29 de junio de 2010

La esencia de la curva

Encuentro en un blog sobre arquitectura (tema al que ya me he referido aquí, en este posteo y subsiguientes con la etiqueta "desvío arquitectónico") una definición cuya obviedad no le resta en absoluto potencia y eficacia discursiva: 

Esencialmente la curva es el recorrido pausado entre dos puntos
A lo que luego se agrega: 

Es como si el camino más corto no nos interesara, lo que nos interesa realmente es el paseo casi aleatorio, metafóricamente hablando 
Voilá, touché, chapeau, eureka. Precisamente de eso se trata este blog y mis divagaciones erráticas y vespertinas. "El recorrido pausado entre dos puntos" que muchas veces se queda en punto de partida y nunca de llegada. O que, otras tantas, arranca por el final sin llegar nunca al principio, perdiéndose en vaya a saber qué confines... pero confines siempre interesantes (o eso intento).
"Lo que nos interesa realmente es el paseo casi aleatorio": sí, señor. Un paseo por las letras, por las llanuras del habla, por los riscos y hondonadas de la literatura y del poema, por los valles perdidos de la razón, por los afluentes de la elocutio y la argumentatio, por los meandros siempre repetidos -y siempre nuevos- del amor. Un recorrido, un puro "flanneurismo" intelectual, algo propio de escritores decimonónicos, románticos y decadentes. Una aventura por los reinos de la palabra, por los aposentos del vocablo, por las hojas que se vuelven una y otra vez, en sus ansias de volver al antiguo árbol de la sabiduría, a su Ygdrassil primero. 
Un mero divagar, un ameno divertimento, un incurrir moroso y saltarín en cualquier cosa que despierte mi siempre inquieta curiosidad. Una nada en medio de otro millón de nadas contiguas, segmentadas, espaciadas y concatenadas por ese inquietante "siguiente blog" que Blogger nos ofrece en el menú superior de nuestras pantallas-palabras. ¿Quién me sigue? ¿A quién sigo? (y me refiero a qué blogs están delante y detrás del mío en la blogosfera, no a qué blogs sigo -cosa que se puede ver en mi perfil- ni a quiénes me siguen aquí -cosa que se puede ver aquí junto). ¿Qué hay detrás de ese espacio virtual reglamentado tan laxamente?
Es un misterio que, como tantos otros, así debe permanecer.

Para el que le interese, el posteo completo del que extraje las dos ideas rectoras de este divagante post, aquí.

25 de junio de 2010

Las matemáticas y yo (una curva complicadísima)

Creo haber expresado ya por aquí que las matemáticas y yo no nos llevamos bien. Para mí, ella es como una gran señorona, vieja, fea y solterona, que sólo puede expresarse en el abstruso y frío código de los números (me resisto a llamarlo "lenguaje"). No importa que haya venido un Adrián Paenza a demostrar lo contrario ni que haya existido un Bertrand Russell ni que, siquiera, un poeta de la magnitud de Rimbaud le haya dedicado algunos versos. Nuestra relación ha sido siempre distante y hostil: yo no me la banco y ella nunca ha hecho nada para evitar eso. 
Sin embargo, las peripecias virtuales por las que, gracias a San Google, me arrastra este blog han venido a cambiar un poco el cariz de esta siempre distante y evasiva relación. Oh, las curvas, las benditas curvas, han obrado el milagro de que la matemática y yo no nos miremos tan feo últimamente. Mejor dicho, de que yo la mire con un poco más de simpatía, pues no creo que ella me haya mirado a mí nunca. 
Véase si no el siguiente párrafo, encontrado gracias a una alerta googlesca: 

La cicloide es la curva generada por un punto fijo de una circunferencia que rueda uniformemente y sin deslizamiento sobre una línea recta. 
La cicloide fue estudiada por primera vez por Nicolás de Cusa y, posteriormente, por Mersenne (monje, amigo de Descartes). Galileo en el año 1599 estudió la curva y fue el primero en darle el nombre con la que la conocemos. Algunos años después, en 1634, G. P. de Roberval mostró que el área de la región de un bucle de cicloide era tres veces el área correspondiente a la circunferencia que la genera. En 1658, Christopher Wren demostró que la longitud de la cicloide es igual a cuatro veces el diámetro de la circunferencia generatriz.
El gran interés suscitado por esta curva proviene de las curiosas características que posee. Aparte de los cálculos ya mencionados, la cicloide tiene dos propiedades realmente interesantes y que, en cierto modo, atentan contra nuestra intuición. Concretamente son su condición de 
braquistócrona y su condición de tautócrona

Aquí, el post completo.

Desde luego no es la curiosidad matemática la que me seduce si no las palabras: "cicloide",  "bucle", "circunferencia generatriz" y esas dos gemas del final: "braquistócrona" y "tautócrona". Yendo a Wikipedia, por la entrada referida a las cicloides, encontramos más delicias lingüísticas: "trocoides", "epiciclo", "hipocicloide", "isócrono", "abcisas", "problema tautócrono"... ¿no es un festival de sonidos en vuestros oídos?
Pero hay más: estas dichosas curvas, las cicloides, levantaron tanta polvareda entre los matemáticos que fueron llamadas "las Helenas de los geómetras", en obvia referencia a Helena de Troya, prendida de Paris, por supuesto. 
Qué suerte que aun en medio del caos más alucinante, del Mundial y de la mar en coche haya cosas, tan pequeñas y triviales como éstas, que me siguen asombrando. ¿Qué sería de nosotros sin el asombro, sin la duda, sin la más ingenua y gratificante perplejidad?

19 de junio de 2010

La curva del recuerdo

Hoy es un día signado por los recuerdos. Mejor dicho, por un recuerdo. Por alguna razón, que intuyo nunca llegaré a develar, recordé una tarde posiblemente "mágica" con quien ya se imaginarán. Cuando llegué al taller de escritura creativa al que asisto, la consigna era hacer un listado de diez recuerdos, elegir uno y tratar de darle un tono netamente novelístico al mismo. El primer recuerdo de la lista fue el de esa tarde y, por su propio peso, fue también el elegido para volverlo, dentro de lo posible, literatura.
Ustedes me dirán si lo he logrado: 

No sé porqué me acordé de eso. Se supone que ya está todo terminado, que todo lo que alguna vez me pareció posible con él ya está definitivamente clausurado. Pero por alguna razón, recordé esa tarde, ese momento, ese abrazo. Mi memoria eligió un momento del que ya hacía mucho tiempo que no tenía ni noticias. Antes hubiera pensado que hasta se trataba de un buen recuerdo, que este era uno de los pocos -poquísimos- buenos momentos que habíamos vivido juntos. ¿Que habíamos vivido juntos? Bueno, que yo había vivido con él, porque ya estoy convencida de que cada cual vive en su propia realidad y vive las cosas según sus propios filtros y sus propios tamices. 
Pero no sé porqué me acordé de esa tarde. Quizá sea por el frío, porque recordé su pulover de esa lana entremezclada de negro y blanco y quizás gris. Quizás fuera porque hoy también hacía frío y había sol como esa tarde en la que yo estaba en mi casa. Casi seguro que era un jueves, el único día libre que tenía yo por entonces. Estábamos en uno de esos graves momentos de "impasse" y por alguna razón que ya no recuerdo él vino a verme. ¿Con qué excusa? ¿A santo de qué? No lo sé. Sólo sé que vino y hablamos. Pero más que hablar, escuchamos música. Música que él había traído, cuándo no. Spinetta. Fue el tiempo en el que estaba descarrilado con ese disco de los Socios del Desierto. ¿De qué hablamos? No sé. ¿De qué íbamos a hablar? De nosotros, de nuestra situación, de las mismas cosas que hablabámos siempre hasta el hartazgo. Pero eso no es lo importante, no es eso lo que perdura. 
Lo importante en el recuerdo de esa tarde, que la mala poeta que llevo adentro no tardaría en calificar de "mágica" sin ningún pudor, no fue eso. Lo importante, creo, fue el abrazo. No, no el abrazo que él me dio si no el abrazo que yo le di y la sensación que tuve al estar abrazada a él, a mi "amor eterno", al "hombre de mi vida", al "único vendimiador posible". (Cuántos nombres para un solo sujeto, ¿verdad? Y hay más, pero por pudor, que algo de eso yo aún sí tengo, los callo). Estábamos en el estudio, el mismo en el que ahora siguen reposando y agigantándose mis libros, el mismo donde yo sigo tecleando en estas duras noches de invierno, el mismo donde le escribí cartas, diatribas, declaraciones de amor/odio y millones de estúpidos y gloriosos y horrísonos poemas. Él se había sentado en una de las sillas, Spinetta sonaba desde la compu (que aún es la misma) y yo me había sentado arriba de él, que para eso nunca tuve pudicia. Y lo había abrazado, mis manos lo acariciaban, paseaban por su frente, se perdían en su pelo y mi cabeza había encontrado el hueco perfecto en sus hombros y toda yo estaba ya irremediablemente perdida en su olor y en el tacto que desprendían su piel y su ropa. 
Abrazados, entrelazados, en silencio, escuchábamos esos versos perversos de Luis Almirante Brown ("el deseo no me deja partir" decía uno de los más malditos), pero en realidad creo que yo escuchaba otra cosa. Escuchaba el atroz y maravilloso silencio que de pronto habían hecho todas las voces que pululaban siempre por mi cabeza, acaso subyugadas por la perfección (bastante módica y pequeña, según lo pienso ahora) de ese momento. No quería nada más que eso. No pedía nada más que eso. Estar así con él, poder abrazarlo y oírlo hablar de lo que más amaba (la música, claro, no yo) y nada más. Admirarlo, una vez más y van... De nuevo súbdita, de nuevo esclava, de nuevo ese ente privado de voluntad (que es lo mismo que estar privado de libertad) que sólo puede amar y entregarse incondicionalmente a su distante y cruel tirano. Tirano. Tiranuelo. Dictador de pacotilla, pequeño y casero führer cuyo único talento real consistía en su prodigiosa habilidad para componer música fuera de este mundo y para tocar la guitarra como un verdadero dios pagano. Eso era todo lo que había en él. De eso se componía esta octava maravilla que yo adoraba tanto. Pero entonces, en aquella tarde fría y soleada ("e iluminada por su presencia", sigue acotando la poeta mala), eso era todo lo que yo necesitaba. Lo que yo quería. De eso tan inasible y fantasmal y hasta utópico (¿acaso pude alguna vez atrapar entre mis piernas sus talentos o reproducirlos en mi escritura?) se conformaba el universo para mí. Y su olor y el contacto eléctrico de su pelo y el caudal sonoro de su voz retumbando a través de sus huesos en mis oídos y las bromas y las cosas que sólo nosotros sabíamos y que sólo a nosotros nos hacían tan felices... O eso creíamos. O, mejor dicho, eso creía yo. 
Las horas se pasaron volando esa tarde de un invierno tan parecido y tan distinto ya a éste y todavía creo recordar que cuando él se fue (¿habré de decir "cuando volvió a su casa con su mujer y sus hijos"? mejor no, para qué aclararlo a esta altura) la sensación de beatitud, ese neto estado de gracia, prosiguió y el "impasse" en el que estábamos se rompió, desde luego, y hasta recuerdo haberle dicho que eso era todo lo que yo quería, estar así con él y nada más, compartir esas minucias, esas nadas tan magníficas, una vez más las míseras migajas del opíparo banquete con las que yo siempre me conformaba. Eso era todo lo que yo quería, sí, pero eso no era todo y, por supuesto, no duró. No había forma ya de que todo eso durase. Era otra de nuestras imposibles burbujas y, por cierto, era una de las últimas. 
Y, como todas, estalló. 

