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1 de julio de 2015

¿¡Todavía!?

No debería hacer esto. Debería hacer lo único que sé más o menos hacer: abrir un nuevo documento y escribir lo que, entre sueño y vigilia, pensé esta tarde después de releer la novela Engaño, de Philip Roth. Pero si hago esto y no aquello es porque vuelvo a preguntarme, por mil millón vez, ¿es posible que todavía pueda (y quiera) seguir escribiendo sobre esto? Y esto es, desde luego, lo mismo de lo que trata El depredador y su sonrisa y los quichicientos mil horrorosos poemas y las pequeñas prosas y prácticamente todo lo que he escrito: él. Siempre él. Una vez más, él. 
No es extraño, de todos modos, que la novela de Philip Roth, un escritor a quien amo, haya producido estos obscenos pensamientos: la novela consiste en la transcripción, sin intervención alguna del narrador, de conversaciones entre dos amantes (y algunas otras conversaciones conexas). Fue imposible (realmente im-po-si-ble) no recordar, no pensar, no añorar las conversaciones que tenía con él, en tonos muy parecidos a los del libro. ¿No es cierto que daría cualquier cosa por tener siquiera una de esas conversaciones de nuevo? Oh, sí, claro que sí. Aun sabiendo que no debo, que no es bueno, que para qué, etc. ¿No es cierto que el páramo sentimental en el que me encuentro propicia el viaje hacia el pasado más que cualquier otra cosa? Sí, lo es. 
¿Por qué, entonces, me pregunto, negarse a ello? ¿Qué gano evitándolo? ¿No sería mejor abrir ese documento y escribir lo que pensé hoy? Que, por supuesto, y en el colmo de la originalidad, no es otra cosa que hacer lo mismo que Roth: transcribir aquellas conversaciones que teníamos. Con mínima (o nula o muy sesgada) intervención del narrador. Por lo menos estaría escribiendo algo, no como ahora, me dice una voz no muy amistosa. Puede ser, replico, pero ¿de nuevo lo mismo? ¿Tengo más para decir? ¡Todavía! ¿No es como mucho ya? ¿No se suponía que con la novela esto quedaba zanjado? Y no, esto nunca estará zanjado, ya lo sabemos. 
Después de mucho buscarla, en el lugar menos pensado encontré la foto de la guitarra "con ojitos" y nuevamente supe que esto no se terminará nunca, ni siquiera en la tumba, como dice el bolero.


