19 de febrero de 2008

El escritor y el desvío, II

Ayer hablé sobre el escritor como experto -muy a su pesar- en desvíos y cité como ejemplo más cabal al novelista, pero ¿qué pasa con el poeta? ¿Puede ser también la poesía un desvío controlado?
No puse como ejemplo al poeta en mi reflexión curva y desviada de ayer porque creo que los desvíos que plantea la poesía son otros y muy diferentes a los que tiene que enfrentar un novelista. La poesía simplemente sucede (y en sentido barthesiano se diría que sucede en un lugar que está más allá del poema, que ni siquiera es el poema, pero me guardo esta reflexión para un futuro post rumiante) y el poeta, en realidad, es desviado de su "delicada tarea de vivir" (ay, bueno, ya caí en la egolatría de autocitarme, sabrán disculpar).
Cada vez que un verso o un atisbo de poema empieza a tintinear en su cabeza el poeta deberá abandonar la tarea que tenga entre manos y entregarse a ese llamado, so pena de perder, quizá, el mejor poema de su vida... o el peor. No importa. Lo que importa es que la poesía irrumpe, se presenta, dice "acá estoy, dame bola", flamea banderas, hace señas de todo tipo y guay del poeta que no le haga caso, que se esconda, que pretenda seguir muy orondo con lo que estaba haciendo. Cuando vaya a buscarla, la poesía, ofendida como una amante, simplemente lo mirará por sobre el hombro y se dará media vuelta, retirándose con aires de diva. Y no volverá por un tiempo lo suficientemente largo como para que el poeta se sienta perdido y desesperado y arruinado (lo que normalmente se dice "bloqueado") para que así aprenda la lección.
Durante la escritura del poema los desvíos que se suceden son diferentes a los que pueda experimentar el novelista. Mientras éste luchará para que los personajes y la trama se dirijan hacia un objetivo más o menos claro, el poeta podrá dejarse llevar por lo que los versos le vayan dictando (lo que otros llamarían "por la inspiración") ya que, en verdad, un poema no debería tener ni comienzo ni conflicto ni desenlace sino simplemente fluir, dejarse ser, dejarse estar (en el buen sentido de la expresión, si la tiene). Siempre tendrá tiempo para podar, corregir y realizar la labor limae necesaria. Además, la música intrínseca de las palabras y la música que generan al rozarse y al entrar en contacto entre sí también producen en el poeta ese estado de dejarse ir tan gozoso, muy diferente (aunque con un fondo muy parecido) al que puede experimentar el novelista.
Si la novela es un río que a duras penas se puede contener (no por nada existe la expresión "novela-río") el poema es una catarata que no cesa de caer y caer con delicada majestuosidad.

AP

1 comentario:

Daniel Medina - Fotografía y Poesía dijo...

Estimada Curvilínea responsable ¿El poema es una catarata que no cesa de caer y caer, o no?
No pienso, sólo imagino (sospecho) entre un bravo río y su propuesta, que me agrada, de novela-río (que yo no tildaría). Allí donde la novela es, como propuesta (sospecho nuevamente), "trampa", porque atrapa (atrapar: Del fr. attraper, der. de trappe, trampa), el poema suelta, libera. Y si estamos en la buena senda pues: ¿de qué libera? ¿Tal vez de la necesaria ruta que impone la lógica (pensando en la definición: lógica ~ borrosa, o ~ difusa ~. La que admite una cierta incertidumbre entre la verdad o falsedad de sus proposiciones, a semejanza del raciocinio humano)? Liberados entonces de esa incertidumbre, la poesía fluye si se la deja mientras la novela(río), queda perpetuamente atada a ese fluir, su necesidad y razón de ser.
Se me ocurre, atrevidamente, la imagen de aquel río que nunca será el mismo dos veces (Zen, creo) y me viene en mente la foto y su consecuencia e hijo tecnológico: el cine (kiné).
¿Estaremos discurriendo (reflexionando) sobre lo mismo? Le arrojo una idea (o será más que "trazo" un alocado "invento"): el río(novela) necesita romper el instante (detenido/foto), porque es su condición de existencia; podemos leer sólo un párrafo de una novela, pero no nos conduce a nada en tanto, un verso de un poema (foto si se me permite) puede despertar inexpresables sentimientos. Pero el poema (estanque) está siempre detenido, hasta que nuestra lectura lo movilice hacia nosotros mismos (movilizarse, pronominal). Quien tenga el valor de perforar ese apacible estanque, tendrá que vérselas, tarde o temprano, con la descomunal violencia con la que "sus aguas" romperán la paz que nos producía.

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