31 de diciembre de 2010

Curvas de fin de año

Se termina el 2010. 
Se termina el año que para mí fue como varios años en uno solo. ¿Acaso por ese cero? Tal vez. Quizás también por la intensidad con la que fue vivido. Cosas que pasaron claramente durante este año para mí pasaron "el año pasado" e incluso antes. 
El 2010 tuvo muchos años para mí: estuvo el año en que me fui a Salta, experiencia única, hermosa, inolvidable; estuvo el año que parecía que iba a ser igual al 2009, al 2008, al 2007 y no fue así (por suerte); estuvo el año que tomé la decisión de mudarme; estuvo el año en que efectivamente me mudé; estuvo el año que descubrí que vivir acompañada por mí misma era lo mejor que me podía pasar; estuvo el año en que se reavivaron algunas pasiones y aparecieron otras, restallantes; estuvo el año en que empecé a enseñar, casi "sin querer", "de casualidad" (aunque no hay nada que pueda llamarse "casualidad" ya en este mundo); estuvo el año en el que todo era felicidad, aún sin un hombre concreto alrededor; estuvo el año en que empecé a escribir mi novela, al fin. Y ahora se sumó otro más, ya se imaginarán cuál: el año en que mi padre se fue. 
Ufff, son muchos, ¿no?
No tengo mucho más para decir, salvo lo que dejé anotado en mi estado de Facebook de hoy: procuro conjurar la tristeza haciendo arte y deseo que el 2011 los encuentre a todos con mucho amor, mucha salud, con muchos sueños y deseos, y, sobre todas las cosas, trabajando en aquello que los hace más felices. No creo que se pueda pedir más, y lo mismo pido para mí.


27 de diciembre de 2010

Los míos

Cuando el dolor es tanto y tal que ni siquiera es posible empezar a ponerlo en palabras, están las palabras de los otros, las salvadoras sanadoras palabras de los otros que dicen exactamente aquello que ahora no podemos decir: 

LOS TUYOS

Has llorado, en secreto, a los tuyos.
Lenta, inexorablemente, los has visto partir
alejarse para siempre.
Has sentido, en tu corazón
el desprendimiento de una rama que cae.
Y luego has borrado
las huellas de esas lágrimas,
has contenido en el límite infranqueable
los bordes de tu propio dolor
y lo has devuelto a tu pobre vida,
a los días siguientes, a las horas
para que permanezca allí.
Oculto
como una invisible y constante
cicatriz.

Juan Manuel Inchauspe 
(Santa Fe, 1940-1991)

25 de diciembre de 2010

Curvas agradecidas

En medio del dolor, quiero agradecer a mis familiares pero muy especialmente a mi "familia elegida" (mis compañeros de trabajo, mis amigos, mis alumnos y muchas otras personas) por todo el apoyo recibido en estos días tan intensos y espeluznantes. Papá ahora está en un lugar mejor y desde ahí, como siempre, me sigue cuidando. 
Gracias a todos, una vez más. 


Rafael Pinto (1945-2010)

21 de diciembre de 2010

Curvas entristecidas

Parece que ahora sólo escribo aquí en ocasiones escogidas. En realidad, no sé siquiera si escribir aquí (o en cualquier otro lugar). Un sentimiento supersticioso, irracional, absurdo, etc. me ha estado impidiendo poner esto en palabras aquí. "Esto" es lo que anda pasando por estos días de mi vida, por este verano que hoy se inició (y con todo el calor reglamentario) y que probablemente sea uno de los más tristes de mi vida (ojalá que no, pero lo dudo mucho). 
Tanto pelearme, tanto quejarme, tanto querer irme (y al final, me fui), tanto despotricar y señalar y pontificar ¿para qué? Tantas cosas que me molestaban, tantas cosas de las que me quejaba en terapia, en mi diario y en cualquier oreja disponible ahora están a punto de desaparecer, si no desaparecieron ya. Tanto enojo, tanto encono, tanta rabia mal dirigida, se disuelven ante la incontrastable realidad: la salud de mi padre flaquea y no hay mucho por hacer. No mucho más que paliar el dolor y hacerle este trance lo menos traumático posible. 
Escribo estas líneas en medio de un gran dolor. Lamentablemente, y si las cosas no mejoran, lo que estoy viviendo es un duelo anticipado. Nunca creí que tendría que ver esto, ni nada parecido siquiera. Había visto el deterioro de mi abuela, por ejemplo, pero fue paulatino, esperable, previsible para una señora que llegó a los 80 años tras haber soportado las infidelidades del marido y la muerte de dos hijas y una nuera. Pero esto es repentino, pasó en menos de tres meses, no quiero usar la palabra fulminante, pero ¿cuál otra queda? ¿Qué se puede decir de una persona que pasó de estar bien y funcionando a pesar 20 o 30 kilos menos, a estar tan débil que no puede desplazarse solo, cuyo único alimento es el suero porque no puede ya casi comer?
De pronto, todas las palabras se resignifican, todos los momentos adquieren otro matiz, todo cambia en apenas unos días, una semana. Carpe diem adquiere más sentido que nunca. No tenemos otra cosa más que el instante. Y lo que no hicimos cuando quisimos hacerlo quizá no podamos volver a hacerlo nunca. 
Ahora pienso en todos los domingos que no fui a visitarlo porque no tenía ganas, porque estaba ocupada, porque tenía que escribir y me siento para la mierda porque ahora sólo puedo ir a visitarlo a un hospital (aunque en su puerta de entrada diga pomposamente "clínica privada" no deja de ser un hospital) y no podemos hacer ninguna de las cosas (pocas, quizás) que solíamos hacer juntos. Ahora pienso en todas las veces que me quejé por tener que viajar hacia mis pagos de nuevo en ese maldito tren y desde hace ya más de una semana que no hago otra cosa que subirme y bajarme de ese mismo tren, cada vez más triste y abatida. 
Y afloran todas mis neurosis, mis pensamientos más horribles, mis preguntas más inútiles, mis recriminaciones, mis muestras más claras de egoísmo y narcisismo: son todas estúpidas defensas contra el dolor. Y pienso en todas las cosas que me hubiera gustado que hiciera y no hizo, y me entristezco más. Y pienso en todas las veces que le grité o lo traté mal (con o sin motivo), y es peor. Y pienso en lo que dijo o no dijo, en lo que me enseñó y en lo que no, en su presencia demasiado omnipresente, en mis caprichos y deseos siempre cumplidos, pudiera o no pudiera cumplírmelos. Y pienso en todo lo que pasó y en lo que vendrá, y entonces prefiero no pensar. 
Prefiero recordarlo como siempre fue, con sus virtudes, con sus errores (ya no importa cuáles), como ese hombre que siempre estaba ahí y que parecía que nunca iba a dejar de estar, aun cuando yo me fuera. La vida, una enfermedad maldita, ha puesto eso en entredicho.
Pero todavía no está dicha la última palabra. 


Imagen: Xel Via

8 de diciembre de 2010

Curva inmaculada

A pesar de que ya hace varias semanas que los desesperados negocios vienen pregonándola, hoy comienza oficialmente la temporada navideña (iba a poner "la navidad", pero es demasiado). Con estridente puntualidad, todos los negocios comenzaron a llenarse de guirnaldas, pelotitas, papá noeles chinos y taiwaneses, lucecitas, estrellas de belén, renos y todas las zarandajas y perendengues pertinentes. Hace ya varios años que procuro permanecer ajena a la algarabía navideño-añonuevense, pero esta vez es diferente. Este año quise volver a formar parte del redil, sumarme a los rituales consabidos, no esquivar las ceremonias que jalonaron durante años nuestras vidas (o, por lo menos, mi vida). 
Así que, con gran orgullo, hoy armé, como corresponde, el arbolito de Navidad. Una tarea que había dejado de realizar hace ya varios años, precisamente por esta indolente (y cansadora) conducta de establecerme como bicho raro, como diferente, como rebelde buey. Hoy pienso que la rebeldía (bien entendida) pasa por otro lado y no por esquivar con intelectualismos de cuarta las tradiciones (y acá me ahorro el discursito acerca de la tradición selectiva, las operaciones culturales y demás). Sabemos que son idioteces, sabemos que son series impuestas culturalmente, sabemos que hay oscuros designios tras ellas, sabemos que hay claros designios comerciales a la vista, sabemos. No por saber habemos de disfrutar menos o de evitarlas con un dejo de falsa superación, que tanto daño hace al espíritu. 
Pero, como es mi primer arbolito "independiente" tuve que ir a comprarlo. Precisamente, aproveché el fanático rigor de los comerciantes sureños y semanas atrás compré un pequeño árbol, sus correspondientes pelotitas, sus recursivas guirnaldas y sus infaltables lucecitas. Todo en los colores que me caracterizan (a excepción del árbol, realistamente verde) y que, según me dijo un amigo, representan el cambio. Sí, ese color violeta por el que tanto me cargan mis compañeros, por ejemplo, al punto de llamarme "Violet" uno de ellos, significa cambio. Ahora, tal como nos preguntamos con el amigo que me dijo esto, sería bueno saber si mi permanente compromiso con el violeta (y todos sus matices) es porque estoy en perpetuo cambio o porque necesito del cambio. Yo diría que un poco y un poco. 
Por eso, hoy, en este día feriado tan raro, mientras recordamos la triste muerte de un grosso y yo procuro continuar a trompicones con la escritura de mi novela, les presento a mi flamante arbolito de Navidad, aunque no sea católica, no crea demasiado en estas ceremonias, cultive un paganismo y agnosticismo moderados y siga creyendo que mi única religión, sin lugar a dudas, es el lenguaje. 
Y ustedes, ¿ya armaron sus arbolitos?


3 de diciembre de 2010

Diciembre ya está aquí... ¡ay!