18 de junio de 2010

Juira invierno (o la desfavorable curva climática actual)

Como ya saben (y si no les cuento) odio el invierno. Desde ayer que he comenzado a sentir las rigurosidades del frío con una pertinacia que me desagrada en extremo. Acaso porque no supe elegir mi guardarropas adecuadamente (¿por coquetería femenina?) o porque no supe calcular mejor la temperatura externa (entre las tantas cosas que soy, meteórologa no se cuenta entre ellas) tuve que aguantarme la fresca y refunfuñar embravecida cada vez que el viento osaba recordarme que sí, que ya llega, que ya empieza el fuckin' invierno.
Pero probemos un nuevo antídoto esta vez. En vez de refunfuñar, cosa que hago muy seguido, escribamos. Hagamos arte. O algo que se le acerque bastante. O mejor, que se le acerque mucho. Que casi no se note la diferencia entre "escrito terapéutico" y "escrito artístico" (en mi caso suelen ser lo mismo, pero no siempre...). Quizás una foto pueda ayudarnos. Estaba mirando fotos de mi amigo, confesor y padre espiritual, señor Daniel Medina, y la foto que aquí les comparto me envió, sin escalas, a una escena de película. 



Una de Humphrey Bogart, claro, en riguroso blanco y negro, con hombres trajeados y mujeres de cintura de avispa (ay, quién pudiera). Nueva York, la ciudad de los ocho millones de historias, se agita por detrás de esa hipotética ventana que no vemos pero intuímos en los chorros de luz que atraviesan las aspas del ventilador. Nueva York, Hell's Kitchen, un verano abrasador, imposible, inaguantable. Pero. Pero tenemos la dicha de estar en una fresca habitación de hotel, con este ventilador despeinándonos apenas mientras siesteamos que da gusto. El mismo sopor nos obliga a la horizontalidad más profunda, nos insta a apagar todos los motores y dejarnos arrullar por el monocorde sonido de las aspas que giran y giran... ¿Quién nos acompaña? Nos acompaña quien nosotros querramos, que para algo estamos soñando y soñando en grande. A mí me acompaña un morocho parecido a Georges Corraface, un poco más alto (me gustan altos) y un poco más grandote (me gustan grandotes, anoten), que apenas se tapa con una de esas hospitalarias sábanas blancas... Seguramente duerme boca abajo y deja al descubierto una espalda que más tarde llenaré de besos y caricias, su pelo es un regalo del cielo y sus manos se pierden en alguna de las "blancas colinas" que mi cuerpo ofrece impúdicamente al mundo cada día. Oh, sí... ¿Qué estuvimos haciendo antes de esto? Eso lo dejo librado a vuestra imaginación.
No sé a ustedes, pero a mí se me pasó bastante el frío...

17 de junio de 2010

La curva pedagógica

Creo que aún no termino de caer. O mejor dicho de creer. 
Creo que aún no termino de caer en la cuenta de que coordino un taller literario y creo que aún no termino de creer que soy perfectamente capaz de hacerlo. Durante años me privé de esta experiencia alucinante precisamente por "creer" que no la podría llevar a cabo; por creer que no estaba capacitada para ello, que yo "no servía" para esto. Tenía sobradas pruebas en contrario, pero tampoco las quería creer, lo cual viene a demostrar que ni ante las verdades más prístinas nuestras anteojeras mentales se corren un par de centímetros. No se corren hasta que no las arrancamos, es decir, hasta que hacemos aquello que tanto temíamos.
¿Qué era lo que me daba tanto miedo? me pregunto ahora (y me lo vengo preguntando desde que, con éxito, di la primera clase). No lo sé. Creía que "no me iba a salir", "que me iba a trabar", "que no iba a saber qué decir". Bueno, son temores normales, se podría aducir. De hecho, a veces las cosas no me salen, normalmente me trabo bastante y en ocasiones, sí, no sé qué decir, pero digo algo y punto. Pero el taller anda, camina. Los alumnos vienen, aunque no permanezcan siempre los mismos. Sin embargo, hay un grupo que se mantiene. Un grupo que le pone empeño, le pone garra, se entusiasma. Me entusiasma. 
¿Hablé ya de la etimología de la palabra entusiasmo? Es acaso una de las más bellas que nos hayan legado los griegos. Significa, literalmente, tener el dios (o lo divino, lo numinoso) adentro. Estar entusiasmado es estar poseído, en el buen sentido, por aquello que nos cautiva los sentidos. Una persona, un libro, un paisaje,  un poema, una canción... Estar entusiasmado es uno de los motores vitales de la existencia. Sin entusiasmo nada prospera. Sin entusiasmo nada se consigue. Y yo estoy, ¡alabada sea la creación!, entusiasmada con este taller. Espero que se note. Procuro que se note. Quiero que mis alumnos se vayan tan entusiasmados como yo e igualmente entusiasmados vuelvan cada miércoles. 
Hoy les hablé de Roberto Arlt, a quien, como ya saben, amo. A quien descubrí casi a la misma edad que Silvio Astier, el protagonista de El juguete rabioso, el alter ego del propio -y joven- Arlt, sale al mundo con su inocencia y sus ansias de invención a cuestas. A quien admiro profundamente, a quien siempre vuelvo, a quien nunca me cansaría de leer. Y hoy me escuché hablar con una seguridad que desconocía poseer de este hombre, y de su obra y de su época. Y confieso, no había preparado la clase. ¡Es que no había nada que preparar! Iba a hablarles de lo que amo, de lo que me entusiasma, de lo que me mueve: ¿qué necesitaba preparar? Nada. Todo estaba en mi mente, todos los datos necesarios para que aquellos que nunca lo habían leído comprendieran de qué se trataba y para que aquellos que sí lo conocían refrescaran algunos conceptos. Nada más. Y me sorprendí a mí misma, por el aplomo y la suficiencia con que hablé de este monstruo de la literatura argentina (y universal), ese mismo aplomo y suficiencia que veía en los profesores que admiraba y que nunca creía, por vaya uno a saber qué trasnochada idea de la autoestima y de la propia imagen, que yo alguna vez pudiera alcanzar. 
Por eso decía que aún no termino de "caer". O de creer, que casi parecen lo mismo. 
Conclusión (o moraleja): Nunca somos más nosotros mismos que cuando más poseídos estamos por aquello que amamos.

13 de junio de 2010

El día del escritor (un desvío biográfico-literario)

