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26 de septiembre de 2016

No se cierra nunca

De como se puede perder el tiempo mirando la nada o el todo mismo, el aleph infatigable del Facebook y su esfera no tan mágica ni tan portentosa... Hace casi dos horas que me senté a la compu con el ¿firme? propósito de escribir un posteo en este siempre abandonado y siempre retomado blog. En lugar de eso, como es público y notorio, me la pasé scrolleando cual posesa en Facebook, justamente para evitar este momento. Los escritores somos expertos en este tipo de patrañas y triquiñuelas. Nos encanta escribir pero cuando intuimos que la mano viene pesada hacemos todo lo posible por esquivar el momento. Nadie quiere sentarse a escarbar en sus miserias y encima después mostrarlas al mundo. 
Mejor escribir una boludez cualquiera, un estado ingenioso en el muro, mejor leer un cuento de O. Henry (bueno, eso es saludable sin duda alguna), mejor poner un corazoncito o una carita de enojo, mejor volver a putear al gobierno porque x o z... Mejor lo que sea con tal de no escribir. De no decir lo que quema y corroe como ácido las entrañas, el omento. Mejor huir. Mejor dejarlo para la próxima, total siempre habrá una próxima. Mejor guardarlo para después, pero después la miserabilia se pone putrefacta y huele peor. Mejor no escribir nada. Mejor mandar todo a la mierda. Mejor reír como oligofrénico con cualquier pelotudez. Mejor hacer un test de Facebook. Mejor mirar otro video de gatitos. Mejor criticar lo que hacen/escriben los otros. Mejor compartir una foto de Sandro. Mejor, mejor, mejor... Mejor no hacer nada, mejor no ocuparse de la propia obra que clama con gritos angustiantes y desesperados, mejor dejarlo para el próximo feriado (¿cuándo?), mejor dejarlo para las vacaciones (¿cuáles?), mejor... Y mejor nada. Porque no hay nada mejor que escribir, aunque lo que se tenga para decir sea una bosta, o sea intrascendente o le importe un pepino a nadie. Que se pudran todos, incluido Flanders. Mejor decir lo que nos pasa que no decirlo (después sí veremos si con eso podemos hacer literatura o no). Mejor que escribir no hay nada, así sea una larga e ignominiosa puteada, así sea una novela sublime, un cuento electrizante o un poema que desemboque en el llanto. Mejor que escribir (léase hacer lo que nos nace desde lo más hondo), no hay nada. Pero no alcanza una vida para entenderlo y siempre creemos que después habrá tiempo, que mañana, que la semana que viene, que cuando termine con esto o con aquello podremos hacerlo, podremos al fin sentarnos a escribir, ahora sí. Mentira. No hay nada mejor que escribir ahora, cuando nace, cuando pide, cuando grita, cuando surge. Así sea pura bosta catártica, así sea lamento de mina herida, de poeta doliente, así sea sarasa mugrienta, no importa. No hay nada mejor que escribir cuando todo lo pide, donde sea y como sea. 

Imagen: Analía Pinto (2016)

