20 de febrero de 2009

Lo curvo, lo torcido, lo recto, lo cierto y lo inentendible

Como dije al comienzo de la semana, no dejo de sorprenderme. Lo que se puede llegar a generar en la red y subsecuentemente en este blog es lo que no deja de sorprenderme. Intuyo que a otros bloggers debe sucederles algo parecido con sus bitácoras. A decir verdad, yo creo que la sorpresa es el estado constante de esto que llamamos 'mundo', sólo que la mayoría de nosotros nos las arreglamos para que esa sorpresa constante pase desapercibida. En efecto, sorprendernos a cada rato puede llevarnos a un peligroso estado espiritual: el estado creativo. Estado en extremo peligroso si lo hay, porque nos hace sentir plenos, maravillados, contentos, satisfechos, deseosos, gozosos, hambrientos, curiosos, expresivos, desordenadamente ordenados y en equilibrio con el mundo... Un estado a todas luces atemorizante... ¿quién quiere sentirse así todo el tiempo? No, no, mejor estar siempre gris, apagado, tranquilo, razonable, sensato, laborioso, juicioso, pulcro... ¿no es cierto? Pues, la verdad, ¡no! 
Y este blog, a pesar de mis abandonos, mis rabietas, mis idas y venidas, mis alineaciones y desalineaciones, mis justificaciones, mis preciosas vueltas y mis más preciosas aún curvas, me pone siempre en ese inefable estado de asombro y conmoción ante las cosas más pequeñas pero también las más increíbles, ante, quizá, las únicas que valga la pena asombrarse y "descentrarse" (salirse del centro que otros han establecido para nosotros y no de nuestro propio eje y centro) así. 
Este blog (y cualquier emprendimiento de esta naturaleza, desde luego) es una ventana al conocimiento y pienso que eso no tiene precio, aún cuando los conocimientos adquiridos no pasen de saber el significado de una palabra que desconocía, como es el caso de hoy. Las alertas de Google funcionan a las mil maravillas y me siguen llegando cosas muy interesantes. Abrí una de las alertas de hoy y me encontré con un editorial lleno de mis keywords (como podrán apreciar luego incluso dice "curvas y desvíos" literalmente), pero no sólo eso sino también con una intrigante palabra: "manabita". 
¿Qué corno es 'manabita'? me pregunté de inmediato. Por asociación, me sonaba a "menonita", por lo que inmediatemente pensé en alguna secta o grupo de fanáticos religiosos o... vaya uno a saber. La Wikipedia nada decía. Entonces di en pensar que podía ser un gentilicio y, en efecto, la RAE vino a desasnarme: un manabita es una persona originaria de Manabí, una provincia de Ecuador. 
Bien: palabra y significado aprendidos. Ahora viene la otra pregunta: ¿qué corno quiere decir o a qué apunta o cuál es el tema principal de este "editorial" lleno de mis keywords favoritas, que a continuación les copio, porque no tiene desperdicio alguno? No lo sé. No lo he llegado a vislumbrar. Apenas reconozco, en un pasaje, la definición de verdad de Santo Tomás de Aquino, pero no me pidan más. Acaso una suerte de conseja acerca de seguir el "recto camino" (pero ¿no era que los caminos del Señor son sinuosos y misteriosos? ¿y no son acaso mucho más bellos los caminos llenos de curvas, de desvíos y meandros?), pero tampoco queda muy claro. Hay también una ligera acusación hacia el gobierno ecuatoriano, presumo, pero tampoco queda claro... En cualquier caso, la resonancia de la palabra 'manabita', la cita disfrazada de Santo Tomás y la confusa redacción del texto me hicieron pensar en lo de la secta religiosa, pero no parece ser así... ¿o sí?
Uds. dirán: 

Alguien puso en duda que la conformidad llega por línea recta. Contrasentido o desviación quizá, sería encontrarla en forma elíptica, dando vueltas por curvas y desvíos y no por el camino recto de la razón frontal. 

Reflexioné sobre la presencia objetiva y soporte lógico de las cosas, tal como son. Como el efecto emocional de un hombre y mujer atraídos por el cruce de sus miradas, descarga eléctrica, en línea recta a través de los ojos, llenando sus cuerpos con ternura estremecida, que altera el corazón y pone a bullir la sangre con el lenguaje mudo de las almas. 

Recta conformidad con las emociones cruzadas, también con línea recta y directa. ¿Quién obra recto y conforme con su realidad individual? Muchos sin duda alguna, en su conformidad vital, pero muy pocos en rectitud, si se toma en cuenta la esencia que tiene la verticalidad. Tema escabroso o difuso es este al tratar la geometría ética de los seres humanos, con sus hábitos de vida y sus valores. 

Lo recto como la línea más corta entre dos puntos es trazo que al hombre confiere paz y seguridad en todos los campos de su actividad. ¿Lógico, verdad? Sí, porque lo curvo y lo torcido, que son también trazos comunes en la realidad, son más vulnerables, riesgosos y costosos al perder el sentido común y la arquitectura de los valores. En el sentido expuesto, ¿qué mismo es la recta conformidad? o al contrario, ¿será posible la conformidad lograda con trazos curvos de la personalidad?. 

El bien obrar, se estructura con el sentido íntimo guiado hacia la verdad, es decir hacia la concordancia entre un hecho real y la idea que forma nuestro entendimiento, madurado por la educación y la experiencia. Así, de las entrañas del entendimiento, la conciencia y la convicción, nace ese tipo de conducta, buena o ejemplar, en recta conformidad con la razón. Un ejemplo entre tantos, es la sentencia del Juez o Magistrado y que debe ser corolario de recta conformidad con la Ley y los méritos del proceso. De lo contrario, la providencia debe ser objetada, atacada o impugnada con los recursos que permite la Ley, para que el Superior la revoque por ilegal o la reforme por sus defectos de fondo y de forma. Sin recta conformidad con la verdad, la actividad y decisión de las personas, en lo legal, ético, cultural, social o moral, son vulnerables por la carga explosiva de peligros que tienen todas las formas de fraude, engaño, farsas y mentiras, conductas que articulan el más funesto de los males: la deslealtad o infidelidad a la verdad y a las personas. Estigma que acompaña hasta la muerte a todo ser desleal, bien entendido que la cárcel, es igualmente mortal, más que del cuerpo, de los valores que definen la dignidad personal. 

Sin desfigurar el objetivo de esta nota, pregunto si la autoridad pública que rige los destinos de la nación y de nuestras provincias, actúa en recta conformidad con su conciencia...? o acaso prevalece en su conducta el tono de la orgullosa altanería, como si fuese un don la busca de más poder y hegemonía, olvidando que la verdad es lo más bello, y sin embargo, la vanidad, el error la mentira, desfiguran esa belleza con trazos cursos y sinuosos que grafican todas las formas que tienen el engaño y la mentira. Por esto, vale la pena recordar una frase feliz de Cherbury diciendo que "el que ve su propia oscuridad ya ve bastante". En fin, todo es posible en relación directa con la sana razón y el equilibrio. 

Dr. Eduardo Brito Mieles
En http://www.mercuriomanta.com//sistema.php?name=noticias&file=article&sid=58484

18 de febrero de 2009

Muebles curvos

Este blog, como la red, como Facebook, da para todo. Hoy es el turno de las sillas y las mesas curvas. Ya he hablado aquí de unas sillas muy particulares, allá por los primeros meses de vida de este rinconcito. Pero en estos últimos días, varias alertas de Google me sorprendieron con algunos de los muebles que les mostraré a continuación y otros los encontré buscando justamente la silla Thonet o silla número 214, que acaba de cumplir 150 años, según me he anoticiado aquí.
Me gustan los muebles redondeados porque dan una idea de poltronería, de ocio, de vida regalada y feliz, de hedonismo al alcance de la mano, de inmensas bacanales romanas con racimos de moradas y carnosas uvas pendiendo directamente sobre nuestras bocas, de cabellos que caen en cascadas de somnoliento azabache, de telas suaves y vaporosas que apenas rozan la piel y acarician antes de que los dedos la acaricien... Los muebles curvos me dan la idea de que hemos sido concebidos para la felicidad y el amor, para estar en paz con nosotros mismos y con nuestros congéneres, de que la pasión es buena y sana y sabia y de que la buena vida es posible, aunque todos los indicadores y todos los aguafiestas del mundo (que son muchos y que tienen muchos medios a su disposición) se encarguen de repetirnos continuamente que eso no es cierto, que hemos venido a padecer y padecer es lo que haremos, nos guste o no, hasta que nos muramos. 
Pues ¿saben qué? Yo no estoy de acuerdo. Y aquí voy dejando también mi rebelión y mi descontento con ello. Es posible que sea muy poco y que el mundo necesite mucho más para exterminar a los mierdosos aguafiestas de siempre pero no importa. Es algo. ¿Qué hace usted, amigo lector, entretanto? ¿Se une a los hedonistas o se va cacareando detrás de los idiotas de siempre? Si me lee a mí, espero sinceramente que se quede entre los primeros. No se va a arrepentir. Y mientras tanto, le ofrezco estos bellos lugares en los que ir tomando asiento...






17 de febrero de 2009

Un desvío astronómico

Desde que fundé este blog que no dejo de sorprenderme. Antes también me sorprendía, pero sospecho que no tanto. O, por lo menos, no tan intensa ni asiduamente. Así pues, los diversos posteos, exceptuando los excursos sentimentales, las errancias intelectuales y las divagaciones divagantes como las del domingo, pueden ser pensados como un registro (no minucioso, no detallado, pero sí verídico) de mis cotidianos (o eso intento) sorprenderes. 
Vuelvo mis ojos ahora al Renacimiento, época alucinante si la hay. Y al anoticiarme de lo que viene a continuación entiendo cabalmente la expresión norteamericana "Rennaissance man", adjudicada generalmente a un hombre que "sabe hacer de todo", si bien la mentalidad yanqui lo piensa, desde luego, desde un estricto sentido mercantil o industrial (el hombre que puede ocuparse de todo porque está lo suficientemente informado y atento como para hacerlo; de todos los negocios, se entiende, claro). Pero un Rennaissance man es también aquel que maneja saberes tan diversos como la astronomía y la pintura, algo absolutamente usual en aquellos días, junto con no menos de siete, diez y hasta veintidós (como Picco della Mirandola) idiomas. Galileo fue uno de estos hombres: inventó el telescopio, proclamó "eppur si muove", fue condenado al frío averno y también pintó bellísimas acuarelas lunares...
La noticia no es nueva, sin embargo. Lo es para mí, que hoy descubrí esta nota en Crítica gracias a las benditas alertas de Google (o San Gugle, nuestro nuevo patrono informático). Deploré que una nota tan bien escrita y con tan buena información no contuviera ni una mísera fotito de dos por dos de las acuarelas, pero enseguida encontré una, y entonces les comparto ambas cosas en este desvío astronómico por las blancas (u ocres, para Galileo) y gélidas curvas lunares.