Increíble pero real, diciembre ya está aquí. El mes de los balances, de las compras navideñas, del jo jo jo, del mazapán y la champaña de precio módico (muy módico por lo que estuve viendo hoy en el supermercado). Fin de año está "a la vuelta de la esquina" (disculpen este alarde de originalidad: es diciembre, es viernes, es la última hora de la tarde y estoy muy cansada). Llegó el mes que a todos se nos llena de Eventos, Fiestas, Despedidas, Cumpleaños, Cenas de Fin de Año, Asados, Comilonas, Beberecuas, Ágapes, Festicholas, Partuzas, Bacanales y, por qué no, hasta alguna Orgía (yo pienso orgiarme con un mantecol bañado con chocolate que acabo de comprar, no sé qué harán ustedes, pero tienen mi bendición). 
He roto mi silencio posteril porque ya me va faltando mucho menos con la novela y desde que empezó diciembre (hace dos días) que no puedo creer que haya empezado. Es un año raro este para mí. Raro pero bueno. Distinto. Inusual (al fin). Parece que estuviera dividido en muchos años, porque cosas que pasaron, por ejemplo, en marzo o abril, para mí pasaron ya "el año pasado". El verano se me antoja lejos y perdido en lo remoto de la geografía de los recuerdos. Los días que pasé en Salta se convirtieron en un sueño hermoso, documentado en mis primeras fotografías con camarita digital, como recordarán los leyentes memoriosos. El otoño que parecía traer primicias inolvidables es también otro sueño u otro estado del mismo sueño. Y el invierno se convirtió en un antes y después, evidentemente el responsable de esta sensación de haber vivido un año partido en muchos años, o por lo menos partido en dos.
Todo cambió cuando tomé la Decisión. 
El quiebre estuvo ahí. Ahora que ya han pasado más de tres meses desde el momento en que la decisión fue efectiva, es decir, desde que me fui a vivir sola, puedo ver un poco en perspectiva y comprobar que, a pesar de todo y de ciertas cosas, tomé la decisión correcta. Fui por el camino por el que claramente tenía que ir. Aunque haya tropiezos o pequeños escollos, el horizonte maravilloso (y no el horizonte quejumbroso y difuso) está siempre adelante, siempre esperándome. Todavía falta, está claro. Pero empiezo a dominar los misterios y las delicias de ser uno con uno mismo. De ser la jefa del hogar, como quedó asentado en el censo. De tomar todas las decisiones. Empiezo a acostumbrarme a que no me reciba nadie, y celebrarlo. Ya me acostumbré a que tampoco nadie me moleste, y me encanta. A que las cosas estén donde yo las dejo, y en ningún otro lugar. También volví a cocinar, a comer cuándo y cómo yo quiero, a escuchar la música que se me antoja, a disfrutar de momentos inolvidables en mi sola y valiente compañía. Y también me encanta recibir a los amigos, a los compañeros, a las personas que quiero. Como pronosticó un amigo (mi chanta favorito), todo es felicidad desde que me mudé.
Hay nubarrones, desde luego. Hay un pasado que a veces llama y hasta quiere entrar. Hay una sombra, un dolor, un ansia que en ocasiones no me deja tranquila. Pero lo exorcizo todo, como siempre, escribiendo. Así que muy pronto, si los dioses son propicios, estaré escribiendo a diario aquí y en todos mis otros rinconcitos, que tan abandonados están, pobrecitos. 
Lo que más extraño, desde luego, son mis gatos. Mis hermosuras, mi príncipe y mi reinita. 
Por suerte, mañana voy a visitarlos.


Foto sacada poco antes de mudarme de mi dos reinitas y mi príncipe felinos

29 de octubre de 2010

Esta mujer

Iba a permanecer en silencio frente a los hechos de público conocimiento pero me parece que eso es precisamente lo que muchos están buscando o lo a que otros tantos les gustaría que suceda y no se me da la gana darles el gusto. Iba a permanecer en silencio, básicamente, porque sospechaba que no tenía nada que decir o que era muy poco lo que podía llegar a aportar. Pero hoy estaba chateando con una amiga y entendí algo que puede parecer muy simple (hasta perogrullesco), pero que puede ser también una herramienta insustituible para eso que se denomina "el cambio" o bien "la transformación".
Lo que entendí (y se me ratificó aún más al ver las fotos que ilustran este post) es que hay diferentes modos de luchar y de hacer algo. Hay quienes salen a la calle, llevan una ofrenda de flores o un mensaje a las rejas de la Casa Rosada o rezan. Hay quienes se envuelven en una bandera, a falta del abrazo paternal y simbólico que se fue. Hay quienes lloran, gritan, cantan, aclaman o están absolutamente desolados. Hay quienes no salen de su asombro y su consternación. Y están los que se indignan, los que putean, los que quisieran volver el tiempo atrás. Están los que ya vieron funerales como éstos y están los que no los vieron nunca. Están los que, como yo, argumentan siempre, cada vez que hablan de política, oponiendo un "pero" a sus razonamientos, como un modo de ¿resguardarse? ¿defenderse? ¿no quedar pegados en algo que nos está pasando lo queramos o no? Están los que no son ni fueron K y lloran igual. Están los que son y fueron y serán K y lloran aún más. Están los que se arrepienten de posturas extremistas en el pasado. Están también los que se arrepienten de no haberse involucrado más o de no haber salido a la calle antes. Están también ellos, no hace falta nombrarlos, su sombra es tan evidente y su morbo tan mortífero que es mejor apartarse de ellos con algún amuleto contra el mal de ojo o algo similar. Están los que observan, los que no saben qué partido tomar, los que, quizás, como yo, lamentaron más la muerte de Alfonsín, quizá por haber vivido el 83 como una verdadera fiesta, aunque después vinieran nubarrones muy negros y muy feos. Están también los que no olvidan y los que se acuerdan de algunas cosas, pero no de otras. Están los que directamente no se acuerdan de nada y los que recién hoy se acuerdan de algo. Están las madres, las abuelas (lo pongo así a próposito), esas otras viudas. 
Porque este es un país de viudas, ya va siendo hora de que nos demos cuenta. Y no es una vulgar reivindicación feminista. Nada más lejos de mí. Es una constatación palpable. Las viudas no son, como muchos ilusos creen, mujeres frágiles o incapacitadas que hay que proteger. Las viudas son las más fuertes porque sobrevivieron a la muerte, terrible, injusta, afrentosa, etc., de sus compañeros elegidos, del padre de sus hijos, de su amante, de su proveedor (sí, no nos hagamos los distraídos: la naturaleza ha dictaminado que sea así). Pero no es mi propósito hacer el panegírico de las viudas ni mucho menos.
Lo cierto es que entre todas esas personas también está ella: esta mujer que, nos guste o no, gobierna, dirige y capitanea el país. Esta mujer, y lo enfatizo, y no ya "esa mujer", con el mismo tono despectivo con el que hasta hace dos días muchos (muchísimos) la llamaban "yegua" y otras lindezas por el estilo. Pasó de eso a ser, ahora sí, "la señora presidenta". ¿Qué pasó ahí? ¿Tenía que tener la investidura de viuda también para que se la empezara a respetar? ¿Tenía que pasar por una tragedia semejante para que se la trate como es debido, más allá de las opiniones políticas que se tengan? ¿Qué corrimiento de sentidos hubo ahí, qué pasó para que se pasara de los insultos más degradantes y groseros al trato debido? No lo sé, pero siempre me pareció repugnante la falta de respeto a la investidura (insisto) que hubo con CFK, algo que personalmente nunca había visto. Y todo, claro, porque es mujer y ser mujer se presta fácilmente, por desgracia, a este tipo de conductas deleznables. 
Entonces, vuelvo a lo que decía al comienzo. Hay distintos modos de estar en el mundo y de hacer cosas en ese mismo mundo. Yo elegí la poesía, la literatura, la creación con la palabra. Y desde ahí, doy mi batalla. Ya se sabe que la poesía es una actividad claramente subversiva (¿o por qué creen que tenemos tantos -y tan maravillosos- poetas desaparecidos por la dictadura?). Pero hay otros modos de ejercer esa misma subversión que no es más, en mi opinión, que una lisa y llana apertura de cabezas para que esas cabezas puedan luego tomar sus propias decisiones sin que ningún medio les tenga que estar diciendo qué hacer frente al terrible cuco del censista (no recuerdo que en el censo del 2000 alguien haya salido a decir ¡no le vayan a abrir la puerta al censista porque seguro que es un chorro!). Entre esos otros modos, encuentro, para mí, mis clases en el taller de escritura del Pasaje Dardo Rocha, donde no me canso de repetir que Tinelli no es lo único que existe, entre otras cosas, y también este y todos mis demás blogs: espacios para el pensamiento, para la reflexión, para lo más parecido que se me ocurre a la lucha que otros libran en la calle, en las escuelas, en los barrios y en donde sea. 
Por eso decidí no quedarme en silencio mientras la Historia me pasaba por al lado. Y porque esta mujer, la que ahora tiene que hacer el duelo mientras sigue gobernando, no merece -se piense de ella lo que se piense- que se la deje tan sola con su dolor. No merece, tampoco, que se la deje al acecho de los buitres carroñeros y necrófilos que ya andan rondando, no tanto por ella misma, sino por el país (esa "entelequia" que, en ocasiones como ésta, deja de serlo y se trasluce en toda su feroz cristalinidad, y hasta se puede tocar).