26 de febrero de 2015

La génesis de una novela aún no terminada

Es de rigor aclarar que escribo esto más para mí que para los amables lectores, por lo que están dispensados de retirarse ahora mismo de este post, sin perjuicio alguno. Sin embargo, si alguien quiere saber cómo se gesta, cómo se escribe, cómo se vive una novela desde adentro, tal vez le interese quedarse y leer un poco. Desde luego, escribo todo esto acá porque tal vez, quizás, acaso, quién sabe, también termine utilizándolo para la novela, a su debido momento. 
La intención de este posteo es ordenar un poco el caos que es el cosmos en el cual se mueve todo escritor. Hay ideas que bullen y nunca se llevan a cabo. Hay ideas que surgen de golpe y en menos tiempo del que se necesita para enunciarlas ya fueron ejecutadas. Hay ideas que dan vueltas y vueltas y nunca cristalizan, quedan en esa eterna suspensión de lo no dicho o insinuado. Y hay ideas que nacen junto con la experiencia, con el pathos por el cual se está transcurriendo y se llevan a cabo no una ni dos sino varias veces, sin que su autor esté nunca satisfecho. Eso es lo que pasa con mi novela. 
Su primera versión o, por mejor decir, la protoversión de todo esto, nació hace 20 años al igual que la historia de la que trata de ser vehículo. 20 años atrás conocí al depredador, al músico lisérgico y fantasmal, al hombre fauno, al que me miraba con el catalejo de su invención y otros tantos apelativos que fueron jalonando mi poesía (y la propia novela) en todo este tiempo. Aquella tímida, insulsa e inoperante protoversión no era más que una apenas disimulada ficcionalización de lo que estaba viviendo entonces, llámese el deslumbramiento (y la decepción) más grande. Su título probable era Cebolla y ají y no pasó de unas dos o tres páginas escritas a mano con lapicera-fuente y tinta negra (he sido siempre una fetichista de la escritura). Era obvio que esa protoversión no iba a prosperar: no sólo los acontecimientos que narraba estaban sucediendo al tiempo que se escribían sino que su autora, vale decir, aquella yo de entonces, tenía apenas 20 años y muy poca idea acerca de cómo escribir nada, mucho menos una novela. No obstante, lo intentaba.
El tiempo pasó. Mi camino y el de mi depredador se bifurcaron y luego de algunos años de atisbarnos en las sombras, nuestros caminos se intersectaron de tal modo que ya nunca (o eso creía yo entonces) habrían de separarse. Se sucedieron escenas memorables, dignas de una película de Almodóvar, como siempre digo, y seis años después de aquel primer tímido intento sobrevino el segundo. Las cosas eran distintas ahora: lo que antes había sido sólo un anhelo, una fantasía, una fábula de mi imaginación inquieta basada en dos o tres signos equívocos ahora era una vibrante realidad (y resultaba que nunca había sido sólo producto de mi imaginación y que los signos equívocos eran bien elocuentes y yo los había decodificado correctamente). No sólo eso, el depredador y yo ya nos habíamos conocido carnalmente y seguiríamos haciéndolo durante tantísimo tiempo. 
Más aún, fue la lectura de una novela maravillosa, Nubosidad variable, la que me empujó a reintentar la empresa de escribir la novela de mis días o, parafraseando a Philip Roth, a escribir la novela de "mi vida como mujer". Animada por esa y otras tantas novelas amadas (como Miedo a volar de Erica Jong), aplomada en mi escritura por el paso de los años, la práctica asidua y mi paso por la universidad, me largué a escribir con todo y a punto tal que aparecieron personajes realmente ficticios, no basados en la trastornante carne de mi músico favorito, sino basados en la más pura nada de dónde salen todas las ficciones (esa nada que está hecha, desde luego, de vastas series culturales, lecturas, influencias, determinaciones, y nuestra propia psique). Los personajes ficticios de aquel nuevo intento, titulado Lía Daussen desaparece, cobraron vida y exigieron más protagonismo. La historia principal, la que yo tanto quería contar, la de ser la otra, la amante del marido de mi ex mejor amiga, seguía escurriéndoseme, negándoseme. No había caso, terminaba siempre tomando otros derroteros. Pero al menos comprendí que, si quería, podía crear personajes ficticios verosímiles y hacer algo con ellos.