Imagen original: Corriere della Sera, reproducida en La Nación

16 de febrero de 2009

Las vueltas (curvas) del teatro

Después de haberlo expuesto al público e incluso haberme mofado de él (ver posteo de ayer), el monstruo censor, por aquello de que explicitar lo negativo definitivamente lo exorciza, se retiró a los oscuros, fríos y osteosos rincones donde normalmente se aloja y ha permanecido en un enfurruñado -y consciente de su derrota- silencio. No durará mucho, presumo, pero no importa.
Naturalmente, apenas rasguñé la superficie de las queridas alertas de Google, salieron tópicos y posteos como para una eternidad... Bueno, no tanto, a no ser que la eternidad dure, digamos, un par de semanas. ¿Y qué tal si la eternidad sólo fuera eso, unas simples vacaciones? ¡Terrible perspectiva! ¿O no?
Dejo ese interrogante abierto para otra ocasión y me zambullo (¡oh, el influjo del mar se deslíe, se deshace, se disuelve como se disuelve su espuma bienhechora una vez que se depositó, mansa, en la arena!) en la nota que me interesó destacar hoy: un audaz proyecto de un arquitecto uruguayo que viene a ser, como tan originalmente tituló el periodista de Clarín, "una vuelta de tuerca a la idea clásica de teatro". 
Hum... hay 'ideas clásicas' a las que no se les puede dar muchas vueltas. Por ejemplo, la rueda. Desde que se inventó, no creo que haya sufrido mayores modificaciones en lo que a su estructura y concepción (o idea rectora) hace. Otro tanto me parece que sucede con el teatro. La idea de este revolucionario (leerlo como lo pronuncia Homero cuando está buscando un nombre para ya no recuerdo qué cosa) arquitecto es mostrar/exhibir la tramoya, las bambalinas, las candilejas (qué bellas palabras todas!), incluso los camarines y las máquinas y todo aquello que permanece oculto a la vista del espectador en un esfuerzo o un intento por "repensar ciertas cosas que parecían inmutables".
Me pregunto, en este caso, hasta qué punto vale la pena repensar esto. ¿No le quita toda la gracia? ¿No se parece un poco al momento en el que uno descubre que, efectivamente, los Reyes Magos son los padres? ¿No termina siendo decepcionante y contraproducente poder ver toooodooooo? Esto me hace pensar en la estética de los reality shows y de los programas hechos con "gente común", gente que se sorprende cuando una estrella los va a visitar inesperadamente a su casa, pero no se sorprenden de que la misma esté llena de cámaras, técnicos, micrófonos por los cielos y demás artilugios. A su vez, esto me retrotrae a otra estética muy cara a mis aficiones artísticas: el barroco. 
En la pintura del Barroco, sobre todo, es donde mejor puede observarse esto que digo: Velázquez (pero también Rembrandt) se metían, literalmente, en sus cuadros y no sólo eso, mostraban abiertamente el truco, sus trucos, los trucos. El caso paradigmático es de Las Meninas, en el que puede verse a don Diego pintándolas tal como si nosotros lo estuviéramos viendo a él, precisamente, pintándolas... Si ahora, de pronto, en este megamoderno teatro inglés podemos llegar a ver a los actores antes de transformarse en, yo qué sé, Hamlet, por citar uno de mis personajes sespirianos favoritos, ¿no nos costará más suspender el juicio y benevolentemente creer que sí estamos viendo a Hamlet, dudando, enloqueciendo, haciendo que enloquece? Bueh, nombré a Hamlet... ¡una obra de teatro en la que se representa una obra de teatro para desenmascarar un horrendo crimen!
Pienso ahora en las numerosas obras teatrales que la generosidad de Pablo Dipierri me permitió ver el año pasado y ya en dos oportunidades éste. Aunque no fueran en teatros tan sofisticados como el Curve, la ilusión teatral (que, estimo, es el requisito fundamental, así como el de la narrativa es del sueño vívido) nunca se perdía, aunque en algunos casos pudiera momentáneamente distraerse por determinadas circunstancias (en un caso, por ejemplo, estar en un espacio muy reducido demasiado cerca de las actrices; en otro, un aire acondicionado que se apagó en medio de la función dejando de hacer un ruido que hasta ese momento nos había acompañado); pero la ilusión permanecía, pertinaz como todas las ilusiones, incluso sin telón, sin tramoya, sin aparentemente nada más que tres paredes negras y unas pocas sillas... 
Me pregunto entonces hasta dónde nos llevarán estas ansias de democratización e "inclusión" a cualquier precio... ¿no es mejor que la magia siga siendo magia, que determinados secretos sigan siéndolo y que sólo algunos, no todos, estén en posesión de ellos? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Por qué todos debemos estar al tanto de tooooodooooo, por qué nos obligan a mirar incluso allí donde no queremos mirar?
Preguntas para un lunes tormentoso, algo lento y deslucido, pero aún así productivo.

15 de febrero de 2009

Domingo de divagaciones

Hoy estoy divagante, así que es probable que este post termine hablando de la nada misma o de todo el todo a la vez. Detesto justificarme cada vez que me aparto de las normas y límites que yo misma me he impuesto en cada uno de mis rinconcitos virtuales y sin embargo, siempre termino haciéndolo, pero ¿para qué? ¿para quién? No ha de ser para el amable público que simplemente quiere leer o que bien puede comenzar a leer y detenerse si lo que lee no es de su agrado. Ha de ser para el monstruo censor que llevo dentro, una especie de las más horrendas, un fiscalizador, un inquisidor, un tremebundo represor, en definitiva un verdadero y feo cuco.
Apuesto a que todos lo conocen. O por lo menos tienen referencias de él. ¿No han oído nunca esa vocecita cruel en su cabeza que les arruina -o intenta arruinarles- cualquier cosa buena que hayan hecho, cualquier cosa de la que estén medianamente orgullosos? Su chillido resuena siempre en los momentos en los que uno está mas distraído, más indefenso, más expuesto a caer en las redes de ese auténtico demonio devorador de almas. Resuena y en ocasiones no hay nada que se pueda hacer. No obstante, todos los conjuros son buenos y presumo que este post está oficiando de tal en estos momentos.
Es que sucede la insatisfacción satisfecha. Apuesto a que también conocen esa sensación. No se está ya en un pozo depresivo, en un abismo de hiel y negruras, por suerte. El hoyo y sus poemas desgarrados han quedado ya lejos. Se hacen cosas. Cosas buenas. Se comparten otras. Y sin embargo... Sin embargo, la insatisfacción rollingstoniana permanece. Hay, aún en momentos de plenitud, esa espina que sigue clavada y molestando, el pequeño garbanzo debajo de los siete colchones de la princesa que ¡oh, bendito! la incordia en su maravilloso sueño... Hay, aún con todos los avances (y los necesarios retrocesos), esquirlas del pasado que se niegan a disolverse en la abrumadora capacidad de cambio del presente. Hay, aún en medio de sol más prístino, esa nubecilla que amenaza derrumbarlo todo con su flotante paso. Eso es lo que me sucede hoy, domingo post-San Valentín.
Sacrifiqué la pileta y el poder curativo del agua por el malsano poder de las palabras. Desistí de mis propósitos estivales en pos de mis propósitos artísticos. Pero ¿qué he logrado? Nada. Mucho. Más o menos lo de siempre. ¿Lo de siempre, realmente? Y el monstruo acecha, enojadísimo porque no hablo de ninguna curva ni de ningún desvío, ni pongo imágenes ad hoc, ni me molesto en buscar información relacionada, ni procuro copiar poemas alusivos y para colmo continuo escribiendo de lo primero que se me viene a la cabeza, acaso el desvío y la desobediencia más grande.
Me dicen que escribo mucho cada vez que alguien lee este blog (y los demás también). ¿Por qué lo que para otros es mucho para mí es poco, es, más bien, nada? Me dicen que tengo buen ojo para combinar los colores cuando ven mis mandalas. ¿Por qué entonces desecho cualquier combinación inusitada y que no se ajuste a lo que yo 'creo' que es correcto? Me alaban la brevedad o la intensidad o la sensualidad de mis poemas. Y yo siempre pienso que nunca jamás serán como los de mis dioses poéticos (lo cual es sindudamente obvio), pero que tampoco serán nunca jamás como los que bullen y burbujean en mi cabeza antes de salir a la superficie del papel. A esto me refiero con insatisfacción satisfecha. A nunca conformarse, a nunca aceptar, a nunca ceder en lo que sí conviene ceder...
Dije que estaba divagante y así es. Podría ahora poner una imagen curva o un poema con curvas o cualquier otra cosa que cuadre con la filosofía que anima este blog ¿¿¿desde hace ya un año??? (recién acabo de percatarme que fue hacia fines de enero/principios de febrero del 2008 que lo fundé) y tranquilizar así al monstruo limitador, evitar que se soliviante y siga chillando absurdo y aburrido. Pero no lo haré porque sólo debemos, creo yo, hacer lo que nos tranquilice a nosotros mismos y no a los demás. Este monstruo, es claro, crece y se alimenta de todo lo peor de los demás y nos lo arroja contra nosotros mismos, haciéndonos creer que somos eso y no esto.
Esto. Un humano animal pensante hembra.