19 de octubre de 2010

No ves los colores como en realidad los colores son

A pesar de que hace ya más de una semana que he vuelto a tener Internet at home, sigo alejada de estas páginas. La razón es que estoy escribiendo en otro lado y deseo no distraer demasiada energía en lo que no sea esa tarea. Pero a veces, ese entramado tan sutil -pero que parece de hierro-, que llamamos "la realidad" (pero que nunca jamás sabremos qué es a ciencia cierta), hace que indefectiblemente me allegue hasta aquí. 
Lo que estoy escribiendo con tanto afán es una novela, de la que tal vez en algún momento tengan noticias. Lo único que puedo decir por el momento es que trata de algo (y de alguien) que ustedes ya conocen, si son lectores de estas curvas y estos desvíos. Sí, estoy escribiendo sobre mi relación con ese músico que tantas veces he nombrado y que no volveré a nombrar ya más... o eso creo. El caso es que hasta he usado algunos de los curvos posteos que hacían referencia a él, ya que, como le contaba a un amigo días pasados, para mí el blog es un primer borrador, es, justamente, una libreta de apuntes y como tal lo uso en la mayoría de los casos. 
Pero ése no es el meollo del posteo de hoy. El posteo de hoy viene "inspirado" en un video que, al parecer, está causando estragos en la comunidad internética. Ha habido, según leo azorada, ataques de pánico, ACVs, malestares digestivos recurrentes, conductas adictivas y obsesivo-compulsivas a repetición, y, sobre todo, toneladas de vergüenza ajena (ya que no propia). 
Y no es para menos. 
No voy a reproducir el video acá porque sería manchar de grasa, vulgaridad, mediocridad, y, sobre todo, de la más deleznable estupidez estas páginas que pretenden, como pueden, mantenerse alejadas de todo eso. Solamente diré dos palabras mágicas y ustedes podrán acceder a él de inmediato: "Hebraica Pilar". 
Bien, ya los veo yutubeando como locos y deleitándose con esa Obra Maestra del Terror. Pero no quiero quedarme en la burla, la ironía y el sarcasmo (no se pierdan los comentarios, por favor), que eso es muy sencillo y es lo que hacemos todos. Nos morimos de la risa y listo, pasamos al próximo video bizarro. Quisiera ir un poco más profundo. Quisiera analizar lo que hay por detrás de esta soberana ridiculez, de esta falta de respeto al buen gusto, al decoro, al más mínimo "recato", aunque la palabra suene ya obsoleta. Ya se sabe que hay cosas que NO se deben ver (se llaman tabúes, vieron), que deben permanecer, por más que a los fundamentalistas de la liberación no les agrade, ocultas, guardadas, secretas. Un video de estas características bien puede ser una de ellas. 
Supero el asco y la vergüenza que me da pertenecer al género femenino luego de ver lo que hace esta "congénere" y procuro preguntarme qué hay en la cabeza de una persona para hacer algo así. No hay nada, es evidente que la chica no puede tener ni media sinapsis exitosa. Pero, sí, hay algo: hay una multitud de deseos y anhelos impuestos por la cultura banal y superficial que nos rodea, en la que Ricardo Fort (otro cerebro hueco) puede imponerse y marcar la tendencia. Entonces, cualquier imbécil con plata se siente autorizado a hacer esta payasada/grasada/ponga aquí el epíteto que le agrade y sentirse completamente impune y hasta quizás, "artista". Por supuesto, del otro lado, hay quienes lucran con esto, porque alguien tuvo que filmar, editar y compaginar "eso" y seguramente no le tembló la mano al entregar su pertinente factura. 
Pero vuelvo a mi primer lineamiento: solamente un cerebro lavado por la moda, la publicidad y la televisión (que, como dijo Bob Patiño, "ha arruinado más mentes que la sífilis"), solamente una cabeza vaciada de todo pensamiento mínimamente crítico puede encontrar algún sentido a semejante demostración de lo peor que hay en los seres humanos, como la degradación, el servilismo y la falta de todo sentido crítico. No sé si alguna vez en mi vida vi una mina más hueca que esta auténtica princesita judía (Erica Jong se quedó corta al lado de esto, no digamos la "Little Jewish princess" de Zappa) que debe estar, con toda seguridad, orgullosísima del regalo (del perfecto escrache) que le hizo a su novio.
Minas como esa justifican con su proceder descerebrado la existencia de los machistas más recalcitrantes, de aquellos que piensan que las mujeres no tienen neuronas funcionantes, que su vida se reduce a la ropa y la cocina, etc. Pero son esos mismos trogloditas los que fomentan la existencia de pelotudas de este calibre al hacer todo lo posible para que cumplan sus "sueños" o, si no, ¿cómo se explica que un "hombre" se preste a tamaña idiotez? Se presta porque tiene el cerebro tan o más lavado que ella, porque su sueño es "tener un plasma" (consumo, consumo, consumo), porque encima es daltónico, no sabe distinguir una naranja de una manzana (¿qué le pasará entonces con las bananas y los kiwis?) y debe tener los mismos anhelos de ser "famoso" como ella, como si la fama significara realmente algo (la fama es puro cuento, chicos, ¿todavía no lo aprendieron?). 
Vivimos en un mundo que no se lo imaginó ya ni Andy Warhol ni Marshall MacLuhan ni ningún otro teórico, pero que sí vieron todos los poetas y vates visionarios del siglo XIX, como Charles Baudelaire, no me canso de repetirlo, un mundo donde "personas" (mi ex diría "humanoides") como éstas ocupan los puestos de poder, digitan las políticas que nos afectan a todos los demás y donde cualquiera que tenga más de una sinapsis exitosa por día es mirado como un bicho raro y como alguien que debe ser rápidamente hecho a un lado. No digamos ya si es alguien que tiene la osadía de leer un libro (y leerlo completo, del principio al final, ¿eh?), de sostener una opinión propia, o de ir contra lo establecido a sabiendas de que se estrellará irremediablemente contra este muro de idiotez que parece infranqueable (pero no lo es). 
Después de la risa y la burla, me da estupor, me da "cosita", me da pena, me da rabia, me da asco (el asco es recurrente en este caso, qué le vamos a hacer), me da pavura que esto tenga trascendencia y otras cosas que son realmente importantes no merezcan ni cinco segundos de atención. Este tipo de "expresiones", que la web ahora pone al alcance de cualquiera son, por si a alguien le quedaba alguna duda, todo lo contrario de lo que una obra de arte debe, puede y tiene que ser. No se me ocurre mejor ejemplo que este para hacerles entender a mis alumnos que la literatura es justamente todo lo contrario a esta aberración, a este exhibicionismo barato, a este falso desnudarse (dense cuenta que a esta mina le sacan estas bobadas y está completamente vacía), a esta falta absoluta del sentido del rídiculo que impera hoy día en nuestro medio.
Es trístisimo, es lamentable, es lo más cursi que vi en mi vida. Y yo después me hago problema por si en mi novela pongo algo medianamente íntimo (pero transformado inexorablemente por la ficción, con lo cual ya deja de ser íntimo) o si digo alguna cursilería en mis poemas: después de "Hebraica Pilar" lo cursi y lo kitsch alcanzaron un pináculo prácticamente insuperable. 

Para que este post no sea tan bajón, le pongo la música que sin duda le corresponde: 


Y aquí, la traducción de la letra, imperdible.

12 de octubre de 2010

¡Las curvas cocinan!

Sí, señores, así es. Qué se creían ustedes. ¿Que porque soy escritora no sé cocinar? ¡Error! Y soy muy buena cocinera, o así me han dicho. Pero para no caer en alardes baratos, en el transcurso de este post encontrarán pruebas irrefutables de mis dotes culinarias.
Porque lo cierto es que cocinar me encanta. Incluso me "inspira", como he anotado por ahí, si bien yo no creo mucho en eso que el vulgo llama la "inspiración" (más bien creo en la transpiración y en las "horas-culo", como las llamaba mi maestro). Pero sí, me encanta cocinar. Y era un placer del que me venía privando hace años, por las más peregrinas y estúpidas razones. O quizá no tanto. 
El caso es que desde que me vine a vivir sola (¡hace ya más de un mes y medio!) volví a cocinar. ¡Y qué placer es poder hacerlo al fin como yo siempre quise! En una cocina pequeña, pero limpia y ordenada, donde todo está en su lugar, donde nadie me va a cambiar las cosas de lugar, donde yo mando, ¡qué tanto! Y qué maravilla es poder sentarse después a comer lo que uno se cocinó y encontrarlo única y exclusivamente ¡ex-qui-si-to! Desde que me mudé que ni una comida me salió mal o fea o más o menos. Todo me viene saliendo de rico para arriba. Y eso que hacía por lo menos cinco años que no cocinaba (bah, de vez en cuando me hacía un triste plato de fideos -cfr. infra- o preparaba alguna receta "familiar", pero nada más). 
Y no cocinaba por varias razones, la principal de ellas, que empecé a trabajar y llegaba muy tarde y muy cansada a mi casa del conurbano, sin ganas de absolutamente nada, y entonces mi padre decidió ocuparse de eso. Pero. Siempre había alguna que otra rencilla porque el punto de las papas no era "ése", porque la acelga no se corta así sino asá, porque le faltaba sal (o tenía demasiada) o por esto, aquello o lo otro. Sin contar otras rencillas más graves... Todo eso ha desaparecido ahora. Si le falta sal, le pongo. Si se me fue la mano... bueno, veo cómo solucionarlo. No más peleas insensatas, no más espantosas pérdidas de tiempo, no más caprichitos infantiles de mi parte (de su parte también había, no vayan a creer). También dejé de cocinar porque mi padre carece de la obsesión ordenadora que a mí me caracteriza y un día dejaba las cosas en un lugar, otro día en otro y así yo nunca encontraba nada donde mi manía particular me decía que debía estar... otro factor de alto stress para mi psique siempre frágil, entonces mejor dejarlo. Y así me fui privando de uno de los placeres más bellos que existen.
Ayer leía en alguna página web que hay que darse por lo menos cuatro gustos (placeres, lujos, deleitos) al día para ser relativamente feliz. Y a ser posible, más de cuatro, más de diez, más de veinte...! El truco es encontrar aquellas cosas, grandes, pequeñas o medianas que nos dan felicidad, y practicarlas a conciencia. Es decir, prestando atención a lo que se hace y disfrutándolo. Cocinar es justamente una de esas cosas que requiere toda nuestra atención y todos nuestros sentidos puestos allí: olores, colores, sabores, sonidos y texturas nos avisan siempre cuándo algo está en su punto justo, cuando se está pasando o cuándo se quemó indefectiblemente. 
Cocinar es, y perdón por la perogrullada, un acto tan creativo como escribir, pintar un cuadro o componer música. ¿Por qué rayos uno va a privarse de semejante lujo? Queridos lectores, si les gusta cocinar, por favor, no se priven de ello, encontrarán un aliciente magnífico en medio de tantas porquerías que nos atosigan día tras día. ¡Y resistan la tentación de llamar al delivery más próximo! (a menos que sea para pedir una porción de arrolladitos primavera, ja ja). Fíjense qué hay en la heladera, qué hay en la alacena y lárguense a inventar. Es imposible que les salga mal, si lo hacen con atención y afecto. 
Así que ahora que tengo mi propia cocina, con sus pertinentes utensilios y sin que nadie venga a molestarme o a decirme "ponele esto, ponele aquello, cortalo así, dejalo asá", pongo en práctica mi creatividad allí también como hace tantos años no lo hacía. Y, como decía más arriba, quiero compartir con uds. el plato que preparé esta noche (por ahora cocino para mí sola, pero, quién sabe, tal vez pronto pueda deleitar a alguien más con mis creaciones culinarias). La receta no me pertenece (venía en los quesitos Adler de hace por lo menos quince años) pero les puedo asegurar que es un golazo indiscutido, apto para cocineros principiantes o chefs en regla. Tomen nota: 

Fideos verdes con salsa de fontina y salteado de tomates & cebolla (resisto la tentación de llamarlos "Cintas de masa a la clorofila en láctea transición cremosa con hortalizas concassé sudadas", como en el sketch de Capusotto)

