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2 de mayo de 2014

El pensamiento catástrofe

Suelo ser la reina del pensamiento catástrofe. Siempre me imagino que todo va a salir mal (muy mal). 
En mis tiempos de estudiante, al rato de salir de un parcial empezaba a revisar mentalmente mis respuestas y las encontraba inequívocamente mal, mal, mal (respuestas que, unos momentos antes, me habían parecido bien, bien, bien). Hasta que llegaba el momento de que nos dieran la nota, seguía repasándolas y encontrándolas cada vez peor, lo que me sumía en un estado de ansiedad insoportable (después me preguntan por qué no me recibo, jeje). Finalmente, cuando la nota llegaba, era un 9 o un 10. De los errores vislumbrados en ese manijeo mental, ni noticias.
Antes de venirme a vivir sola, imaginé toda clase de catástrofes domésticas que demostrarían mi absoluta ineptitud para convivir conmigo misma y mi tremenda necesidad de tener un hombre cerca (padre o pareja, no importaba). Me pasaba horas (quizás días) imaginando lo peor, perfeccionándolo con detalles muy verosímiles y espantándome yo solita cada vez más. Por suerte, alguna fuerza que nunca tener, hizo que pasara por alto toda esa tragicomedia interior y me mudara. Ninguna de las temidas catástrofes aconteció. Y cuando acontecieron algunos desperfectos (el techo del baño se desplomó un par de veces, digamos), todo se solucionó llamando por teléfono a la inmobiliaria. No me dieron ni tiempo para armar más imágenes de pesadilla.
En alguna de las tantas idas y venidas con ya saben quién, también me las ingenié para sostener los peores escenarios siempre. Siempre. Repetidamente. En este caso fue más difícil deshacerme de la autoincantación y tuvo que rescatarme mi psicoanalista, cual Ariadna, de mis propios laberintos. Llevó mucho tiempo y esfuerzo, pero también fue posible deshacer todas esas películas horripilantes en las que yo siempre aparecía como la pobrecita y apaleada víctima, como la solterona empedernida y como la menos atractiva de las mujeres simplemente porque no gozaba de la gracia del señor. Cuánto tiempo y cuánta energía perdidos, pienso hoy día.
Pero el pensamiento catástrofe siempre me acompaña. Si bien no me impide actuar, como sí lo hacía en el pasado, siempre asoma su horrible cabeza por ahí. Y ahora me vengo a desayunar de que, en realidad, una buena parte de esto (el resto es mi mente loca, claro) es una cuestión ancestral: nuestros cerebros están "cableados" de este modo para prevenirnos ante cualquier peligro. Claro, en épocas donde salir de la caverna no era nada seguro, era mejor estar preparado para lo peor. Pero, ahora que lo pienso... ¿ha cambiado algo en tantos años de evolución? ¿no sigue siendo peligroso aventurarse fuera de la zona de confort? Y, sin embargo, como bien sabemos, las cosas buenas sólo suceden allí, donde nos sentimos incómodos, algo inseguros, miedosos pero también alegres y expectantes. 

Imagen: Analía Pinto (2013)
En la imagen aparezco en el teleférico del cerro Otto (Bariloche), lugar en el que el pensamiento catástrofe, por suerte, no pudo triunfar.

5 de abril de 2014

Cuando invade el desánimo

Y llegamos a la tan temida meseta. Esto siempre ocurre. El sábado pasado, aún lo recuerdo, tuve esas tremendas ganas de escribir y lo hice sin dudarlo. Hoy, una semana después, me encuentro en ese horrible estado que se traduce en la siguiente frase: "no sé sobre qué escribir" (también se traduce, muchas veces, en frases de parecido tenor: no sé qué ponerme, no sé adónde ir, no sé a quién llamar, no sé qué hacer...). Un espíritu positivo podría decirme: "¡Hay cientos de cosas sobre las que escribir!". Sin duda. La pregunta es: ¿tengo ganas de escribir sobre alguna de ellas? La respuesta es contundente: no. Por eso decía en el comienzo de esta nueva etapa de C&D (me gusta llamarlo así a este blog ahora), que soy gánica y que sin ganas no puedo hacer nada o casi nada. Otro ejemplo al caso: hoy íbamos a salir con algunos amigos. Yo propuse la salida, el evento, etc. Y promediando ya la tarde de este sábado lluvioso y desconsolador me rendí a la evidencia: no voy a ir a ningún lado, está claro. ¿Y por qué? preguntaréis con buen tino. Porque me ganó la fiaca, el desánimo, la lluvia, la inflación y la mar en coche. Hoy no supe oponer una barricada de ganas y optimismo al mal tiempo (que, como todos bien sabemos, es una excusa). Hoy no supe reacomodar las filas interiores para que el desánimo no lo invadiera todo. A veces pasa, hay que decirlo. El problema es cuando pasa todo el tiempo. Así que voy a suponer que esto sólo pasará hoy y que mañana mismo retornarán las ganas de escribir, de hacer cosas, de salir con los amigos, y mucho más. Voy a suponer también que tengo derecho a no querer salir, a tener ganas de permanecer en piyama y pantuflas, a disfrutar de mi recuperada PC (ayer parecía haber colapsado o algo peor, pero hoy andó, si bien la trato como si estuviera trabajando a reglamento), a no sentirme culpable, como suele sucederme casi siempre, de no hacer nada... ¡Hey! ¿Ven? He ahí un interesante tema para desarrollar: ¿por qué no puede uno simplemente no hacer nada sin sentir que está traicionando a la patria o sin sentir que debería estar haciendo algo "productivo" o sin sentir que es un desagradecido infernal porque otras personas ni siquiera se pueden permitir el lujo de detenerse un segundo o sin sentir que es impostor, un fraude y un fiasco porque lo único que le interesa es no hacer nada? 
Imagen: Analía Pinto (2010)
Esta personilla que ahora escribe ha estado trabajando toda la semana; ha llegado a su casa y ha seguido trabajando, produciendo, intentando escribir, pergeñando cosas para su taller, etc.; esta personilla no roba, no miente (o sólo hace ficción con su boca, como diría Homero Simpson), no estafa, no muerde, no lincha a nadie; esta personilla paga sus impuestos, sus cuentas, sus deudas y su tarjeta de crédito sin chistar; esta personilla... ¿no tiene, entonces, derecho a no hacer nada si así lo quiere? ¿por qué su cabezota cabezadura la hace sentir como una porquería humana sólo porque tiene ganas de tirarse a dormir un siestín o leer un libro porque sí, sin ninguna finalidad ulterior (léase estudiar o preparar una clase de taller) o porque no tiene ganas de salir justo el día que había una salida armada? ¿Qué hacemos con la cabezota de esta personilla en la imposibilidad de desenroscarla, sacudirla un par de veces como a la bola 8 y volverla a enroscar, a ver si así se le acomodan un poco las ideas? ¿Qué hacemos con la cabezota de esta personilla que, a pesar de no tener ganas, se las ingenió para escribir este posteo? 
No tengo idea, pero ya se nos va a ocurrir algo...
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