11 de febrero de 2009

Un descubrimiento (gracias al mar)

No quiero perder el impulso (el ímpetu, el élan, el deseo de desear e inmediatamente hacer, sin dilación) que traje del mar. Por eso pensé que seguir precisamente con su estela era lo más indicado.
Recordé las épocas en que hacíamos el boletín (ver perfil): cada siete números teníamos un número especial, dedicado a un único tema que se desplegaba y llenaba todos los recovecos (y secciones) del boletín. Nuestro primer especial estuvo dedicado al otoño, maravilloso, bendito, hermoso otoño. Le siguieron (no exactamente en este orden...) los especiales lluvia, huesos, primavera, cartas, Quijote (que, desde luego, fue doble) y música. Quedó pendiente, entre tantos otros, el especial mar.
Para esos números especiales buscábamos versos, poemas y fragmentos literarios que aludieran al tema tratado. Luego, con paciencia de costureras, los enhebrábamos entre sí. El resultado era siempre infalible. Ese especial mar hubiera debido empezar con los célebres versos de mi padre poético Baudelaire ("¡hombre libre, tú siempre has de querer el mar!") y posiblemente cerrar con los no menos célebres de Machado ("nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar" -cito de memoria, puede diferir ligeramente del original, pero no importa).
Pero, ahora, la "tecnología" nos permite enhebrar otro tipo de cosas también. Por ejemplo, imágenes. ¡Oh, benditas imágenes! ¿Qué haría yo sin ellas? ¿Qué sería de este blog sin ellas? Pensaba poner "mar" en el buscador de imágenes y ver con qué me encontraba. Lo hice, pero salieron muchas fotos de Flickr, que no siempre se pueden reflejar aquí. Recordé entonces una excelente página de fotografía, a la que ya he mencionado por aquí, Photo.Net. Y allí hice este descubrimiento (uno más, y van...). Todo lo que sé es que se llama Joaquín Tornel, presumo que es español, y aquí les dejo tres muestras de su arte, maravilloso e inquietante arte (aunque, me pregunto, ¿el arte es suyo por haberlo captado y plasmado en un papel o el arte ya estaba allí, antes de que él llegara, esperándolo, aguardando que alguien al fin lo viera? Hum...).


Joaquín Tornel - Palacio de las Ciencias y las Artes Príncipe Felipe

Joaquín Tornel - Las primeras lluvias en la sabana

Joaquín Tornel - Pelagia noctiluca

9 de febrero de 2009

Sigo con el mar (and a glympse of surf art)

Sigo con el mar, en efecto. Hace ya más de una semana que volví de la costa (y me tienta decir que ya casi parece un siglo, snif) y todavía tengo mucho que decir acerca del mar y su sortilegio (bellísima palabra que aprendí aquí). Me proponía, también, volver a postear diariamente como supe hacerlo en su día en este curvo/curvado y desviado/desviante blog, pero, ya ven, las circunstancias "de la vida", las ¿ocupaciones?, las sesiones de terapia, las largas charlas de chat con alguien que siempre parece ser el hombre de mis sueños (y nunca lo es... o casi..., aún tengo esperanzas), el je ne se quoi (o como se escriba -perdido y encontrado amigo D., help!), la crisis mundial, la crisis existencial-personal-vivencial de siempre, el esplín y, justamente, la mar en coche, me impidieron cumplir con mi loable propósito blogguero.
No obstante lo cual y habiendo comenzado una nueva semana, renuevo mis votos de posteo diario porque, aunque no lo crean, esto contribuye mucho a mi sanidad mental, más aún, a mi tan necesario (y temido por necesario, desde luego) saneamiento mental luego de que el que sí era (¿era? ¿es? ¿fue y ya nunca volverá a ser?) el hombre de mi vida se fuera de ésta (es cierto que yo también quise y consentí en que se vaya, pero igual) y no volviera ya nunca más... salvo esos dos fugaces encuentros, uno de ellos tan sentidamente relatado aquí mismo.
Entonces, a lo que iba, como dirían los españoles (o "a lo que te truje" como le dice Homero a Bart). Sé que hay nuevos ojos por allí, lo cual también me sirve de aliciente para volver a darle pelota a mi "espacio mentalista" y por ello, sin dar más vueltas (pero qué más bello y femenino que dar vueltas...?) les contaré lo que me propongo en este lunes de febrero.
Pocos días antes de partir a mi petit trip to the sea, mi nunca bien ponderada y alabada como se debe amiga Estela (quien, ¡ahora sí, aleluya!, tiene su propio blog que ya mismo están visitando aquí), me puso en la pista de este artista, Rick Piper. Un exponente, digamoslo así, del surf art. Los deportes extremos no son lo mío (salvo que consideremos a la escritura como uno... lo que no dista demasiado de ser cierto, a decir verdad), pero los cuadros (y los murales...!) de este pibe me parecieron armosossssss y no pude más que pensar que pondría algo aquí sin dilación y enseguida comprenderán por qué. No sólo hay mar, bellas sirenas (¿les he dicho alguna vez que creo firmemente que he sido una sirena en otra vida?), peces de todo tipo, olas magníficas, colores estridentes, contrastantes, llamativos, bien surfers, sino también curvas, mares curvados, playas sinuosas y candentes, flores curvilíneas y mágicas...
Y ahora que lo pienso ¿qué curva más perfecta que la de las olas? Si no, pasen y vean:


Rick Piper, "Time of sirens"



Rick Piper, "Inside diameter"


Rick Piper, "Evening curve"

4 de febrero de 2009

De vuelta de las vacaciones (extendidas...!), con los ojos llenos de mar

Lo traté como a un amante. Y él me trató igual, o quizá incluso mejor, ya que no me dijo las mentiras usuales que los amantes suelen decirse en los momentos de mayor zozobra y desesperación. Se limitó a estar en el mismo lugar donde lo había dejado cuatro años atrás, con vanas promesas de pronto reencuentro. Se limitó a ser él mismo (pero nunca el mismo). Se limitó a envolverme con su sapiencia, a lamer mis pies con la docilidad indócil que lo caracteriza. Se limitó a ir y venir, una y otra vez, miles de veces cada vez, distinto, hermoso, inigualable cada vez (acaso como el otro "él").
El reencuentro no careció de lágrimas y de la sorda emoción que nubla la vista, anega los oídos y paraliza, por trechos, el corazón. No hubo abrazo, no hacía falta. Una mirada bastó para saber que ambos estábamos allí, de nuevo, los mismos (pero otros) amándonos como antaño. El reencuentro fue breve pero intenso y nada pudo empañarlo: ni siquiera el viento, la lluvia ni la terrible tempestad que se libraba entre densos cúmulos arriba de nuestras cabezas. Nada ni nadie podía impedirme ya estar allí presente, así se viniera el mundo abajo en ese instante. Era una cita largamente esperada, acaso la más esperada de todas. Sí, de todas.
Después, cada vez que me fue posible, me escurrí entre la gente, la arena y las gaviotas hasta su orilla. Y caminé. Caminé como si nunca hubiera hecho otra cosa. Caminé de mañana, de tarde y de noche también. Fui a visitarlo en una fugaz corrida, porque necesitaba imperiosamente volver a verlo, a pesar de que había merendado no hacía mucho en la arena fría del atardecer y había hollado con mis plantas la ribera casi todo el día. Necesitaba sentir su olor de nuevo, volver a sentir la piel impregnada de su salinidad, escuchar su voz, sus rugidos, sus bufidos, los sonidos más maravillosos que existir puedan (incluso después de los del otro "él") sobre la Tierra que en vano intenta constreñirlo.
Pero nada dura para siempre. Y en apenas dos días me tuve que ir, con la enorme congoja de dejarlo otra vez allí. Congoja enorme, sí, incluso sabiendo que él sigue allí y que allí estará cada vez que yo vaya, que yo pueda ir, como fui, al fin, esta vez. No hubo despedidas ni promesas. Tan sólo una frase: "volveré lo más pronto que pueda". Y así es (así será). Lo más pronto que pueda volveré para que sus dedos tibios (más tibios que los del otro "él") me digan lo que nadie más puede decirme, para que su espuma me devuelva a la divina naturaleza de Afrodita (de la que todas las mujeres provenimos), para que Iemanjá me traiga lo que le pedí, para que su sabor se impregne de nuevo en mí, para que su constante ondear sea la única nana que necesite para estar en paz, feliz, plena, al fin.
Lo traté como a un amante. Y él me trató como tal: me sedujo, me cautivó, me elevó a los cielos más verdes y azules que hallarse pueda. Me regaló la música que jamás me regaló el otro "él", me dio todos los nombres de mi esencia, me encantó como las sirenas hubieran querido encantarlo a Ulises, me bañó en la linfa primigenia. Más todavía: el mar, que de él hablo, me demostró que Dios existe. Y si no me creen, a las pruebas me remito:

Santa Teresita, 30/01/09

Santa Teresita, 31/01/09

Santa Teresita, 01/02/09

24 de diciembre de 2008

Merry christmas con un viejo texto

Perdonarán mi holgazanería y pereza, pero en lugar de presentarles un texto brand new escrito para la ocasión, tengo ganas de compartir con uds. un desopilante editorial de mi querido boletín "La Granda Milito", escrito junto con Cristian Vaccarini en diciembre de 2004. La inclusión de este texto aquí no es ociosa ni banal, ahora que es posible que Cristian y yo volvamos a trabajar juntos y reflotemos, quizás, una de las secciones más maravillosas de aquella quijotada que duró más de lo que todos pensábamos y que siempre extrañamos mucho... Los tendré al tanto, puesto que puede ser el inicio no sólo de una bella amistad sino de otra faceta (¿otro desvío? ¿un nuevo y excitante meandro?) de mi carrera como escritora...
Feliz Navidad y que sus deseos los colmen de más deseos.