En general no suelo tratar estos temas por aquí pero hoy me parece una buena ocasión para recordar a la figura tan contradictoria que dio origen al "Día del Escritor" en Argentina. Cualquiera pensaría que el día del escritor en nuestro país debería surgir de nuestro escritor más famoso e insigne, es decir Borges, pero no. El día del escritor se celebra en el día del nacimiento de Leopoldo Lugones (1874-1938), al que se le deben muchas cosas, entre ellas la SADE, esa especie de museo viviente que ya lo era en tiempos de Roberto Arlt. También le debemos a Lugones la inserción (o quizás habría que decir imposición, pero bueno, no nos pongamos exquisitos) del Martín Fierro como el poema "fundante" de la argentinidad en el canon de la literatura nacional, a partir de sus conferencias en el Teatro Odeón recogidas luego en el tomo El payador (1916), verdadera operación política y cultural en momentos muy candentes para nuestro país. Lugones también engendró un hijo que fue jefe de policía y no dudó en inventar una de las cosas más nefastas que haya visto esta tierra, como la picana eléctrica. Lugones fue, como dijo Borges, "sucesivamente anarquista, socialista, elocuente partidario de los Aliados en aquella primera guerra civil europea que ahora llamamos la Primera Guerra Mundial, y predicó, al fin, la Hora de la Espada o sea el fascismo". Sí, todo eso fue Lugones y mucho más. 
Fue también un enorme poeta, capaz de algunas bellezas inigualables como las que dejaré más abajo y capaz también de algunos de los peores mamotretos de que se tenga memoria. A Lugones, como a muchos poetas, lo traicionaba la técnica y su destreza en el manejo del lenguaje. Pero así como era capaz de rimar "tul" con "abedul" o "biombo" con "combo", era también capaz de escribir páginas estremecedoras, tanto por lo formal como por el contenido, en su nunca bien ponderada como se debe La guerra gaucha (1905), una especie de orfebrería lingüística tan refinada que es difícil avanzar por ella sin desmayarse a cada instante o sin consultar un diccionario etimológico y/o de argentinismos cada cinco palabras. Hizo de todo, conoció a todos, se metió en política, adoró a una púber a la que le enviaba obscenas cartas firmadas en forma más obscena aún y fue, sin duda alguna, el prototipo del "poeta nacional" como bien lo pinta C. E. Feiling en su novela homónima. 
Sin embargo, sin la impronta de Lugones no entenderíamos, probablemente, las primeras épocas de Borges, quien le profesó la admiración no exenta de repudio que se le suele dispensar a los genios, ni tampoco entenderíamos a otros autores que crecieron bajo sus alas y que luego lo combatieron con saña, por ejemplo desde las satíricas páginas del diario Martín Fierro. Oliverio Girondo fue uno de ellos.
Por este señor se festeja hoy el Día del Escritor. Creo que es bueno saberlo: contradictorio, genial y rídiculo al mismo tiempo, deleznable y fascinante como casi todas las cosas que produce este país. Como muchos otros poetas e intelectuales de su generación (mi amado Horacio Quiroga entre ellos y mi también adorada Alfonsina Storni) se suicidó en 1938. 


OCEÁNIDA 

El mar, lleno de urgencias masculinas,
bramaba alrededor de tu cintura,
y como un brazo colosal, la oscura
ribera te amparaba. En tus retinas,

y en tus cabellos, y en tu astral blancura,
rieló con decadencias opalinas,
esa luz de las tardes mortecinas
que en el agua pacífica perdura.

Palpitando a los ritmos de tu seno,
hinchóse en una ola el mar sereno;
para hundirte en sus vértigos felinos

su voz te dijo una caricia vaga,
y al penetrar entre tus muslos finos,
la onda se aguzó como una daga.

Leopoldo Lugones

8 de junio de 2010

La curva melancólica (o reivindicación de los estados de ánimo políticamente incorrectos)

Días pasados, en el taller de escritura creativa al que asisto, se suscitó una breve discusión acerca de las sutiles o gigantescas diferencias entre las palabras "melancolía" y "nostalgia". Tal como yo sostenía en esa ocasión, la melancolía es una tristeza vaga e indefinida, en general de origen desconocido o suscitada por cosas con las cuales, en apariencia, no tiene relación alguna. Para mí, por ejemplo, un crepúsculo puede ser un punto de partida para la melancolía. No así para la nostalgia, que se trata, básicamente de la añoranza por algo perdido (sea esto un ser amado o un objeto). Para corroborar mis impresiones, acudí a uno de mis amigos más fieles, el diccionario, quien, casi siempre, termina dándome la razón.
En efecto, la melancolía es una "tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada", mientras que la nostalgia hace referencia tanto a la "pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos" (puesto que viene del griego "nostoi", el regreso) como a la "tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida" que es, sin duda alguna, la que aflora en nuestro tango.
Todo esto viene porque he estado meditando acerca de estos estados del alma humana y me he percatado de que no soy ajena a la melancolía. No soy una extraña para ella ni ella lo es para mí. Y quiero hoy día, en este sencillo acto, reivindicar este sentimiento tan políticamente incorrecto, tan perturbador, tan desestabilizador que es inmediatamente tachado de matices negativos y es rápidamente enviado al diván del psicoanalista, cuando no al paraíso artificial del Prozac. ¿Por qué esta "necesidad" de extinguir un estado posible del alma humana? ¿Un estado que no le hace daño a nadie? Corrijo: que no le hace daño a quien la padece, en principio, pero sí a todos los demás engranajes que se agitan alrededor de él, principalmente aquellos que mueven las pesadas ruedas del capitalismo. ¿Por qué debemos estar siempre alegres y retozones, por qué no podemos ser dueños ni de nuestras más ínsitas tristezas? 
Tristezas vagas, errabundas, de flannêur decimonónico que saca a pasear sus miedos y sus desajustes por la gran ciudad o por los aturdidos campos; tristezas de mujer sola, malquerida, malacompañada, peor atendida, pero entera, cabal, suficiente; tristezas de los solitarios que se deslizan siempre furtivos, siempre atentos a algo que está más allá y que suele ser más interesante que lo que está más acá. Tristezas de estación de tren, de ómnibus de larga distancia, de ausencias y partidas, de boletos de ida que nunca volverán, de golondrinas que tampoco, de veranos que ya se hicieron ceniza. ¿Por qué íbamos a saber siempre qué hacer con nuestras vidas, por qué íbamos a saber siempre qué camino tomar, qué decisión acatar, qué pasión solventar? ¿Por qué no podemos tener momentos de vacilación, de extrañamiento, de ensimismamiento, de disgusto con uno mismo incluso? ¿Siempre tenemos que gustarnos y gustarles a todos? ¿Siempre tenemos que estar sonrientes? ¿Nunca podemos bajar los brazos, decir que ya no queremos más aunque no sepamos qué es lo que no queremos más?
Reivindico pues a la melancolía, a esa bilis negra que a veces nos aflora por los poros ultrasensibles y que no es digna de ser mirada ni con repulsión ni con condescendencia. La melancolía puede ser el punto de partida para el arte, para una reflexión más honda que la chata cotidianeidad que nos ahoga con sus espejeantes toxinas. La melancolía es un derecho que debemos ejercer en toda su plenitud sin que nadie se espante ni nos mande ipso facto al loquero. La melancolía no es censurable, no es repudiable: es ese momento en que el alma se interroga a sí misma, se cuestiona en su aparente vaciedad, se lubrica de sí misma para luego seguir funcionando en el caos salvaje que grita ahí afuera. 
La melancolía es una maravillosa incorrección política que todo artista debe permitirse de tanto en tanto. La alegría no fecunda, como ya dijera William Blake, sino el dolor. 

Más sobre la melancolía: 

- Wikipedia (bajo el rótulo "historia de la depresión")

30 de mayo de 2010

La curva resfriada o el cono del silencio

La indiferencia se convirtió en un creciente catarro, un hermoso resfrío, un delicioso concierto de atchises y toses varias. Pasé mi cumpleaños número 36 en cama y no precisamente en la posición que me hubiese gustado. Y sola, desde luego. O, para ser justa, en compañía de mis gatos, porque si algo distingue también a los felinos es que saben cuándo se los necesita con mayor urgencia. El día de mi cumpleaños, día también de los fastos del bicentenario, pensaba venir y escribir muchas cosas aquí, cosas que ya he olvidado. Creo recordar que iba a mencionar algo acerca del número 36, puesto que es un número que me gusta, me cae simpático, digamos. Pero no sé qué otra cosa aparte de ésta iba a decir. Que todo sigue igual. Que la meseta no registra ningún desnivel aún. Que el entusiasmo está lejos de aquí. Que sólo la lectura de Jack London ha logrado penetrar este muro de indiferencia y desdén del que casi sin darme cuenta me he rodeado. Sólo salí un día a la calle para comprobar que no estaba tan bien como pensaba y que, después de todo, me podría haber quedado en mi casa/mi cama. Pero tenía que salir. Tenía obligaciones ineludibles que atender. Las cosas no han mejorado mucho, sin embargo. Ayer tenía taller y lo obvié en vista de la lluvia que no cesó de caer en todo el bendito sábado. Y aunque hoy salió el sol, tampoco estuve de ánimos para salir. Y así. ¿Estoy entrando en una depresión y no quiero admitirlo? Mañana se lo preguntaré a mi psicoanalista. ¿Es posible que todo deje de importarme así como así? ¿No es más bien un escudo protector el que me estoy fabricando con esta falsa indiferencia? No lo sé. ¿Por qué, entonces, ciertas imágenes de ciertas películas y ciertos pasajes de El llamado de la selva de Jack London me hicieron caer de cabeza en las lágrimas? No estoy tan indiferente entonces. Pero sé que algo pasa. Sé que no estoy bien, aunque haya estado mucho peor. Los otros días decía, en broma, que me sentía en el cono del silencio. Comienzo a pensar que no es una simple metáfora y que hay allí mucho de realidad. La pregunta es cómo sacármelo, cómo salir de él. No quiero hacer más oídos sordos a todo lo que me molesta y perturba, debe haber otras formas de enfrentarse con todo eso. Debo estar en lo más bajo de la ola, si es verdad esa teoría que reza que las mujeres somos como las olas del mar... Pues bien, prepárense para cuando vuelva a estar en la cresta.

