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11 de junio de 2014

Transferencia

Padre santo, hoy estuve hablando mucho de vos. Hoy te recordé casi todo el día porque los coletazos de tu partida aún prosiguen y debo ocuparme de cosas de las que no tengo ni la menor idea, como cuando tuve que vender el Falcon. Hoy justamente recordé ese momento... ¡yo, vendiendo un auto! Cierto es que te había visto hacerlo innumerables veces y que más de una vez hasta te había ayudado a completar el boleto de compra-venta pero mi conocimiento en la materia se terminaba allí. Y sin embargo tuve que ingeniármelas para publicitar un auto que estaba tirado en un garage en el conurbano, arruinándose por la intemperie y la falta de uso, un auto en el que habías puesto un montón de tiempo, esfuerzo y, sobre todo, dinero para que terminara siendo vendido como "repuestos" por dos pesos con cincuenta. Todo porque ya no estás y nunca me dijiste qué hacer al respecto. Y hoy lo mismo. Nunca me llevaste al registro, yo no sabía ni dónde quedaba (no era tan lejos, al final) y nunca había hecho -ni sabía cómo se hacía- una transferencia. Por suerte, fue todo bastante rápido y consistió en, por mi parte, poner unas cuantas firmas por aquí y por allá y listo. Pero cada vez que tengo que enfrentarme con alguna de estas aristas que remueven en forma espeluznante la ausencia y hacen más evidente la falta, siento una especie de terror atávico, sólo quiero huir, que me dejen de hinchar, que no me rompan... pero el mundo no es así, ya sabemos. Quilmes está horrible, padre santo, y el día gris, ventoso y lluvioso, no ayudó mucho (o sí: ayudó a que hubiera poca gente en el registro); a decir verdad, todo tiene un tinte ligeramente horrible cuando percibo que no estás. La mayor parte del tiempo puedo soportarlo, pero hoy caí en la cuenta (malditos medios, maldito marketing) de que el domingo es el día del padre y no quiero que este año sea como en los anteriores. No quiero ponerme mal más allá de lo estrictamente necesario. No sé qué haré: tal vez obviar Facebook la mayor parte del día sea la mejor estrategia. Tal vez salir, estar lejos de cualquier cosa que pueda traer la consabida tristeza. Por eso vine también a escribir hoy, ahora, cuando estuve hablando tanto de vos y recordando tantos momentos, para adelantarme a ese oscuro pozo y, quizás, sortearlo. Bah, no sé si será posible. 
Mejor recordarte así:

Imagen: Analía Pinto (2010)

10 de mayo de 2014

El Rafa

Los abajenses se pusieron a discutir sobre autos y en todo el universo hay una sola persona en la que yo puedo pensar si de autos se trata: mi padre. Mi padre santo que se fue, hace casi cuatro años ya. Mi padre santo que nunca me enseñó a manejar, porque los dos sabíamos que eso iba a terminar mal. Qué idiota que puede ser el humano a veces (grande o chico, no importa): ¿quién mejor que un padre para enseñarnos algunas de las, ya que no todas, cosas esenciales de la vida como manejar? Pero en nuestro caso lo evitamos porque iba a ser para pelear. Los hijos, cuando los padres nos explican algo, solemos ponernos en ese modo odioso que podría traducirse como "te entiendo pero como me molesta tanto entenderte voy a fingir que no te entiendo para que te canses y me dejes en paz". Qué gran estupidez, insisto. No sé bien qué mecanismos operan allí, pero sé que es así. Y ahora que me dejó en paz, nada quisiera más que volver a estar con él, aunque más no fuera un minuto o dos segundos.
No es posible.
Lo que sí es posible es recordarlo, hablar de él, saber que otras personas también lo recuerdan con el mismo cariño. Ahora ya no importa si nos la pasábamos discutiendo, si todo lo que él hacía a mí me parecía mal, si nada de lo que yo hacía estaba bien, si quedaron tantas cosas sin decir, si no hubiera sido mejor hacer esto o aquello. Ahora ya no importa si yo dije, si él dijo, si yo grité o di un portazo (porque no me animaba a hacer otra cosa), si él hizo o no hizo o no sé qué. Ahora es tarde para todo, menos para la emoción y el recuerdo. Es igual de triste, pero no está mal.

El Rafa (Imagen: Analía Pinto, 2010)

7 de julio de 2009

¡Agarrate, Catalina! o Las curvas motorizadas

El posteo de hoy puede resultarle extraño a muchos, sobre todo a aquellos que no me conocen personalmente y no saben, entonces, que una de las cosas que más me ha gustado siempre son los autos. Paradoja extrema es, sin embargo, que a pesar de haber nacido en una familia desde siempre dedicada a ellos (padre, abuelo, tíos, primos, etc. gomeros), yo, con mi rebelde way of life no sepa manejar. Y cada vez que pienso que cuando era pequeña nada me gustaba más que aferrar el volante (¿a qué me aferraré tanto ahora, eh?), sentarme en el asiento del conductor, tocar la bocina, apretar el botoncito que hacía salir agua del parabrisas del Fitito, maniobrar como si estuviera manejando y hasta subir por las ventanillas al mejor estilo Dukes de Hazard (una de mis series favoritas, obvio), me digo que seguramente algo no está bien en mí y que sin duda alguna debo tratarlo en terapia. Pero tantas cosas se interponen siempre que al final lo voy dejando, lo voy dejando y heme aquí, fanática de los autos, pero sin saber manejarlos (¿quizás del otro lado haya algún voluntarioso caballero que quiera enseñarme los secretos de la palanca de cambios? Ejem...).
Toda esta introducción (o "calentando motores") viene a cuento de una noticia que me llegó, cómo no, a través de las alertas googletianas. Resulta que un científico de una universidad estadounidense (¡cuándo no!) realizó un estudio de las "personalidades" de los autos según su diseño. Aquí podrán leer la nota completa: yo sólo quiero decir que este señor descubrió, entre nos, el agua tibia, porque todos sabemos que los autos tienen su propia personalidad (además de denotar claramente la personalidad de sus dueños, of course) y yo siempre creí que los faros delanteros eran sus ojos y las parrillas sus bocas... De eso no me cabió jamás ni una duda.
Y entonces, tras leer esta nota, comprendí que siempre me gustaron los autos netamente masculinos: grandes, poderosos, con mirada y perfil desafiante. Sólo para citar tres, la santa trinidad automovílistica argentina para mí sería: la Torino W380, el Dodge Polara GTX y la Chevy SS. Todos coupé, DESDE LUEGO. Un auto que se precie de tal sólo puede ser una coupé. A esa maravillosa lista, le podemos agregar la Fiat coupé 1500 y el Ford Mustang GT, y ya tendríamos "cinco coches que quisiera tener en mi garage" como nos ofrece uno de los tantos applets de Facebook. Pero vuelvo a mi apreciación inicial, la de que me gustan los autos viriles, esos que cuando acelerás tiembla el mundo, que están siempre impecables, que adentro huelen al cuero de sus tapizados y que se llevan de maravillas con la música que más me gusta (después de Zappa), que es el metal...
Ahora que lo pienso, este post puede ser también una especie de saludo pre-cumpleaños para mi señor padre, quien, cuando yo era más niña que ahora (ji ji) poseyó -nunca mejor aplicado un verbo- uno o varios de cada uno de los coches mencionados. Para los fanáticos de los fierros también, van fotitos y enlaces de todas estas bestias urbanas:












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