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29 de abril de 2014

Un día con muchos significados

Hoy es un día en el que se superponen muchos significados, aunque a primera vista no lo parezca. En el orbe que nos contiene, es el día del animal. Ya he dicho por aquí que no me gustan mucho las conmemoraciones de "el día de...", aunque también, y en flagrante y bienvenida contradicción, he escrito sobre varios de estos días. Hoy volveré a hacerlo, porque estoy viviendo algo maravilloso que no puedo dejar pasar. Pero hoy, también, hubiera sido el cumpleaños número 67 de mi mamá. 
Ni siquiera puedo imaginar cómo sería si ella hubiera llegado hasta acá, ya que falleció a los 36 años. No se me ocurre cómo podría haber sido ni ella físicamente ni mi vida ni nada si todo hubiera seguido su "curso natural", suponiendo que existe un curso y más aún uno natural. Son pocos los recuerdos que guardo de ella (en opinión de mi psicoanalista, demasiado pocos), pero son lo suficientemente intensos para que cada tanto aparezca en sueños o en algún escrito. A veces tengo la impresión de haberme olvidado de su voz, pero luego reparo en que no, en que en algún lugar de la psique sigue repicando con absoluta claridad. Me quedé con ganas de tantas cosas (de preguntarle, de saber, de conocer, de aprender) que ni siquiera sabría por dónde empezar si pudiera volver a verla. En sueños la he visto infinidad de veces, así como en esos recuerdos (pocos, muchos, ¿importa?) que perduran. Sé que algo de su carácter, de sus modos y de su sensibilidad persisten en mí. Sé que hubiera querido otra cosa en la vida, sé que fui un triunfo para ella, pero no sé mucho más. Y me lo estuve preguntando amargamente, todo eso que no sé, en las incontables sesiones de terapia que le dedicamos con M. También sé que me parezco mucho por momentos y que heredé todas y cada una de sus curvas, las mismas que con tanto orgullo paseo por estas páginas y por las calles platenses. ¡Pero habría tanto más que quisiera haber sabido! ¡Cuánto hubiera necesitado una oreja femenina, una oreja de madre, una caricia de madre, un abrazo de madre en tantos y tan incontables momentos! No pudo ser. Tuve que conformarme. Por suerte, hubo madres literarias que, aunque tal vez llegaron un poco tarde, estuvieron y suplieron algunas de esas carencias. 
Y hablando de carencias... hoy pensaba por qué me negué, durante cuatro años, a tener nuevamente un gato en mi vida. Me amparé en la regla del fuckin' consorcio de este edificio que establece que no se admiten mascotas de ningún tipo (shhh). Pero ahora que Catina está conmigo y que nadie me ha dicho absolutamente nada (y hasta tengo preparado un discurso si alguien lo hace), me doy cuenta de que eso era una burda excusa para soslayar lo que realmente pasaba: el miedo, una vez más. Miedo a hacerse responsable de otro, en este caso de un pequeño, mimoso y peludo otro felino. Miedo a todo, miedo a que le pase algo, a que se escape, a que se enferme, a que se lastime, a que quede atrapado en algún lugar, a que rompa algo, a que se robe la comida, a que... (la lista sigue). Buenas noticias: nada de eso ha pasado hasta ahora. Catina llegó y me conquistó enseguida con su cara de pilla, su lustroso pelo negro y sus ojos verdidorados como dos farolas parisinas. Me conquistó con sus motorcitos, sus repetidos besos ásperos, sus juegos, sus mimos. Vino a llenar ese espacio de las carencias con su infinita sabiduría y amor felino. Vino a llenar lo que tanto necesitaba ser llenado de mimos y cariño y vaciado de miedos y frustraciones. Vino a formar un nuevo hogar, un nuevo lar, un nuevo destino.