24 de mayo de 2010

La peligrosa curva de la indiferencia

Mañana es mi cumpleaños número 36 pero no quiero hablar de eso hoy. No hay que festejar por anticipado, dicen, y me apegaré a esa superstición sólo para usar esa hermosa palabra aquí (superstición, y casi pongo superchería). Pretendo hablar de otra cosa en este extraño feriado sandwich que nos regaló la presidencia K. 
Un manto de indiferencia, un peligroso manto de indiferencia sería mejor decir, se ha cernido sobre mí en estos últimos días (¿en estos últimos tiempos, mejor?). Nada me inquieta demasiado, con excepción de alguna explosión de rabia, como la última que adorna estas páginas. Nada me perturba mucho o cuando empieza a perturbarme demasiado logro correrme y evitarlo. Tampoco nada me entusiasma demasiado, con excepción de la literatura (la ajena, porque la propia es siempre un problema, un problema que no debería ser tal sino todo lo contrario, pero mi mente loca se sigue empeñando en que lo sea y aún no puedo resolverlo, aunque Dios, la Patria y Freud me ayuden con esto). Nada roza la superficie, nada altera el curso de los días, no digamos ya el ritmo de mi siempre inquieto corazón. Nada dije. Quizás sea mejor decir "nadie" pero no quiero reducir todo a la mera ausencia de un significant other porque intuyo que esto va más allá. No se trata de que falte alguien del otro lado sino de que no hay demasiada disponibilidad por este lado. Quizás el nuevo amor de mi vida (habría que revisar este concepto de "amor de mi vida" y/o "hombre de mi vida" pero lo dejo para otro posteo) esté frente a mis narices y yo no me de cuenta. O haya estado e idem. O vaya a estar y lo mismo, obnubilada como siempre con mis enredos psicoanarquistas personales. No sé. Tampoco me interesa demasiado, en consonancia con este feo estado de indiferencia supina. ¿Qué me llevó a esto? No sé. Pero mejor: ¿cómo salgo de esto? Tampoco lo sé. ¿Tiempo al tiempo? Quizás. ¿Son los planetas que se están reacomodando? Acaso. ¿Es que se viene otra etapa de gran jaleo y rock n' roll emocional y por eso esta aburrida meseta carente de toda emoción? Puede ser. ¿Soy responsable de esta ausencia de acontecimientos, de esta falta de vértigo y adrenalina? También puede ser. El robo de que fui objeto hace ya dos meses fue una suerte de freno muy grande, malditos sean una y mil veces esos miserables rateros: dejé de ir a cubrir obras de teatro, procuro no volver muy tarde a mi casa, no volví a tomar el 22, decliné montones de invitaciones a distintos eventos por el tema del "horario", volví un montón de veces casi corriendo a mi casa y otras conductas paranoicas que les ahorro sólo por el miedo de que me volviera a pasar algo similar. Y lo peor es que el miedo, si bien ya no es tan fuerte, continúa. Y ahora encima anochece enseguida, hace frío (aunque es cierto que todavía no hizo frío "de verdad") y todo conspira, sospechosamente, claro, para que estar en casa sea la mejor opción. La más "sana" y "natural". La menos arriesgada. La más aburrida, buhhh. Oh... dilemas existenciales. Y a todo esto lo único que quisiera en ocasiones es tener ese amigo especial, el que me puede dar lo que nadie más, con el que reírme de estas y muchas otras pavadas, además de pasarla bien en la cama, claro... ¿Quién será? Y ¿cuánto tiempo faltará?

14 de mayo de 2010

La curva escondida (y enojada)

Acabo de darme cuenta de que hace exactamente siete días que no posteo aquí. ¿Dónde quedó mi siempre vapuleado propósito de escribir a diario en este rincón...? ¿Una vez más he de culpar al tiempo tirano de ello? No. Si alguien tiene la culpa no es precisamente el tiempo, que no hace otra cosa que pasar siempre igual. Los distintos somos nosotros. Los ocupados o los predispuestos somos nosotros. Los tiranos, desde luego, somos igualmente nosotros. 
Vengo teniendo unas semanas un tanto grises. Quisiera recuperar el optimismo que supe derrochar no hace mucho por acá mismo pero está complicado (¿o yo lo complico? Es probable esto último, en fin). Quisiera volver a creer en esas sendas de promisión en las que creía hasta no hace mucho, pero los nubarrones del pasado y la propia fuzzyness mental hacen que sea difícil. Y "nubarrones del pasado" no hace referencia a cierto músico lisérgico y fantasmal, como muchos de uds. podrían pensar. No, nada que ver. Hace referencia, más bien, a otros asuntos de mi vida que todavía están sin cerrar, o pendientes de resolución o, también, en vías de resolución. No importa qué asuntos. Lo que importa es que están ahí, pesan, tienen sus avances y sus retrocesos, tienen sus días y sus momentos, y me molesta soberanamente cuando alguien tiene la mala idea de poner sus sucios dedos en esa llaga. 
Recuerdo ahora con gran cariño una sección del boletín literario que hacíamos con mi amigo Cristian Vaccarini, La Granda Milito, llamada "Un minuto de ofuscación". En esa sección, y de manera humorística y satírica, nos despachábamos a gusto contra todas aquellas cosas que nos molestaban, desde el coco rallado hasta los niños que gritan e invaden todo; desde los insectos más horrendos hasta los ilusos que siguen reenviando hoaxes y cadenas por e-mail. No teníamos piedad con nada ni con nadie, y así exorcizábamos numerosos demonios personales, siempre con altura, sarcasmo y mucho humor. Pues hoy me permitiré hacer algo parecido, quizá sin demasiada altura, con mucho sarcasmo y poco humor, pero no importa. Un blog también es una tribuna desde la cual gritar los mayores improperios que nos broten del alma sin miramientos de ningún tipo (como ya saben, ABORREZCO la corrección política). 
¿Qué es lo que me tiene tan enrrabietada? Nada. Todo. Mejor dicho: la ligereza de alguna gente para juzgar a quienes ni siquiera conocen. Lo fácil y barato que resulta hablar de otros en lugar de mirarse un poquito para adentro. Lo natural que es para muchos pontificar desde vaya uno a saber qué púlpito. Lo mucho que me desagrada que alguien pretenda reducirme a sus canónes y a sus prejuicios. La escandalosa cantidad de psicólogos ambulantes que hay en este país, sin la menor idea de lo que están diciendo, desde luego (y, más aún, necesitados ellos mismos de un psicoanalista matriculado con urgencia!). Mejor dicho: lo que realmente me molesta es lo que puede llegar a repercutir en otros lo que dicen estos sujetos tan a la ligera. 
Jueves. Bar "La Ópera", taller de escritura creativa. El coordinador del taller propuso una consigna que no me gustó, no por la consigna en sí, sino por lo que implicaba. Había que realizar una lista de preocupaciones/miedos/obsesiones y luego compartirla con el resto. Insisto: son semanas grises, no tengo ni la menor gana de meterme en esos tembladerales psíquicos y, por lo demás, ya le pago religiosamente una vez por semana a mi psicoanalista para ello. Me negué tanto a hacer el listado como a compartirlo con el resto, no estaba de humor, sorry. Berrinche mío. Censura generalizada del resto. Los demás leyeron sus miedos y preocupaciones, no muy distintos de los míos, ni tampoco distintos entre sí. ¿Quién no le tiene miedo a la enfermedad, a la vejez, a la pobreza, al paso del tiempo? ¿A quién no le preocupan esas cosas? En fin, pasó. Posteriormente, se leyó un texto de mi pertenencia que respondía a una consigna anterior. Era un ejercicio, un juego de palabras, un ingenioso (y nada más, desde luego) juego de palabras. No inventé ni una, lo juro. Todas esas palabras tan "raras" están en el diccionario (y con esto ahora pienso en mi abandonado blog etimológico... ¡algún día lo reviviré!). El texto era absurdo al mil por mil, puesto que se trataba de poner de manifiesto eso y nada más. 
La cosa es que uno de los asistentes al taller, a propósito de otra cuestión (¿justo a mí se le ocurre preguntarme por una letra de Andrés Calamaro? Por si no lo saben, aclaro: ODIO a Andrés Calamaro, me resulta indigesto, insoportable, insufrible, pero lo dejo para otro minuto de ofuscación), soltó un juicio sobre mí que decía más o menos así: "detrás de tantas palabras no hay nada" o bien "no puedo verla" o algo similar. En el momento creo que ni lo escuché o si lo escuché activé la escucha selectiva y no reparé en ello. Hoy me lo hizo notar el coordinador en un mail y allí estalló mi bronca, mi más griega y digna ofuscación (ate, en griego, significa ceguera, ceguera del alma, se entiende): ¿qué carajo le importa a ese tipo, que no es precisamente santo de mi devoción, si detrás de mis palabras hay o no hay algo? Más aún: si no me puede "ver" ¿no será porque yo he elegido voluntariamente que no me vea? ¿Qué mierda le importa si me ve o no me ve? ¿Quién carajo es o quién carajo se cree que es para tener derecho alguno a "verme"? Esto y otras cuestiones que no vienen al caso me hizo enojar mucho (tengo ascendente en Tauro, agárrense cuando me enojo!!!), pero no por el sujeto en cuestión sino porque detesto que me digan cosas que ya sé y de las que (gracias al psicoanálisis) soy perfectamente consciente.
Si me escondo, es problema mío. Si me escudo en libros, palabras o chistes, también es problema mío. Si considero que debo ocultar ciertas partes de mí (incluso a mí misma), también es un problema mío. No tengo por qué "dejarme ver" si no es mi deseo. Nótese la similitud de los significantes (siendo la senda psi) entre esconderse y escudarse. No niego el juicio de este "señor", reniego de su autoridad moral para hablar de mí sin conocerme siquiera (lo he visto tres o cuatro veces en el taller y nada más). Es cierto que he pasado mucho tiempo "escondida" (¿habré de decir que ya lo hacía, literalmente, cuando era chica? ¿agregaré que en mi infancia la escondida era uno de mis juegos favoritos? ¿agregaré que el arte de seducir es, en gran parte, el arte de saber esconderse y de mostrarse sólo hasta cierto punto? ¿diré también que en esta tierra hubo un solo hombre al que le dejé ver casi todo -pero no todo- de mí? ¿insistiré en que sólo aquel al que yo considere adecuado tendrá el mismo privilegio que tuvo él?); es cierto que me escudo en mi "saber", que tengo una fortaleza de libros en mi casa detrás de la que seguramente me parapeto, que he tapiado muchas paredes con ellos (paredes internas, se entiende), que probablemente aún lo siga haciendo, que probablemente lo haga siempre; es cierto que me escudo también en el humor, que me escapo siempre que puedo de todas las situaciones, que me excuso, que me evado con la literatura en todas sus formas, y si no es con ella es con la fantasía y si no es con la fantasía es con la música o con otra cosa, pero a todo esto me salta a la cara sólo una pregunta: ¿Y QUÉ? ¿Cuál es el problema? Otros se refugian en las drogas, el alcohol, el sexo... y nadie les dice nada. Nadie se atreve a decirles nada. ¿Cuál es el gran problema de que yo me esconda/me escude/viva a través y en los libros y la literatura? No hago daño a nadie. No me hago daño a mí misma (ahora al menos... antes, lo discutimos). No arrastro a nadie en mi tremenda perversión (ayyy, qué miedo, ¿no? una mujer llena de palabras y de curvas, buhhh, cuidado!). No meto a nadie en mi mundo más que a aquellos que estimo lo merecen (y tengo stándares muy altos, sí, qué le vamos a hacer). O sea: como no jodo a nadie no me vengan a joder a mí con estas pelotudeces.
Fin del minuto de ofuscación.
Disfruten del fin de semana y si es posible, y ningún aguafiestas (que es lo que más abunda) se los impide, de la vida también.