Querido Papá Noel:

Desde acá, un pedacito al sur de la Tierra, dos escribientes por quincena se dirigen a vos para pedirte que esta vez no pases tan raudamente como de costumbre. O en todo caso, que lo hagas, pero no sin antes llevarte en tu bolsa algunas cosas y personas que quisiéramos ver desterradas para siempre.
No seas malito, y andá colmando tu gran saco rojo, a medida que lo vas vaciando de juguetes, con los mercaderes de la alegría obligatoria; con los imberbes desesperados que tiran cohetes, petardos y otros artifundios pirotécnicos tres semanas antes de las fiestas que así lo ameritan; con los que antes de las doce del 24 o del 31 ya están irremisiblemente beodos y tambaleantes; con los que insisten en interminables brindis mientras la concurrencia se aburre copa en mano y los líquidos —burbujeantes o no— se calientan sin remedio; con los niños que agitan estrellitas y bengalas a toda hora y en cualquier lugar, con riesgo de incendio o de Hospital Santa Lucía; con los impacientes —de toda edad— que no pueden esperar y tienen que abrir sus regalos ya; con los peleones infaltables que inician rencillas familiares en medio de la mesa navideña sacando a relucir odios y rencores de vieja data; con los que se quejan del calor, o de la falta de éste; con los que critican las viandas y manjares que con tanto esfuerzo otros han puesto sobre sus platos; con los que le sacan la fruta abrillantada al pan dulce —¿qué queda entonces?— y con los que insisten en romper las nueces entre las palmas de las manos o contra la mesada; con los que dicen y repiten —todos los años— “que este año se cumplan todos tus deseos”; con los que apuntan intencionalmente el corcho de la sidra o el champagne hacia la única soltera del lugar (que casi siempre es la misma); con las de improviso inaccesibles agencias de remises; con los sobrinos teenagers que a las 00.01 horas ya vuelan hacia el boliche; con los que creen que la Nochebuena, mágicamente, restaurará en un solo movimiento las piezas del disperso rompecabezas familiar. A todos ellos llevátelos a tu desconocido rincón del Ártico y dejalos ahí hasta que dentro de casi doce meses empiecen a escaparse...
Sabemos que te pedimos demasiado pero nos contentamos con que, de a poco, vayas teniendo en cuenta nuestros pedidos y puedas, gradualmente, ir satisfaciéndolos. Nosotros no podemos dejarte agua y pasto para los renos, porque ya los reservamos para los camellos de Melchor, Gaspar y Baltasar, pero te obsequiamos algunos textos que, esperamos, puedan servirte de compañía en esta noche tan tan pero tan larga.

Que haya luz, paz y poesía en el mundo.

Los editores

10 de diciembre de 2008

Las bibliotecas curvas VII II (final)

Doy por finalizada esta serie de posteos. Los que ya hayan entrado a Curious Expeditions habrán visto que hay muchísimas más fotos de bibliotecas que las pocas que yo traje hasta aquí. Hoy, sin embargo, quiero postear la foto más extraña del conjunto, una que precisamente no es curva ni tiene nada que ver con las curvas... Aunque quizá tenga más que ver con los desvíos...
Como dije la última vez que anduve por acá son días locos, llenos de idas y venidas, de cambios de última hora (por ejemplo, ya es la tercera vez que reprogramamos el asado de fin de año con mis compañeros de trabajo), algunos proyectos llegan a su fin o toman nuevos rumbos, se concretan cosas que ya parecía que nunca iban a concretarse, otras tendrán que seguir esperando a que la rueda se vuelva a poner en marcha en marzo del año que viene y de la nada pueden surgir nuevos amores, romances y por qué no, la esperanza, ingenua, cursi, tonta, pero esperanza al fin, de que el año que viene las cosas serán mejores, lo que, en mi universo unilateral, mítico y pequeño quiere decir que pensaré menos en él y más en ciertas personas que me rodean e inquietan (en el mejor sentido del término...) cada vez más; que no perderé más tiempo añorando lo que fue, lo que no pudo ser o lo que ya nunca será y me concentraré en lo que sí puede ser (sobre todo si me animo a dar algunos pequeños pasos y unos pocos saltos); que no soñaré más con el temido/ansiado reencuentro sino que me preocuparé por los nuevos encuentros, los encuentros con lo desconocido, con los amores, los hombres, las historias y las ciudades que aún no revistieron con su luz mis pupilas... En definitiva, que tengo la ingenua, cursi y tonta esperanza de que el año que viene llegaré más lejos que en este y que, tal vez, por fin, pueda decir que he dejado atrás lo que tanto daño me hacía (y hace, cada vez que yo lo dejo).
Oops, no era la idea ponerme autorreferencial de nuevo, pero sabrán disculpar, también es una época propicia para este tipo de "informes" o de "estado de la cuestión". También es cierto que las noches están cada vez más dulces, más perfumadas, más olorosas, lenta pero persistentemente su oscuridad se pone cada vez más sedosa, más invitante, más diligentemente rabiosa y yo, ¡oh, al fin!, ya no deseo estar o pasar esas tibias noches, tan prometedoras, sublevantes e intoxicantes noches, con quien siempre he estado o he deseado hacerlo en el pasado, si no ¡albricias! con alguien que aún no conozco pero intuyo y vislumbro... ¿cómo no iba entonces a tener esperanzas?
Y tal vez esté rematadamente loca como el omnímodo y silencioso (pues molido a palos estaba) protagonista de la escena que copiaré a continuación, pero no me importa, al fin siento que hay luz al final de este túnel que he llamado "la vida sin I." y que de ahora en más será llamado, simplemente, la vida o eso que pasa mientras nosotros hacemos otros planes o eso que los libros se emperran, inútil y gloriosamente en retratar.

"Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y así como el ama los vio, volviose a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:
-Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.
Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
-No -dijo la sobrina-; no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos, y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.
Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:
-Parece cosa de misterio ésta, porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.
-No, señor -dijo el barbero-; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.
-Así es verdad -dijo el cura-, y por esta razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto a él.
(...)
Y sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó el ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No lo dijo a tonta ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemarlos que de echar una tela por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vió que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.
-Válame Dios -dijo el cura, dando una gran voz-; ¡que aquí esté Tirante Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Kirieleison de Montalván, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalván y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con Alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora emperatriz enamorada de Hipólito su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo; aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros de este género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que lo compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto de él os he dicho.
-Así será -respondió el barbero-, pero ¿qué haremos de estos pequeños libros que quedan?
-Estos -dijo el cura- no deben de ser de caballerías, sino de poesía; y abriendo uno, vió que era la Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo (creyendo que todos los demás eran del mismo género:) estos no merecen ser quemados como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que son libros de entretenimiento, sin perjuicio de tercero.
-¡Ay, señor! -dijo la sobrina-. Bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo estos se le antojase de hacerse pastor, y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.
(...)
-Pero ¿qué libro es ese que está junto a él?
-La Galatea de Miguel de Cervantes -dijo el barbero-.
-Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención, propone algo y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se vé, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
-Que me place -respondió el barbero- y aquí vienen tres todos juntos: la Araucana de don Alonso de Ercilla; la Austríada de don Juan Rufo, jurado de Córdoba y el Montserrat de Cristóbal de Virues, poeta valenciano.
-Todos estos tres libros -dijo el cura- son los mejores que en verso heroico, en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia: guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Cansóse el cura de ver más libros, y así a carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero que se llamaba Las lágrimas de Angélica.
-Lloráralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio."

Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha.

8 de diciembre de 2008

Las bibliotecas curvas, VII (I)

Como prometí, esta serie va llegando a su fin. Se acerca fin de año, consabida época de balances, de cenas, de asados, de reuniones, de reencuentros, de muchos nervios para unos, de mucha melancolía y soledad para otros, de recuerdos que lastiman o enfebrecen, pero también consabida época de nuevos romances, de esperanzas remotas que ya no lo parecen tanto, de promisorias piletas en las que zambullirse a pleno (literales y metafóricas), de chancletas que al fin se revolean, de espumantes bebidas cuyas burbujas cosquillean en el vértigo de las gargantas, de los sabores navideños anhelados o detestados, época de estrellitas, de bengalas, del por siempre inocuo y festivo chaski-boom... Y en medio de todo eso, los libros, la literatura, una vez más:

"El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez finito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: inevitablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito...
(...)
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta."

Jorge Luis Borges, "La biblioteca de Babel".

3 de diciembre de 2008

Las bibliotecas curvas,VI

Desde luego que esta serie de posteos sobre las bibliotecas, originada en este maravilloso sitio, no pretende ser exhaustiva ni nada por el estilo, por lo que después de hoy habrá sólo dos posteos más con lo que serán dos obras emblemáticas en lo que a bibliotecas se trata. Un leyente de estos desvíos me sugiere en los comentarios (¡gracias, Cristian!) un libro de Alberto Manguel que no tengo pero que procuraré conseguir, donde sospecho que han de estar citados muchos de los autores que fui desgranando aquí y probablemente la novela, paradigmática si la hay, cuyo fragmento traje hoy.
Fragmento del que me acordé cuando ya estaba cerrando el posteo anterior a éste. Vino a mí la imagen de uno de los personajes más enigmáticos con los que yo me haya topado dentro de las tapas de un libro... No sólo enigmático sino también tan parecido a mí, en algunas cosas, en algunos momentos, que la primera vez que leí lo que ahora copiaré juro que me asusté. Aunque luego me alegré de pertenecer a la estirpe de los autodidactos, je je...
"He dejado Eugenia Grandet. Me he puesto a trabajar, pero sin entusiasmo. El Autodidacto, que me ve escribir, me observa con respetuosa concuspicencia. De vez en cuando levanto un poco la cabeza, veo el inmenso cuello postizo, recio, de donde sale su pescuezo de gallina. Lleva un traje raído pero la camisa de una blancura deslumbradora. Acaba de sacar del mismo estante otro libro cuyo título descifro al revés: La flecha de Caudebec, crónica normanda de Mlle. Julie Lavergne. Las lecturas del Autodidacto siempre me desconciertan.
De pronto me vuelven a la memoria los nombres de los últimos autores cuyas obras ha consultado: Lambert, Langlois, Larbalétrier, Lastev, Lavergne. Me iluminé; comprendo el método del Autodidacto: se instruye por orden alfabético.
Lo contemplo con una especie de admiración. ¡Qué voluntad necesita para realizar lenta, obstinadamente, un plan de tan vasta envergadura! Un día, hace siete años (me ha dicho que estudia desde hace siete años), entró con gran pompa en esta sala. Recorrió con la mirada los innumerables libros que tapizan las paredes y debió decirse, poco más o menos como Rastignac: "Manos a la obra. Ciencia humana." Después tomó el primer tomo del estante del primer extremo derecho; lo abrió en la primera página con un sentimiento de respeto y espanto unido a una decisión inquebrantable. Hoy está en la L. K después de J, L después de K. Pasó brutalmente del estudio de los coleópteros al de la teoría de los cuanta, de una obra sobre Tamerlán a un panfleto católico sobre el darvinismo, sin desconcertarse ni un instante. Lo leyó todo; ha almacenado en su cabeza la mitad de lo que sabe sobre la partenogénesis, la mitad de los argumentos contra la vivisección. Detrás, delante de él, hay un universo. Y se acerca el día en que se dirá, cerrando el último volumen del último estante del extremo izquierdo: "¿Y ahora?"