- Fideos verdes (la cantidad depende de cuántos vayan a comer...; yo siempre calculo "a ojo")
- Tomates peritas, bien maduros (también pueden ser cherry; yo hoy usé de los dos)
- Cebolla (1 chica o media grande)
- Aceite (apenitas, para saltear)
- Quesito fontina de Adler (yo usé 1 triángulo aprox)
- Leche (para ablandar el quesito)
- Sal y pimienta blanca

Pongan el agua para los fideos como acostumbran y mientras tanto piquen la cebolla (no muy chica, se tiene que notar). Corten los tomates y sáquenles toda la parte de las semillas (si son cherry, sólo córtenlos al medio). Pongan una sartén al fuego y salteen, muy suavemente, la cebolla primero, hasta que se transparente, y luego los tomates. No se tienen que dorar. Sazonen y reserven. 
Pongan en la licuadora o en la minipimer (¡como la que me compré yo el domingo!) el quesito Adler y la leche. Licúen hasta obtener una crema y pongan al fuego, hasta que espese y tome consistencia. Sazonen con la pimienta blanca. 
Cuando los fideos están listos (cada cual sabe el punto que le gusta, a mí me gustan tirando a "pasados", pero sin pasarse), los cuelan y sirven, salseándolos con el queso fontina y echándoles el salteado de tomates y cebollas por encima. El resultado debe ser algo como esto: 


¿Que si salen ricos? ¡No se dan una idea! Corran a buscar los ingredientes y a hacerlos. ¡Ah! No vale hacerlos con fideos "comunes", deben ser de los verdes. La receta original pedía que se les rallara queso, como a cualquier fideo que se precie de tal, pero en mi opinión es excesivo. Uds. verán.
Estoy segura de que este desvío culinario ni se lo esperaban... estén atentos, porque puede haber más.

7 de octubre de 2010

¡Volví! (aunque nunca me había ido)

¡Sí, volví! Después del huracán emocional y existencial de la mudanza, del interminable acomodar de las ciento y una cajas y cajitas que traje, de poner los libros en su lugar (¡y todavía falta...!), de recomponer mis horarios y armar mis nuevas rutinas... ¡aquí estoy! Una platense más, una platense (por adopción) muy feliz, he de decir. Y a partir de hoy tengo lo único que realmente me faltaba por aquí: Internet. ¡Ahora sí! Ahora sí la compu dejo de ser un trasto inútil (o casi) al carecer de conexión a la red. Y sin embargo, yo recuerdo un tiempo en que la computadora podía usarse sin tener ninguna conexión a ningún lado y hacer muchas cosas con ella... o tempora, o mores...! (no Mariano).
No hay mucho que decir, o en realidad sí. Intentaré decir al menos algo, principalmente que todos los temores y ansiedades que padecí antes de mudarme, valieron la pena. Y que, en realidad, lo que costó fue tomar la decisión, no llevarla a cabo. Eso fue facilísimo, a decir verdad. Lo realmente díficil fue decidir que esto era lo que quería hacer y decidirme a hacerlo. Porque como dije en posteos anteriores, la chica rumiante venía amagando con esto desde el 2007. ¡Ya ven que le llevó un tiempito concretarlo! Y ayer mismo comprobé esto, leyendo viejos mails de ese año. Por allí declaraba yo que había tomado la decisión, pero ya vemos que no es cierto. Me había acercado, si se quiere, a algo parecido a una decisión pero siempre encontraba excusas para postergarlo, para patearlo hacia delante hasta que la propia decisión vino y me pegó una buena patada en el culo. Recién entonces, se puede decir, la cosa maduró y arrancó este imparable tren.
Como hoy es apenas mi primer día de conexión no los incordiaré mucho más. Con el correr de los días iré repoblando todos mis blogs, retornaré a Facebook, twittearé y otras especies por el estilo. Por el momento, quiero compartir con uds. algunas imágenes que he tomado de y desde mi nuevo (¡y precioso!) rincón en el mundo.
Los extrañé mucho a todo y a todos. Ahora sólo seguiré extrañando a mis gatitos.
Enjoy the pictures!


Un mensaje sanador, desde mi nuevo escritorio con vista al balcón


Biblioteca de Literatura Argentina (la parte que traje... digamos algo así como la mitad, o un poco menos)


Mi nuevo centro de operaciones


Toma de la vista de mi balcón (al fondo, lejos, el "fosforito")


Toma nocturna desde mi balcón


Toma nocturna idem


Toma de una mañana llena de neblina

21 de agosto de 2010

La inminencia del cambio (curvas en acción)

Ya está. No falta casi nada. Todos los libros (que me voy a llevar) están empaquetados. Las bibliotecas, inquietantemente vacías. La estantería (que no me iba a llevar) se rompió luego de soportar durante tantos años el peso de tantos libros (convengamos que nunca fue esa su misión y que la desempeñó de puro buena que era). La ropa también está empaquetada. Y las cosas de cocina que fui rescatando de aquí y allá. Y hay cajas, cajitas, cajotas y cajoncitos con más y más porquerías (todas mías) dentro. Eso que yo tan primorosamente llamaba "el estudio" ha sido desmantelado, y mi ser acumulativo y expansivo ahora tendrá que adaptarse a las reducidas dimensiones de un monoambiente platense... Mi (actual) habitación subyace en un estado parecido. Como dije, ya está. 
Cuando comience la próxima semana, todo habrá cambiado: nuevo hábitat, nuevos paisajes, nuevas rutinas, nuevos olores, nuevos colores, incluso sabores, nuevos horarios, nuevos días que vendrán a renovar una rutina que ya entumecía demasiado a mi siempre inquieta animula vagula blandula... Cuando comience la próxima semana, otra será la realidad, otra la música (aunque la canción siga siendo la misma), otro el aire, otro el ritmo y el candor. Otros serán, qué duda puede caber, los poemas. Otros, al fin. 
Y como no tendré Internet en mi nueva casa, las apariciones en este y en los demás blogs estarán supeditadas a los momentos propicios para ello en el trabajo (shhhh) o bien a las esporádicas visitas a algún ciber lugareño o a la buena de Dios, quién sabe. Presiento que estaré ocupada con muchas otras cosas... pero intentaré mantener cierto ritmo. Como tendré mucho tiempo libre para leer (y reseñar lo leído...), es mi intención volver a los posteos semanales (o, por lo menos, quincenales) en Fauna Abisal, entre otras tantas intenciones. También quiero (debo) volver a cocinar, a hacer las compras, a llevar la ropa al lavadero, a limpiar la casa, etc. etc. También quiero salir a pasear, ir a todos esos lugares de La Plata que, por una u otra causa no visité antes: la catedral, el museo, el Teatro Argentino, La Salamanca, etc. También quiero recibir en mi nuevo hogar a mis amigos y compañeros de trabajo, dictar mis propios talleres de poesía, conocer otras voces, otros ámbitos, salir de este "aplatane" y empezar una auténtica vita nuova...
Por todo lo anterior, no se extrañen si en los próximos meses las curvas se repliegan un poco: estarán muy ocupadas, como podrán ver. 