7 de mayo de 2010

La astuta curva de las flores

Nihil novum sub sole, me obstiné en repetir ayer en el taller de escritura creativa al que asisto. Quería enfatizar la idea de que no inventamos nada, de que ya está todo inventado, sobre todo en literatura. Que a lo sumo podemos aspirar a encontrarle otros usos y otras vueltas a los esquemas ya conocidos. Pero hoy quiero referirme a otra cosa, si bien está vinculada con esta idea: el hombre supone que su ingenio le ha dado numerosas invenciones, de las que se cree dueño y señor. Sin embargo, tales "adelantos", tales "frutos del ingenio" reposaban en otros seres desde hace miles de años y no había más que detenerse a observarlos cuidadosamente para procurar luego aplicarlos para nuestro propio beneficio. Me refiero al mágico mundo de las flores, esas, en apariencia, frágiles pátinas de color y belleza que adornan cualquier superficie, aun cuando sean remedos artificiales; esas astutas, inteligentes, sagaces criaturas que deben ingeniárselas mucho más que nosotros para un único objetivo vital: reproducirse
Los lectores consuetudinarios de este blog sabrán ya que he incurrido varias veces en el desvío botánico. Hoy vuelvo a él de la mano de un libro que también reposaba calmadamente en mi biblioteca. Recuerdo haberlo leído (pero no terminado) hace muchos años. No recuerdo qué me impulsó a dejarlo, pero estoy segura de que aquel no era el momento indicado para nuestro encuentro. Hoy día sí. Porque fue nomás abrirlo y comenzar a leer para pensar que debía hacer referencia a él aquí (y no aquí) y que le debía sin duda alguna un post lleno de maravillosas y coloridas flores. El libro se titula La inteligencia de las flores y su autor es Maurice Maeterlinck. Puede que este nombre no le signifique nada a casi nadie, pero Maeterlinck fue un autor belga (1867-1949), que en 1911 obtuvo el Premio Nobel y cuyo libro más famoso es La vida de las abejas, donde, en palabras de Borges, "estudia con imaginación y rigor los hábitos de un ser famosamente celebrado por Virgilio y Shakespeare". 
Borges, cuándo no. Él fue el culpable de que lo comprara, ya que el libro se encuentra incluido en una excelente colección que Hyspamérica sacaba en los 80, llamada precisamente "Jorge Luis Borges - Biblioteca Personal". Hay allí numerosos tesoros que recomiendo comprar con los ojos cerrados cada vez que se topen con algunos de ellos (son azules, de tapas duras) ya que, siempre según el maestro, "deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas". En mi caso, objetivo logrado. 
Volviendo al libro de Maeterlinck, se trata de una serie de ensayos inconexos y dispares pero el que abre el fuego es precisamente "La inteligencia de las flores", un breve pero jugoso (¡y poético!) repaso por algunas de las infinitas astucias de las flores para reproducirse y subsistir. Lo leí maravillada, pensando en todo el tiempo que perdemos en las minucias más fantásticas cuando estos seres han dedicado todas sus energías a un único objetivo: lograr, con los mínimos medios de que fueron dotadas, reproducirse y esparcirse por el orbe a cualquier costo, valiéndose de todo y de todos. ¿No es acaso un milagro, un portento, algo que debe ser saludado cada mañana con una reverencia? ¿No deberíamos dejar de perder las preciosas horas -que nunca regresan- en discutir, pelear, anhelar imposibles y otras deplorables conductas humanas para dedicarnos a la contemplación de las innúmeras maravillas que nos rodean a diario? Llámenme ilusa, pero creo que todos seríamos un poquito más felices, estaríamos menos angustiados, dejaríamos de correr detrás de quimeras banales y podríamos concentrarnos en, sencillamente, ser, algo que rehuimos, de las maneras más torpes e ingeniosas a la vez, todo el tiempo. 
Además de ilustrar este post con algunas fotos de flores, quiero compartir algunos fragmentos de Maeterlinck imperdibles: 

"Ese mundo vegetal que vemos tan tranquilo, tan resignado, en que todo parece aceptación, silencio, obediencia, recogimiento, es por el contrario aquel en que la rebelión contra el destino es la más vehemente y la más obstinada."

"Toda semilla que cae al pie del árbol o de la planta es perdida o germinará en la miseria. De ahí el inmenso esfuerzo para sacudir el yugo y conquistar el espacio."

"(...) la disposición, la forma y las costumbres de esos órganos varían de flor en flor, como si la naturaleza tuviese un pensamiento que aún no puede fijarse o una imaginación que se precia de no repetirse nunca."

"En el órgano femenino, el pistilo, que comprende el ovario, el estilo y el estigma que lo corona, todo es del género masculino y todo parece viril. En cambio, la antera, la parte del órgano masculino que encierra el polen o polvo fecundante, es del género femenino."

"En el nacimiento de la flor [se refiere a la arañuela o "cabellos de Venus", ver foto], los cinco pistilos, sumamente largos, se hallan estrechamente agrupados en el centro de la corona azul, como cinco reinas vestidas de verde, altivas, inaccesibles. En torno de ellas se agolpa sin esperanza la innumerable multitud de sus amantes, los estambres, que no les llegan a las rodillas. Entonces, en el seno de ese palacio de turquesas y zafiros, en la dicha de los días estivales, empieza el terrible drama, sin palabras y sin desenlace, de la espera impotente, inútil e inmóvil. Pero las horas, que son los años de la flor, transcurren. El brillo de aquella se empaña, los pétalos empiezan a desprenderse, y el orgullo de las grandes reinas, bajo el peso de la vida, parece replegarse. En un momento dado, como si obedecieran a la consigna secreta e irresistible del amor, que considera la prueba suficiente, con un movimiento concertado y simétrico, comparable a las armoniosas parábolas de un quíntuplo surtidor de agua que vuelve a caer en la taza, todas se inclinan a la vez y recogen graciosamente de labios de sus humildes amantes el polvo de oro del beso nupcial."



"(...) la sabia orquídea ha observado la vida que se agita en torno de ella. Sabe que las abejas forman un pueblo innumerable, ávido y afanoso, que salen a millares a las horas de sol, que basta que un perfume vibre como un beso en el umbral de una flor que se abre, para que ellas acudan en masa al festín preparado bajo la tienda nupcial."

Maurice Maeterlinck, La inteligencia de las flores. Hyspamérica, Buenos Aires, 1985. Jorge Luis Borges - Biblioteca Personal (nº 8). Título original: L'intelligence des fleurs. Traducción: Juan Bautista Ensenat. Primera edición original de 1907. 

