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10 de mayo de 2014

El Rafa

Los abajenses se pusieron a discutir sobre autos y en todo el universo hay una sola persona en la que yo puedo pensar si de autos se trata: mi padre. Mi padre santo que se fue, hace casi cuatro años ya. Mi padre santo que nunca me enseñó a manejar, porque los dos sabíamos que eso iba a terminar mal. Qué idiota que puede ser el humano a veces (grande o chico, no importa): ¿quién mejor que un padre para enseñarnos algunas de las, ya que no todas, cosas esenciales de la vida como manejar? Pero en nuestro caso lo evitamos porque iba a ser para pelear. Los hijos, cuando los padres nos explican algo, solemos ponernos en ese modo odioso que podría traducirse como "te entiendo pero como me molesta tanto entenderte voy a fingir que no te entiendo para que te canses y me dejes en paz". Qué gran estupidez, insisto. No sé bien qué mecanismos operan allí, pero sé que es así. Y ahora que me dejó en paz, nada quisiera más que volver a estar con él, aunque más no fuera un minuto o dos segundos.
No es posible.
Lo que sí es posible es recordarlo, hablar de él, saber que otras personas también lo recuerdan con el mismo cariño. Ahora ya no importa si nos la pasábamos discutiendo, si todo lo que él hacía a mí me parecía mal, si nada de lo que yo hacía estaba bien, si quedaron tantas cosas sin decir, si no hubiera sido mejor hacer esto o aquello. Ahora ya no importa si yo dije, si él dijo, si yo grité o di un portazo (porque no me animaba a hacer otra cosa), si él hizo o no hizo o no sé qué. Ahora es tarde para todo, menos para la emoción y el recuerdo. Es igual de triste, pero no está mal.

El Rafa (Imagen: Analía Pinto, 2010)

2 de abril de 2014

Memoria de la inundación

Ante todo, a mí no me pasó nada. Pero quiero igual recordar ese día de hace exactamente un año porque todo cambió a partir de allí, incluso para los que podemos decir que no nos pasó "nada". Con este "nada" quiere decirse nada grave, nada más que el obvio fastidio de estar quizás dos o tres días sin luz y sin agua, nada más que el pataleo caprichosito de "cuándo volverá la luz que se me pudren los yogures en la heladera" y nada más. Recordemos que mucha gente perdió todo, absolutamente todo y lo más lamentable, lo más trágico, lo inaceptable es que en ese "todo" muchos perdieron a sus seres queridos. No hay reparación ni justificación ni comprensión posible para eso: un electrodoméstico arruinado por el agua mugrienta de la inundación se reemplaza, pero ¿un padre, un hijo, un hermano? Por eso quiero recordar hoy, un día que ya es naturalmente de recuerdos y ominosos encima. Como en algún lado he hablado ya del 2 de abril del que siempre se hablaba hasta el año pasado, hoy quiero referirme a la nueva pena que se sumó a aquella a raíz de dos hechos innegables: un suceso climático fuera de toda regla y previsión (porque eso fue la biblíca descarga de agua que vivimos aquella tardenoche) y la más absoluta e imperdonable de las inoperancias y desidia por parte de los funcionarios públicos de todos los estamentos. Por eso fue una tragedia y fue aún más trágica porque pudo evitarse. O, por lo menos, paliarse mejor, más rápidamente, con más tino y premura. No hubo nada de eso.
Recuerdo entonces que ese día, aunque era feriado, me levanté temprano para ir al gimnasio: había densas nubes en el cielo y se notaba ya que vendría una buena tormenta, pero me aventuré lo mismo a la calle, entrené, volví a mi bunker, me bañé, me puse a pelotudear en Facebook... lo usual. A la tarde iríamos con algunos de mis compañeros a Antares; cierta persona (protagonista de cierta novela autobiográfica...) proclamó que vendría a visitarme aunque con el correr de las horas se hacía evidente que no sería una buena idea... ya había empezado a llover en Buenos Aires (donde él estaba) y ya había noticias de zonas anegadas, cuando no francamente inundadas. Como aquí todavía no pasaba nada, me dediqué a leer, creo que una novela de Donald Westlake, y a eso de las cuatro de la tarde comenzó la lluvia. Seguí leyendo y supuse que pararía en un rato. O en una hora. O en dos. Lejos de parar, arreció. Y arreció a tal punto que tuve que bajar la persiana de mi puerta-ventana y era tal el viento y la fuerza con que soplaba que se apagó el calefón (la llama del piloto siempre me obsesiona, como vestal que soy) y entraba agua por el ventanuco de la cocina y se oía el ulular de las ráfagas por todo el edificio y el ruido de la lluvia cayendo como jamás era ensordecedor... ¿ya dije que nunca me gustó la lluvia ni mucho menos las tormentas? Decidí tomármelo con calma pero cuando se cortó la luz (¡maldición!) y no había ni un atisbo de que el diluvio (pues eso era) fuera a parar cuando ya habían pasado el rato, la hora, las dos horas que yo supuse que duraría, empecé a inquietarme más de la cuenta... aún así me las arreglé para seguir leyendo a Westlake hasta que cuando amainó un poco (pero no mucho) otro desastre, del que pocos se acuerdan y que estuvo siempre ahí, pero soterrado, silenciado, escondido, ocurrió: levanté la persiana porque notaba algo raro, algo como un resplandor naranja en dirección a la destilería de YPF. Algo había estallado allí. La sempiterna llama de la destilería, en cuya línea recta vivo, hacía rato que había desaparecido entre las nubes y el agua; ahora ya era de noche (¿las diez, las once? no sé) y entre densos nubarrones negros había resplandores de un naranja espectral y sombrío. Saqué algunas fotos, como pude, volví a bajar la persiana e intenté dormir.