8 de agosto de 2010

Siguendo con la curva bibliómana

Por todos lados se dice que están destinados a desaparecer. Que serán reemplazados. Que ya no habrá lugar para ellos. Que todos tendremos nuestras pantallas portátiles y otros dispositivos semejantes. Que ocupan mucho lugar, que si no están ordenados no sirven para nada, etc. Que se van a terminar. Que no son ecológicos. Que se editan más de los que realmente se leen. Que no hay manera de leerlos o tenerlos todos. Que aspirar a esto es imposible. Que son inútiles, que no son prácticos. Y así. 
Y yo digo: mentira. Mienten, mienten los que suponen que los días del libro se acercan a su fin. Desde que el bueno de Gutenberg tuvo su extraordinaria idea que muchos agoreros vienen diciendo lo mismo y ya lo ven. Habemus aún libros. Seguramente es cierto que se editan muchos libros, incluso demasiados. Seguramente también es cierto que la mayoría de lo que se edita es una porquería y no vale la pena poner en marcha semejante maquinaria para algo tan pobre o ñoño o lo que sea. Eso no significa que el libro deba dejar de existir. Tampoco significa que no pueda haber otros soportes para el conocimiento, puesto que de hecho los hay. Pero el libro, el libro literario, a mi juicio, es irremplazable
Tengo en mi computadora libros en PDF. He de decir la verdad: jamás los leí. Jamás los voy a leer. Ni siquiera si tuviera la más moderna, liviana y rápida de las laptops. Leer en una pantalla es un acto del todo diferente a leer las páginas de un libro, páginas que uno puede sentir, tocar, oler, acariciar y, sobre todo, ver. Y, por supuesto, anotar, subrayar, marcar. Es como leer una galerada: eso no es todavía un libro. Leer en pantalla, además, es una experiencia sujeta a distracciones tan enormes que es un milagro si uno logra leer unas cuantas páginas de un tirón. Pero no es mi idea tirarme contra lo que ya parece inevitable, sino seguir abonando mi amor por los libros (para los geeks anti-libros, les dejo estos datos, que me parecen altamente significativos y que respaldan lo que acabo de decir). 
Porque no soy la única, y lo compruebo día a día. Todavía hay gente que, al igual que yo, aprovecha el viaje en tren para leer. También hay gente que, como yo, se define a sí misma como bibliómana y gente que hasta tiene el buen gusto de reunir fotos de bibliotecas, libros y estantes para otros bibliófilos amantes. Es que, como dice el nombre de esta maravillosa página, "book lovers never go to bed alone". 
Pero mi amor imparable por los libros, o acaso, como bien se dice aquí (ver los comentarios), esa terrible angustia e inquietud por nuestra propia finitud que se traduce en la insensata acumulación de libros, se encuentra en crisis. Como ya dije ayer o antes de ayer, mi nuevo hogar será pequeño y no habrá espacio para albergar las 2800 almas que ya tiene mi biblioteca. Desde hace aproximadamente una semana, vengo haciendo periódicos recortes y amontonando pilas de libros que no vendrán. Así y todo, los posibles candidatos a habitar mi nuevo lugar siguen siendo muchos. Muchos más de los que seguramente cupirán allí. Sucede que este año, por algunas circunstancias que podríamos llamar azarosas, he comprado muchísimos libros. Más que de costumbre incluso, ya que iba a un taller de escritura creativa enclavado en pleno corazón de la calle Corrientes, mi meca personal. Y, por si no fuera poco, en el camino hacia el Pasaje Dardo Rocha, lugar donde yo doy taller, tenía que pasar no por una si no por dos librerías, las cuales me llamaban cada miércoles con sus cantos de sirena y así todas las semanas el caudal de libros se iba incrementando e incrementando... hasta ahora. 
Desde que empezó agosto que estoy en abstinencia. Sé que no durará, sé que en cuanto pueda me escurriré hacia ese infame bazar de la calle 1, enfrente de la estación de tren, que al fondo tiene pilas y pilas de libros para revolver, algunos a precios rídiculos de toda ridiculez y donde el vendedor ya me conoce y hasta me hace todavía más precio. Sé que en cuanto vuelva a andar por Corrientes visitaré Lucas y arrasaré con algunos libros usados (ya van dos veces que encuentro libros de Erica Jong allí) y, por supuesto, con los inapreciables mamotretos de súper-oferta de 10 libros x 10 pesos. Sé que en cuanto pueda volveré al Parque Rivadavia y haré estragos. Pero.
¿Dónde voy a poner todos esos libros ahora, si ni siquiera sé si podré llevarme todos los que deseo de mis libros actuales? ¿Qué criterio de selección triunfará al fin? Primero usé el que me pareció más lógico: si en quince o veinte años no había leído el libro en cuestión era muy probable que tampoco lo leería en el futuro. Esa fue la primera criba. Luego pensé que los libros muy pesados iban a entorpecer grandemente la mudanza y salvo excepciones (como La regenta o Miedo a los cincuenta), todos los libros demasiado grandes o pesados fueron a parar a la pila de los que "se quedan acá". Sin embargo, eso no redujo en mucho la cantidad de libros que sí iban a ser llevados. Opté por un nuevo criterio: mamotretos que sólo a mí me interesan y que compré por razones completamente absurdas o inexplicables. Eran muchos, pero aún así, los estantes seguían sin decrecer demasiado. Otro criterio vino a ayudarme: libros que ya había leído y que, aunque me habían gustado, no me parecían imprescindibles. Es decir, que no volvería a leer. Bien, sacamos varios más. Pero falta. Oh, Dios, cuánto falta. Más los miro y más me digo que no van a entrar. O que van a entrar ellos y yo voy a dormir en el baño o en el pasillo. Entonces hay que extremar las cosas y ser completamente sincera delante de cada uno de ellos y preguntarme si realmente lo voy a leer alguna vez o si tiene algún sentido que ocupe el lugar de otro libro que quizás me interese más... Bien, la pila de los que no vienen sigue creciendo. 
Así y todo, sigue siendo más grande la pila de los que sí van. ¿Qué hacer entonces? Desde hace un rato que estoy pensando en llevar nada más que lo imprescindible. Todo este proceso me ha llevado desde los criterios más amplios (los más tramposos, desde luego) hasta los más certeros. Ahora, ¿qué entiendo por un libro imprescindible? Los mismos que siempre dije que salvaría en una catástrofe más mis autores favoritos más ciertos libros (o autores) por los que tengo un cariño especial... Y nada más. Creo que sólo así la pila de los libros que vendrán, de los pocos que van a entrar, tendrá el tamaño acorde a mi nuevo lugar. No sé si seré capaz de reducir tanto mi "arqueología personal" pero puede ser un reto interesante. Incluso pensé (pero no lo haré, lo sé) en no llevar ningún libro. Todos los estudiantes de Letras conocemos la leyenda áurea de Eric Auerbach, el insigne autor de Mímesis, libro que escribió exiliado en no recuerdo qué país, sin ninguno de los libros de su biblioteca a mano. Pero aún con ese antecedente tan magno a la vista me resisto a la idea de dejar todo acá y no llevarme nada. Parece más factible llevar sólo lo imprescindible (los libros de mamá Erica, de Cortázar, de Borges, el Quijote y toda la bibliografía que tengo sobre él, los libros de poesía, los diccionarios y otros libros de consulta, los libros de Umbral, de Baudelaire y de los nuevos dioses que he descubierto en estos últimos años, Maupassant, London, Stevenson, Kundera, etc., los autores que he destacado en Fauna Abisal, digamos) y pensar que no representa una pérdida no poder llevarlos todos conmigo si no, más bien, un triunfo sobre mi antiguo yo. 
También es cierto que ni bien pueda, una nueva biblioteca se iniciará (y será continuación de esta) en mi nuevo hogar. Tal vez un libro baste para representar a todos los otros ya que, como sabemos los que los amamos, todos los libros literarios dialogan entre sí, no son más que una larga conversación a través de las eras y los siglos. 

6 de agosto de 2010

Curvas en movimiento, bis

La decisión fue tomada. Y, milagrosamente y contra todo pronóstico, llevada a cabo por una personilla que no se destaca justamente por hacer las cosas así: de una y sin vacilaciones. O tal vez sí, y no lo sabía. La tipa buscó, encontró y reservó depto. Ahora tiene que esperar. 
Y mientras tanto, apronta los bártulos porque ahora sí, esta vez es "denserio". Esta vez se va. Y ya sabe que la están esperando con los brazos abiertos, allá en su nueva, próxima ciudad adoptiva. Tanto renegó, tanto se negó, tanto se obnubiló con las luces del centro, pero al final su corazoncito decimonónico pudo más y allá se va, a la capital de la provincia, a la gran diagonal, a la ciudad masónica por excelencia, hija directa de la generación del 80, a la que ella misma es tan afecta (véase aquí). Las curvas se mueven y no pueden más de la excitación que todo esto significa. Las curvas quieren más, quieren hacer todo lo que hasta ahora no pudieron hacer, no importa ya por qué razones. ¡Las curvas se van!
Pero allí donde vayan, algo siempre las seguirá: sus libros. ¿Qué hacer con su enorme, desmesurada como toda ella, biblioteca? Es de suyo evidente que 2800 libros no van a entrar en un monoambiente. Es de suyo evidente que hay que elegir (o bien, como dicen las voces psi-, "algo hay que resignar"). Las curvas hicieron de tripa corazón y empezaron a elegir qué libros se llevarán a su nueva morada. Primero de a poco, haciendo trampa, o eligiendo lo más obvio. Pero después las curvas se dijeron "seamos realistas" y empezaron a cribar la biblioteca de verdad. "Si un libro está acá desde hace quince o veinte años sin ser leído, es bastante presumible que tampoco será leído en el futuro", se dijeron a continuación y volvieron a sacar libros de los estantes. 
Pero, ay. Es duro. Sepan comprender. Nuestra chica rumiante es una bibliómana, que es un estamento diferente dentro de la bibliofilia. No es de esas personas que buscan incunables en las casas de antigüedades de San Telmo ni, mucho menos, de esas personas que atesoran libros firmados por celebridades literarias. No, no, aunque tenga algunos libros autografiados. No tiene tampoco ediciones raras (aunque sí) en sus anaqueles. La rumiante en cuestión es una buscadora de tesoros ocultos, una descubridora de verdaderos filones de maravillosa literatura a precios siempre ridículos e increíbles. Es de esas personas que puede pasar doscientas veces delante de una librería como El Ateneo o Yenny sin prestarle jamás atención, pero que muy díficilmente deje de entrar en cualquier antro o pequeño bolichón donde se vendan libros usados. Es una fanática de la calle Corrientes. Una veterana del Parque Rivadavia. Una admiradora de Lenzi (ver aquí). Una degustadora de los cambalaches donde se vendan libros, de cualquier puestito donde asomen sus colecciones favoritas y donde siempre aparece su gesto de "ya lo tengo". ¡Cómo no lo va a tener si en veinte años de bibliomanía ya juntó esta cantidad infernal de libros!
Ahora tiene que elegir. Se vio obligada a elegir. El lugar es chico pero el corazón y la biblioteca (aunque en versión reducida) siempre serán grandes. 

26 de julio de 2010

Curvas looking for a place to live (u "¡Oportuncrisis!")

Las curvas están agotadas. Su agotamiento no es físico, desde luego, si no mental. Esa dichosa mente no para de dar vueltas y vueltas sobre un millón coma treinta y cinco mil asuntos diferentes por segundo. Pero últimamente, hay un asunto que sobresale por encima del resto y confunde aún más a las curvilíneas curvas. Un asunto importante, no diría yo de vida o muerte, pero sí trascendental. Las curvas deben abandonar la casa paterna. 
Nadie las ha obligado a semejante paso, necesario en la vida de todos los seres humanos, como es sabido. Ellas mismas se han decidido luego de muchos dimes y diretes. Pero, ay. Como siempre, el miedo acecha y convierte un hecho trascendental y jubiloso en una tragedia de proporciones bíblicas. Algo así como el apocalipsis, la guerra nuclear, la fin del mundo todo junto. Tonta Chica Rumiante que no ve la oportunidad en las crisis. Tonta, más que tonta, que no piensa en los nuevos comienzos que esto representa si no en penosos finales, en angustiantes clausuras y en deletéreos troceamientos de numerosas rutinas que ningún bien le hacen. 
Como se dijo, nadie ha obligado a dar este paso a las siempre inquietas (y de tan inquietas, en muchos casos, inmóviles) curvas. Pero como ya tantas veces ha dicho lo mismo en términos más o menos parecidos, es lícito tener algún recelo y no creerle demasiado. Es como el cuento de Juanito y el lobo. Cuando el lobo de verdad aparece, nadie le cree al pobre Juanito, primer escritor de la humanidad (o de la literatura europea), primer desdichado que se animó a jugar con la imaginación, la ficción, la creación de mundos paralelos, véase Nabokov. Oh, sí, las curvas vienen amagando con esto desde el 2007 aproximadamente. Y siempre se las arreglaron para encontrar una excusa que les permitieran seguir quedándose donde están. No vamos a ser tan malos de enumerarlas aquí, ya no importan. Hay que empezar a desbaratar su increíble habilidad para encontrar excusas, o bien sugerirle, con amabilidad pero con firmeza, que use esa capacidad donde mejor se aplique, por ejemplo en su narrativa. Digo, como para que no se siga arruinando la vida o perdiendo tan alegremente el tiempo. Tempus fugit, Chica Rumiante... Y se va y no vuelve, por más que quieras, no, no vuelve. 
Entonces, tratemos de ayudarla con estas líneas que, si en principio irónicas, quieren ser absolutamente transparentes para que ella pueda ver lo ridículo de su conducta. Ya es grande, hasta su propio padre de ella lo ha dicho. ¿Qué espera, pues? Ya sé. Es muy romántica, como ustedes ya saben. Sepamos comprender. En algún punto remoto de su ser, remoto pero decisivo, ella aún espera a su príncipe azul. Pero, como ya sabemos, el moroso y desteñido ya príncipe no va a llegar. Y si llegara a llegar, no tiene por qué rescatarla ni despertarla de su narcótico sueño como a Blancanieves ni raptarla de la torre más alta para llevarla a vivir a su modesto castillo... No, señor. No tiene ninguna obligación de eso. Hagámosle entender a esta chica que eso no va a suceder y que en los cuentos de hadas actuales la heroína se rescata a sí misma, se mantiene a sí misma y por las noches se abraza a sí misma o a su gato hasta tanto aparezca un candidato más o menos fiable. Y ni siquiera está estipulado que el candidato vaya efectivamente a aparecer. Pero pongamos. Como romántica incurable que es, nunca va a perder las esperanzas. Está bien. Pero no lo está si el precio es seguir en la incómoda (y supuesta) comodidad en la que permanece actualmente. 
Dicho esto, comprendamos que en los próximos meses muchas cosas pueden cambiar por aquí y celebremos desde ya esos cambios. Afuera el miedo, los temores irracionales, las ansiedades por cosas que aún ni siquiera sucedieron. Fuera toda fobia y todo aquello que paralice u obstaculice esta decisión. No importa si se lleva a cabo en un mes o a fin de año o mañana mismo, mientras la decisión siga firme y la señorita de las curvas voluptuosas haga cosas que respondan a ella. Aunque sean pequeñas, incluso insignificantes, aunque otros le puedan decir que haga esto o aquello, que por qué mejor no va aquí o allá... Tranquilos. La Chica Rumiante tiene ascendente en Tauro, signo que se caracteriza por una terquedad a prueba de balas. No la hagáis empacar. Dejadla que vaya a su aire, está empezando a andar, mejor no frenarla ahora. 
Entonces, empecemos a celebrar desde hoy mismo que haya cambios, nuevas rutinas, nuevas gentes y, sobre todo, nuevos paisajes, nuevos aires. Los actuales están ya demasiado viciados y se hace cada vez más dificultoso prosperar, no digamos ya respirar, en ellos. 
Y, por último, Chica, ¿qué importa perder tales o cuales cosas si vas a ganar tu propia libertad?

