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23 de mayo de 2014

La previa de los 40 (ay)

A pedido del amable público, al que sin duda uno se debe, vengo a dejar unas líneas por aquí. Como comenté en Facebook, he estado toda la semana con un resfrío de lo más molesto, que me obligó a faltar un día al trabajo y a retirarme más temprano dos días seguidos e incluso (¡horror y espanto!) faltar a Lights (eso es totalmente imperdonable e inaceptable). Pero si no vine por estos lares también fue porque luego del último posteo (el del capuchino), comencé, luego de dar las vueltas reglamentarias, a reescribir mi novela. Y, tal como preveía, ya se convirtió en otra cosa, no insospechada, pero sí temida. Antes, era simplemente la historia de cierto triángulo amoroso en el cual estuve largamente involucrada, como puede apreciarse en varios de los posteos antiguos de este blog. Había otros elementos, desde luego, porque el periplo de aquel triángulo se inició mucho antes de que yo supiera, siquiera, qué era un "triángulo amoroso", y continuó cuando ya todo aquello no era triángulo ni amoroso ni nada, a lo que se sumaban, desde luego, algunas otras historias paralelas. Pero hasta ahí. Y nada más. En la primera primerísima versión, la que sólo leyó un escritor platense, yo había puesto de todo, cosas que tenían que ver y cosas que no, y muchos de sus comentarios me sirvieron para perfilar mejor lo que quería decir. En las versiones siguientes, que fueron ya leídas por varias personas y escritores amigos, platenses y no platenses, estaba mucho más claro y definido a qué quería apuntar, pero evidentemente faltaba. 
El triángulo amoroso siempre fue una excusa para otra cosa (como todo en la literatura, cabría agregar). Esa otra cosa ha aparecido en toda su magnitud ahora, justo en este momento, en el que los 40, esa edad traumática para cualquier ser humano, pero más para cualquier mujer, están ya ahícito nomás. Esa otra cosa no es más que la infancia revisitada, ciertas relaciones revisitadas y, luego, más adelante, sí, el triángulo y blah blah. No es que yo crea que mi infancia sea mejor o peor que la de nadie, pero sí creo que hay cosas que quiero rescatar, antes de que se fundan en el olvido o se distorsionen para siempre, si es que no se distorsionaron ya. Son los efectos, estimo, de estar sola en el mundo (dicho esto sin ningún aire victimizante, válame Dios), de no tener ningún férreo apego familiar, más que mis tíos y primos en España (justo los que más quiero y extraño son los que están más lejos), otros primos esparcidos por aquí y por allá, y nada más. De hecho, Catina es mi familia ahora, junto con lo que siempre gusto en llamar la "familia elegida", que son mis amigos. 
Entonces... encarar por esos rumbos no es fácil. La lágrima, la sorda emoción, el arrepentimiento (aunque no creo en él), la estúpida y tardía noción de que podría haber dicho o hecho esto o aquello acechan en cada palabra puesta en el papel. Se esperan tormentas y probables lluvias, nubosidad variable, alguna nevizca y fuertes aguaceros de aquí a que esto se termine. Se esperan revelaciones tan memorables como las que cundían en terapia, ahora sin la confortable red del diván ni las sabias palabras de mi psicoanalista. Se auguran borrascas y momentáneas pérdidas del norte, pero no importa. Se seguirá adelante, porque del otro lado habrá algo muy bello esperándome: el misterio y el asombro de un nuevo comienzo, como el que me espera pasado mañana.

Catina y yo (2014)