29 de abril de 2010

La curva felina

Ya dije por acá mismo que no me gustan las celebraciones del "día de...", pero como hoy es el día del animal, al menos en estos parajes dejados de la mano de Dios, voy a aprovechar tal circunstancia para hablarles (y mostrarles) de mis gatos. Ningún escritor que se precie de tal, sostiene un amigo mío, puede carecer de la esquiva y maravillosa compañía de un gato. 
Hay, incluso, gatos famosos por pertenecer, justamente, a escritores. Flanelle y Adorno fueron algunos de los gatos de Cortázar; Beppo, el gran gato blanco, acompañó muchos años a Borges. Baudelaire, mi padre nutricio, escribió hermosos sonetos dedicados a los felinos. Entre nosotros, Olga Orozco hizo otro tanto con sus Cantos a Berenice. Poe inmortalizó a todos los gatos negros con su cuento homónimo (del que he hablado ya aquí). Y los ejemplos siguen por cientos, he citado sólo los que recuerdo ahora. Esta página atestigua que lo dicho hasta aquí es apenas una ínfima parte de la inquebrantable alianza gatos-escritores.
Es probable que lo que sigue sea una sarta de insoportables  lugares comunes acerca del cáracter tan particular de los mininos pero no me privaré de ello porque los compruebo día tras día desde que tengo uso de razón. Siempre tuve gatos. 
Mi primer gato se llamaba Leo y era uno de esos atigrados de ojos profundamente verdes. Después vino mi relación gatuna más duradera: Alfonsina. Una esquiva, histérica y arisca (¿como su dueña...?) gata gris perlado que condescendió a convivir conmigo casi 10 años. Tenía unos modales y unos humos dignos de una princesa y era la gata más huraña que yo haya conocido. Sin embargo, dormía siempre conmigo y me dedicaba los ronroneos (o "motorcitos") más dulces que yo haya recibido. Durante algún tiempo estuvo con nosotras Chandon, un joven felino amarillo y atrevido que le hizo la vida imposible hasta que decidió irse tal como había venido. Después que Alfonsina murió pasé bastante tiempo sin compañía gatuna y la vida era francamente un erial. Así, apareció un día un gatito blanco y negro, al que bauticé Piru y luego llegaron dos hermosos gatos, hermanos: uno blanco y negro y la otra con muchas manchitas. Como eran hermanos, les puse Pericles y Merlina, un sentido homenaje a la familia Addams, por supuesto. Pericles un día también se fue pero no sin antes dejar preñada a Merlina (entre gatos no hay moral) y así apareció otro gato blanco y negro hermoso al que bauticé, nuevamente, Piru y muchos otros gatitos que fueron creciendo y yéndose por su propio camino a lo largo de estos años. Una de ellas era una hermosa gata gris y blanca que me dio otra gatita exactamente igual que ella, acaso como regalo de despedida, porque un día se fue y nunca más regresó pero me dejó a su hermosa hijita, a quien llamo Bebé. Y hace ya algún tiempo otra gata se unió a la familia sin permiso de nadie y se convirtió en la más mimosa de todas. Sin embargo, yo sigo llamándola Intrusa. Recientemente, tanto Merlina como la Intrusa tuvieron gatitos y ahora la casa está sembrada de miaus, pelos y bigotes. Ahora tenemos dos demonios negros, una osita de pelaje manchado, una de patitas blancas, una rayitas, dos a los que aún no sabemos como identificar y otro chandonito. A pesar de las molestias, no sabría vivir sin un gato cerca. 
Como dice en la página que les cité más arriba, los gatos son animales políticamente incorrectos. Son sinceros, independientes, orgullosos. Saben de nuestra admiración, de nuestro regocijo al verlos caminar tan seguros por cualquier superficie; saben que llaman poderosamente nuestra atención con sus ojos verdes y dorados, con su pelaje suave y tibio, con el lenguaje prístino de sus colas. Saben el poderío que ejercen desde tiempos inmemoriales, saben de su supremacía sobre los perros y sobre cualquier otra mascota que nunca provocará la misma fascinación que ellos. Traen lo más salvaje y lo más refinado en el mismo envase. Nos aligeran de las pesadas cargas del día con que sólo los acariciemos o les prestemos atención. No son babosos ni impertinentes ni tontos como los perros (que me perdonen los amantes de los perros, pero salvo excepciones es así). No son codependientes, no se rebajan nunca a la esclavitud, no son reductibles a nada que no sea su soberano deseo. Son mágicos, son nocturnos, son pequeños dioses con bigotes, deslumbrantes faros que alumbran las noches más oscuras con el fulgor de sus ojos. Son inteligentísimos, son hedonistas, son gozadores de todos los placeres por los que vale la pena haber venido a este mundo: comer, dormir y fornicar. 
Aquí, algunas fotos de mis mininos: 


Alfonsina, alias "Tutuni", ca. 1992.



Uno de los tantos Pirus, ca. 2003.



Merlina y yo, ca. 2007


La madre de mi Bebé, Merlina y la hermana del Piru en una mañana de sol, 2008.



La Intrusa y una camada de gatitos, 2008.



Merlina y mi Bebé, cuando ésta era un idem, 2009.



El Piru actual, alias "Mi príncipe", entrando por la ventana de mi estudio, 2009.



Mi Bebé, durmiendo, 2009.

P. D.: Soy, por supuesto, de esas personas que van por la calle y cuando ven un gato inmediatamente se detienen y se agachan (es decir, se ponen a su nivel) a acariciarlo y a recibir sus interminables mimos. Con orgullo puedo decir que jamás ningún gato, callejero, familiar o doméstico, se me ha resistido.

27 de abril de 2010

Las curvas y los caminos de la vida

¿Alguien ha notado los hermosos días que este otoño nos está regalando, al menos por estos lares? Días de sol, templados, con unas ligeras brisas que despeinan lo justo y sólo a la mañana muy temprano o a la noche ya tarde son plenamente frías. Días con hojas que crujen y con rayos de sol que se inmiscuyen entre ramas todavía verdes. Días tan doradamente otoñales que parecen primaverales. Espero que alguien lo haya notado porque yo también estaba a punto de perdérmelos (irremediablemente, lo que es aún más triste) sumida en mis tribulaciones habituales: que si yo lo quise y él no (o sí); que si se terminó; que por qué tiene que haber alguien sí o sí en mi vida para que todo lo demás se mueva; que por qué siempre me busco cosas, amores y pasiones complicadas; que de dónde vengo; que a dónde voy; que por qué soy siempre la otra, la amante, la clandestina; qué que importa; que por qué me importa ahora y no antes; y así por el estilo. Y a todo esto se sumaba la tremenda, incontestable, insalvable tribulación de ser una indocumentada más y, por si fuera poco, no tener ningún acceso al dinero ganado con el sudor de mi frente (o de mis dedos, digamos). Todo tragedia, todo traba, todo tan lindo para las ensaladas rusas de mi psiquis a las que soy tan afecta. Buhhh.
Por suerte, una parte de esas tribulaciones tan improductivas ya se ha terminado: hoy he vuelto a pertenecer a la tribu de los documentados, al clan de los legales, a las huestes de aquellos que hacen las cosas como deben hacerse (por lo menos... ciertas cosas; respecto a otras, nunca aprendo, al parecer). Y consecuentemente ya he accedido a mis dinerillos y ahora tengo que empezar a pagar deudas y cuentas pero bueno... es mejor eso que no poder disfrutar ni usufructuar lo que es mío. Y todo porque, esta vez, no me quedé esperando
Esperar. Es todo un tema para mí. Odio esperar, digo siempre, y sin embargo esperé años por el amor de cierto hombre (ya saben quién). Odio esperar y sin embargo estaba dispuesta a seguir esperando el fuckin' documento que nunca llegaba (y que probablemente iba a llegar para mi cumpleaños o para el día del arquero -pobres los arqueros ¿no se merecen ellos también su día?). Odio esperar y sin embargo soy perfectamente capaz de hacerlo porque mientras uno espera está totalmente dispensado de hacer nada más (es decir, así funciona el autoengaño al que lleva la espera inútil y prolongada). Uno no está ahí sin hacer nada... está "esperando". Y mientras tanto la vida pasa, el documento había que ir a reclamarlo y los amores es mejor declararlos cuando se sienten, cuando revientan contra las entrañas que guardárselos años y años como tesoros hundidos en un galeón pirata. Pero no, no, uno "espera", ergo, no tiene que hacer nada... salvo "esperar". Esta clase de pensamiento tautológico y perturbador me ha llevado por caminos muy erróneos a lo largo de mi existencia; por eso celebro esa lucecita que hoy me dijo "andá a buscar tu documento y a la mierda todo" porque en efecto allí estaba el muy ladino (¿esperándome él a mí, acaso?). Quizás hubiera llegado por correo tal como me dijeron cuando lo tramité, pero es evidente que no iba a ser en el transcurso de esta semana como yo tan ilusamente creía...
Señalo todo esto de los caminos de la vida a propósito de una imagen que mi amigo D. comentó en la red social Buena Foto haciendo bandera (ay, ¡cómo lo quiero!) de este espacio curvo y desviado. Al ver la foto comprenderán por qué D. ha tenido esta nueva deferencia con su amiga e ¿hija del corazón? (ja ja), con su princesa, como tanto le gusta llamarme y como tanto me gusta a mí que me llame. Así pues la moraleja de todo esto para mí es: de vez en cuando vale la pena esperar (pero muy poco, tampoco la pavada), pero en otras ocasiones hay que dejarse de remilgos y mariconadas y, simplemente, actuar (aunque sea algo tan trivial como ir a buscar un puto documento). 
¡Disfruten la imagen...!