21 de julio de 2010

Amicitiae

Días que debieran deslizarse con amplitud y sencillez se han vuelto tremendamente complicados por toda una serie de circunstancias que ni siquiera vale la pena enumerar. Días en los que tendría que estar disfrutando de mis vacaciones u ocupándome de mi sacrosanta obra y nada más se ven interrumpidos, agobiados, obstaculizados por un sinfín de detalles que vistos en conjunto responden al enorme problemón que significa crecer y tomar algunas decisiones. Mejor dicho, ciertas decisiones. Y por si todo esto fuera poco, el cuerpo que clama su parte y dice "¡presente!", primero con una contractura cervical de padre y señor mío y ahora mismo con un resfrío de idem. Y, desde luego, el frío. El maldito, maligno, odiado, asqueroso, reverendo hijo de mil putas del frío. Sí, lo odio, como ya saben
Dicho todo esto, queda claro por qué no he estado posteando ni por aquí ni por ningún otro lugar en los últimos días, mejor sería decir en las últimas semanas (buhhh). Y ayer fue el día del amigo y no pude, tal como quería, compartir simplemente un párrafo de mi escritora favorita, así que lo haré hoy, qué tanto. Sabrán comprender el atraso y, al mismo tiempo, el abrazo que les lleva este post a todos los amigos que están del otro lado leyéndome: 

"¿Y qué es la risa, en cualquier caso? Un cambio del ángulo de visión. Por eso se quiere a una amiga: por su capacidad para cambiarte el ángulo de visión, hacer que te sientas bien cuando te sientes mal, recordarte que eres fuerte cuando te sientes débil. Y para decir la verdad, pero sin malicia. La sinceridad cariñosa es el secreto de la amistad."

Erica Jong, Miedo a los cincuenta.

6 de julio de 2010

La curva mundialista

Sí, hay un tema que estaba deliberadamente obviando en estas páginas: el Mundial. Ahora que todo terminó (al menos para nosotros), puedo explicitar un poco por qué me abstuve de hablar de lo único que se hablaba en el último mes por estas pampas.
Lo cierto es que la designación de Diego Armando Maradona como director de la selección nunca me pareció una decisión atinada. Se me objetará que nadie como él para conocer desde adentro un mundial y todo lo que eso conlleva, pero él ya no iba a estar adentro de la cancha y por mucho entusiasmo que pudiera transmitir a sus jugadores si éstos no sabían qué hacer dentro de ella... daba lo mismo que los dirigiera él, Mongo Aurelio o yo. No obstante todo esto, me alegró que el equipo llegara a clasificar y que la ilusión mundialista se renovara, después de las sucesivas derrotas y los enojosos fracasos que venimos padeciendo desde Italia 90. 
Así y todo, consideré prudente mantenerme al margen de la algarabía general, cosa que se complicó bastante ya que el bombardeo publicitario fue poco menos que feroz, y para muchos ya éramos campeones antes de que, siquiera, el mundial hubiera oficialmente comenzado. Tampoco fue fácil mantener un estoico silencio o un mesurado escepticismo cuando por todas partes no se hacía otra cosa que hablar de fútbol, de Messi, de Tévez, de Palermo, de unos y otros, de vuvuzelas y jabulanis varias; cuando todas las publicidades alentaban nuestro más acendrado, recalcitrante y conveniente patriotismo; cuando hasta el propio Dios nos decía que sí, que en el 86 aquella gloriosa mano había sido la de él, pero que no había sido la que había atajado aquellos inolvidables penales en el 90... 
De todos modos, mi política fue no mirar los partidos y en lo posible no involucrarme. ¿Por qué? ¿Por qué me privé de lo que primero fue un imparable in crescendo de esperanzas y festejos hasta que nos barrió el tanque alemán por 4 a 0? Porque me la veía venir. Porque no quería sufrir. Porque ya conozco las glorias de salir a festejar un mundial. Porque el fútbol se convirtió en un asqueroso negocio, donde los jugadores ya no juegan "como si defendieran sus vidas de las fieras", en palabras del acerbo Ezequiel Martínez Estrada. Porque todo está desvirtuado, descontextualizado, exagerado y magnificado hasta la más absoluta hipertrofia de los sentidos. Porque ya no hay hinchas verdaderos si no animales salvajes capaces de agarrarse a tiros en plena estación de tren de La Plata (nadie me lo contó, estuve ahí). Porque los pocos hinchas verdaderos que quedan rumian sus desdichas como pueden y se ilusionan con el mundial y van... Porque no le tenía fe a Maradona, qué quieren que les diga. Porque no veía un equipo si no una sobresaliente suma de individualidades que, aunque le pese a la mayoría, no es suficiente para armar un equipo, un equipo que juegue y se comporte como tal. Porque no veía un capitán (creo que nunca lo hubo). Porque sin un conductor, sin un hegemón, un líder, aquel al que la mayoría sigue y respeta, tampoco hay equipo posible. Y así.
Y también porque vi el gol de Maradona a los ingleses en el momento de ser hecho (el de la mano de Dios también), y aquel otro inolvidable gol de Cannigia nada menos que a Brasil, y porque vi las atajadas del Goyco y porque salí a festejar tras los partidos clave de Italia 90 y porque después lloré y puteé cuando ese árbitro mal parido nos dejó con ese horrendo sabor amargo en la final con Alemania y... 
Claro que me hubiera gustado ver de nuevo a Argentina campeón, no vayan a creer. No pudo ser y está bien: por ahí para el próximo mundial compredemos que aunque tengamos a los mejores jugadores del universo no sirve de nada si no conforman un auténtico equipo y juegan como tal, y con un único objetivo: no ganar, no dejar afuera a Brasil, Alemania o Inglaterra, si no jugar cada vez mejor, ir siempre por más, con valentía, con garra pero también con humildad y hasta darse el lujo, por ahí, de gambetear a unos cuantos y dejarlos de nuevo por el camino como aquel inolvidable barrilete cósmico...

La imagen que ilustra este post fue tomada de esta página.

4 de julio de 2010

Metal y carnaval (la curva recitalera)