Imagen: Analía Pinto (2013)

Al día siguiente, ignorando completamente lo que había sucedido en la ciudad, me levanté y sin poder lavarme ni tan siquiera la cara o las manos (pues no había agua ni luz) fui a trabajar, en la más absoluta inconsciencia, lo reconozco. Llegué y estaba uno solo de mis compañeros, sacándole agua al escáner DAL que usamos para digitalizar libros antiguos. Auch. Una de las computadoras también se había mojado y parte del techo se había venido abajo (sobre el escáner). Seguía denso y nublado. Fueron llegando otros compañeros, todos demudados, sin saber qué hacer ni qué decir. Luz no había, red mucho menos, así que limpiamos un poco y nos fuimos, ¿qué íbamos a hacer ahí? Ya nos habíamos enterado que dos de nuestros compañeros se habían inundado: más de 50 cm. uno, un metro y pico largo otro. Recién entonces caí en la cuenta de que había sido algo tremendo y comprendí porqué me llegaban tantos mensajes preguntándome si estaba bien, sobre todo de personas que no viven en La Plata. 
Finalmente, después de un par de días sobreviviendo sin agua y sin luz, éstas volvieron, tiré los yogures podridos y ni bien pude conectarme a Internet vi que todo era mucho peor, muchísimo peor de lo que yo pensaba. Y lo peor era, es, insisto, la desidia de los funcionarios, el destiempo, la total falta de operancia y eficacia, la indiferencia, el engaño, el horror de no hacerse cargo de lo que deben hacerse cargo, de querer esconder algo imposible de esconder... y el desprecio por la vida, ante todo. Tener que soportar que un intendente te diga, después de semejante desastre, qué cosas debés poner en una mochila ante un próximo diluvio, cuando todavía se estaban secando los colchones y muchas personas aún no encontraban a sus seres queridos, es francamente indignante. Y que nunca se haya admitido nada, que nunca se haya dicho "bueno, sí, la verdad no estábamos preparados para esto y no supimos reaccionar" indigna aún más. Lo que no indigna, eso sí, lo que enorgullece, lo que fortalece y brinda todavía una luz de esperanza es la gente. La gente que, como pudo, como le salió, se organizó y ayudó al prójimo, ese elusivo ser que nunca sabemos muy bien cómo es y que siempre tendemos a obviar, cuando no a ignorar o directamente a destruir, como viene sucediendo últimamente. 
Eso fue solidaridad auténtica. Todo lo demás, argucias electorales, mierda politiquera, basura de la peor especie. 