Catina y yo (2014)

9 de abril de 2014

Una miniatura de ferocidad

En el 2003, escribí, para La Granda Milito, el texto que sigue:

Un día, la casa se llena de sigilosos pasos. Suavísimos, inaudibles casi, seguros y desafiantes. En el aire se respira otra presencia y se llena de espíritus que danzan invisibles. La belleza sublime está con nosotros ahora.
Las pupilas recogen toda la luz y el pelaje todo el brillo de los metales preciosos. Pulcros, aseados seres ahora nos acompañan. Puros, prístinos, delicados, hieráticos y sagrados. Con el andar pausado y el boato de reyes olvidados. Con el elástico paso de las fieras que todavía merodean en lejanas selvas y antiguos bosques. Una miniatura de ferocidad se acurruca ahora a los pies de nuestra cama.
Nuestra mano se estira y encuentra el ovillo más perfecto, el que nunca se enreda. Hay un sonido nuevo y constante, que puebla nuestros días, y aprendemos un nuevo lenguaje, con la misma rapidez con que nos acostumbramos a la fantasmal y benéfica presencia. Jugueteamos con los arabescos de patas y uñas, con las cosquillas de los largos bigotes, con los dorados reflejos, con la destreza que, de pronto, nos mira fijo. Nuestro aliento se confunde con el otro aliento más dulce, la frente se nos llena de besos húmedos y ásperos. Hay tanta tibieza en nuestra vida ahora.
Nos topamos con ellos en todas partes y en todas partes ellos se dignan a prestarnos un momento de su siempre ocupada atención. Nos agachamos a acariciarlos y ellos se dejan acariciar, conscientes de nuestra humana necesidad de benevolencia. Condescienden a mirarnos desde su peludo alcázar y consienten en brindarnos, siempre distantes, su esquiva compañía, pues instintivamente saben que nuestra vida sin ellos sería un error o una terrible farsa.
Pero un día, de improviso, nuestra casa queda huérfana de los sigilosos pasos, se queda sin el aire de esa otra presencia, sin la danza invisible de los espíritus e, impotentes, lloramos.
Entonces, alguna potencia cósmica que aún desconocemos, nos envía la felicidad de nuevo en la felina encarnadura de otro Gato.

A partir de hoy (y cuando salga de su escondite), la felicidad felina está de nuevo conmigo, después de cuatro largos y penosos años sin gato propio, abusando siempre de la amabilidad de los gatos ajenos y extraños. Pero ya no más. Habrá fotos en cuanto Catina y yo nos hayamos conquistado mutuamente. 

3 de diciembre de 2010

Diciembre ya está aquí... ¡ay!