Jean-Paul Sartre, La náusea.

1 de diciembre de 2008

Las bibliotecas curvas, V

Me faltaba encontrar (o elegir) algún pasaje literario que transcurriera en una biblioteca; sólo me faltaba uno porque los dos finales ya los tenía elegidos desde el comienzo mismo y cuando los lean comprenderán que era de cajón que así sucediera. Pero me faltaba el de hoy y me puse a recorrer con los ojos y la mente mi biblioteca y sólo aparecía el caos de sus estantes, en prolijo orden alfabético (adoptado luego de que el número de libros fue lo suficientemente respetable y las búsquedas lo suficientemente frustrantes como para reemplazar el viejo sistema del "orden de adquisición"), con su conveniente división en literaturas nacionales (están los estantes de literatura "universal", los de literatura argentina -que crecieron exponencialmente con la realización del diccionario y se transformaron en siete estantes -si contamos el piso como uno de ellos- y una mesa llena a rebosar de libros que no entraron en esos seis estantes + el piso, los de literatura española -que también crecieron bastante ya que amo dicha literatura-, los dos escasos estantes que le he dedicado a la literatura latinoamericana -y sí, mi espíritu cosmopolita prefiere siempre la literatura inglesa, norteamericana, francesa, rusa, etc.-, el respetable estante con los clásicos griegos y romanos, algunos en su idioma original, y el estante flotante e inexistente que alguna vez dedicaré a la literatura erótica, donde espero insertar, valga el verbo, una novela o una serie de cuentos ídem muy pronto), con el escozor que me produce no ver cada libro en su lugar, el escozor, el horror, la cosquilla molesta en la base del cráneo que ello me produce y la esperanza al decirme "será una bella tarea para las vacaciones ordenar la biblioteca" sabiendo que, muy probablemente, no lo haré, pero no importa, la intención también cuenta... Mis ojos vagaban, decía, perdidos, cuando rápidamente me dirigí a los estantes de mi amada literatura española (insisto) para más rápidamente aún dar con lo que estaba buscando... una escena que transcurriera en una biblioteca y no podría haber encontrado una mejor que ésta. De uno de mis autores españoles favoritos, de una de sus mejores novelas lejos y de una mordacidad y subversión flagrantes, tal como a él, un contrera (que no un hortera) cabal, le encantan (y tanto le encanta que hasta juega con su propia autorrepresentación en este pasaje):

DE NUEVO EN LOS PAPELES

Lectores de la Biblioteca Nacional: enterrados en el mausoleo de la cultura, vagáis por pasillos y salas de lectura como sonámbula hueste de espectros. Examinad la palabra Tumba inscrita en la pared, a la derecha de la entrada, Rue de Richelieu; pensad en que al cabo de un tiempo moriréis de una vez: ¿no sería mejor instilar algo de poesía en vuestras vidas, antes de pudriros también, como los libros y manuscritos que leéis, en otro vasto y crepuscular cementerio?
En el silencio fúnebre que os envuelve, eruditos pacientes, necrófagos ápteros, carcomen y devoran, como múridos, el saber programado. Parásitos de la historia, insectos de la filosofía, emulan las hazañas de la polilla. Como en hospitales y salas de disección, el aire apesta a yodo y formol. ¿No sentís deseos de emerger a la luz, percibir los aleteos del corazón, captar la brusca palpitación de la sangre? Abandonad el yermo sepulcro. Escuchadme.
Sin necesidad de introducir y espachurrar puñados de moscas entre las páginas de los clásicos, como cierto oscuro y maligno escritor en una modesta biblioteca de Tánger [se refiere a él mismo en su novela Reivindicación del conde Don Julián], podéis liberaros no obstante de vuestra torpe e inútil melancolía. Seguid, como yo, a una niña -Ina, Magdalen, Agnès, Dora- a alguna de las salas vetustas y sentaos frente a ella en la mesa, atrincherados con un muro de libros de consulta, procurando que el haz de la lámpara os mantenga discretamente en la sombra. Mientras ella recorre las páginas de algún manual piadoso o devocionario, exquisita en su traje de Primera Comunión, con velo y toca inmaculados y blancos verificaréis que su atención se centra, por ejemplo, en el contenido de dos obras alevemente incluidas en la colección de lectura infantil: Nuestra Señora de las Flores y El milagro de la rosa [se trata de dos novelas del francés Jean Genet, no aptas para niños...]. La adorable criatura absorberá las crudezas y obscenidades del texto con inefable candor. Sorpresa, interés, rubor, pasmo, se pintarán sucesivamente en su expresión, colorearán las delicadas mejillas. Su rostro soñador, las manos inmóviles en el regazo, la tela arrugada del vestido sugieren la existencia de una sensualidad naciente, tal vez la velada invitación a un dios todavía desconocido: algo como para robar el sueño al imaginario catador y estimular súbitamente su apetito. ¡Es el momento ideal para dejar caer una estampita a vuestros pies y suplicar que la recoja con sabia y bonachona sonrisa! Abriréis entonces la gabardina y se la enseñaréis: ¡en aquel lúgubre panteón del deseo, la dulce chiquita de ojos claros experimentará, estad seguros -y os lo hará compartir también a vosotros-, la emoción más terrible e intensa de su vida!

Juan Goytisolo, Paisajes después de la batalla.



P. D.: Como una súbita iluminación de lo alto acabo de recordar otras escenas de una novela aún más célebre que ésta, francesa ella, que también transcurren en una biblioteca, por lo que creo que habrá una yapa...

26 de noviembre de 2008

Las bibliotecas curvas, IV

Si hablamos de bibliotecas, este libro no podía faltar. De hecho, gira en torno de una biblioteca, unos monjes, un manuscrito perdido y misteriosos crímenes cometidos no se sabe si por mano humana o satánica. Me refiero al El nombre de la rosa, de Umberto Eco, por supuesto. Probablemente sea, junto con Miedo a volar de Erica Jong y la versión condensada para niños de Kapelusz de Moby Dick, uno de los libros que más veces leí y releí en mi vida. Y las sucesivas relecturas no pierden ni un ápice de suspenso o intriga por más que ya sepa cuál es la clave para descifrar el laberinto, en qué extraño idioma estaba ese fragmento de pergamino que tenía Venancio entre sus ropas, a qué se debió la primacía de italianos siempre encargados de la biblioteca hasta la llegada del alemán Malaquías y ya conozca casi de memoria todos los homenajes, parodias, reescrituras e imitaciones de estilo que Eco prodigó a lo largo de sus cuatrocientas y pico de jugosas páginas. Fue, mal que le pese a los Brownies, el primer thriller erudito que se convirtió en best-seller, al igual que su libro siguiente, El péndulo de Foucault, uno de los primeros también en ficcionalizar acerca de los templarios, el Santo Grial y demás, pero con la altura y sabiduría que sólo un semiólogo como Eco puede darles.
En el fragmento siguiente, Adso de Melk, el monje que narra los hechos que vivió en su juventud en una perdida abadía al norte de Italia, "reflexiona en el scriptorium sobre la historia de su orden y sobre el destino de los libros", como reza el acápite de este capítulo:

"Me impresionó la calma y la serenidad con que estaban entregados a sus tareas, como si no hubiese desaparecido uno de sus hermanos y no lo estuvieran buscando afanosamente por todo el recinto, y como si ya no hubiesen muerto otros dos en circunstancias espantosas. Aquí se ve, dije para mí, la grandeza de nuestra orden: durante siglos y siglos, hombres como éstos han asistido a la irrupción de los bárbaros, al saqueo de sus abadías, han visto precipitarse reinos en vórtices de fuego, y, sin embargo, han seguido ocupándose con amor de sus pergaminos y sus tintas, y han segudo leyendo en voz baja unas palabras transmitidas a través de los siglos y que ellos transmitirían a los siglos venideros. Si habían seguido leyendo y copiando cuando se acercaba el milenio, ¿por qué dejarían de hacerlo ahora?
El día anterior, Bencio había dicho que con tal de conseguir un libro raro estaba dispuesto a cometer actos pecaminosos. No mentía ni bromeaba. Sin duda, un monje debería amar humildemente sus libros, por el bien de estos últimos y no para complacer su curiosidad personal, pero lo que para los legos es la tentación del adulterio, y para el clero secular la avidez de riquezas, es para los monjes la seducción del conocimiento.
Hojeé el catálogo y empezó un baile de títulos misteriosos: Quinti Sereni de medicamentis, Phaenomena, Liber Aesopi de natura animalium, Liber Aethici peronymi de cosmographia, Libri tres quos Arculphus episcopus Adamnano escipiente de locis sanctis ultramarinis designavit conscribendos, Libellus Q. Iulii Hilarionis de origine mundi, Solini Polyhistor de situ orbis terrarum et mirabilibus, Almagesthus... No me asombré de que el misterio de los crímenes girase en torno a la biblioteca. Para aquellos hombres consagrados a la escritura, la biblioteca era al mismo tiempo la Jerusalén celestial y un mundo subterráneo situado en la frontera de la tierra desconocida y el infierno. Estaban dominados por la biblioteca, por sus promesas y sus interdicciones. Vivían con ella, por ella y, quizá, también contra ella, esperando, pecaminosamente, poder arrancarle algún día todos sus secretos. ¿Por qué no iban a arriesgarse a morir para satisfacer alguna curiosidad de su mente, o a matar para impedir que alguien se apoderase de cierto secreto celosamente custodiado?
Tentaciones, sin duda; soberbia del intelecto. Muy distinto era el monje escribiente que había imaginado nuestro santo fundador: capaz de copiar sin entender, entregado a la voluntad de Dios, escribiente en cuanto orante, y orante en cuanto escribiente. ¿Qué había sucedido? ¡Oh, sin duda, no sólo en eso había degenerado nuestra orden! Se había vuelto demasiado poderosa, sus abades rivalizaban con los reyes. ¿Acaso Abbone no era un ejemplo de monarca que con ademán de monarca intentaba dirimir las controversias entre los monarcas? Hasta el saber que las abadías habían acumulado se usaba ahora como mercancía para el intercambio, era motivo de orgullo, de jactancia, y fuente de prestigio. Así como los caballeros ostentaban armaduras y pendones, nuestros abades ostentaban códices con miniaturas... Y aún más (¡qué locura!) desde que nuestros monasterios habían perdido la palma del saber: porque ahora las escuelas catedralicias, las corporaciones urbanas y las universidades copiaban quizá más y mejor que nosotros, y producían libros nuevos... y tal vez fuese ésta la causa de tantas desgracias.
La abadía donde me encontraba era, quizá, la última capaz de alardear por la excelencia en la producción y reproducción del saber. Pero precisamente por eso sus monjes ya no se conformaban con la santa actividad de copiar: también ellos, movidos por la avidez de novedades, querían producir nuevos complementos de la naturaleza. No se daban cuenta -entonces lo intuí confusamente, y ahora, cargado ya de años y experiencia, lo sé con seguridad- de que al obrar de ese modo estaban decretando la ruina de lo que constituía su propia excelencia. Porque si el nuevo saber que querían producir llegaba a atravesar libremente aquella muralla, con ello desaparecería toda diferencia entre aquel lugar sagrado y una escuela catedralicia o una universidad ciudadana. En cambio, mientras permaneciera oculto, su prestigio y su fuerza seguirían intactos, a salvo de la corrupción de las disputas, de la soberbia cuodlibetal que pretende someter todo misterio y toda grandeza a la criba del sic et non. Por eso, dije para mí, la biblioteca está rodeada de un halo de silencio y oscuridad: es una reserva de saber, pero sólo puede preservar ese saber impidiendo que llegue a cualquiera, incluidos los propios monjes. El saber no es como la moneda, que se mantiene físicamente intacta incluso a través de los intercambios más infames; se parece más bien a un traje de gran hermosura, que el uso y la ostentación van desgastando. ¿Acaso no sucede ya eso con el propio libro, cuyas páginas se deshacen, cuyas tintas y oros se vuelven opacos, cuando demasiadas manos lo tocan? Precisamente, cerca de mí, Pacífico da Tívoli hojeaba un volumen antiguo, cuyos folios parecían pegados entre sí por efecto de la humedad. Para poder hojearlo debía mojarse con la lengua el índice y el pulgar, y su saliva iba mermando el vigor de aquellas páginas. Abrirlas significaba doblarlas, exponerlas a la severa acción del aire y del polvo, qu roerían las delicadas nervaduras del pergamino, encrespado por el esfuerzo, y producirían nuevo moho en los sitios donde la saliva había ablandado, pero al mismo tiempo debilitado, el borde de los folios. Así como un exceso de ternura ablanda y entorpece al guerrero, aquel exceso de amor posesivo y lleno de curiosidad exponía el libro a la enfermedad que acabaría por matarlo.
¿Qué había que hacer? ¿Dejar de leer y limitarse a conservar? ¿Eran fundados mis temores? ¿Qué habría dicho mi maestro?
No lejos de mí, el rubricante Magnus da Iona estaba ablandando con yeso un pergamino que antes había raspado con piedra pómez, y que luego acabaría de alisar con la plana. A su lado, Rabano de Toledo había fijado su pergamino a la mesa y con un estilo de metal estaba trazando líneas de horizontales muy finas entre unos agujeritos que había practicado a ambos lados del folio. Pronto las dos láminas se llenarían de colores y de formas, y cada página sería como un relicario, resplandeciente de gemas engastadas en la piadosa trama de la escritura. Estos dos hermanos míos, dije para mí, viven ahora su paraíso en la tierra. Estaban produciendo nuevos libros, iguales a los que luego el tiempo destruiría inexorable... Por tanto, ninguna fuerza terrenal podría destruir la biblioteca, puesto que era algo vivo... Pero, si era algo vivo, ¿por qué no se abría al riesgo del conocimiento? ¿Era eso lo que deseaba Bencio y lo que quizá también había deseado Venancio?"

Umberto Eco, El nombre de la rosa.

Las bibliotecas curvas, III

Sigo un poco remisa pero aquí estoy con el vivo deseo de proseguir compartiendo con uds. las maravillosas fotografías de Curious Expeditions y algunos fragmentos alusivos como para amenizar, mientras reordeno mi habitual caos emotivo, emocional y existencial e intento retomar los buenos hábitos, como el de postear a diario aquí, semanalmente en Fauna y ad libitum en el resto de mi flota blogguera (y se vienen un quinto y hasta un sexto blog... Los mantendré informados).
Hoy terminé de leer un libro de artículos y ensayos de Alberto Manguel, escritor argentino radicado en Canadá desde hace varios años, consuetudinario jurado del Premio Clarín de Novela vaya uno a saber por qué... El libro es mediano, digamos. En realidad, los artículos y ensayos son muy esclarecedores, dicen cosas que no por sabidas está de más volver a leerlas o considerarlas, pero tiene un exasperante tono monocorde (¿o quizá sea la traducción? pero siendo el traductor Marcelo Cohen, no debería ser culpa de él... bah, qué sé yo; a propósito, uno de los mejores artículos del libro de Manguel trata justamente sobre la ingrata y traicionera tarea del traductor...) cuyo peor efecto fue, por momentos, el no poder seguirlo con el entusiasmo que aquello de lo que estaba hablando sí me suscitaba. Porque Manguel es, como bien dice la faja del libro, "el don Juan de las bibliotecas", en el sentido de ser un gran esculcador de obras y autores poco conocidos, de acercar a los lectores a nuevas formas de ver las cosas y los libros, y, sobre todo, un gran difusor de las bellezas encerradas en páginas y versos.
Así pues, les comparto este fragmento, extraído de un artículo en el que procura dar con una definición, si la hubiera o hubiese, de qué cosa sea la literatura gay, sin que por ello se entienda solamente 'literatura escrita por homosexuales' (como si eso pudiera ser suficiente... aunque para muchos lamentablemente lo es) o 'literatura escrita para homosexuales' (con lo cual termina siendo todo tan discriminatorio como aquello que se pretende combatir):

"A mediados del tercer siglo a. C. el poeta cirenaico Calímaco emprendió la labor de catalogar el medio millón de libros albergados en la célebre biblioteca de Alejandría. Era una tarea prodigiosa, no sólo por el núero de libros para inspeccionar, desempolvar y situar en los estantes, sino porque entrañaba la concepción de un orden literario que, supuestamente, debía reflejar de algún modo el orden más amplio del universo. Para atribuir cierto libro a cierto estante -Homero a "Poesía" o Herodoto a "Historia", por ejemplo-, Calímaco tuvo que decidir antes que toda escritura se podía dividir en un número específico de categorías o, como las llamó, pinakes, "tablas"; y luego tuvo que resolver a cuál pertenecía cada uno de los miles de volúmenes sin etiquetar. Calímaco dividió la colosal biblioteca en ocho "tablas" que, en conjunto, debían contener todo hecho, conjetura, pensamiento o imaginación estampado alguna vez en una hoja de papiro; los bibliotecarios futuros multiplicarían aquel modesto número hasta el infinito. Borges recordó alguna vez que en el sistema númerico del Instituto Bibliográfico de Bruselas, el número 231 correspondía a Dios.
Ningún lector que haya disfrutado de un libro tiene gran confianza en estas formas de catalogar. Índices temáticos, géneros literarios, escuelas de pensamiento y estilo, literaturas nacionales o étnicas, compendios cronológicos o antologías sólo sugieren al lector uno entre una multitud de puntos de vista, ninguno abarcador, ninguno que raspe siquiera la amplitud y hondura de un escrito misterioso. Los libros se niegan a mantenerse tranquilamente en los estantes: Los viajes de Gulliver salta de "Crónicas" a "Sátira social" o "Literatura infantil", sin guardar fidelidad a ningún rótulo. Como la sexualidad, la lectura es multifacética y fluida."

Alberto Manguel, En el bosque del espejo.