30 de marzo de 2014

Nothing else matters

No, no fui a ver a Metallica. Y no importa. No importa porque ya los vi y los vi cuando tenía que verlos, es decir, en pleno auge de mi fanatismo por ellos y por el metal. Eso fue en 1993, exactamente en su primera visita a la Argentina. Todavía tenían el pelo largo. Y yo tenía apenas 19 años, todavía estaba en el secundario (aclaremos que repetí un par de años por vagancia pura) y ese recital fue el más importante de mi vida. Por lo menos así lo dejé escrito en el diario de aquella época. 
Y hoy, que Metallica vuelve a tocar en la ciudad en la que vivo y con un setlist armado por la gente, quiero recordar algunos pasajes de ese diario, quiero compartir la visión sobre ese acontecimiento que tenía aquella chica, a quien todos llamaban Mary Jane (por un tema de Megadeth, no vayan a creer) y que todos los fines de semana iba a ver a sus bandas favoritas (Hermética, Logos, Horcas, Militia y un montón más), y que no se perdió ni uno de todos los grandes recitales que hubo en aquella época. Hoy quiero mostrarles a una de las que fui y que sigo siendo en algún punto del tiempo y del espacio, y que reencarna cada vez que escucho heavy-metal. 

Imagen: Analía Pinto (2014)

El 9 de mayo de 1993 escribí cosas como las siguientes: 

- "Vélez estaba lleno: 45.000 almas llenando un estadio hermoso, en el campo no entraba nadie más, las plateas colmadas al máximo. El marco era impresionante. Había gente fanática de toda la vida de Metallica más las caras de todos los fines de semana, más gente que sólo asiste a eventos de este tipo, más los colgados, caretas, ocasionales y temporarios heavies de siempre, que en su mayoría eran minitas. En especial había gente de este tipo, minas que no calaban una, que esperaban sólo "los lentos" y que se notaba que en su puta vida habían ido a un recital. Yo sabía que esto iba a ser así y que iba a ser inevitable por la masividad que tiene hoy en día Metallica, pero de todos modos me jode que haya gente tan imbécil que ni siquiera se dé cuenta de qué lugar están pisando. Así que intenté no darle bola a la gilada y hacer única y exclusivamente la mía. Y lo logré."

- "Luego de una espera corta pero que para mí no se terminaba nunca (aunque matizada con un encuentro del que ya vamos a hablar), las luces del estadio se apagaron, salió una intro (creo que sacada de una película) y a los dos minutos salieron los acordes de "Enter sandman" y cuatro figuras vestidas de negro se dedicaron furiosamente a DESCEREBRAR a esas 45.000 personas que allí estábamos. Yo no lo podía creer y mientras saltaba como nunca salté en mi vida, saltaban también mis lágrimas y mi llanto a los gritos (jamás lloré así) pues la emoción era tal que ya no podía más."

- "Y por eso me volaron la cabeza, porque son AUTÉNTICOS y no tuvieron ningún empacho en demostrar la felicidad de encontrarse con gente tan caliente como nosotros. Es indescriptible la felicidad que había abajo y arriba del escenario, no existen palabras para describir FEHACIENTEMENTE la locura que se vivió anoche. Tocaron temas de todos los discos y esto también vino a demostrar el porcentaje de caretas y "paracaidistas" que había, porque hubo mucha gente que, cuando tocaron temas viejos, sobre todo de "Kill'em all", se quedaron en el molde como si nada, lo cual me pareció patético, pero, en fin, son ellos los que se lo pierden. Por suerte a mi alrededor había gente fanática que, como yo, no vaciló en cantar TODOS los temas sin cesar. Yo canté todo y lo canté todo gritando como una marrana!!! (...) Y mi locura, felicidad, alegria y delirio hicieron eclosión cuando salieron con "Nothing else matters", porque al ver todo el estadio iluminado sólo con los encendedores me hizo exclamar "¡Es hermoso!" y sí, era hermoso ver el estadio así, ver toda esa gente junta, y era hermoso ver a Metallica aquí, en mi país, tu país, SONANDO COMO LA PUTA QUE LO PARIÓ, matándonos a todos, y ese "es hermoso" me salió entrecortado de sollozos y ya no pude más: me largué a llorar y canté la letra de ese tema (que es alucinante), llorando, riendo y alucinando a la vez. Hacia el final del tema, cuando se pone más pesado, me salió la locura y grité como loca y el llanto desapareció. Pero ese momento, que lloré de pura felicidad, no me lo puedo olvidar ni lo olvidaré nunca."

