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5 de mayo de 2014

¡Qué lindo que es enseñar!

Dicho así suena un poco presuntuoso pero es la verdad: ¡qué lindo que es enseñar! O, más bien, como en mi caso, empezar a abrir algunas puertas, mostrar ciertos caminos, animar a que se crucen algunos umbrales, mostrar que hay otras cosas que vale la pena conocer, disfrutar y difundir. Porque de eso se tratan siempre, al fin y al cabo, mis talleres. No importa el nombre que les ponga o la presunta materia de que traten, el eje rector es siempre uno y el mismo: mi entusiasmo por la palabra escrita, por el lenguaje, por la poesía. No hay más (ni menos) que eso. Y, en ese sentido, soy también una entusiasmadora profesional: he logrado que personas que no leían poesía, la leyeran; he logrado que personas a las que no les gustaba la poesía, les gustara (o por lo menos no fruncieran tanto la nariz ante su sola mención); he logrado que personas a las que no les gustaba Borges ni un poquito, terminaran apreciándolo y hasta disfrutándolo. Y esto no es, en realidad, mérito mío, quiero que quede bien claro: yo no soy más que un canal, una vía, el viejo y querido ángelus, un mensajero. Yo simplemente enseño. Digo "miren ahí y ahí y ahí" y el caleidoscopio de la literatura se abre, infinito. Donde antes había opacidad y negrura, estallan mil colores a la vez. Donde antes estaba el vacío de la negación, ahora fluye el cristalino arroyo de la lucidez. No es obra mía, vuelvo a insistir: yo sólo muestro lo que está en los textos, tan en la superficie que parece escondido. Y los textos después, solos, revelan todo lo demás. No es que Borges escriba complicado o que no se entienda: es que no se ha sabido dónde mirar, no nos han enseñado a qué prestarle atención ni qué preguntas hacernos frente a un texto. Y lo cierto es que si no lo miramos bien (y digo "mirar" y no "leer" a propósito) el texto permanece cerrado. Y si no le hacemos las preguntas atinadas, permanece estólido e insobornable. Pero si alguien nos dice "es (o, mejor aún, puede ser) por acá", los textos abandonan su opacidad y despliegan todas las maravillas de que son capaces. Eso es lo que yo hago al enseñar, literalmente.


17 de junio de 2010

La curva pedagógica

Creo que aún no termino de caer. O mejor dicho de creer. 
Creo que aún no termino de caer en la cuenta de que coordino un taller literario y creo que aún no termino de creer que soy perfectamente capaz de hacerlo. Durante años me privé de esta experiencia alucinante precisamente por "creer" que no la podría llevar a cabo; por creer que no estaba capacitada para ello, que yo "no servía" para esto. Tenía sobradas pruebas en contrario, pero tampoco las quería creer, lo cual viene a demostrar que ni ante las verdades más prístinas nuestras anteojeras mentales se corren un par de centímetros. No se corren hasta que no las arrancamos, es decir, hasta que hacemos aquello que tanto temíamos.
¿Qué era lo que me daba tanto miedo? me pregunto ahora (y me lo vengo preguntando desde que, con éxito, di la primera clase). No lo sé. Creía que "no me iba a salir", "que me iba a trabar", "que no iba a saber qué decir". Bueno, son temores normales, se podría aducir. De hecho, a veces las cosas no me salen, normalmente me trabo bastante y en ocasiones, sí, no sé qué decir, pero digo algo y punto. Pero el taller anda, camina. Los alumnos vienen, aunque no permanezcan siempre los mismos. Sin embargo, hay un grupo que se mantiene. Un grupo que le pone empeño, le pone garra, se entusiasma. Me entusiasma. 
¿Hablé ya de la etimología de la palabra entusiasmo? Es acaso una de las más bellas que nos hayan legado los griegos. Significa, literalmente, tener el dios (o lo divino, lo numinoso) adentro. Estar entusiasmado es estar poseído, en el buen sentido, por aquello que nos cautiva los sentidos. Una persona, un libro, un paisaje,  un poema, una canción... Estar entusiasmado es uno de los motores vitales de la existencia. Sin entusiasmo nada prospera. Sin entusiasmo nada se consigue. Y yo estoy, ¡alabada sea la creación!, entusiasmada con este taller. Espero que se note. Procuro que se note. Quiero que mis alumnos se vayan tan entusiasmados como yo e igualmente entusiasmados vuelvan cada miércoles. 
Hoy les hablé de Roberto Arlt, a quien, como ya saben, amo. A quien descubrí casi a la misma edad que Silvio Astier, el protagonista de El juguete rabioso, el alter ego del propio -y joven- Arlt, sale al mundo con su inocencia y sus ansias de invención a cuestas. A quien admiro profundamente, a quien siempre vuelvo, a quien nunca me cansaría de leer. Y hoy me escuché hablar con una seguridad que desconocía poseer de este hombre, y de su obra y de su época. Y confieso, no había preparado la clase. ¡Es que no había nada que preparar! Iba a hablarles de lo que amo, de lo que me entusiasma, de lo que me mueve: ¿qué necesitaba preparar? Nada. Todo estaba en mi mente, todos los datos necesarios para que aquellos que nunca lo habían leído comprendieran de qué se trataba y para que aquellos que sí lo conocían refrescaran algunos conceptos. Nada más. Y me sorprendí a mí misma, por el aplomo y la suficiencia con que hablé de este monstruo de la literatura argentina (y universal), ese mismo aplomo y suficiencia que veía en los profesores que admiraba y que nunca creía, por vaya uno a saber qué trasnochada idea de la autoestima y de la propia imagen, que yo alguna vez pudiera alcanzar. 
Por eso decía que aún no termino de "caer". O de creer, que casi parecen lo mismo. 
Conclusión (o moraleja): Nunca somos más nosotros mismos que cuando más poseídos estamos por aquello que amamos.
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