5 de abril de 2014

Cuando invade el desánimo

Y llegamos a la tan temida meseta. Esto siempre ocurre. El sábado pasado, aún lo recuerdo, tuve esas tremendas ganas de escribir y lo hice sin dudarlo. Hoy, una semana después, me encuentro en ese horrible estado que se traduce en la siguiente frase: "no sé sobre qué escribir" (también se traduce, muchas veces, en frases de parecido tenor: no sé qué ponerme, no sé adónde ir, no sé a quién llamar, no sé qué hacer...). Un espíritu positivo podría decirme: "¡Hay cientos de cosas sobre las que escribir!". Sin duda. La pregunta es: ¿tengo ganas de escribir sobre alguna de ellas? La respuesta es contundente: no. Por eso decía en el comienzo de esta nueva etapa de C&D (me gusta llamarlo así a este blog ahora), que soy gánica y que sin ganas no puedo hacer nada o casi nada. Otro ejemplo al caso: hoy íbamos a salir con algunos amigos. Yo propuse la salida, el evento, etc. Y promediando ya la tarde de este sábado lluvioso y desconsolador me rendí a la evidencia: no voy a ir a ningún lado, está claro. ¿Y por qué? preguntaréis con buen tino. Porque me ganó la fiaca, el desánimo, la lluvia, la inflación y la mar en coche. Hoy no supe oponer una barricada de ganas y optimismo al mal tiempo (que, como todos bien sabemos, es una excusa). Hoy no supe reacomodar las filas interiores para que el desánimo no lo invadiera todo. A veces pasa, hay que decirlo. El problema es cuando pasa todo el tiempo. Así que voy a suponer que esto sólo pasará hoy y que mañana mismo retornarán las ganas de escribir, de hacer cosas, de salir con los amigos, y mucho más. Voy a suponer también que tengo derecho a no querer salir, a tener ganas de permanecer en piyama y pantuflas, a disfrutar de mi recuperada PC (ayer parecía haber colapsado o algo peor, pero hoy andó, si bien la trato como si estuviera trabajando a reglamento), a no sentirme culpable, como suele sucederme casi siempre, de no hacer nada... ¡Hey! ¿Ven? He ahí un interesante tema para desarrollar: ¿por qué no puede uno simplemente no hacer nada sin sentir que está traicionando a la patria o sin sentir que debería estar haciendo algo "productivo" o sin sentir que es un desagradecido infernal porque otras personas ni siquiera se pueden permitir el lujo de detenerse un segundo o sin sentir que es impostor, un fraude y un fiasco porque lo único que le interesa es no hacer nada? 
Imagen: Analía Pinto (2010)
Esta personilla que ahora escribe ha estado trabajando toda la semana; ha llegado a su casa y ha seguido trabajando, produciendo, intentando escribir, pergeñando cosas para su taller, etc.; esta personilla no roba, no miente (o sólo hace ficción con su boca, como diría Homero Simpson), no estafa, no muerde, no lincha a nadie; esta personilla paga sus impuestos, sus cuentas, sus deudas y su tarjeta de crédito sin chistar; esta personilla... ¿no tiene, entonces, derecho a no hacer nada si así lo quiere? ¿por qué su cabezota cabezadura la hace sentir como una porquería humana sólo porque tiene ganas de tirarse a dormir un siestín o leer un libro porque sí, sin ninguna finalidad ulterior (léase estudiar o preparar una clase de taller) o porque no tiene ganas de salir justo el día que había una salida armada? ¿Qué hacemos con la cabezota de esta personilla en la imposibilidad de desenroscarla, sacudirla un par de veces como a la bola 8 y volverla a enroscar, a ver si así se le acomodan un poco las ideas? ¿Qué hacemos con la cabezota de esta personilla que, a pesar de no tener ganas, se las ingenió para escribir este posteo? 
No tengo idea, pero ya se nos va a ocurrir algo...

2 comentarios:

Adri dijo...

Parte de la filosofía de la sociedad de consumo que integramos nos hace creer que tenemos que "ser útiles" el 100% de nuestro tiempo. El derecho al ocio existe y no tenemos que rendir cuentas a nadie por ello. Así que... ¡adelante con la fiaca por hoy! La verdad con el día que hizo yo tampoco tuve ganas de hacer nada :)

África. dijo...

Aún sigo pensando que a Blogger le falta un botón de "Me gusta" en cuanto a las entradas.

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