- "Metallica tocó casi tres horas que se pasaron como si nada. Yo rogaba que no terminara nunca. Vi gente bostezando, sentada ahí en el césped y me pareció de terror. Yo rogaba a cada tema que pasaba que no se acabara nunca y creo que ellos también estiraron el show todo lo que pudieron pero tuvo que terminarse igual, y creo que tanto ellos como nosotros quedamos igual de felices. Y creo que eso es lo único que realmente importa. En el set recorrieron todos sus discos y no existen diferencias en los temas de un disco a otro. Quiero decir que todos suenan con una fuerza y energía increíbles, algo que jamás vi y dudo vuelva a ver."

Hay más, por supuesto. Se describe detalladamente la lista de temas, por ejemplo, se reafirma el amor incondicional por el metal y por Metallica, etc. etc. Me enternece terriblemente leer(me), leer lo que escribí y rememorar así lo que viví hace 20 años, y si me pusiera a analizar un poco más en profundidad lo que se trasluce por allí podría escribir una tesis. Pero no es la idea. Hoy, en este domingo lluvioso, sólo quería recordar lo que había sentido cuando vi a Metallica y entender, tal vez, por qué no fui a verlos ahora. 

19 de junio de 2010

La curva del recuerdo

Hoy es un día signado por los recuerdos. Mejor dicho, por un recuerdo. Por alguna razón, que intuyo nunca llegaré a develar, recordé una tarde posiblemente "mágica" con quien ya se imaginarán. Cuando llegué al taller de escritura creativa al que asisto, la consigna era hacer un listado de diez recuerdos, elegir uno y tratar de darle un tono netamente novelístico al mismo. El primer recuerdo de la lista fue el de esa tarde y, por su propio peso, fue también el elegido para volverlo, dentro de lo posible, literatura.
Ustedes me dirán si lo he logrado: 