Sirva todo este preámbulo idiota para decir lo que en un principio quería decir o al menos empezar a rasguñar su superficie, dejar una mínima huella. Hace meses que me invade el desánimo, la falta de entusiasmo, una enorme desazón. Hace mucho tiempo que el optimismo me viene en oleadas escasas, cada vez más exiguas y débiles. Hace bastante ya que levantarme cada día es un triunfo luego de una ardua batalla en mi interior. Hace rato que no me río de verdad, que no me alegro a fondo, que no sé lo que es andar con el corazón estallado de amor y ternura. Y es ridículo. Todos los elementos indican que no hay razón valedera para sentir este agobio, esta opresión. Ayer lo hablaba con una amiga muy querida, que parece andar transitando un desarreglo similar (¿será la edá?). Hicimos el mismo recuento: tenemos trabajo, tenemos salud, tenemos un techo sobre nuestra cabeza y comida en la heladera, no tenemos grandes deudas y tenemos una serie de amigos maravillosos que saldrían corriendo en nuestra ayuda ante cualquier situación. ¿Cómo es posible que nos sintamos así, tan desganadas, tan desmotivadas? Personas llenas de proyectos, de intereses, de curiosidad, de impetu y por momentos no damos, no doy, pie con bola. 
Hoy pensaba en el irrefrenable y magnífico optimismo que me envolvió cuando me vine a vivir sola. Había todo un horizonte, toda una vida nueva que se extendía frente a mí y eso me maravillaba sin fin. Todo era un bello desafío, todo era nuevo, todo era mío y para mí. Veía todo con los ojos del asombro, con los ojos de la novedad, con los ojos de la inocencia. Todo me parecía fabuloso. No sé dónde quedaron esos ojos ni esas munificiencias. Hace meses que me debato en rutinas que por momentos me sacan de quicio, que no paro de correr para nunca ir a ningún lado, que todo es lo mismo, que nada me sorprende, que todo me aburre o me resulta anodino muy rápidamente, más rápidamente de lo aconsejable quizás. Hace mucho que no me visita la gracia del amor, hace demasiado ya que todo es gris y oprobioso, hace mucho que el único ser que recibe mis caricias es Catina y que ella misma es mi única fuente de ternura. Tedio vital, le decían en el siglo XIX, pero sospecho que es algo más, mucho más profundo. El mundo exterior me parece cada vez más estúpido y espantoso y quitando los maravillosos remansos de la literatura, la poesía, la música y los amigos, está plagado de monstruos grotescos, deleznables y sumamente peligrosos que no quiero ver ni de casualidad. A veces pienso que nada de esto me ocurriría si fuera un ama de casa del conurbano como debía haber sido mi supuesto destino social; nada de esto acontecería por mi cabeza si yo fuera una ignara que no sabe nada de nada, que sólo mira telenovelas y cuya mayor preocupación es la correcta preparación de las milanesas para su marido. Pero entonces pienso en sor Juana, en Alfonsina, en Alejandra, en Olga y en todas las que escriben y escribieron y pasaron por rachas similares y se me pasa. Aunque la herida primordial no se cierra nunca.