El tiempo volvió a pasar y la idea de la novela nunca cejaba. Estaba siempre presente en algún cuarto de mi cabeza y mientras yo escribía cientos de poemas, relatos eróticos, editoriales, críticas teatrales, trabajos para la facultad, ejercicios narrativos de toda laya, ensayos y reseñas críticas, la idea de la novela estaba siempre ahí susurrando, despeinándome levemente con su brisa. Hubo entonces un momento decisivo, del que este blog fue testigo: me fui a vivir sola. Y una de las maravillosas cosas que trajo aparejado esto fue que, entonces sí, pude sentarme a escribir la novela. La novela que yo quería. La novela definitiva sobre mi historia con él, con el hombre fauno, con el músico lisérgico y fantasmal, etc. Todas las tardes, al volver del trabajo, prendía la compu y me ponía a teclear como loca. No sabía cómo hacerlo, no tenía mucha idea de cómo arrancar, menos de cómo seguir, pero sabía que todo lo que tenía que hacer era sentarme y escribir. Ya vendrían las aclaraciones, las iluminaciones, los súbitos cambios de rumbo, las decisiones de última hora, el título, la disposición de los capítulos, la existencia o no de capítulos, la apuesta por los diarios íntimos, las cosas que había escrito en otras circunstancias y con otros fines que ahora podían servir y tanto más.
Imagen: Analía Pinto (2015)
Así fue. A medida que escribía la novela se iba armando y desarmando, cambiando y transformando sola. Hubo momentos de risa al recordar cosas que ya había olvidado, hubo lágrimas en certeros y determinados momentos (pero se sabía que iba a ser así); volvió el ingente deseo, volvió el anhelo, quise volver el tiempo atrás y que todo fuera mágico como cuando él y yo... y tanto lo deseé y tanto lo profeticé y tanto lo escribí que en medio de la redacción él reapareció y yo me preguntaba, alelada, qué final iría a darle a la novela ahora y volvía a vivir en vilo y a sentir aquellos amados colmeneos y... pero, desde luego, no funcionó. Y la novela se siguió escribiendo, como pude, porque en medio de todo esto tan intrascendente sucedió lo impensado, lo que nunca creí que fuera a pasar ni yo estar lista para sobrellevarlo: mientras yo escribía la novela de mis días, el autor de mis días, el que me cuidó siempre como a una princesa, el que no soportó que me fuera lejos, mi fan número uno aunque nunca me hubiera leído, es decir, mi padre, falleció. Pero la novela, tras el duelo, tras el dolor, salió. Hubo una primera versión de Nunca nadie jamás, tal su pomposo título original.
Por entonces conocí a un escritor con el que nos intercambiamos textos para leerlos y comentarlos recíprocamente. Su lectura de la novela fue extremadamente detallada y extremadamente útil. Marcó todos los errores (y todos los aciertos), destacó las audacias, condenó los clichés, me hizo ver lo ridículo de algunas posturas, y, sobre todo, creyó en mi proyecto creativo. El verano siguiente tomé el ejemplar anillado de la novela que le había dado y leí detenidamente todas sus observaciones. Comencé a corregir con rigor, pues, como dice Abelardo Castillo vía Valery, corregir un texto es "una empresa de corrección espiritual" más que ninguna otra cosa. De esa corrección nació la segunda versión de Nunca nadie jamás, título al que estaba aferrada cual lapa al casco del Pequod y que, fiel a mi ascendente en Tauro, no pensaba abandonar jamás (pero lo abandoné, ya ven). 
Esta segunda versión fue leída por varias personas, incluido el principal protagonista masculino, aunque bien se guardó de ofrecerme su opinión. También fue leída por mi psicoanalista, a quien le estaba dedicada, pues sin ella nunca hubiera llegado a escribirla. Y asimismo fue leída por otro escritor amigo, con quien me une una profunda amistad y cuya opinión respeto sin reparos. Su lectura también fue extremadamente detallada y extremadamente útil. Pero pasó un año o quizás más hasta que me senté con la novela en el hermoso Big Sur y decidí cuál sería el próximo paso. El próximo paso fue, como bien saben, la reescritura total.
A ello estuve abocada buena parte del año pasado, dando por finalizada la nueva versión (ya la tercera de Nunca nadie...) en octubre. Había que dejarla reposar por lo menos tres meses, incluso más. Pero, como vi rápidamente, no hacía falta tanto tiempo porque esta nueva versión, que quiso mostrar otras cosas aparte de lo que se mostraba en todas las encarnaciones, no salió bien. Ni siquiera la salvó el cambio de título, nada. Al leerla este verano descubrí, con horror, que eso NO era lo que yo había querido hacer. Estos accidentes son frecuentes en la escritura y todo escritor debe esperarlos y estar preparado. No debe desanimarse, aunque es muy frustrante, y debe ingeniárselas para rehacer lo necesario o directamente hacer todo de nuevo... como estoy haciendo ahora.
No puedo asegurar que esta vaya a ser la versión definitiva de El depredador y su sonrisa pero sí puedo asegurar que estoy disfrutando enormemente, a pesar de ocasionales remembranzas y nostalgias de su risa loca, con su escritura. Estimo que siendo así, no puede fallar. Esta vez algo (y espero que algo hermoso) saldrá.