20 de noviembre de 2008

Las bibliotecas curvas, II

Debería estar escribiendo para Fauna y sin embargo estoy aquí. Sucede que no se me ocurre nada o que todo lo que se me ocurre me parece fútil, demasiado poco o demasiado mucho (como siempre, el término medio es un paraje incógnito para mí) y entonces preferí venir aquí, donde al menos el lunes tuve esta idea, este petit coraje de plantear un tema para toda la semana a partir de las bellísimas fotos de Curious Expeditions...
Pero como siempre sucede que uno propone y la cadena de eventos sin hilación aparente que llamamos vida se encarga de disponer de nosotros y de nuestras amadas u odiadas circunstancias, sucedió entonces que el martes volví muy tarde y muy cansada de La Plata y que ayer miércoles era justamente el día de tan bella (y masónica) ciudad y con mis compañeros de trabajo nos sustrajimos del mundanal ruido y hacia los campos de Arana fuimos, donde en medio del más bucólico paisaje que imaginarse pueda, comimos asado cual gauchos y bebimos cerveza cual vikingos... Es por eso que recién hoy continúo con las bibliotecas curvas. Y hoy ni siquiera debería continuar, puesto que es el día de mis amados abisales, pero éstos tendrán que esperar, puesto que nada de lo que se me ocurrió me pareció digno y un día de licencia no creo que les venga mal... A quien sí le vendrá mal será a mi insoportable superyó, pero estoy dispuesta a escuchar sus interminables peroratas y recriminaciones a cambio de compartir con uds. otra hermosa foto y otro bellísimo pasaje literario con libros y bibliotecas, como los que siguen:

"Los libros, los libros, la proliferación de la materia impresa. Los libros crecen, forman paredes, modifican la arquitectura de la casa. Los libros nos van haciendo un nicho de imprenta, un emparedado de papel, una celda estrecha y alta de letra impresa, una garita donde esperar la muerte. Hay una época en que se compran los libros y se van colocando, ordenadamente. Luego, los libros vienen solos, proliferan durante la noche, y por más que los dejo en desorden, se me ordenan durante el sueño y sé exactamente dónde está cada uno de ellos, porque quizá mi cabeza va teniendo estructura de biblioteca. En eso, quizá, consiste la decrepitud, en que decae la imaginación y se impone la erudición, en que el bibliotecario acaba asesinando al poeta con el filo agudo de una página de papel biblia.
(...)
Los libros devuelven ciento por uno y van ensombreciendo la casa, tapando la entrada al sol, clausurando los rincones, hasta que uno comprende que se ha fabricado una tumba de libros, un panteón de páginas, como otros se lo fabrican de consolas o de porcelanas.
Han hablado los poetas de que el hombre se hace su propia muerte. Yo creo que lo que el hombre se hace, en todo caso, es su propia tumba, como mucho. La muerte se hace sola, pero la tumba nos la vamos enladrillando en vida con muebles isabelinos, botellas de licor o con libros.
(...)
Tenemos miedo, algunas noches, de coger un alto libro de la estantería, como si todo fuese a venirse abajo al quitar el ladrillo, como si pudiéramos perecer bajo los escombros impresos, y por eso cada vez releemos menos, y sólo lee uno, ya, los libros que van llegando, los libros nuevos, frescos, que traen el aire de la calle, el olor de los viajes y la novedad de un pensamiento reciente.
No es por estar al día. Es porque en los libros viejos ya sólo se lee uno a sí mismo, y tengo como miedo de quedar encerrado dentro del que soy, y entonces salgo de mí hacia un libro reciente, y no comprendo bien a los que releen libros, que es como cantar hacia adentro viejas melodías, envenenarse de uno mismo, cegarse de pasado, atascarse de recuerdos. El libro nuevo, aunque sea de filosofía pura, viene verde como una lechuga y me comunica su juventud de imprenta y pensamiento. Lo malo es que en cuanto lo leo y lo dejo junto con los otros libros, cae sobre él un polvo de siglos y en seguida queda incorporado al muro de papel, se funde con los viejos libros y ya no se le puede volver a abrir, porque tiene las páginas pegadas con cemento.
Ésta es la traición de los libros, el peligro de haber vivido entre libros. Así es como la vida se va haciendo angosta, entre pasillos de biblioteca. Porque los libros respiran, nos chupan el oxígeno y nos van matando."

Francisco Umbral, Mis paraísos artificiales.


17 de noviembre de 2008

Las bibliotecas curvas, I

Hace bastante que tenía estas imágenes dando vueltas para postear por aquí. Pero en lugar de sólo postear las imágenes como he hecho en otras ocasiones, esta vez he pensado agregarles algo de interés citando pasajes de obras literarias que vienen al caso.
Ya que justamente se da el caso que las bibliotecas son lugares que siempre han ejercido una fascinación sin límites sobre mí, cuando descubrí estas imágenes caí en absoluto éxtasis. No sé cuántos de mis potenciales y reales seguidores/suscriptores/lectores sentirán la misma devoción por tales edificios y su contenido, pero espero inculcarles algo de mi pasión por ellos. Sobre todo porque lo haré subrepticiamente -como deben hacerse estas cosas-, o vicariamente, mejor dicho, es decir, a través de la literatura, el mismo contenido que, entre otros, estas moles a veces ingentes, a veces modestas, pretenden proteger.
Para mí las bibliotecas son lo que las catedrales y basílicas (dos bellísimas palabras) a los católicos fervientes. Para mí hay pocas cosas más deleitosas que perderse entre los estantes de una biblioteca, así sean dos tablitas enclenques o descomunales andamios del techo hasta el piso (sueño, anhelo, deseo tener una habitación completamente tapizada, amurallada de libros y no me importan las implicancias mortificantes y aparentemente 'inmovilizantes' que ello pueda acarrear según el mundo psi-). Cada vez que llego temprano al taller literario donde religiosamente concurro cada sábado, dejo mis cosas en una silla y me zambullo a chusmear los libros de mi maestro, que por cierto no son pocos y que se ven incrementados, además, por la biblioteca ambulante formada por los préstamos de los talleristas (lo que me recuerda que aún no he hecho mis préstamos pertinentes pero es que... ¡arrancarle un libro a un bibliófilo es como arrancarle un hijo! Es muy díficil elegir qué libro llevar, puesto que ninguno -ni siquiera los libros más innobles o innombrables- entrarán jamás en la categoría de 'libro descartable o canjeable o desechable' así sea una bosta de principio a fin). Una mañana, Marcelo -mi maestro- entró y me sorprendió hurgando sus libros: "Sabía que te iba a encontrar así" dijo y agregó: "Eso denota quién es un verdadero escritor y quién no lo es".
Así pues, vaya la primera imagen de estas impresionantes "bibliotecas curvas", acompañada del primer fragmento literario que se me vino a la mente ni bien pensé en este post. Desde luego que hay todavía escenas más famosas que ésta que transcurren en o alrededor de bibliotecas, pero el romanticismo y los versos de mi padre tutelar que la coronan no podían sino hacer que ella fuera la primera. Nótese además como en medio de una situación de inminente peligro (puesto que han entrado a la biblioteca para robar) los adolescentes se ponen a hablar de amor, especialmente el protagonista, Silvio Astier, quien no puede dejar de recordar a su amada; más todavía, nótensen los signos del mercado literario de entonces (mediados de los años 20) no muy diferentes del actual: los libros "técnicos" son los que serán mercados mientras que los libros literarios o bien son dejados de lado (Las Montañas del Oro, libro de poemas de Lugones, el "poeta nacional", libro convenientemente agotado como bien señala Enrique) o bien atesorados como algo invaluable (los versos de Baudelaire) y no me extiendo más, así disfrutan por ustedes mismos:

"Enrique abrió cautelosamente la puerta de la Biblioteca.
Se pobló la átmosfera de olor a papel viejo, y a la luz de la linterna vimos huir una araña por el piso encerado.
Altas estanterías barnizadas de rojo tocaban el cielo raso, y la cónica rueda de luz se movía en las oscuras librerías, iluminando estantes cargados de libros.
Majestuosas vitrinas añadían un decoro severo a lo sombrío, y tras de los cristales, en los lomos de cuero, de tela y de pasta, relucían las guardas arabescas y títulos dorados de los tejuelos.
Irzubeta se aproximó a los cristales.
Al soslayo lo iluminaba la claridad refleja y como un bajorrelieve era su perfil de mejilla rechupada, con la pupila inmóvil y el cabello negro redondeando armoniosamente el cráneo hasta perderse en declive en los tendones de la nuca.
Al volver a mí sus ojos, dijo sonriendo:
-Sabés que hay buenos libros.
-Sí, y de fácil venta.
-¿Cuánto hará que estamos?
-Más o menos media hora.
Me senté en el ángulo de un escritorio distante pocos pasos de la puerta, en el centro de la biblioteca, y Enrique me imitó. Estábamos fatigados. El silencio del salón oscuro penetraba nuestros espíritus, desplegándolos para los grandes espacios de recuerdo e inquietud.
-Decime, ¿por qué rompiste con Eleonora?
-Qué sé yo. ¿Te acordás? Me regalaba flores.
-¿Y?
-Después me escribió unas cartas. Cosa rara. Cuando dos se quieren parecen adivinarse el pensamiento. Una tarde de domingo salió a dar una vuelta a la cuadra. No sé por qué yo hice lo mismo, pero en dirección contraria y cuando nos encontramos, sin mirarme alargó el brazo y me dio una carta. Tenía un vestido rosa té y me acuerdo que muchos pájaros cantaban en lo verde.
-¿Qué te decía?
-Cosas tan sencillas. Que esperara... ¿te das cuenta? Que esperara a ser más grande.
-Discreta.
-¡Y qué seriedad, che Enrique! Si vos supieras. Yo estaba allí, contra el fierro de la verja. Anochecía. Ella callaba... a momentos me miraba de una forma... y yo sentía ganas de llorar... y no nos decíamos nada... ¿qué nos íbamos a decir?
-Así es la vida -dijo Enrique-, pero vamos a ver los libros. ¿Y el Lucio ése? A veces me da rabia. ¡Qué tipo vago!
-¿Dónde estarán las llaves?
-Seguramente en el cajón de la mesa.
Registramos el escritorio, y en una caja de plumas las encontramos.
Rechinó una cerradura y comenzamos a investigar.
Sacando los volúmenes los hojéabamos, y Enrique que era algo sabedor de precios decía:
-"No vale nada", o "vale".
-Las Montañas del oro.
-Es un libro agotado. Diez pesos te lo dan en cualquier parte.
-Evolución de la materia, de Lebon. Tiene fotografías.
-Me lo reservo para mí -dijo Enrique.
-Rouquete. Química Orgánica e Inórganica.
-Ponelo acá con los otros.
-Cálculo infinitesimal.
-Eso es matemática superior. Debe ser caro.
-¿Y esto?
-¿Cómo se llama?
-Charles Baudelaire. Su vida.
-A ver, alcanzá.
-Parece una bibliografía. No vale nada.
Al azar entreabría el volumen.
-Son versos.
-¿Qué dicen?
Leí en voz alta:

Yo te adoro al igual de la bóveda nocturna
¡oh! vaso de tristezas, ¡oh! blanca taciturna.

Eleonora -pensé- Eleonora.

y vamos a los asaltos, vamos,
como frente a un cádaver, un coro de gitanos.