Fotografía de José Francisco Girona

23 de abril de 2010

La curva de los libros

Aunque ya se está por terminar, hoy es el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor. Se debe a la feliz (y falaz) coincidencia de las fechas de muerte de dos insignes vates: Shakespeare por un lado (aunque ciertamente murió el 3 de mayo de 1616 y no el 23 de abril) y Cervantes por el otro (quien habría muerto el 22 y habría sido enterrado el 23 de abril). En fin, minucias temporales aparte, en Europa -y sobre todo en España- es una celebración concurrida y en Cataluña coincide con el día de Sant Jordi, con lo cual los regalos usuales consisten en un libro y una rosa, símbolos de lo eterno y lo fugaz, según leí hace ya muchos años en un señalador.
En general deploro la existencia de cualquier "día de" pero en este caso me sirvió para volver a acercarme aquí luego de varios días de cierta sequía (o no sé si llamarlo desinterés o, mejor, desmotivación). Como muchos ya saben, soy bibliófila. En realidad, me gusta más denominarme bibliómana, porque en el bibliófilo las ansias obsesivas pueden llegar a tal nivel que impiden casi toda relación con el objeto de sus desvelos, pero, en cambio, en la bibliomanía, la idea de adicción y abuso que implica me cae mucho mejor: yo amo los libros, yo vivo entre libros, trabajo con libros, escribo -o intento escribir- libros, llevo libros a todas partes y, más aún, traigo libros de todas partes. Hay quien me ha dicho que ya debo haber leído más que Borges pero no es cierto. He leído, sí, pero no tanto. No he leído Hyperión de Hölderlin, por ejemplo; ni la Divina Comedia ni Gargantúa y Pantagruel, sólo por citar tres ejemplos. No he leído a la mayor parte de los contemporáneos y sé que ya no lo haré. Me falta leer a muchos autores del siglo XIX, por ejemplo, que como muchos lectores que también me siguen en Fauna Abisal saben, es mi siglo favorito en lo que a literatura se refiere. No he leído a tantísimos poetas que debería leer no sólo para el bien de mi salud mental sino también poética. En fin. No pretendo leerlo toooodooooo, pero sí todo lo que pueda. 
Las librerías, las bibliotecas, cualquier acumulación de libros, ejercieron siempre sobre mí una fascinación sin tasa, sin coto, sin límites (bueno, mi psicoanalista insiste en que "no tengo límites" aunque no se refiere precisamente a los libros, pero pongamos). Es instintivo: veo un libro y tengo que tocarlo, abrirlo, inspeccionarlo. No importa de qué trate, yo necesito ver por mí misma qué es, qué dice, de qué autor es, de qué año, de qué editorial... Oh, sí. Soy, en el fondo, una bibliotecaria frustrada. Peor aún, una monja intelectual. Siempre se me figuró que viviendo recluida en un convento y con libre acceso a la biblioteca del mismo, cual si fuera sor Juana Inés de la Cruz, yo sería muy feliz. Incluso más que feliz. Pero en lugar de convento tengo mi propio estudio, en el que también me recluyo noche a noche y trato de pergeñar mis cosas. Y los libros me acompañan desde que tuve uso de razón.
Lo más extraño y llamativo del caso es que en mi casa no había libros ni nadie que leyera. No procedí por imitación ni por seguir ningún buen ejemplo, ya que simplemente no lo había. Fue una determinación propia, un movimiento soberano de mi incipiente voluntad el que decidió que los libros fueran parte esencial de mi existencia. Y empezó tímidamente, con un Principito regalado para "entretenerme" mientras me recuperaba de unas anginas y con la edición condensada para niños de Moby Dick, de la que ya he hablado aquí. Algún tiempo después, de vacaciones en Santa Teresita, fui a una de esos típicos comercios de nuestras costas donde venden revistas y libros por igual, sin el menor orden ni concierto. Allí descubrí un libro de Herman Melville y nació la bibliomána que hoy ustedes conocen. Simplemente tomé el libro de Melville, Billy Bud, marinero, y dije "quiero este", con total seguridad acerca de mi elección. La ecuación había sido muy fácil: me encanta el mar / Moby Dick es sobre el mar / Herman Melville es el autor de Moby Dick / Por ende este otro texto suyo que también habla sobre el mar debe ser bueno. No hizo falta más y en general he seguido aplicando un criterio bastante similar a ese cada vez que compro libros.
Después de ese libro pasaron varios años hasta que volví a comprar libros "por mí misma" pero una vez que arranqué (digamos a eso de los 16 años) no he parado hasta el día de hoy. Es así como se llega a una biblioteca de 2600 volúmenes (y contando...), y comprando siempre libros usados, saldos, en oferta, etc., nunca jamás nuevos, a menos que fuera indispensable (es decir, por la facultad), y revolviendo siempre en las bateas y en las mesas y no permitiendo jamás que ningún vendedor ignorante e inepto se inmiscuyera en mis asuntos libreriles. Odio, por ejemplo, a los esforzados vendedores de Plaza Italia que, ante la imposibilidad de desplegar sus mesas como antes (aunque el sábado pasé y me pareció ver varias mesas infractoras por allí...), al pasar uno por sus puestitos dicen, como si ese fuera su deber, "¿qué andás buscando?". Señor (o señora), no sé qué estoy buscando. No estoy buscando nada. O estoy buscando todo. Yo dejo que los libros me encuentren a mí, ¿comprende? Simplemente salgo dispuesta a lo que sea. Así y no de otro es como debe comprarse siempre un libro. Dejándose sorprender, dejándose amar y seducir por los libros. Nada de "¿tenés el último de Paulo Coelho?" ni mucho menos "sí, estoy buscando tal o cual cosa". No, señor. Eso lo hacen los que no son lectores compulsivos, los que no son escritores, los que leen como podrían igualmente mirar televisión o andar en bicicleta. 
Así y sólo así he logrado reunir libros tan dispares, maravillosos y extraños en mis anaqueles. Un diccionario español-ruso que cabe en la palma de la mano, fechado en 1939 y con una dedicatoria que reza "Para que vayas acostumbrándote a decirlo en el idioma de Pushkin" (!). O una Historia de la Literatura de 1902 editada en Barcelona por Montaner y Simón. O libros en idiomas que aún no domino como el húngaro y el alemán. O una edición con bellísimas ilustraciones de Cuento de abril de Ramón del Valle-Inclán, que seguramente me salió una ganga. O un libro traducido por Mansilla (de quien ayer hablé en Fauna Abisal) y Dominguito Sarmiento, editado en la colección que a principios de siglos salía junto con el diario La Nación... Sin contar mi paciente y venturosa recolección de los libros de la colección Capítulo del CEAL, muy especialmente de la Biblioteca Argentina Fundamental que ya ocupan su propio estante y que sigue creciendo, pues siempre aparece alguno de ellos entre las ofertas y los saldos. Y hasta tengo una Biografía del libro, un ensayo de Raúl Castagnino sobre este objeto tan hermoso que hoy nos convoca y que los agoreros de siempre pretenden que pronto dejará de existir... Pues les tengo noticias: cosas así se vienen diciendo desde que Gutemberg realizó su genial invención y ya ven...
Los dejo con un poema de Quevedo (¡otro de mis dioses máximos!) que resume perfectamente todo lo que yo siento -y sentiré siempre- por los libros: 

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.

Francisco de Quevedo

Las imágenes que ilustran este post me pertenecen y fueron tomadas con mi nuevo celular Nokia 7020. 

16 de abril de 2010

Curvas fotográficas

Hoy no voy a aburrirlos con mi planto por mi identidad perdida ni por el esplín decimonónico que me estuvo rondando toda la semana. Es viernes, ya arranca el fin de semana, salió el sol... Digamos que estaría bueno terminar una semana de mierda con algún mensaje medianamente positivo. 
Una lectora de este blog tuvo la deferencia de acercarme el nombre del fotográfo de unas bellas imágenes curvas que posteé en el 2008, así que considero una obligación moral e intelectual compartirlo con ustedes e invitarlos a visitar su página web porque es genial. Desconozco los parámetros técnicos para lograr estas fotos, imagino que mis amigos fotógrafos podrán darme alguna pista al respecto. ¡Ah! ¿Y cuál demonios es el nombre del fotográfo en cuestión, no? Es Sam Rohn
Espero que disfruten de las imágenes pero más de las sorpresas que los están aguardando en el fin de semana (¡cuiden sus bolsos, chicas, eso sí!). See you soon!

Posteo original con fotos de Sam Rohn sin saber que eran de él, empepinando acá

Página oficial de Sam Rohn, apretando fuerte acá

Infra, otra foto de Sam Rohn no posteada en su momento: 


13 de abril de 2010

La vida en pausa (o las curvas donde nada pasa)

Sigo indocumentada e incomunicada. La vida en pausa. Una vez más la montaña rusa del amor me sorprende con sus idas y venidas, sus rizos, sus vueltas carnero, sus trepidantes e inquietantes mesetas. Quizás es que la cosa venía medio acelerada (o medio a los tumbos, según como se vea) y los dioses del universo (sí, yo siempre he sido politeísta) decidieron darme un respiro. Pero ¡qué respiro más aburrido...!
Porque venía embalada como loca en cierta historia, que ahora pareció -o parece- frenarse. Porque se vislumbraban encuentros posibles e imposibles. Porque en el camino se me cruzó, de la nada, ya saben quién. Porque renacían pasiones después de tantos años de silencioso y distante cortejo. Porque aparecían horizontes cálidos, mansos y majestuosos allá a lo lejos. Pero ahora todo se ha detenido. Nada acontece. Todo está en un molesto stand still, en una foto fija que no me agrada, porque no dice nada. Porque no hay nada (mucho menos nadie). 
Pero qué sé yo. La lluvia me pone así también. Con una especie de melancolía serena. Aunque tenga algún que otro arranque de furia, por nimiedades o por los grandes problemas de toda existencia (a saber: ¿cuándo veré una vaca volar? ¿cuándo me llegará una estrella por correo -ya que el documento aún no me llega? ¿cuándo conoceré a un hombre libre, sin compromisos y listo y dispuesto para el amor? ¿cuándo me resultará realmente atractivo el hombre de la pregunta anterior? ¿cuándo se arreglará la administración de SeDiCI? ¿cuándo tendré todo un serrallo de hombres tan o más lindos que Georges Corraface sólo para mí? ¿cuándo habitaré una ciudad completamente desconocida? ¿cuándo tendré la suerte de ganar el loto -no importa que jamás juegue, se entiende? ¿cuándo completaré mi biblioteca -nunca grita un cuervo poeniano por detrás? ¿cuándo alcanzaré la mayoría de edad -nunca vuelve a decir el mismo cuervo? ¿cuándo me ocuparé debidamente de todos mis blogs -y el cuervo repite, etc.? ¿cuándo leeré todo Cortázar, todo Borges, todo Oliverio, toda Alejandra? ¿cuándo escribiré un poema definitivo, inolvidable, certero, impoluto? ¿cuándo mi novela? ¿cuándo encontraré los cuadernos que me robaron, las ilusiones que me robaron, la ropa, las ganas, los motivos, las ansias? ¿cuándo asumiré mi femineidad por completo? ¿cuándo el pasto será rojo o azul o violeta? ¿cuándo me mudaré a una isla caribeña a tomar daiquiris debajo de una hermosa palmera? ¿cuándo hablaré con los muertos, con mis muertos? ¿cuándo sorprenderé a una mesa en el exacto momento en que se esté rascando una pata como todas las mesas hacen cuando no las miramos -¡gracias, Julio!? ¿cuándo dejaré de preguntarme dónde, cuándo, cómo, quién y por qué?). 
La lluvia me pone así, dije. Ya ven. Hoy hubiera querido tener mi telefonito para sacar alguna foto de las nubes correteando por el cielo, oscuro y presagioso, o de algún charco o esas imágenes que siempre se nos ocurren tan fotografiables en momentos así (al menos a mí) pero no pudo ser. Tantas cosas no pudieron ser... pero no quiero ponerme pesimista. Pero revuelvo en el archivo de las fotos que sí pude sacar en su momento y les comparto una, a modo de ilustración de mi estado de ánimo de hoy.


