27 de marzo de 2014

Por qué dejé de estudiar Letras (y no sé si voy a volver)

Dejé de estudiar Letras por muchas razones (sobre todo porque dejé varias veces). Dejé de estudiar Letras, básicamente, porque me desilusioné. También porque me aburrí. Y porque no volví a encontrar la energía necesaria para acometer una carrera universitaria en este momento de mi vida. Pero me interesa hablar de la desilusión. 
En general, sucede al revés: la gente se desilusiona enseguida con la carrera. Creían que era una cosa y resulta que era muy otra. Pensaban que iban a salir con un diploma de escritor bajo el brazo (hay gente que todavía lo piensa) y lo primero que les dijeron fue "si quieren escribir, vayan a un taller literario" y les tiraron con Saussure y Chomsky (o los autores que ahora estén de moda) por la cabeza. Otras personas, más moderadas, empiezan sin demasiadas expectativas y le van encontrando la vuelta. Muchos optan rápidamente por el perfil pedagógico o por las lenguas clásicas. Casi nadie se va para la rama lingüística. La gran mayoría opta por las literaturas, especialmente la argentina. Pero yo no. Porque a mí me gustaba todo. Porque yo quería aprender todo. Quería cursar todo, incluso las materias que no tenía obligación alguna de cursar. Quería especializarme en todo. Menos en enseñar para el secundario, todo. Enseñar en la facultad, por supuesto. Ser licenciada en esto y en aquello, desde ya. Cursar los cuatro niveles de latín y griego, ¡obvio! Hacer todas las literaturas, más vale. Ser más ñoña que todos los ñoños juntos, eso quería yo.
Pero algo pasó en el medio. 
Imagen: Liliana Gelman
Cuando entré a la carrera, tenía veintitrés años. La mayoría de mis compañeros apenas llegaba a los dieciocho, salvo dos o tres excepciones. No sabían nada. No habían leído nada. O habían leído solamente lo que les habían dado en el secundario (prácticamente nada). Yo ya me consideraba escritora. Y venía de estar tres años (con todos sus días y todas sus noches) leyendo y escribiendo. Y nada más. Ya tenía poemas publicados, novelas inéditas, cuentos empezados, miles de proyectos creadores en danza. Leía como una descosida, como he leído siempre, por otra parte (pueden cerciorarse de ello aquí). Sólo me faltaba el orden, la teoría, la técnica. Todo lo demás lo tenía. Y hasta había tenido latín en el colegio. Los primeros dos años fueron una papa. Siempre dieces, siempre carpetas completas, jamás me presentaba a un parcial o un final sin haber leído todo (pero lo que se dice todo). Pero. Durante el que fuera el tercer año (1999) pasaron montones de cosas que más vale no recordar ahora aquí y dejé de estudiar. Volví al año siguiente, no obstante, y el fuego sagrado permanecía intacto, más allá de alguna rebeldía (recuerdo haber dejado una materia porque los parciales eran grupales y "mi nota no va a depender de lo que hagan o no hagan los otros" [sic]). Encaré el siguiente año con el mejor ánimo pero entonces se me cruzó la crisis (era el 2001 y no era joda) y allí me alejé por mucho tiempo. Tanto que recién volví en el 2005. Muchas cosas habían cambiado. Me sentía extranjera donde antes había campeado como la mejor. La mayoría de mis compañeros ya se había recibido y sólo algún que otro estudiante crónico como yo vagaba por los pasillos. Había nuevas generaciones, nuevas camadas, habían cambiado los programas, el plan de estudios... Muchos cambios. Acerté los golpes como pude y continué. Entonces, se obró el milagro en mi vida: empecé a trabajar. Lejos de La Plata. En algo vinculado a lo que siempre amé, la literatura, claro, pero viajar de Palermo a La Plata se complicaba cada vez más. Así y todo resistí un año más. Pero volví a dejar. 
El derrotero existencial me llevó entonces a convertirme en pitonisa virtual y a redactar horóscopos para celulares (risas). Trabajaba en Buenos Aires, en un horario en el cual era imposible trasladarme a La Plata ni siquiera para cursar una triste materia. Me olvidé por un buen rato de la facu. No me importaba. En el 2008 empecé a trabajar en la UNLP, gracias a un amigo y compañero de la facu, que aún no se había recibido (y que se recibirá muy pronto o lo moleremos a palos acto seguido). Trabajar en la misma ciudad donde estaba la facultad y en una dependencia de la universidad parecía la oportunidad ideal para volver a estudiar pero me lo tomé con calma y regresé recién en el 2011. Más cambios. Más caras nuevas. Pero aquí sobrevino lo peor: entre tanto cambio, entre tanta revolución, se había perdido algo que para mí siempre había sido fundamental: la excelencia, la exigencia. Casi me da un ataque de risa (o de llanto, no sé) cuando noté que los profesores (nos) trataban a los alumnos como si éstos fueran niños de corta edad (de cortísima edad, de preescolar, digamos). Casi me da un soponcio cuando vi que ya no importaba nada, que leer o no leer era lo mismo, que presentarse a un parcial para sarasear un rato era lo único que cabía hacer, y que ya a nadie (o, seré justa, a muy pocos), les importaba la literatura, que es lo único que a mí siempre me ha importado. 
Y volvieron mis rebeldías y mis peleas, ficticias y reales, con estas personas que ya no demostraban el mismo amor por lo que yo quería y quiero tanto. No había un profesor Cowes que nos leyera poesía; no había un profesor que nos deslumbrara con su sapiencia, con su labia; no había ya nada de todo lo que antes me hacía tan feliz en ese entorno: las horas pasadas en la biblioteca, revolviendo ad libitum todos los estantes, las frenéticas corridas al buffet o a la fotocopiadora entre horas, las noches leyendo y releyendo tantas maravillas de la literatura universal... Nada, nada, no había nada. Y aunque participé en un congreso y volví a encontrar una (1) profesora como la gente, con aquel espíritu que yo extrañaba tanto, todo lo demás fue derecho al más profundo abismo de decepción y desilusión y no volví.
Y no sé si pienso volver. Porque enseñar, no me interesa enseñar. Porque investigar, no quiero investigar más que la poesía universal y mi propia poesía y para eso no necesito un título. Porque trabajar, ya trabajo y muy feliz y en algo muy afín a todo esto (sobre todo muy afín a mi TOC). ¿Para qué, entonces, volver? ¿Para qué soportar tanta desidia, tanta falta de respeto en todos los niveles? La calidad de la educación desde 1997 (momento en que yo entré a la carrera) hasta ahora decayó de un modo tremendo (ya sé, chocolate por la noticia). Quizás quienes estén inmersos no lo vean (o, peor, lo ven y no les importa), pero yo que entré y salí en tantas oportunidades lo veo y no lo soporto. No lo puedo soportar. Mi terapeuta solía decirme que por qué no obviaba todo esto y hacía todo lo posible por recibirme. Porque ese nunca fue mi objetivo, querida M. Mi objetivo siempre fue uno y el mismo: escribir.
Estudiar Letras era un pasatiempo, que al comienzo me sirvió mucho y que aún me sigue sirviendo para dar mis talleres, pero nada más. La literatura, siempre, está/sucede en otra parte.