-Ché, ¿sabés que esto es hermosísimo? Me lo llevo para casa.
-Bueno, mirá, en tanto que yo empaqueto libros, vos arreglate las bombas.
-¿Y la luz?
-Traétela aquí.
Seguí la indicación de Enrique. Trajinábamos silenciosos, y nuestras sombras agigantadas movíanse en el cielo raso y sobre el piso de la habitación, desmesuradas por la penumbra que ensombrecía los ángulos. Familiarizado con la situación de peligro, ninguna inquietud entorpecía mi destreza."

Roberto Arlt, El juguete rabioso.



La fuente original de las imágenes es esta: http://curiousexpeditions.org/2007/09/a_librophiliacs_love_letter_1.html

15 de noviembre de 2008

La curva de Laffer

Vivo felizmente desinformada. Es decir: no leo los diarios (salvo los domingos el truchísimo horóscopos y los chismes que aparecen en el Popular, simplemente porque está sobre la mesa cuando me levanto), no compro revistas de actualidad (desde que salió hasta hace un par de semanas compraba la Ñ, pero ya me aburrió y decidi cerrar ese ciclo) y mis horarios de trabajo me impiden ver los noticieros de la tele, tanto los del mediodia como los de las siete-ocho de la noche; no me impiden ver, teóricamente, los de la medianoche pero yo misma me hago ese favor permaneciendo aquí sentada en la PC. A veces miro a la mañana canal 26, sólo para saber el pronóstico o minucias tales como si hay paro de trenes o algo por el estilo. En mi trabajo anterior estaba todo el día rodeada e invadida por las noticias: la tele y la radio estaban prendidas sin cesar y el único modo de evadirme de tanta "realidad" junta era calzarme los auriculares y poner música al mango mientras buscaba la décimoquinta forma de decir lo mismo que ya había dicho para Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Libra... etc.
Así y todo, ahora igual me entero de lo que pasa, pero no le doy la bolilla ni la atención que solía darle antes. Se me dirá que soy escapista, que prefiero hundir la nariz (y la mente toda) entre las páginas de un libro, vivir en una "fantasía" o en un "cuento de hadas", como alguien tuvo el tupé de decirme hace poco, suponiendo que la literatura no es más que eso (con lo que no hizo más que poner al descubierto uno de los grandes prejuicios que aún hoy día existen contra la literatura), o cualquier otra paparruchada por el estilo. Francamente, no me importa. Las noticias del mundo que yo busco son otras.
Así y todo, las alertas de Google, cada tanto me proporcionan algún dato sobre "lo que está pasando en este mismo instante". Y como es de público dominio, en estos momentos hay una debacle financiera mundial que quién sabe en qué terminará, si es que termina, o en qué se transformará o a dónde nos conducirá... Reitero: no me preocupa, pero esta nota me pareció interesante, en tanto no sólo presenta otra curva económica (los lectores y seguidores más antiguos de este blog recordarán la curva de Phillips) sino porque también habla de algo que parece ser el verdadero poder que domina al mundo (o al hombre): el pánico.
Y es extraño (o quizá no tanto), ya que 'pánico' proviene del dios griego Pan, protector de los rebaños y de la vida campestre, inventor de la siringa y pugnaz perseguidor de las ninfas del bosque, a quien, además de revestírselo con los atributos de los faunos y sátiros, se le atribuían los ruidos que retumban en valles y bosques sin que se sepa la causa de ellos... De allí que el terror que los persas sintieron en la batalla de Maratón fuera denominado 'terror pánico'. Y eran unos simples ruidos, muy probablemente producidos por otro dios, Eolo (el dios del viento). En fin: que si por algo tenían que tener miedo los persas no era por esos ruiditos sino por el ejército ateniense que se les venía encima...
Me pregunto entonces a qué le tendrán tanto miedo los Señores del Mundo.

12 de noviembre de 2008

Las gramáticas curvadas (o, al decir de Borges, las gramáticas torpedeadas)

Las alertas del Dios Padre Google no dejan de depararme sorpresas y posts. En este caso no es tanto la información suministrada por la nota que linkearé a continuación sino los dislates gramaticales y semánticos en los que incurre su autor los que me llevan a compartirla con uds.
Hace ya muchos años que estoy abocada a la ¿defensa? (pongámoslo así, aunque suena pomposo, derechoso, casi indecoroso) del buen uso (o sea: el uso adecuado al contexto) de nuestro bellísimo idioma. Esto que parece casi una antigualla de museo (o una declaración absolutamente subversiva y revulsiva, verdadero torpedo socavador del statu quo -pronunciése 'statu quó' y no 'qúo', por favor- actual) en los tiempos que corren no deja de ser para mí fundamental, en tanto creo, sostengo y afirmo que es el lenguaje el que nos configura como seres humanos y pensantes: el lenguaje nos hace y nos permite dar cuenta de eso que en algún otro lado he llamado 'la experiencia', entendida siempre en términos filósoficos. Vale decir que cuanto mejor usemos esta herramienta de la que no podríamos carecer, mejor pensaremos, mejor razonaremos, por ende mejor actuaremos y menos posibilidades tendrán los Señores del Mundo (ya se imaginan quiénes) de sojuzgarnos y someternos a sus arbitrios (a la mierda, resultó que la mina era bastante zurdita... ja ja).
Es por ello que deploro que la gente "común" escriba con faltas de ortografía, que tenga serias deficiencias a la hora de redactar hasta la idea más peregrina y sencilla, que no tengan capacidad alguna de retención, de memorización, de argumentación... Pero más me indigna y subleva cuando los que caen en esas trampas son otros escritores, periodistas, y cualquier otra persona vinculada a la comunicación, en especial inserta (o insertada) en medios de comunicación masiva como son éstos que me permiten vociferar mi prédica... Inútil prédica quizá, tan inútil como la poesía, pero no por ello dejaré de hacerlo y de hacerlo con humor, puesto que una cosa no quita la otra.
Revisando mis alertas, me encontré hoy pues con esta nota, en la que se cometen numerosos atropellos, dignos de ser mencionados y elucidados:

1) Ya el título es, por lo menos, un disparate semántico: "Revelan la enfermiza vida de las momias de Guanajuato". ¿Eso quiere decir que las momias están vivas? (¡socorro!) ¿Que se elevarán de sus sepulcros y saldrán a asustar? (música de fondo: la momiaaaa, la momiaaaa, claro). ¿Que empezarán a quitarse sus vendas y saldrán a mostrar sus interiores rellenos de estopa u otras sustancias menos nobles? El redactor quiso decir, creemos, que lo que se reveló es la terrible (y no 'enfermiza', querido mío) vida que esos cuerpos benditos llevaron antes de ser venerables o espantables momias.

2) "... los diversos padecimientos que sufrieron muchos de los cuerpos, hoy de gira por varias ciudades del país.": si por un lado arregla lo que había desarreglado en el título, esta frase vuelve a contradecirlo, puesto que los cuerpos "están de gira por el país", como si fueran estrellas de rock. ¿Estará el Eddie de Iron Maiden perdido entre ellos, acaso?

3) El primer y segundo párrafo de la nota yerran que da calambre (o artritis): no sólo se les sigue dando vida a las pobrecitas momias sino que el segundo párrafo es una bestialidad sintáctica que ningún periodista o comunicador social que se precie de tal podría permitirse cometer. Si usted, querido redactor, encabeza su frase con un "según" inmediatamente después tiene que aclarar según qué o según quién, de acuerdo al contexto y jamás (¿me oye -o lee- bien?), jamás, reitero, dar por supuesto que es 'según' lo que dije en el párrafo anterior, ¡que encima está separado por un punto aparte y un espacio activo para más inri! ¿Es que ya nadie enseña lo que es la coherencia y la cohesión de los textos? ¿Es posible que nadie vuele de ira al leer barrabasadas como éstas? ¿Es que a nadie le importa ya un comino de nada? (y aquí no puedo dejar de oír a mi amigo D. diciéndome que sí, que en efecto, Princesa, a nadie le importa un comino o un pimiento o un espárrago de absolutamente nada).

4) "... alguno de estos padecimientos tuvieron que ver con los sobrenombres con los que han sido bautizados, algunas de las momias, como es el caso de una mujer con la columna curvada": hablábamos antes de cohesión y coherencia... hablemos ahora de otro tema espinoso, la concordancia (de género, en este caso). Señor mío: vaya a saber por qué razón usted hace concordar sujetos y predicados que no se corresponden entre sí y encima lo hace 'hacia atrás' en lugar de hacerlo hacia adelante... Los sobrenombres (sujeto) no deben concordar con los padecimientos sino con las momias, por lo que lo correcto y adecuado es: 'los sobrenombres con los que han sido bautizadas algunas de las momias...'. Y conste que me ahorro aquí una guarangada, que es lo menos que se merece el tipo por haber puesto una coma donde no había necesidad alguna de ponerla. ¡Oiga, si quiere ser periodista, aprenda a poner las comas en su lugar!

5) "Este año, las momias que han sido sacadas de los nichos del Panteón de Santa Paula —en total— contribuirán con al menos 20 millones de pesos, más lo que generen los dos “contingentes” que están de viaje y posando en las ciudades de Monterrey y Tijuana, al erario municipal": cito, para cerrar, el último párrafo no porque incurra alguno de los dislates anteriores sino por lo que implica a un nivel digamos ontológico o existencial. ¿Qué quiero decir con esto? La muerte de paseo. La muerte viajando y posando para las fotos con los turistas. Lo funerario exhibido como una mercancía cualquiera más... y hasta se da el detalle de lo que la gira de Las Momias Guanajuatenses -buen nombre para una banda de 'rock básico acelerado'- va a arrojar como saldo final, reduciendo toda trascendencia y todo posible hallazgo científico -saber más, en efecto, acerca de la vida de esos seres que ahora yacen momificados también por el dinero que pueden generar- a un espectáculo de circo, a una jugosa entrada en las arcas municipales, es decir, a la banalización más nauseabunda que existe.

No sé a ustedes, pero a mí estas cosas me dejan pensando...
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