18 de abril de 2014

De las lecturas de poesía

Este año, después de mucho tiempo, volví a leer en público mis poemas. Las lecturas de poesía son un espectáculo por lo menos extraño, no siempre bien recibido, mucho menos bien armado desde el vamos. Hay algo absolutamente discordante en el hecho de que alguien se pare frente a un micrófono y lea su poema, mientras las personas que deberían leer el poema tan sólo pueden escucharlo. En mi opinión, siempre falla algo, siempre falta algo, siempre algo se va o nunca llega. No fue así en las dos lecturas a las que fui invitada este año, gracias a todos los dioses.
No soy nueva en esto: leí por primera vez mis poemas de la mano de Eduardo Dalter y "Calle Abierta", un ciclo que se realizaba en Parque Lezama y Centenario después, los domingos a la tarde en el 2003 aprox. A partir de allí leí en muchos de los ciclos que pueblan, aún hoy, las noches porteñas y hasta coordiné dos de ellos ("Vientos Contrarios" y "Bendita Erato"). Pero siempre me quedaba con una sensación extraña: ése no era el lugar de la poesía, la poesía debía ser un acto íntimo, algo así. Pocas veces salí realmente satisfecha de una lectura: la vez que leí en "Maldita Ginebra", por ejemplo, o cuando leí en "La Hernia de Sísifo". Pero, claro: esos no son ciclos "comunes", justamente esos dos ciclos se salen de todas las tácitas reglas que regulan el funcionamiento de los ciclos de lectura y hacen que sea un verdadero deleite concurrir a ellos. Uno porque se realiza en un auténtico sucucho del Abasto-base los viernes pasada la medianoche (MG) y otro porque se hace una vez por mes en itinerancia errante siempre (HS). Esto, entre otras cosas, evita que se llene de señoras paquetas, de doñarosas que no tienen otra cosa que hacer un sábado a la tarde y concurren a cuanto evento gratuito encuentran. Está bien, yo entiendo, se ha llegado a cierta edad, el mundo se achica bastante (esto es discutible, pero creamos por un minuto que sí) y entonces hay que aprovechar lo que sea. Y como en esos ciclos siempre hay micrófono abierto, ahí la tenemos a Doñarosa 1 declamando algo que ella cree que es un poema y que nadie se atreve a desmentirle. Es posible que incluso Doñarosa 1 tenga un libro (auto)publicado y a continuación vendrá Doñarosa 2 y será lo mismo: un cuajado de cursilerías bonitas que riman y que uno sólo aplaude por urbanidad. Este tipo de cosas solían sacarme la cabeza y por eso (más la mudanza a La Plata) dejé de ir a los ciclos, donde, además, siempre éramos los mismos y ya nos conocíamos los poemas y las caras y era todo más o menos igual. Boring! diría Bart Simpson.
Hete aquí que este año, como decía, fui invitada a leer a dos ciclos que en nada se parecen (¡albricias!) a lo que yo estaba acostumbrada. En el primero de ellos, "Solista en el Living", además de escuchar a un poeta o a alguien leyendo poemas que le gustan, lo principal es que se puede escuchar a un músico en el living de una casa (la casa de la maravillosa Agustina Martínez Cicchetti). Sin interrupciones, sin ruidos molestos, sin atronar los tímpanos, sin más que sentarse y tener al músico casi al lado, es absolutamente imposible no disfrutar de semejante rareza. Y en ese ambiente, la poesía, bien dosificada, no desentona, sino que hasta prepara para lo que vendrá después. Y es aún mejor, porque tal vez los presentes no son asiduos lectores de poesía y de pronto descubren un mundo que se estaban perdiendo por prejuicios o vaya uno a saber. Con apenas leer unos pocos poemas se ha abierto una puerta inesperada y muchos quieren pasar ese umbral y ver qué hay del otro lado: bienvenidos. 
El segundo ciclo, "Le' Prosa de Noche", también me sorprendió gratamente. Nada de doñarosas a la vista, gente joven y copada por todas partes, símil living y la posibilidad de escuchar también a un músico ahí nomás, propuestas nuevas, divertidas, refrescantes... ¡al fin! Por eso celebro ampliamente la existencia de estos ciclos y presumo que debe haber muchos otros sucediendo ahora mismo y, por las terribles deficiencias de comunicación cultural que hay en esta ciudad, no nos estamos enterando, pero sepan que hay por lo menos dos propuestas más que interesantes y a las que vale la pena ir sin dudarlo.
Ah, y en tanto tiempo de leer en ciclos, este año es la primera vez que me pagan por hacerlo: como debe ser.

Ciclo "Le' Prosa de Noche" en Casa Brava, jueves a las 21 hs.

16 de abril de 2014

Por qué escribo poesía (y una invitación solapada)