5 de febrero de 2015

Es extraño escribir

En el último posteo, el gran Abelardo Castillo nos decía: "Corregir, corregir mucho. Hasta poder decir: esto es lo que yo intentaba". Hoy, tras haber dejado pasar unos días desde que terminé la primera corrección de la novela, debo decir que el resultado todavía ni se acerca a ese "esto es lo que yo intentaba". No, definitivamente no, esto NO es lo que yo intentaba. Me encuentro en un estado de inquietud y desasosiego pronunciados. No veo de qué forma resolver todo lo que me resultó molesto, excesivo, escaso, no logrado, aburrido, esquemático (y un enorme etcétera que les ahorro) de la novela que no sea escribiéndola de nuevo. ¡Otra vez! ¿Te parece? dicen algunas voces por allí. 
Sí, me parece. Por lo que dice Castillo. Porque lo que yo quería mostrar (que ser una amante al comienzo puede parecer idílico, maravilloso y hasta encantador pero que al final resulta ser una verdadera mierda), con mi alma romántica y decimonónica siempre a cuestas, no se mostró. O no llegó a mostrarse. O apenas aparecieron unos tímidos atisbos por aquí y por allá. Porque lo que yo quería hacer, que era expresar vivamente ese tremendo contraste entre la realidad y la fantasía (hola, sí, ¿se encuentra madame Bovary?), ese estupor y desencanto provocados cada vez que la realidad hacía su hórrida aparición en el mundo de mi fantasía (hola, qué tal, quisiera hablar con Alonso Quijano), no fue logrado. No está o está muy levemente o quedó demasiado difuminado entre vaguedades diversas y otros condimentos que agregué pensando que así funcionaría. Lo triste es que no funciona. 
Alguien me podría decir que exagero, que no debe ser taaaan así, que seguramente mi terrible autoexigencia, mi sentido del deber, mis ganas de escribir como mis tótems literarios hacen que no pueda ver las cosas como son. También me podrían decir que en vez de angustiarme tanto podría darle a leer el borrador a alguien (de hecho, ya me lo han dicho), a un lector idóneo, para que opine incontaminado y con eso que yo no puedo lograr, la escurridiza objetividad (suponiendo que exista). Lo he pensado y no es una mala idea, pero como estoy tan disconforme con lo obtenido (en el crisol no encontré ni el oro ni la piedra filosofal, apenas los resabios de turbias sustancias) me da hasta vergüenza dar a leer algo que yo no considero medianamente terminado o cercano a lo que pretendía lograr. 

Imagen: Analía Pinto (2015) 

"Es extraño escribir" dijo una de mis escritoras francesas preferidas, Christiane Rochefort, y es cierto. Mientras escribía esta nueva versión de lo mismo y lo mismo (oops, qué buen título) estaba muy contenta con lo que iba saliendo, las cosas que se me ocurrían, la nueva disposición de las partes en pequeños capítulos, el hecho de haberles puesto nombre a los personajes, y mucho más (como puede leerse aquí mismo, algunos posteos atrás). Ahora, todo eso que parecían golazos se transformó en pelotazos en contra, uno atrás de otro, sin solución de continuidad. ¿De verdad soy muy hinchapelota o esto aún no ha hallado su manera de contarse? ¿Hay otro depredador y no logro ubicarlo? ¿Un nuevo intento será la solución o será mejor encarar otros proyectos de escritura y volver cuando las aguas de éste se hayan serenado un poco? No tengo idea. Pero seguiré buscando el sendero que me lleve a lo que yo quería lograr. Si para algo me sirve tener ascendente en Tauro es precisamente para insistir y perseverar hasta el final y más allá. Como aquel amor, o lo que demonios fuera.

1 de agosto de 2014

Atracción fatal

Qué bronca. Último día de las vacaciones de invierno: la novela continúa su camino, ahora que ha sido rebautizada y es precisamente algo relacionado a ella lo que me da tanta bronca. Decidí ponerlo aquí porque el viejo (viejísimo) truco de hablar de la novela dentro de la novela ya no sorprende a nadie. Estaba leyendo cosas que escribí en mis diarios íntimos hace 12 años. Remarco la fecha: 12 años, año 2002, para mayor exactitud. Un tiempo. Bastante tiempo. Entre las tantas cosas que escribí hace 12 años, escribí uno de los tantos encuentros que tuve con El Depredador, con el protagonista de mi novela, claro. Nada notable, si se quiere. Tuvimos muchos encuentros en estos 12 años y en los años anteriores también. Lo notable, lo que me da tanta bronca, lo que hace que todavía esté escribiendo esta novela, más aún, que todavía siga hablando de él, es que al leer los detalles de aquel encuentro (insisto, en nada diferentes a otros, ni los detalles ni el encuentro) su imagen haya vuelto a mí con tanta nitidez y precisión, con tanta perfección que me fue absolutamente imposible no sustraerme ¡una vez más! a su encanto y encontrarlo, como siempre, inexorablemente deseable, perfecto, hermoso. ¡Maldición! Esto es lo que deploro. Ni siquiera los siete años de defenestración constante sobre su figura que ejerció sin pausa mi psicoanalista han podido hacer alguna mella en la estructura psíquica que siempre termina rindiéndose ante él. Estoy segura (¡y más bronca me da aún!) de que si en este preciso instante el teléfono sonara (como sonó tantas veces) y fuera él diciéndome que tiene ganas de verme, yo le diría, sin pensarlo siquiera, "vení". No importa que me haya borrado de Facebook sin siquiera anoticiarme de las razones, que no me hable desde hace unos meses por razones que tampoco me fueron comunicadas, que me mande fotos mías por mail que ya tenía sin explicación alguna, no importa nada. En el desmadre neuronal que debe residir en esa estructura psíquica dañada o defectuosa nunca importa nada. Supongo que por eso esta historia sigue y sigue, aun cuando parece que está terminada, que no tiene continuación posible o que seguirla es sencillamente suicida. Tantos años analizando y dándole vueltas a este bendito asunto y yo todavía no entiendo qué es lo que sucede allí. Por qué lo sigo encontrando atractivo. ¿Será que no tiene explicación, que es algo que simplemente "es" y que darle vueltas es rigurosamente al pedo, como diría Asís? Tal vez. Pero si le he dado tantas vueltas y revueltas es porque esto, siempre, de un modo u otro, termina haciéndome daño. Por eso quiero que se acabe, y pruebo todos los exorcismos posibles. Nunca ninguno parece dar resultado, la puta madre.