29 de abril de 2014

Un día con muchos significados

Hoy es un día en el que se superponen muchos significados, aunque a primera vista no lo parezca. En el orbe que nos contiene, es el día del animal. Ya he dicho por aquí que no me gustan mucho las conmemoraciones de "el día de...", aunque también, y en flagrante y bienvenida contradicción, he escrito sobre varios de estos días. Hoy volveré a hacerlo, porque estoy viviendo algo maravilloso que no puedo dejar pasar. Pero hoy, también, hubiera sido el cumpleaños número 67 de mi mamá. 
Ni siquiera puedo imaginar cómo sería si ella hubiera llegado hasta acá, ya que falleció a los 36 años. No se me ocurre cómo podría haber sido ni ella físicamente ni mi vida ni nada si todo hubiera seguido su "curso natural", suponiendo que existe un curso y más aún uno natural. Son pocos los recuerdos que guardo de ella (en opinión de mi psicoanalista, demasiado pocos), pero son lo suficientemente intensos para que cada tanto aparezca en sueños o en algún escrito. A veces tengo la impresión de haberme olvidado de su voz, pero luego reparo en que no, en que en algún lugar de la psique sigue repicando con absoluta claridad. Me quedé con ganas de tantas cosas (de preguntarle, de saber, de conocer, de aprender) que ni siquiera sabría por dónde empezar si pudiera volver a verla. En sueños la he visto infinidad de veces, así como en esos recuerdos (pocos, muchos, ¿importa?) que perduran. Sé que algo de su carácter, de sus modos y de su sensibilidad persisten en mí. Sé que hubiera querido otra cosa en la vida, sé que fui un triunfo para ella, pero no sé mucho más. Y me lo estuve preguntando amargamente, todo eso que no sé, en las incontables sesiones de terapia que le dedicamos con M. También sé que me parezco mucho por momentos y que heredé todas y cada una de sus curvas, las mismas que con tanto orgullo paseo por estas páginas y por las calles platenses. ¡Pero habría tanto más que quisiera haber sabido! ¡Cuánto hubiera necesitado una oreja femenina, una oreja de madre, una caricia de madre, un abrazo de madre en tantos y tan incontables momentos! No pudo ser. Tuve que conformarme. Por suerte, hubo madres literarias que, aunque tal vez llegaron un poco tarde, estuvieron y suplieron algunas de esas carencias. 
Y hablando de carencias... hoy pensaba por qué me negué, durante cuatro años, a tener nuevamente un gato en mi vida. Me amparé en la regla del fuckin' consorcio de este edificio que establece que no se admiten mascotas de ningún tipo (shhh). Pero ahora que Catina está conmigo y que nadie me ha dicho absolutamente nada (y hasta tengo preparado un discurso si alguien lo hace), me doy cuenta de que eso era una burda excusa para soslayar lo que realmente pasaba: el miedo, una vez más. Miedo a hacerse responsable de otro, en este caso de un pequeño, mimoso y peludo otro felino. Miedo a todo, miedo a que le pase algo, a que se escape, a que se enferme, a que se lastime, a que quede atrapado en algún lugar, a que rompa algo, a que se robe la comida, a que... (la lista sigue). Buenas noticias: nada de eso ha pasado hasta ahora. Catina llegó y me conquistó enseguida con su cara de pilla, su lustroso pelo negro y sus ojos verdidorados como dos farolas parisinas. Me conquistó con sus motorcitos, sus repetidos besos ásperos, sus juegos, sus mimos. Vino a llenar ese espacio de las carencias con su infinita sabiduría y amor felino. Vino a llenar lo que tanto necesitaba ser llenado de mimos y cariño y vaciado de miedos y frustraciones. Vino a formar un nuevo hogar, un nuevo lar, un nuevo destino.

Catina y yo (2014)

9 de abril de 2014

Una miniatura de ferocidad

En el 2003, escribí, para La Granda Milito, el texto que sigue:

Un día, la casa se llena de sigilosos pasos. Suavísimos, inaudibles casi, seguros y desafiantes. En el aire se respira otra presencia y se llena de espíritus que danzan invisibles. La belleza sublime está con nosotros ahora.
Las pupilas recogen toda la luz y el pelaje todo el brillo de los metales preciosos. Pulcros, aseados seres ahora nos acompañan. Puros, prístinos, delicados, hieráticos y sagrados. Con el andar pausado y el boato de reyes olvidados. Con el elástico paso de las fieras que todavía merodean en lejanas selvas y antiguos bosques. Una miniatura de ferocidad se acurruca ahora a los pies de nuestra cama.
Nuestra mano se estira y encuentra el ovillo más perfecto, el que nunca se enreda. Hay un sonido nuevo y constante, que puebla nuestros días, y aprendemos un nuevo lenguaje, con la misma rapidez con que nos acostumbramos a la fantasmal y benéfica presencia. Jugueteamos con los arabescos de patas y uñas, con las cosquillas de los largos bigotes, con los dorados reflejos, con la destreza que, de pronto, nos mira fijo. Nuestro aliento se confunde con el otro aliento más dulce, la frente se nos llena de besos húmedos y ásperos. Hay tanta tibieza en nuestra vida ahora.
Nos topamos con ellos en todas partes y en todas partes ellos se dignan a prestarnos un momento de su siempre ocupada atención. Nos agachamos a acariciarlos y ellos se dejan acariciar, conscientes de nuestra humana necesidad de benevolencia. Condescienden a mirarnos desde su peludo alcázar y consienten en brindarnos, siempre distantes, su esquiva compañía, pues instintivamente saben que nuestra vida sin ellos sería un error o una terrible farsa.
Pero un día, de improviso, nuestra casa queda huérfana de los sigilosos pasos, se queda sin el aire de esa otra presencia, sin la danza invisible de los espíritus e, impotentes, lloramos.
Entonces, alguna potencia cósmica que aún desconocemos, nos envía la felicidad de nuevo en la felina encarnadura de otro Gato.

A partir de hoy (y cuando salga de su escondite), la felicidad felina está de nuevo conmigo, después de cuatro largos y penosos años sin gato propio, abusando siempre de la amabilidad de los gatos ajenos y extraños. Pero ya no más. Habrá fotos en cuanto Catina y yo nos hayamos conquistado mutuamente. 
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