Me lo deben haber preguntado muchas veces y debo haber respondido cada vez algo distinto (creo). Si me lo preguntaran hoy, ahora mismo, no sabría muy qué responder, a excepción de un tambaleante "es una necesidad", seguido del ya tópico "porque es mi manera de estar en el mundo". Pero, ¿es realmente una necesidad, como lo son comer o ir al baño? ¿Y cuál es, al final, esa manera de estar en el mundo? ¿en qué se diferencia de la manera de estar de un mecánico o de una alondra?
Tal vez no sea una necesidad en términos fisiológicos (si no como, me muero, dicho brutamente, está claro; si no escribo poesía... ¿pasa algo? morirme por cierto que no me muero), pero sí lo es en términos ontológicos, diría yo. Hay un impulso, un élan irresistible hacia la poesía, una clara inclinación hacia su lectura y más aún hacia su escritura. Todos los poetas son precoces y yo no fui la excepción: debería tener quince o dieciséis años cuando escribí algo que podríamos llamar, sin sonrojarnos, poema. No he podido (ni querido) parar desde entonces, a pesar de muchos y variados alejamientos. No se me ocurre un mundo sin poesía, así como tampoco se me ocurre sin música, sin arte, sin chocolate o sin gatos. Por ende, no se me ocurre una manera de estar en eso que tan pomposamente se denomina mundo sin poesía.
Las veces que he hablado sobre la poesía ante diversos públicos he procurado siempre desterrar mitos. La poesía está imbuida de numerosos mitos que es preciso dinamitar antes de adentrarse en ella. El principal de ellos es el que a mí me gusta denominar "poesía no eres tú", añadiendo de inmediato que uno de mis poetas favoritos es justamente Bécquer. El mal entendido y mal leído Bécquer. Porque una vez tuvo el tino (o la desgracia) de escribir ese célebre verso ("¿y tú me lo preguntas? / Poesía eres tú"), con el que seguramente quería congraciarse con alguna damisela, una gran cantidad de gente asumió que eso era la poesía. Pajaritos, florcitas, versitos, pavaditas lindas que se le dicen a las quinceañeras para conquistarles el corazoncito inocente y dulzón. NO. La poesía es ciertamente otra cosa, aunque nunca podamos saber con exactitud (y quizás ni siquiera atisbar una milésima parte) qué rayos sea esa "otra cosa". Siempre hay algo que nos interpela en la poesía y lo hace donde más nos llega, donde no queremos mirar, donde tememos pasar de lo meramente epidérmico. Por eso sostengo que no se trata de versitos y de rimitas que se escriben para pasar el rato. Eso puede ser muy terapéutico, pero no es poesía. Y aunque no haya manera ni receta ni fórmula alguna para saberlo, siempre sabemos cuando estamos en presencia de un poeta o un poema de verdad. Hay algo que lo marca, una cuerda que suena distinto, un aleteo apenas perceptible, una ínfima luz que se enciende y se apaga en la lejanía que nos dice que ahí sí hay poesía, que ahí hay trascendencia. 
Y con esto voy a otra de las cuestiones que siempre me gusta abordar a la hora de hablar de poesía: la poesía es una revelación (una epifanía, un descubrimiento impepinable) y una rebelación (una fiera resistencia a todo oprobio, a toda coacción, incluso a la de la misma poesía). 
Sirva todo esto para decir que, por segunda vez en el año, voy a estar leyendo mi poesía en un ciclo de lecturas y están, desde luego, todos invitados (en la imagen va toda la data).


3 de abril de 2014

Por qué doy taller de poesía

(Atención: este posteo es un descarado autobombo y promoción del Taller de Poesía que está por comenzar. Ahora que ha sido advertido acerca de la modalidad de esta entrada, lea bajo su propio riesgo.)

Doy taller de poesía porque amo la poesía.
Porque no puedo vivir sin ella, aún cuando no la escriba o pase temporadas sin acercarme a un poema.
Porque creo que aún hay esperanza.
Porque me encanta derribar los ignominiosos mitos que la envuelven.
Porque deploro que la gente, que el ciudadano común, de a pie, pase su vida sin leer un solo poema (o con una vaga idea acerca de la poesía adquirida allá lejos y hace tiempo).
Porque poesía no eres tú.
Porque la poesía debe ser hecha por todos, como quería Lautreámont.
Porque me entusiasma leer y compartir poemas.
Porque me fascina tratar de desentrañar qué nos está diciendo ese artefacto verbal tan maravilloso y extraño.
Porque se me canta.
Porque la poesía está más allá (y más acá) de lo que comúnmente se conoce como "literatura".
Porque las veces que lo hice me sentí muy feliz.
Porque mis alumnos nunca dejan de sorprenderme.
Porque me emocionan muchísimos poemas y quiero que los demás también se emocionen (o algo).
Porque la poesía nos toca, nos habla, nos inquiere.
Porque hay poesía en todo.
Porque hay pocas cosas más gratificantes que compartir lo que a uno le gusta.
Porque soy una entusiasmadora profesional.
Porque me resisto "a acatar la orden / de ser tibia y cautelosa".
Porque la palabra sana.
Porque "hay que estar ebrio siempre, de vino, de poesía o de virtud".
Porque la poesía es infinita.
Porque la poesía es un modo de estar en el mundo (es mi modo de estar en el mundo).
Porque se trata siempre de "oponer una frase de basalto / al genio oscuro que nos desintegra".
Porque no me puedo guardar tantas maravillas para mí sola.
Porque sí.
Y porque tengo muchas ganas.

Así que, ya saben... 


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