se desviarán a su gusto y piaccere.
Por eso decía que la escritura es un desvío controlado, hasta un punto, que es siempre el punto en el que el novelista se da por vencido, obtura como puede su río y le pone la palabra "Fin" agotado por tanto esfuerzo y se va, para citar un final inolvidable, como quien se desangra.


AP

(*) La crítica genética es una rama relativamente nueva de la crítica literaria a la que espero dedicarme algún día y que se ocupa de estudiar los manuscritos, anotaciones y otros documentos de vital importancia en el proceso de escritura de una obra literaria. Vale decir que se ocupa de los "pretextos" y de todos aquellos papeles que dieron por resultado la obra que hoy conocemos. Su objetivo es dar cuenta del proceso creativo como un aporte más en el estudio y profundización de los procesos intelectuales en general. Sus aportaciones específicas en el campo de la literatura pueden apreciarse en algunas de las "ediciones genéticas" de las más importantes obras de la literatura latinoamericana realizadas por la Fundación Archivos y la UNESCO, de las que sobresale sin duda alguna la edición del Martín Fierro (dirigida por Élida Lois), que incluye reproducciones facsimilares de las libretas donde José Hernández escribió la obra fundante de la literatura argentina.

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