Anoche, haciendo un rápido cálculo matemático, llegué a la conclusión de que ya pasaron veinte (20) años desde que fui a mi primer recital de rock (bueno, en mi caso de metal, pero generalizo usando la amplia -y por muchos vapuleada- categoría "rock"). Anoche hice esta comprobación porque después de mucho (muchísimo) tiempo volví a ver en vivo a una banda que siempre me partió el cráneo (y la metáfora no es exagerada ni es metáfora, es literalidad pura): Divididos
¿Qué se puede decir a esta altura del partido sobre Divididos? Poco. O quizás mucho. Lo que siempre se puede decir es que "la aplanadora del rock" no es una mera frase marketinera o un deseo inalcanzable. Es una realidad prístina y tan contundente que me parece ya que "aplanadora" les va quedando un poco chico. Lo más notable del caso es que siempre lo fueron, desde los comienzos. Y yo lo puedo decir porque estuve ahí. Los iba a ver a Cemento cuando apenas había salido su primer disco, 40 dibujos ahí en el piso, año 91, y no superábamos los doscientos, como mucho trescientos, fanáticos gritando, saltando y pogueando. Ya en aquel tiempo, en el que encontrar una banda que tuviera buen sonido era casi milagroso, ellos estaban un paso más allá y sonaban que daba miedo. Seguí viéndolos varias veces en Cemento, y también los vi en Die Schule, el otro reducto de Chabán, el mismo día de su inauguración. 
Divididos era siempre otra cosa (como Sumo, por supuesto). Por eso íbamos a verlos, e iba a verlos gente de "otro palo", como yo misma, porque en el ambiente se sabía que muy pocas bandas sonaban como ellos y porque Mollo siempre fue un guitarrista para sacarse el sombrero. En aquellas épocas de descontrol total (antes de su etapa Natalia Oreiro, digamos), Mollo descosía su guitarra y tocaba versiones de "Voodoo child" que hubieran hecho estremecer al mísmisimo Jimi Hendrix. Pero, como pude comprobar ayer con la versión que se mandaron de "Sucio y desprolijo" del master Pappo, esa magia sigue intacta. Aunque ya no toque con los dientes como antaño. 
El show de anoche en el Luna Park, que observé, disfruté, gocé y deliré sentadita como una lady que soy ahora (atrás quedaron las épocas del pogo, el head-banging y algún ocasional stage-diving para mí), fue, sencillamente espectacular. Rock y folclore mal. Metal y carnaval. Rock n' roll y pueblos originarios. Violines, bombos legüeros, coplas, zampoñas, órganos Hammond y guitarras eléctricas todo junto. Un desmadre. Una gozada, como dirían los españoles. Un despliegue infernal de vértigo y emoción. Un aluvión, un Karnak de sonido. Una catedral viviente de música irrefrenable. Lean, por favor, "Las ménades" de Julio Cortázar y tal vez comprendan algo de lo que digo. Una locura. Un delirio de los más maravillosos.
Pero, claro. Presentaban el disco nuevo, Amapola del 66, y prácticamente lo tocaron entero. Esta vieja chota y rídicula quería escuchar las canciones de su época, de sus discos favoritos, es decir, de los discos viejos, así que verdaderamente se descontroló cuando tocaron "Qué ves" (en una versión increíble con violines), "Cristóforo Cacarnú" e "Indio dejá el mezcal" (en sendas versiones desquiciantes con zampoña y otro instrumento andino cuyo nombre desconozco pero es similar a un corno alpino), "Rasputín/Hey Jude" y dos demoledoras, emocionantes y absolutamente frikiantes versiones de "Mañana en el Abasto" y "Nesquik" (esta última con el saxo de Roberto Pettinato y todo), que fue lo más cerca que se pudo estar de ver a Sumo para aquellos que no tuvimos nunca esa bendición. También tocaron una versión hermosa de "With a little help from my friends" para la que recibieron, justamente, la ayuda de Fabiana Cantilo, Hilda Lizarazu, Isabel de Sebastián y Claudia Puyó. No fueron las únicas invitadas, hubo muchos más, entre ellos el mítico Ciro Fogliatta.
O sea: un disfrute total. Lo único que tengo para criticarles es que no tocaron "El arriero" pero bueno... se los perdono por toda la felicidad que nos brindaron y que se brindaron. Párrafo aparte merece el batero: ¡no se puede creer cómo toca ese pibe! Una bestia, un animal, un extraterrestre, no sé. Nunca escuché una batería sonar así y he visto a bateristas para sacarse el sombrero en numerosas ocasiones (baste mencionar a Lars Ulrich de Metallica y a Vinnie Paul de Pantera). Más lo escuchaba y menos lo podía creer. Y sin palabras, por supuesto, para Arnedo. Otro extraterrestre. Otro tipo tocado por algún dios o por algún diablo, no sé. Falta que lo haga hablar a su bajo y listo. Y qué decir a esta altura de Mollo. Yo creo que hay una sola palabra que lo define y que es la que, asimismo, es el eje rector por el que pasa la energía y la música de esta banda: pasión. Pa-sión. PASIÓN. ¿Quedó claro? ¡¡¡PASIÓN!!!
Eso que le falta a tanta gente, y ni siquiera lo saben. 
De nuevo: metal y carnaval, rock y folclore mal. Divididos, la aplanadora del rock y está todo dicho. 
Aunque el sonido es lamentable, les dejo este regalito: 

29 de junio de 2010

La esencia de la curva

Encuentro en un blog sobre arquitectura (tema al que ya me he referido aquí, en este posteo y subsiguientes con la etiqueta "desvío arquitectónico") una definición cuya obviedad no le resta en absoluto potencia y eficacia discursiva: 

Esencialmente la curva es el recorrido pausado entre dos puntos
A lo que luego se agrega: 

Es como si el camino más corto no nos interesara, lo que nos interesa realmente es el paseo casi aleatorio, metafóricamente hablando 
Voilá, touché, chapeau, eureka. Precisamente de eso se trata este blog y mis divagaciones erráticas y vespertinas. "El recorrido pausado entre dos puntos" que muchas veces se queda en punto de partida y nunca de llegada. O que, otras tantas, arranca por el final sin llegar nunca al principio, perdiéndose en vaya a saber qué confines... pero confines siempre interesantes (o eso intento).
"Lo que nos interesa realmente es el paseo casi aleatorio": sí, señor. Un paseo por las letras, por las llanuras del habla, por los riscos y hondonadas de la literatura y del poema, por los valles perdidos de la razón, por los afluentes de la elocutio y la argumentatio, por los meandros siempre repetidos -y siempre nuevos- del amor. Un recorrido, un puro "flanneurismo" intelectual, algo propio de escritores decimonónicos, románticos y decadentes. Una aventura por los reinos de la palabra, por los aposentos del vocablo, por las hojas que se vuelven una y otra vez, en sus ansias de volver al antiguo árbol de la sabiduría, a su Ygdrassil primero. 
Un mero divagar, un ameno divertimento, un incurrir moroso y saltarín en cualquier cosa que despierte mi siempre inquieta curiosidad. Una nada en medio de otro millón de nadas contiguas, segmentadas, espaciadas y concatenadas por ese inquietante "siguiente blog" que Blogger nos ofrece en el menú superior de nuestras pantallas-palabras. ¿Quién me sigue? ¿A quién sigo? (y me refiero a qué blogs están delante y detrás del mío en la blogosfera, no a qué blogs sigo -cosa que se puede ver en mi perfil- ni a quiénes me siguen aquí -cosa que se puede ver aquí junto). ¿Qué hay detrás de ese espacio virtual reglamentado tan laxamente?
Es un misterio que, como tantos otros, así debe permanecer.

Para el que le interese, el posteo completo del que extraje las dos ideas rectoras de este divagante post, aquí.

25 de junio de 2010

Las matemáticas y yo (una curva complicadísima)

Creo haber expresado ya por aquí que las matemáticas y yo no nos llevamos bien. Para mí, ella es como una gran señorona, vieja, fea y solterona, que sólo puede expresarse en el abstruso y frío código de los números (me resisto a llamarlo "lenguaje"). No importa que haya venido un Adrián Paenza a demostrar lo contrario ni que haya existido un Bertrand Russell ni que, siquiera, un poeta de la magnitud de Rimbaud le haya dedicado algunos versos. Nuestra relación ha sido siempre distante y hostil: yo no me la banco y ella nunca ha hecho nada para evitar eso. 
Sin embargo, las peripecias virtuales por las que, gracias a San Google, me arrastra este blog han venido a cambiar un poco el cariz de esta siempre distante y evasiva relación. Oh, las curvas, las benditas curvas, han obrado el milagro de que la matemática y yo no nos miremos tan feo últimamente. Mejor dicho, de que yo la mire con un poco más de simpatía, pues no creo que ella me haya mirado a mí nunca. 
Véase si no el siguiente párrafo, encontrado gracias a una alerta googlesca: 

La cicloide es la curva generada por un punto fijo de una circunferencia que rueda uniformemente y sin deslizamiento sobre una línea recta. 
La cicloide fue estudiada por primera vez por Nicolás de Cusa y, posteriormente, por Mersenne (monje, amigo de Descartes). Galileo en el año 1599 estudió la curva y fue el primero en darle el nombre con la que la conocemos. Algunos años después, en 1634, G. P. de Roberval mostró que el área de la región de un bucle de cicloide era tres veces el área correspondiente a la circunferencia que la genera. En 1658, Christopher Wren demostró que la longitud de la cicloide es igual a cuatro veces el diámetro de la circunferencia generatriz.
El gran interés suscitado por esta curva proviene de las curiosas características que posee. Aparte de los cálculos ya mencionados, la cicloide tiene dos propiedades realmente interesantes y que, en cierto modo, atentan contra nuestra intuición. Concretamente son su condición de 
braquistócrona y su condición de tautócrona

Aquí, el post completo.

Desde luego no es la curiosidad matemática la que me seduce si no las palabras: "cicloide",  "bucle", "circunferencia generatriz" y esas dos gemas del final: "braquistócrona" y "tautócrona". Yendo a Wikipedia, por la entrada referida a las cicloides, encontramos más delicias lingüísticas: "trocoides", "epiciclo", "hipocicloide", "isócrono", "abcisas", "problema tautócrono"... ¿no es un festival de sonidos en vuestros oídos?
Pero hay más: estas dichosas curvas, las cicloides, levantaron tanta polvareda entre los matemáticos que fueron llamadas "las Helenas de los geómetras", en obvia referencia a Helena de Troya, prendida de Paris, por supuesto. 
Qué suerte que aun en medio del caos más alucinante, del Mundial y de la mar en coche haya cosas, tan pequeñas y triviales como éstas, que me siguen asombrando. ¿Qué sería de nosotros sin el asombro, sin la duda, sin la más ingenua y gratificante perplejidad?

19 de junio de 2010

La curva del recuerdo

Hoy es un día signado por los recuerdos. Mejor dicho, por un recuerdo. Por alguna razón, que intuyo nunca llegaré a develar, recordé una tarde posiblemente "mágica" con quien ya se imaginarán. Cuando llegué al taller de escritura creativa al que asisto, la consigna era hacer un listado de diez recuerdos, elegir uno y tratar de darle un tono netamente novelístico al mismo. El primer recuerdo de la lista fue el de esa tarde y, por su propio peso, fue también el elegido para volverlo, dentro de lo posible, literatura.
Ustedes me dirán si lo he logrado: 