5 comentarios:

Ariel Sobrado dijo...

Dejate de joder y ponete a estudiarrrrrr queresss, asi no vas a llegar a nadaaaa tanta birrraaaaaa y poco estudioooo ehhh se nota que te va bien en la vidaaaaaaaaaa para dejar de ser prof. al final no sos nada jajajaja

Marcelo di Marco dijo...

Estoy completamente de acuerdo con Analía, que además de ser una excelente persona es una de las mejores poetas argentinas de su generación.

nolberto malacalza dijo...

Analía: Como persona en edad de balance (mañana llegaré a 81, si Dios lo quiere) te digo que has elegido muy bien. Conozco profesionales universitarios que me han dicho -te hablo de un caso- "no me gusta la medicina. Preferiría tener un negocio". El muchacho ya andaba encima de los 40 y, como médico, era nadie. ¡Dale con lo que te gusta!

SUSANA VIDAL dijo...

Me resultó muy dinámico tu relato Analía.Pienso firmemente que se deben tener agallas para decidir que se quiere en la vida,un aplauso por eso.Un abrazo grande.

Sandra Rebrij dijo...

Que hayas dejado la facultad no significa que hayas dejado de estudiar letras. Lo seguís haciendo pero en un ámbito propio. Que no sea el
académico no significa que sea menos eficaz. Un título universitario supone que uno ha obtenido ciertos conocimientos, ciertas capacidades del pensamiento. Pero de ninguna manera garantiza esto en absoluto. Estudiar es aprender, y mientras sigas escribiendo y leyendo vas a seguir aprendiendo, vas a seguir estudiando. No se necesita licencia para jugar con el pensamiento.

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