13 de julio de 2014

Depredador (o La literatura es así)

Quizás hoy no sea el mejor día para postear acá, pero fiel a mi costumbre y para no romper la cábala que le he prometido a un amigo muyyyyyyyyyyyyyyy futbolero, haré de cuenta que es un domingo como cualquier otro y escribiré lo que tengo ganas de escribir desde hoy. Me mantuve alejada de aquí porque mis múltiples ocupaciones más la escritura de la novela más la vida misma no me dieron demasiado respiro (y lo celebro). Desde mediados de mayo que vengo tiki tiki tiki dándole a las teclas y reescribiendo toda la novela que, como recordarán, ya ha sido comentada por aquí. El caso es que ya se ha convertido en otra cosa y que "la vida", "el destino", "el azar" (no sé) me siguen dando tela para cortar. La novela se convirtió en otra cosa porque donde antes me concentraba en contar únicamente las incidencias de mi amor Frankenstein, ahora he decidido concentrarme en muchas otras incidencias que también contribuyeron a que las cosas fueran como fueron con él (y con otros también). La novela se convirtió en otra cosa porque en todas las demás versiones yo usaba iniciales que si bien desdibujaban ligeramente a los personajes a mis ojos seguían siendo los mismos, pues eran sus iniciales verdaderas en casi todos los casos; en la nueva versión, los personajes tienen nombres. Nombres que no son sus nombres reales, nombres que los convierten, inmediatamente, en otras personas aunque sean tan parecidas a las reales y hasta digan las mismas cosas que ellas. La distancia que he logrado así es espeluznante. Pero la novela también se convirtió en otra cosa porque hoy decidí cambiarle el título (¡chan!). Ese título al que yo me apegaba casi como a un mantra (si se repite muchas veces seguidas creo que puede llegar a convertirse en uno) fue cambiado de buenas a primeras cuando releí uno de los epígrafes que había elegido para esta nueva versión (tampoco conservé ninguno de los que con tanto cuidado había elegido antes... ah, la literatura es así). No revelaré el nuevo título para seguir con las cábalas, pero una de las palabras que lo componen está presente en el título de este post. Eso también hace que la novela ya sea otra cosa. Y por si todo esto fuera poco, esta mañana, al despertarme y chequear los mails por el telefonito (esa horrible costumbre que debería erradicar de mi ser, pero que no creo posible ya) encontré que El Innombrable se hacía nuevamente presente en mi vida, esta vez para enviarme unas fotos que me sacara durante el verano y que yo ya tenía. ¿Para qué me mandó esas fotos? No sé. No las acompañaba texto alguno. Oh, siempre jugando al misterioso. Decidí no contestarle nada pero me ha costado mantener esta decisión, especialmente hace un rato, cuando yo encontré, además de las fotos esas, otras que yo le había sacado a él la última vez que nos vimos. ¡Ah, recursivos, iterativos, repetidos hasta el infinito como si nos estuviéramos reflejando en sendos espejos, Narcisos imposibles...! Qué manía. Y mi vida amorosa que es un páramo y en nada ayuda a mantener decisiones sabias y adultas como esta de NO contestarle. Porque si le contesto ya sé como sigue la cosa: empezamos con que por qué no nos vemos, "sólo para hablar" y después terminamos en la cama y después... qué importa del después, decía el tango. Sí, ya sé, pero acá importa, porque en el después yo siempre quedo igual: sola, extrañándolo y perdedora. No, gracias. Esa película ya la vi tantas veces que me aburre tanto como el Mundial (bueno, tal vez un poquito más). Tan sólo espero que esta nueva versión (ahora sí que es totalmente nueva...) de la novela me ayude a cerrarle el camino a la obsesión, a la adicción, a la maldición que él representa para mí. Estas páginas ya han dado cuenta de ello numerosas veces. Una vez más no creo que le moleste a nadie. Pero a veces creo que ni una arenga de Mascherano me saca a este tipo y su maldita sonrisa de la cabeza, del corazón y de otras partes del cuerpo donde aún sigue metido. Ufa.