Increíble pero real, diciembre ya está aquí. El mes de los balances, de las compras navideñas, del jo jo jo, del mazapán y la champaña de precio módico (muy módico por lo que estuve viendo hoy en el supermercado). Fin de año está "a la vuelta de la esquina" (disculpen este alarde de originalidad: es diciembre, es viernes, es la última hora de la tarde y estoy muy cansada). Llegó el mes que a todos se nos llena de Eventos, Fiestas, Despedidas, Cumpleaños, Cenas de Fin de Año, Asados, Comilonas, Beberecuas, Ágapes, Festicholas, Partuzas, Bacanales y, por qué no, hasta alguna Orgía (yo pienso orgiarme con un mantecol bañado con chocolate que acabo de comprar, no sé qué harán ustedes, pero tienen mi bendición). 
He roto mi silencio posteril porque ya me va faltando mucho menos con la novela y desde que empezó diciembre (hace dos días) que no puedo creer que haya empezado. Es un año raro este para mí. Raro pero bueno. Distinto. Inusual (al fin). Parece que estuviera dividido en muchos años, porque cosas que pasaron, por ejemplo, en marzo o abril, para mí pasaron ya "el año pasado". El verano se me antoja lejos y perdido en lo remoto de la geografía de los recuerdos. Los días que pasé en Salta se convirtieron en un sueño hermoso, documentado en mis primeras fotografías con camarita digital, como recordarán los leyentes memoriosos. El otoño que parecía traer primicias inolvidables es también otro sueño u otro estado del mismo sueño. Y el invierno se convirtió en un antes y después, evidentemente el responsable de esta sensación de haber vivido un año partido en muchos años, o por lo menos partido en dos.
Todo cambió cuando tomé la Decisión. 
El quiebre estuvo ahí. Ahora que ya han pasado más de tres meses desde el momento en que la decisión fue efectiva, es decir, desde que me fui a vivir sola, puedo ver un poco en perspectiva y comprobar que, a pesar de todo y de ciertas cosas, tomé la decisión correcta. Fui por el camino por el que claramente tenía que ir. Aunque haya tropiezos o pequeños escollos, el horizonte maravilloso (y no el horizonte quejumbroso y difuso) está siempre adelante, siempre esperándome. Todavía falta, está claro. Pero empiezo a dominar los misterios y las delicias de ser uno con uno mismo. De ser la jefa del hogar, como quedó asentado en el censo. De tomar todas las decisiones. Empiezo a acostumbrarme a que no me reciba nadie, y celebrarlo. Ya me acostumbré a que tampoco nadie me moleste, y me encanta. A que las cosas estén donde yo las dejo, y en ningún otro lugar. También volví a cocinar, a comer cuándo y cómo yo quiero, a escuchar la música que se me antoja, a disfrutar de momentos inolvidables en mi sola y valiente compañía. Y también me encanta recibir a los amigos, a los compañeros, a las personas que quiero. Como pronosticó un amigo (mi chanta favorito), todo es felicidad desde que me mudé.
Hay nubarrones, desde luego. Hay un pasado que a veces llama y hasta quiere entrar. Hay una sombra, un dolor, un ansia que en ocasiones no me deja tranquila. Pero lo exorcizo todo, como siempre, escribiendo. Así que muy pronto, si los dioses son propicios, estaré escribiendo a diario aquí y en todos mis otros rinconcitos, que tan abandonados están, pobrecitos. 
Lo que más extraño, desde luego, son mis gatos. Mis hermosuras, mi príncipe y mi reinita. 
Por suerte, mañana voy a visitarlos.


