30 de marzo de 2010

La felicidad es una etimología

Todavía no se me pasa el susto, pero procuro retomar mis actividades normales. Anoche tenía toda la intención de escribir aquí pero no pude concretarlo, me distraje, me abstraje y finalmente todo el cansancio de una jornada en la que los nervios mandaron (ya fuera por tener que hacer trámites, por tener que preocuparme por el hecho de no saber cuándo voy a poder cobrar mi sueldo, por tener que relatar una y otra vez lo acontecido el sábado por la noche) cayó sobre mí con tal fuerza que lo único que pude hacer fue irme inmediatamente a dormir. 
Pero hoy no voy a permitir que los fantasmas y las paranoias se apoderen de mi ya frágil mentecita y creo que nada mejor para ello que seguir adelante con mis proyectos, mis escritos, mis sueños y mis fantasías. Borges se imaginaba el paraíso "bajo la especie de una biblioteca". Yo, por supuesto, también y a la vez sostengo que la felicidad puede radicar en el hallazgo de una etimología (él también lo sostuvo, no vayan a creer, en uno de sus poemas más hermosos, "Los justos"). O, tal vez, no necesariamente en el hallazgo de una etimología sino en escuchar-leer por primera vez una palabra que desconocíamos y cuyo sonido-imagen nos atrapa de inmediato. Hoy me pasó eso con la expresión "bubalina", que quiere decir aquello que hace referencia al mundo de los búfalos, por ejemplo "producción bubalina". 
Y al recordar que el sábado, sí, el mismo sábado tan hermoso que culminó tan mal, me había propuesto buscar las etimologías de tahúr y de albur, dos palabras muy caras a la escritura borgeana (ya que un tahúr es un jugador que hace trampas -y Borges nos hace trampa todo el tiempo- y un albur es un azar que decidirá el resultado de una acción -y Borges confía plenamente en los azares y las causa-casualidades-) terminé recordando que días pasados volvió a subyugarme la prosa botánica de la revista del Colegio de Farmacéuticos de la provincia de Buenos Aires que escaneé el año pasado en mi trabajo y en la que aún sigo trabajando. Vean sino este fragmento, lleno de maravillas idiomáticas: 
STROPHARIACEAE
Pileo con epicutis formado por bifas cilíndricas, rasantes (cubiertas con células globosas del epitelio en Phaeomarusmius), seco o glutinoso. Dermatocistidios ausentes. Laminillas ampliamente adnatas a sublibres. Estípite con restos del velo parcialmente fibriloso a membranoso. Esporada castaño oscura negra, ocasionalmente con tintes liláceos. Esporas lisas, con o sin poro germinativo. Crisocistidios presentes en varios géneros.
No sé ustedes, pero yo me dejo acunar por estas palabras tan poco usuales como si de un arrullo materno se tratara. Escucho su música, inmediatamente me surgen poemas o frases o algos que podrían llegar a serlo. El texto sigue largamente en ese tono describiendo a cierta clase de hongos que contienen sustancias alucinógenas. Si alguien desea seguir leyéndolo, por las razones que fuera, puede hacerlo aquí.
No sé qué son los crisocistidios pero me suenan maravillosamente bien, igual que las laminillas adnatas y el estípite con su velo parcialmente fibriloso. Los tintes liláceos por supuesto me matan y el pileo con epicutis me hace pensar en que las plantas también tienen derecho a preocuparse por su propia estética. Hay más palabras en el resto del artículo y en el mundo de la botánica en general que disparan mi mente hacia un inmediato estado de poesía. 
Por otra parte, la misteriosa vida de las flores me ha resultado siempre otro faro de fascinación, si bien no soy una persona dada a la jardinería. No tengo la paciencia necesaria para el cuidado que requieren: yo sólo me fascino con sus formas, sus nombres, sus tropismos (amo esta palabra), sus comportamientos. Les comparto aquí debajo una foto de una de las flores más extrañas que he visto en mi vida; se trata de la Stapelia schinzii. Noten que en la wiki dice que sus tallos son "suculentos" y que sus flores tienen tanto el olor como el color de la carne podrida, para atraer a una cierta especie de moscas para la polinización... ¿No es una maravilla las astucias de las que se valen tanto las flores como otros organismos vivos para su reproducción? ¿Por qué nosotros íbamos a ser menos y no íbamos a apelar también a toda clase de trucos para lograr nuestros objetivos...?


1 comentario:

Gabriel dijo...

Compartimos esta fascinación por los nombres botánicos, también yo reúno muchas anécdotas relacionadas a nombres de especies que me quedaron para siempre.
Quién no se fascina con los nombres en latín como el Ciprés, Cupressus sempervirens, siempre verdes, siempre vivos... O con el argentum puesto en algunas autóctonas como Aspidosperma quebracho blanco, o Stipa cordobensis, "flechilla".
Recuerdo estar haciendo fotos en la zona de Concarán, en el centro norte de san Luis, en un potrero de grandes dimensiones de buen pasto nativo, que tenía como límite narural, hacia el poniente, una pétrea formación serrana; arbustiva abajo (talas, cocos, tintitacos y acacias negras) y arriba desnudaba sus imponentes piedras grises azuladas.
Las vacas pastaban mansamente junto a sus terneros en ese vallecito una pastura natural, de canopia trebolar, aromática y tierna, de color verde vivo.
Elegían hábilmente con el morro ese apetecible bocado, entre gramíneas lignificadas y pinchudas. Yo no podía identificar esa especie, por lo que recurrí a mi apunte sobre la vegetación nativa de la zona, y encontré con cierto encanto que la especie en cuestión era "alfalfita de los pobres", Justicia campestris, una hierba natural muy "engordadora" de hacienda, como dicen los paisanos.
Pensé, mientras miraba el paisaje prodigioso, el ranchito miserable de Don Cándido Solis en el oasis, propietario de ese pintoresco pedazo de tierra... Cuánta Justicia hay en estos campos..!

Sólo se oían los frescos mordiscones de las vacas, que comían a boca llena, disfrutantes de la palatable Justicia.

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