Imagen: Analía Pinto (2014)

23 de mayo de 2014

La previa de los 40 (ay)

A pedido del amable público, al que sin duda uno se debe, vengo a dejar unas líneas por aquí. Como comenté en Facebook, he estado toda la semana con un resfrío de lo más molesto, que me obligó a faltar un día al trabajo y a retirarme más temprano dos días seguidos e incluso (¡horror y espanto!) faltar a Lights (eso es totalmente imperdonable e inaceptable). Pero si no vine por estos lares también fue porque luego del último posteo (el del capuchino), comencé, luego de dar las vueltas reglamentarias, a reescribir mi novela. Y, tal como preveía, ya se convirtió en otra cosa, no insospechada, pero sí temida. Antes, era simplemente la historia de cierto triángulo amoroso en el cual estuve largamente involucrada, como puede apreciarse en varios de los posteos antiguos de este blog. Había otros elementos, desde luego, porque el periplo de aquel triángulo se inició mucho antes de que yo supiera, siquiera, qué era un "triángulo amoroso", y continuó cuando ya todo aquello no era triángulo ni amoroso ni nada, a lo que se sumaban, desde luego, algunas otras historias paralelas. Pero hasta ahí. Y nada más. En la primera primerísima versión, la que sólo leyó un escritor platense, yo había puesto de todo, cosas que tenían que ver y cosas que no, y muchos de sus comentarios me sirvieron para perfilar mejor lo que quería decir. En las versiones siguientes, que fueron ya leídas por varias personas y escritores amigos, platenses y no platenses, estaba mucho más claro y definido a qué quería apuntar, pero evidentemente faltaba. 
El triángulo amoroso siempre fue una excusa para otra cosa (como todo en la literatura, cabría agregar). Esa otra cosa ha aparecido en toda su magnitud ahora, justo en este momento, en el que los 40, esa edad traumática para cualquier ser humano, pero más para cualquier mujer, están ya ahícito nomás. Esa otra cosa no es más que la infancia revisitada, ciertas relaciones revisitadas y, luego, más adelante, sí, el triángulo y blah blah. No es que yo crea que mi infancia sea mejor o peor que la de nadie, pero sí creo que hay cosas que quiero rescatar, antes de que se fundan en el olvido o se distorsionen para siempre, si es que no se distorsionaron ya. Son los efectos, estimo, de estar sola en el mundo (dicho esto sin ningún aire victimizante, válame Dios), de no tener ningún férreo apego familiar, más que mis tíos y primos en España (justo los que más quiero y extraño son los que están más lejos), otros primos esparcidos por aquí y por allá, y nada más. De hecho, Catina es mi familia ahora, junto con lo que siempre gusto en llamar la "familia elegida", que son mis amigos. 
Entonces... encarar por esos rumbos no es fácil. La lágrima, la sorda emoción, el arrepentimiento (aunque no creo en él), la estúpida y tardía noción de que podría haber dicho o hecho esto o aquello acechan en cada palabra puesta en el papel. Se esperan tormentas y probables lluvias, nubosidad variable, alguna nevizca y fuertes aguaceros de aquí a que esto se termine. Se esperan revelaciones tan memorables como las que cundían en terapia, ahora sin la confortable red del diván ni las sabias palabras de mi psicoanalista. Se auguran borrascas y momentáneas pérdidas del norte, pero no importa. Se seguirá adelante, porque del otro lado habrá algo muy bello esperándome: el misterio y el asombro de un nuevo comienzo, como el que me espera pasado mañana.