No sé porqué me acordé de eso. Se supone que ya está todo terminado, que todo lo que alguna vez me pareció posible con él ya está definitivamente clausurado. Pero por alguna razón, recordé esa tarde, ese momento, ese abrazo. Mi memoria eligió un momento del que ya hacía mucho tiempo que no tenía ni noticias. Antes hubiera pensado que hasta se trataba de un buen recuerdo, que este era uno de los pocos -poquísimos- buenos momentos que habíamos vivido juntos. ¿Que habíamos vivido juntos? Bueno, que yo había vivido con él, porque ya estoy convencida de que cada cual vive en su propia realidad y vive las cosas según sus propios filtros y sus propios tamices. 
Pero no sé porqué me acordé de esa tarde. Quizá sea por el frío, porque recordé su pulover de esa lana entremezclada de negro y blanco y quizás gris. Quizás fuera porque hoy también hacía frío y había sol como esa tarde en la que yo estaba en mi casa. Casi seguro que era un jueves, el único día libre que tenía yo por entonces. Estábamos en uno de esos graves momentos de "impasse" y por alguna razón que ya no recuerdo él vino a verme. ¿Con qué excusa? ¿A santo de qué? No lo sé. Sólo sé que vino y hablamos. Pero más que hablar, escuchamos música. Música que él había traído, cuándo no. Spinetta. Fue el tiempo en el que estaba descarrilado con ese disco de los Socios del Desierto. ¿De qué hablamos? No sé. ¿De qué íbamos a hablar? De nosotros, de nuestra situación, de las mismas cosas que hablabámos siempre hasta el hartazgo. Pero eso no es lo importante, no es eso lo que perdura. 
Lo importante en el recuerdo de esa tarde, que la mala poeta que llevo adentro no tardaría en calificar de "mágica" sin ningún pudor, no fue eso. Lo importante, creo, fue el abrazo. No, no el abrazo que él me dio si no el abrazo que yo le di y la sensación que tuve al estar abrazada a él, a mi "amor eterno", al "hombre de mi vida", al "único vendimiador posible". (Cuántos nombres para un solo sujeto, ¿verdad? Y hay más, pero por pudor, que algo de eso yo aún sí tengo, los callo). Estábamos en el estudio, el mismo en el que ahora siguen reposando y agigantándose mis libros, el mismo donde yo sigo tecleando en estas duras noches de invierno, el mismo donde le escribí cartas, diatribas, declaraciones de amor/odio y millones de estúpidos y gloriosos y horrísonos poemas. Él se había sentado en una de las sillas, Spinetta sonaba desde la compu (que aún es la misma) y yo me había sentado arriba de él, que para eso nunca tuve pudicia. Y lo había abrazado, mis manos lo acariciaban, paseaban por su frente, se perdían en su pelo y mi cabeza había encontrado el hueco perfecto en sus hombros y toda yo estaba ya irremediablemente perdida en su olor y en el tacto que desprendían su piel y su ropa. 
Abrazados, entrelazados, en silencio, escuchábamos esos versos perversos de Luis Almirante Brown ("el deseo no me deja partir" decía uno de los más malditos), pero en realidad creo que yo escuchaba otra cosa. Escuchaba el atroz y maravilloso silencio que de pronto habían hecho todas las voces que pululaban siempre por mi cabeza, acaso subyugadas por la perfección (bastante módica y pequeña, según lo pienso ahora) de ese momento. No quería nada más que eso. No pedía nada más que eso. Estar así con él, poder abrazarlo y oírlo hablar de lo que más amaba (la música, claro, no yo) y nada más. Admirarlo, una vez más y van... De nuevo súbdita, de nuevo esclava, de nuevo ese ente privado de voluntad (que es lo mismo que estar privado de libertad) que sólo puede amar y entregarse incondicionalmente a su distante y cruel tirano. Tirano. Tiranuelo. Dictador de pacotilla, pequeño y casero führer cuyo único talento real consistía en su prodigiosa habilidad para componer música fuera de este mundo y para tocar la guitarra como un verdadero dios pagano. Eso era todo lo que había en él. De eso se componía esta octava maravilla que yo adoraba tanto. Pero entonces, en aquella tarde fría y soleada ("e iluminada por su presencia", sigue acotando la poeta mala), eso era todo lo que yo necesitaba. Lo que yo quería. De eso tan inasible y fantasmal y hasta utópico (¿acaso pude alguna vez atrapar entre mis piernas sus talentos o reproducirlos en mi escritura?) se conformaba el universo para mí. Y su olor y el contacto eléctrico de su pelo y el caudal sonoro de su voz retumbando a través de sus huesos en mis oídos y las bromas y las cosas que sólo nosotros sabíamos y que sólo a nosotros nos hacían tan felices... O eso creíamos. O, mejor dicho, eso creía yo. 
Las horas se pasaron volando esa tarde de un invierno tan parecido y tan distinto ya a éste y todavía creo recordar que cuando él se fue (¿habré de decir "cuando volvió a su casa con su mujer y sus hijos"? mejor no, para qué aclararlo a esta altura) la sensación de beatitud, ese neto estado de gracia, prosiguió y el "impasse" en el que estábamos se rompió, desde luego, y hasta recuerdo haberle dicho que eso era todo lo que yo quería, estar así con él y nada más, compartir esas minucias, esas nadas tan magníficas, una vez más las míseras migajas del opíparo banquete con las que yo siempre me conformaba. Eso era todo lo que yo quería, sí, pero eso no era todo y, por supuesto, no duró. No había forma ya de que todo eso durase. Era otra de nuestras imposibles burbujas y, por cierto, era una de las últimas. 
Y, como todas, estalló. 

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