- Río de Quilmes, 2009 -

Es sólo una pausa. Sucede que en la ficción esto se arregla con un maravilloso espacio activo (es paradójico que se llame 'activo' al espacio en el que precisamente no pasa nada, ¿no?) o con un cambio de escena, de enfoque, de narrador... En la vida real, eso se complica un poco. Pero sólo un poco. 

9 de abril de 2010

La curva de la música

Resignada ya a que nunca recuperaré los cuadernos que estaban dentro del bolso que me robaron (a menos que ocurra un milagro), la cosa que más extraño de todas cuantas allí había es mi telefonito. Pero no por el hecho de "estar comunicada" ni ninguna de esas paparruchas. Lo extraño porque allí llevaba yo mi música, mi música particular, singular, adaptable a todas las circunstancias, a todos los estados de ánimo, a todos los fluctuantes histerismos de mi mente loca y apasionada. Sin mi música personal ando perdida. Desajustada. Me falta algo. Y me falta precisamente esa magia portátil, esa maravillosa taumaturgia que se opera cada vez que uno escucha su música favorita, esa que le revuelve el alma, que le alborota el pelo y el corazón, que se le sube a la cara, que hace mover piecitos y manos, que nunca, jamás, nos deja indiferentes. 
¿En qué consiste este verdadero encantamiento que ejerce la música sobre nosotros? No sé ustedes, pero a mí la música me abraza desde mi más tierna infancia. Creo que en el fondo siempre quise ser una cantante de rock pero ni la naturaleza ni la genética me han bendecido con el don del canto (por momentos logro creer que sí con el del cántico, es decir, el de la poesía). Soy positivamente mala cantando, no sólo mala sino desastrosa, penosa y lamentable. Aún así, me encanta cantar, con perdón de la tremenda aliteración, pero es que precisamente así es. Uno canta y se encanta a sí mismo, espanta los miedos, se llena de aire y poder, y si los dioses le fueron favorables, puede encantar -y seducir a rabiar- también a los demás. Amé siempre la música (y a los músicos, ya se sabe); más allá de estilos o bandas favoritas, siempre la música estuvo presente en mi vida. Y ahora que no la tengo, que tengo que aguardar a que se den ciertas circunstancias para que se puedan dar otras y así recuperar mi telefonito (o uno parecido) me doy cuenta del espacio que ocupa en mi vida y de la falta que me hace ese poder enchufarme a lo que tanto me gusta y disfruto. 
Por eso hoy les quiero compartir una página que encontré vía otro blog vía las alertas de Google. El otro blog tiene un nombre que lo vuelve primo o pariente no tan lejano de este: espaciocurvo y de lo que se trata es del World Science Festival del 2009, en el que se trató el tema "Notes & neurons: in search of the common chorus" (Notas y neuronas: en busca del coro común). La hipótesis es que ciertas escalas musicales, más específicamente las pentatónicas, ya vienen "pre-moldeadas" en nuestros cerebros y podemos reconocerlas siempre, aún cuando no sepamos ni papa de música. Aquí el posteo original de espaciocurvo donde se menciona esto y aquí todos los videos de los conferencistas y la cabal demostración de Bobby McFerrin de que dicha hipótesis no es en absoluto desacertada... 
Enjoy it!

6 de abril de 2010

La curva de las despedidas

Se suponía que ya no iba a hablar de vos, que ya nos habíamos despedido, que el año pasado había sido la última vez que te nombraba en este blog, pero ya ves, no es así. Tantas cosas se suponen usualmente que no es extraño que esto que no se suponía fuera a suceder, haya sucedido.
Hoy te vi. Estabas con tu hija (¡tan parecida a ella...!) en la estación de tren. Tantas veces que soñé, deseé y supliqué por un encuentro así y ya lo había desestimado, porque suponía que ya no andabas por el barrio. Pero no, ahí estabas. Cuando yo ya me había olvidado de esos pecaminosos deseos de volver a verte y encandilarte, cuando ya ni se me cruzaba por la cabeza que fuera posible, ahí estabas. Vos, el mismo, el de siempre, mi músico lisérgico y fantasmal, narcótico, vándalo, peligroso... Te dediqué tantos adjetivos en mis poemas que podría escribirse todo un glosario con ellos. Y ninguno nunca daba ni dio ni dará en la tecla. La tecla. ¿Qué tecla oprimiste para que yo te amara siempre así? No lo sé. Creo que nunca lo voy a saber. ¿Qué tecla oprimo ahora para seguir mi camino? ¿Delete? ¿Enter? ¿Backspace? No lo sé tampoco. 
Sólo sé que aunque no lo pareciera, ésta fue nuestra despedida. Visto desde afuera eran sólo dos personas, dos conocidos (¿quién sospecharía que éramos en verdad dos amantes?) que se encuentran, se saludan, charlan de banalidades y cada cual sigue su camino. Pero desde adentro fue distinto. Ni toda mi cháchara sobre los lamentables sucesos de que fui objeto los otros días (que le roben a uno tiene ciertas ventajas: se obtiene el protagonismo en cualquier conversación) ni lo poco que vos me contaste pudieron opacar ni ocultar lo que se estaba jugando por detrás. El tan anunciado y vilipendiando y buscado y evitado a la vez fin. Ahora sí. Ya lo venía sintiendo desde hacía rato (porque ni siquiera después de lo que pasó el año pasado podía aún admitirlo) y hoy quedó plasmado. Nada en la actualidad me une a vos y eso está muy bien. Allá quedó el pasado: en una cuenta de gmail que nunca volví a abrir, en algunos recovecos de tu blog, en pasados posteos de este mismo blog, en mis diarios y en mis poemas. 
Se terminó. Y está muy bien que se haya terminado. 
No me resulta fácil decirlo, sin embargo. Lo digo con lágrimas en los ojos, una vez más, pero sé que es lo mejor. Más aún, es lo adecuado, que siempre es mucho mejor que lo correcto. Ya no podría estar con vos: la vestal se fue hace mucho, se arrojó, feliz, como profetizo en varios poemas, en el centro de su propio fuego, del fuego que con tanto celo cuidaba día y noche. La sierva, la supliciada, la émula de Alejandra Pizarnik, de Sylvia Plath, de Erica Jong y de todas las mujeres maltratadas por el bruto de turno murió allí también. La prueba está en que hasta te fuiste de mi poesía. Otros son los musos que me inspiran ahora, otros los vientos, otros los caminos que recorro y que quiero empezar a recorrer con ansiedad adánica (o evánica, digamos). Otros son y nada hay de malo en ello y sé que si algún día llegás a leer esto lo comprenderás perfectamente porque vos también recorrés ya otras sendas y otras auras y otros duelos y eso está perfecto, es lo que tiene que ser, lo que siempre tuvo que ser (lo nuestro no, lo nuestro nunca tenía que ser). 
Me quedo, eso sí, con el abrazo que me diste y con lo que creí percibir en tu mirada: una mezcla de nostalgia y encanto, como esas últimas llamitas que quedan ardiendo cuando ya se enfrió toda la lava y el volcán que antes nos arrastró tanto y tan lejos empieza ya a humear, despacio, tranquilo, aliviado al fin. No quería quedarme con las imágenes del encuentro anterior, porque estaban cargadas de odios, rencores y tantos otros sentimientos negativos que siempre estuvieron amalgamados con lo más profundo de nuestro amor (o con lo que demonios haya sido). No quería odiarte ni cuando te dije que te odiaba ni cuando te eché de mi casa (oh, he sido siempre tan melodramática, ¿no?) ni cuando te dije cosas horribles e irrepetibles. Nunca hice otra cosa que no fuera amarte, ya no importa si a vos o a la idea mítica que yo tenía de vos. Pero no quería quedarme con esa piedra oscura y fría adentro, con ese peso que me llagaba, con ese dolor todavía presente. Por eso celebro que nos hayamos visto así, como se encuentra un día cualquiera la gente civilizada y mientras en la superficie se discurre acerca de las banalidades diarias, en lo profundo se restañan y curan todas las heridas. 
Ojalá haya sido algo así para vos también. 
Chau, amor, que estés bien, como te dije hoy. 


P. D.: Hoy me voy a dar el lujo de poner una foto tuya, de la misma manera que en su momento puse fotos de Zappa o de cualquier otra persona que juzgué digna de estar aquí. 

P. D.: Hoy volví a entrar en esa cuenta de gmail que ya no frecuento y encontré todos esos maravillosos, delirantes, enojosos, malévolos, hermosos y apasionados mails que intercambiamos hace ya tanto tiempo y me encontré con esta cita de la novela de Philip Roth, El teatro de Sabbath, novela de la que saqué otro de mis tantos seudónimos (Drenka Balich, el mismo con el que aún aparezco en tu blog): 

"Parodia, juego, el talento y el gusto de lo clandestino, el conocimiento de que todo lo subterráneo supera con mucho a lo terráneo, cierto equilibrio físico, el equilibrio que es la expresión más pura de su libertad sexual."

P. D. (última): En febrero pasado se cumplieron quince años exactos desde la primera vez que nos vimos... Y todavía hay sensaciones, momentos, palabras y miradas de esa primera vez que me resulta del todo imposible olvidar. Intuyo que eso nunca cambiará, al igual que la posesión demoníaca a la que aún me somete, con tanta facilidad y maestría, tu música.  
Related Posts with Thumbnails