Foto sacada poco antes de mudarme de mi dos reinitas y mi príncipe felinos

29 de abril de 2010

La curva felina

Ya dije por acá mismo que no me gustan las celebraciones del "día de...", pero como hoy es el día del animal, al menos en estos parajes dejados de la mano de Dios, voy a aprovechar tal circunstancia para hablarles (y mostrarles) de mis gatos. Ningún escritor que se precie de tal, sostiene un amigo mío, puede carecer de la esquiva y maravillosa compañía de un gato. 
Hay, incluso, gatos famosos por pertenecer, justamente, a escritores. Flanelle y Adorno fueron algunos de los gatos de Cortázar; Beppo, el gran gato blanco, acompañó muchos años a Borges. Baudelaire, mi padre nutricio, escribió hermosos sonetos dedicados a los felinos. Entre nosotros, Olga Orozco hizo otro tanto con sus Cantos a Berenice. Poe inmortalizó a todos los gatos negros con su cuento homónimo (del que he hablado ya aquí). Y los ejemplos siguen por cientos, he citado sólo los que recuerdo ahora. Esta página atestigua que lo dicho hasta aquí es apenas una ínfima parte de la inquebrantable alianza gatos-escritores.
Es probable que lo que sigue sea una sarta de insoportables  lugares comunes acerca del cáracter tan particular de los mininos pero no me privaré de ello porque los compruebo día tras día desde que tengo uso de razón. Siempre tuve gatos. 
Mi primer gato se llamaba Leo y era uno de esos atigrados de ojos profundamente verdes. Después vino mi relación gatuna más duradera: Alfonsina. Una esquiva, histérica y arisca (¿como su dueña...?) gata gris perlado que condescendió a convivir conmigo casi 10 años. Tenía unos modales y unos humos dignos de una princesa y era la gata más huraña que yo haya conocido. Sin embargo, dormía siempre conmigo y me dedicaba los ronroneos (o "motorcitos") más dulces que yo haya recibido. Durante algún tiempo estuvo con nosotras Chandon, un joven felino amarillo y atrevido que le hizo la vida imposible hasta que decidió irse tal como había venido. Después que Alfonsina murió pasé bastante tiempo sin compañía gatuna y la vida era francamente un erial. Así, apareció un día un gatito blanco y negro, al que bauticé Piru y luego llegaron dos hermosos gatos, hermanos: uno blanco y negro y la otra con muchas manchitas. Como eran hermanos, les puse Pericles y Merlina, un sentido homenaje a la familia Addams, por supuesto. Pericles un día también se fue pero no sin antes dejar preñada a Merlina (entre gatos no hay moral) y así apareció otro gato blanco y negro hermoso al que bauticé, nuevamente, Piru y muchos otros gatitos que fueron creciendo y yéndose por su propio camino a lo largo de estos años. Una de ellas era una hermosa gata gris y blanca que me dio otra gatita exactamente igual que ella, acaso como regalo de despedida, porque un día se fue y nunca más regresó pero me dejó a su hermosa hijita, a quien llamo Bebé. Y hace ya algún tiempo otra gata se unió a la familia sin permiso de nadie y se convirtió en la más mimosa de todas. Sin embargo, yo sigo llamándola Intrusa. Recientemente, tanto Merlina como la Intrusa tuvieron gatitos y ahora la casa está sembrada de miaus, pelos y bigotes. Ahora tenemos dos demonios negros, una osita de pelaje manchado, una de patitas blancas, una rayitas, dos a los que aún no sabemos como identificar y otro chandonito. A pesar de las molestias, no sabría vivir sin un gato cerca. 
Como dice en la página que les cité más arriba, los gatos son animales políticamente incorrectos. Son sinceros, independientes, orgullosos. Saben de nuestra admiración, de nuestro regocijo al verlos caminar tan seguros por cualquier superficie; saben que llaman poderosamente nuestra atención con sus ojos verdes y dorados, con su pelaje suave y tibio, con el lenguaje prístino de sus colas. Saben el poderío que ejercen desde tiempos inmemoriales, saben de su supremacía sobre los perros y sobre cualquier otra mascota que nunca provocará la misma fascinación que ellos. Traen lo más salvaje y lo más refinado en el mismo envase. Nos aligeran de las pesadas cargas del día con que sólo los acariciemos o les prestemos atención. No son babosos ni impertinentes ni tontos como los perros (que me perdonen los amantes de los perros, pero salvo excepciones es así). No son codependientes, no se rebajan nunca a la esclavitud, no son reductibles a nada que no sea su soberano deseo. Son mágicos, son nocturnos, son pequeños dioses con bigotes, deslumbrantes faros que alumbran las noches más oscuras con el fulgor de sus ojos. Son inteligentísimos, son hedonistas, son gozadores de todos los placeres por los que vale la pena haber venido a este mundo: comer, dormir y fornicar. 
Aquí, algunas fotos de mis mininos: 


Alfonsina, alias "Tutuni", ca. 1992.



Uno de los tantos Pirus, ca. 2003.



Merlina y yo, ca. 2007


La madre de mi Bebé, Merlina y la hermana del Piru en una mañana de sol, 2008.



La Intrusa y una camada de gatitos, 2008.



Merlina y mi Bebé, cuando ésta era un idem, 2009.



El Piru actual, alias "Mi príncipe", entrando por la ventana de mi estudio, 2009.



Mi Bebé, durmiendo, 2009.

P. D.: Soy, por supuesto, de esas personas que van por la calle y cuando ven un gato inmediatamente se detienen y se agachan (es decir, se ponen a su nivel) a acariciarlo y a recibir sus interminables mimos. Con orgullo puedo decir que jamás ningún gato, callejero, familiar o doméstico, se me ha resistido.
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