Catina y yo (2014)

16 de mayo de 2014

Un capuchino y una novela: el diagnóstico

Hoy me senté a tomar un café con mi novela autobiográfica. Bueno, en realidad yo me tomé un capuchino y ella se dejó auscultar sin demasiados problemas por mi estetoscopio literario. Diagnóstico: padece de irrecuperable autorreferencialidad, de excesivo énfasis (según la opinión de otro acreditado profesional) y del maligno síndrome del sobreentendido. También adolece de demasiadas iniciales y de un inexcusable anacronismo en su personaje principal. ¿Qué terapéutica habremos de aplicar, suponiendo que tenga salvación? Tiene salvación, creo, pero habrá que hacer una reconstrucción radical, diría total, lo que traducido en términos literarios quiere que decir que no bastará con seguir depurando o corrigiendo sino que habrá que volver a escribir, lisa y llanamente. 
Y está bien.
Ésta es la segunda encarnación de mi novelín novelón, a cuyo protagonista masculino uds. conocen muy bien. En la primera, los problemas eran más graves, pero con sucesivas terapias de shock y numerosas cirugías reconstructivas pareció que había quedado relativamente bien (todo es relativo en la escritura, ya se sabe). Sin embargo, después de que la viera otro especialista y tras haber transcurrido ya por lo menos dos años desde la última vez que metí las pinzas en ella, es evidente que no ha sido suficiente. Podría ser no sólo mucho mejor sino más interesante. Podría ser otra cosa, podría abarcar otros temas conexos que en estas primeras versiones se soslayaron porque eran excesivamente espinosos o dolorosos para quien la escribe. Podría ser diferente, sin perder cierta esencia que me empeño en que mantenga (la autorreferencialidad, el anacronismo del personaje principal, una dosis bastante elevada de énfasis que hace buen juego con ese anacronismo más otra dosis también elevada de ironía que idem). Podría ser realmente una novela, más allá del rasgo autorreferencial tan mentado, si le hiciera caso a los especialistas que la trataron en primera y segunda instancia. 
Los especialistas tenían y tienen razón en muchas cosas: el tono de "informador social" en que caí reiteradas veces es, en efecto, execrable; el tono excesivamente explicativo, en consonancia con lo anterior, es igualmente horrendo (y yo soy la primera en decirles a mis alumnos que una cosa es el lenguaje informativo y otra el expresivo y que debemos focalizarnos siempre en éste último, ay...); la arrogancia que mostraba la narradora respecto a sí misma en muchos pasajes era del todo deplorable, así como las reflexiones "perogrullescas" que salpicaban todo el texto; es lamentable el abuso de adverbios terminados en "-mente" (¡y juro que le pasé el tetra, como nos enseña el maestro di Marco!); está bien que trata de una obsesión/adicción pero no se debe, bajo ninguna circunstancia, aburrir, aturdir o agotar al lector; es muy cierto, por otra parte, que le faltan diálogos, descripciones, ambientación, en suma, todo lo que hace a la representación del mundo a través de la palabra; también le falta sexo (no pornografía sino erotismo; no aburridas y mecánicas descripciones de coyundas sino deliciosos preliminares, encuentros fallidos por diversos motivos, enredos, todo lo que hace al sexo verdaderamente picante); también es necesario fantasear/ficcionalizar un poco más (bastante más, incluso).
Ahora, en lo que no pienso transigir en modo alguno (¡guarda que salió la taurina acá!) es en las constantes referencias literarias (creo que hasta pondré más), lo mismo que las mitológicas (prometo dar un poco más de contexto, eso sí), y en el énfasis desmedido, hiperbólico y asfixiante con que la protagonista se expresa cuando habla de su amadodiado (acabo de decidir que este término será incorporado a la novela). Eso es parte constitutiva de su ser (de mi ser... auch) y no lo negociaré jamás. Sí estoy de acuerdo en administrar esa hiperbolia de modo que se logre el efecto deseado (dar cuenta de la obsesión/adicción) sin enloquecer ni saturar al lector (puede que algunos lectores se saturen, lo sé). 
Debo decir que fue muy lindo alejarme de mi hogar con la novela en el bolso, sentarme en un hermoso café (Big Sur) y ponerme a mirar atentamente este manojo de hojas/sentimientos/palabras/deseos/pasiones/encuentros y desencuentros, y decidir ponerme a trabajar en él otra vez. En serio. Hasta que quede sublime... o lo más sublime que pueda.
Última cuestión: no pienso, tampoco, cambiar el título. Que se joda Saer (quien, de todos modos, le robó su Nadie nada nunca a Antonio Machado). 

Imagen: Analía Pinto (2014)

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