No sé porqué me acordé de eso. Se supone que ya está todo terminado, que todo lo que alguna vez me pareció posible con él ya está definitivamente clausurado. Pero por alguna razón, recordé esa tarde, ese momento, ese abrazo. Mi memoria eligió un momento del que ya hacía mucho tiempo que no tenía ni noticias. Antes hubiera pensado que hasta se trataba de un buen recuerdo, que este era uno de los pocos -poquísimos- buenos momentos que habíamos vivido juntos. ¿Que habíamos vivido juntos? Bueno, que yo había vivido con él, porque ya estoy convencida de que cada cual vive en su propia realidad y vive las cosas según sus propios filtros y sus propios tamices. 
Pero no sé porqué me acordé de esa tarde. Quizá sea por el frío, porque recordé su pulover de esa lana entremezclada de negro y blanco y quizás gris. Quizás fuera porque hoy también hacía frío y había sol como esa tarde en la que yo estaba en mi casa. Casi seguro que era un jueves, el único día libre que tenía yo por entonces. Estábamos en uno de esos graves momentos de "impasse" y por alguna razón que ya no recuerdo él vino a verme. ¿Con qué excusa? ¿A santo de qué? No lo sé. Sólo sé que vino y hablamos. Pero más que hablar, escuchamos música. Música que él había traído, cuándo no. Spinetta. Fue el tiempo en el que estaba descarrilado con ese disco de los Socios del Desierto. ¿De qué hablamos? No sé. ¿De qué íbamos a hablar? De nosotros, de nuestra situación, de las mismas cosas que hablabámos siempre hasta el hartazgo. Pero eso no es lo importante, no es eso lo que perdura. 
Lo importante en el recuerdo de esa tarde, que la mala poeta que llevo adentro no tardaría en calificar de "mágica" sin ningún pudor, no fue eso. Lo importante, creo, fue el abrazo. No, no el abrazo que él me dio si no el abrazo que yo le di y la sensación que tuve al estar abrazada a él, a mi "amor eterno", al "hombre de mi vida", al "único vendimiador posible". (Cuántos nombres para un solo sujeto, ¿verdad? Y hay más, pero por pudor, que algo de eso yo aún sí tengo, los callo). Estábamos en el estudio, el mismo en el que ahora siguen reposando y agigantándose mis libros, el mismo donde yo sigo tecleando en estas duras noches de invierno, el mismo donde le escribí cartas, diatribas, declaraciones de amor/odio y millones de estúpidos y gloriosos y horrísonos poemas. Él se había sentado en una de las sillas, Spinetta sonaba desde la compu (que aún es la misma) y yo me había sentado arriba de él, que para eso nunca tuve pudicia. Y lo había abrazado, mis manos lo acariciaban, paseaban por su frente, se perdían en su pelo y mi cabeza había encontrado el hueco perfecto en sus hombros y toda yo estaba ya irremediablemente perdida en su olor y en el tacto que desprendían su piel y su ropa. 
Abrazados, entrelazados, en silencio, escuchábamos esos versos perversos de Luis Almirante Brown ("el deseo no me deja partir" decía uno de los más malditos), pero en realidad creo que yo escuchaba otra cosa. Escuchaba el atroz y maravilloso silencio que de pronto habían hecho todas las voces que pululaban siempre por mi cabeza, acaso subyugadas por la perfección (bastante módica y pequeña, según lo pienso ahora) de ese momento. No quería nada más que eso. No pedía nada más que eso. Estar así con él, poder abrazarlo y oírlo hablar de lo que más amaba (la música, claro, no yo) y nada más. Admirarlo, una vez más y van... De nuevo súbdita, de nuevo esclava, de nuevo ese ente privado de voluntad (que es lo mismo que estar privado de libertad) que sólo puede amar y entregarse incondicionalmente a su distante y cruel tirano. Tirano. Tiranuelo. Dictador de pacotilla, pequeño y casero führer cuyo único talento real consistía en su prodigiosa habilidad para componer música fuera de este mundo y para tocar la guitarra como un verdadero dios pagano. Eso era todo lo que había en él. De eso se componía esta octava maravilla que yo adoraba tanto. Pero entonces, en aquella tarde fría y soleada ("e iluminada por su presencia", sigue acotando la poeta mala), eso era todo lo que yo necesitaba. Lo que yo quería. De eso tan inasible y fantasmal y hasta utópico (¿acaso pude alguna vez atrapar entre mis piernas sus talentos o reproducirlos en mi escritura?) se conformaba el universo para mí. Y su olor y el contacto eléctrico de su pelo y el caudal sonoro de su voz retumbando a través de sus huesos en mis oídos y las bromas y las cosas que sólo nosotros sabíamos y que sólo a nosotros nos hacían tan felices... O eso creíamos. O, mejor dicho, eso creía yo. 
Las horas se pasaron volando esa tarde de un invierno tan parecido y tan distinto ya a éste y todavía creo recordar que cuando él se fue (¿habré de decir "cuando volvió a su casa con su mujer y sus hijos"? mejor no, para qué aclararlo a esta altura) la sensación de beatitud, ese neto estado de gracia, prosiguió y el "impasse" en el que estábamos se rompió, desde luego, y hasta recuerdo haberle dicho que eso era todo lo que yo quería, estar así con él y nada más, compartir esas minucias, esas nadas tan magníficas, una vez más las míseras migajas del opíparo banquete con las que yo siempre me conformaba. Eso era todo lo que yo quería, sí, pero eso no era todo y, por supuesto, no duró. No había forma ya de que todo eso durase. Era otra de nuestras imposibles burbujas y, por cierto, era una de las últimas. 
Y, como todas, estalló. 

18 de junio de 2010

Juira invierno (o la desfavorable curva climática actual)

Como ya saben (y si no les cuento) odio el invierno. Desde ayer que he comenzado a sentir las rigurosidades del frío con una pertinacia que me desagrada en extremo. Acaso porque no supe elegir mi guardarropas adecuadamente (¿por coquetería femenina?) o porque no supe calcular mejor la temperatura externa (entre las tantas cosas que soy, meteórologa no se cuenta entre ellas) tuve que aguantarme la fresca y refunfuñar embravecida cada vez que el viento osaba recordarme que sí, que ya llega, que ya empieza el fuckin' invierno.
Pero probemos un nuevo antídoto esta vez. En vez de refunfuñar, cosa que hago muy seguido, escribamos. Hagamos arte. O algo que se le acerque bastante. O mejor, que se le acerque mucho. Que casi no se note la diferencia entre "escrito terapéutico" y "escrito artístico" (en mi caso suelen ser lo mismo, pero no siempre...). Quizás una foto pueda ayudarnos. Estaba mirando fotos de mi amigo, confesor y padre espiritual, señor Daniel Medina, y la foto que aquí les comparto me envió, sin escalas, a una escena de película. 



Una de Humphrey Bogart, claro, en riguroso blanco y negro, con hombres trajeados y mujeres de cintura de avispa (ay, quién pudiera). Nueva York, la ciudad de los ocho millones de historias, se agita por detrás de esa hipotética ventana que no vemos pero intuímos en los chorros de luz que atraviesan las aspas del ventilador. Nueva York, Hell's Kitchen, un verano abrasador, imposible, inaguantable. Pero. Pero tenemos la dicha de estar en una fresca habitación de hotel, con este ventilador despeinándonos apenas mientras siesteamos que da gusto. El mismo sopor nos obliga a la horizontalidad más profunda, nos insta a apagar todos los motores y dejarnos arrullar por el monocorde sonido de las aspas que giran y giran... ¿Quién nos acompaña? Nos acompaña quien nosotros querramos, que para algo estamos soñando y soñando en grande. A mí me acompaña un morocho parecido a Georges Corraface, un poco más alto (me gustan altos) y un poco más grandote (me gustan grandotes, anoten), que apenas se tapa con una de esas hospitalarias sábanas blancas... Seguramente duerme boca abajo y deja al descubierto una espalda que más tarde llenaré de besos y caricias, su pelo es un regalo del cielo y sus manos se pierden en alguna de las "blancas colinas" que mi cuerpo ofrece impúdicamente al mundo cada día. Oh, sí... ¿Qué estuvimos haciendo antes de esto? Eso lo dejo librado a vuestra imaginación.
No sé a ustedes, pero a mí se me pasó bastante el frío...

17 de junio de 2010

La curva pedagógica

Creo que aún no termino de caer. O mejor dicho de creer. 
Creo que aún no termino de caer en la cuenta de que coordino un taller literario y creo que aún no termino de creer que soy perfectamente capaz de hacerlo. Durante años me privé de esta experiencia alucinante precisamente por "creer" que no la podría llevar a cabo; por creer que no estaba capacitada para ello, que yo "no servía" para esto. Tenía sobradas pruebas en contrario, pero tampoco las quería creer, lo cual viene a demostrar que ni ante las verdades más prístinas nuestras anteojeras mentales se corren un par de centímetros. No se corren hasta que no las arrancamos, es decir, hasta que hacemos aquello que tanto temíamos.
¿Qué era lo que me daba tanto miedo? me pregunto ahora (y me lo vengo preguntando desde que, con éxito, di la primera clase). No lo sé. Creía que "no me iba a salir", "que me iba a trabar", "que no iba a saber qué decir". Bueno, son temores normales, se podría aducir. De hecho, a veces las cosas no me salen, normalmente me trabo bastante y en ocasiones, sí, no sé qué decir, pero digo algo y punto. Pero el taller anda, camina. Los alumnos vienen, aunque no permanezcan siempre los mismos. Sin embargo, hay un grupo que se mantiene. Un grupo que le pone empeño, le pone garra, se entusiasma. Me entusiasma. 
¿Hablé ya de la etimología de la palabra entusiasmo? Es acaso una de las más bellas que nos hayan legado los griegos. Significa, literalmente, tener el dios (o lo divino, lo numinoso) adentro. Estar entusiasmado es estar poseído, en el buen sentido, por aquello que nos cautiva los sentidos. Una persona, un libro, un paisaje,  un poema, una canción... Estar entusiasmado es uno de los motores vitales de la existencia. Sin entusiasmo nada prospera. Sin entusiasmo nada se consigue. Y yo estoy, ¡alabada sea la creación!, entusiasmada con este taller. Espero que se note. Procuro que se note. Quiero que mis alumnos se vayan tan entusiasmados como yo e igualmente entusiasmados vuelvan cada miércoles. 
Hoy les hablé de Roberto Arlt, a quien, como ya saben, amo. A quien descubrí casi a la misma edad que Silvio Astier, el protagonista de El juguete rabioso, el alter ego del propio -y joven- Arlt, sale al mundo con su inocencia y sus ansias de invención a cuestas. A quien admiro profundamente, a quien siempre vuelvo, a quien nunca me cansaría de leer. Y hoy me escuché hablar con una seguridad que desconocía poseer de este hombre, y de su obra y de su época. Y confieso, no había preparado la clase. ¡Es que no había nada que preparar! Iba a hablarles de lo que amo, de lo que me entusiasma, de lo que me mueve: ¿qué necesitaba preparar? Nada. Todo estaba en mi mente, todos los datos necesarios para que aquellos que nunca lo habían leído comprendieran de qué se trataba y para que aquellos que sí lo conocían refrescaran algunos conceptos. Nada más. Y me sorprendí a mí misma, por el aplomo y la suficiencia con que hablé de este monstruo de la literatura argentina (y universal), ese mismo aplomo y suficiencia que veía en los profesores que admiraba y que nunca creía, por vaya uno a saber qué trasnochada idea de la autoestima y de la propia imagen, que yo alguna vez pudiera alcanzar. 
Por eso decía que aún no termino de "caer". O de creer, que casi parecen lo mismo. 
Conclusión (o moraleja): Nunca somos más nosotros mismos que cuando más poseídos estamos por aquello que amamos.
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