26 de mayo de 2009

Los agujeros negros del corazón (o ¡Viva lo cursi!)

Siguiendo con la veta astronómica, me entero hoy, siempre por el omnímodo Google y sus alertas, que ha sido descubierto un agujero negro "supermasivo" (o sea, enorme, gigantesco, ciclópeo, titánico, monstruo, tera-mega-hiper grande) justo en el centro de la Vía Láctea, como quien dijera "justo en el centro de mi corazón" (chan).
Ayer cumplí 35 años y el agujero negro todavía está ahí. Sigue atrayendo cosas a su ígneo centro, se siguen cayendo en él muchas otras, pero ahora yo lo miro desde otro lado, desde otro punto de la galaxia. He cumplido 35 años, estoy en la "plenitud" de la mujer, en el medio del camino de la vida más que nunca y me siento bien (gracias, Fontova, por ponerle música hace ya tanto!). Me siento bien conmigo misma, que es lo primordial. Hay aire fresco en esta ciudad, en la pequeña ciudadela -fortificada aún- de mi ser. Hay promisorias humedades que brotan en lo más mágico de la noche y que surgen también en los momentos más inesperados, provocando pequeños tembladerales de locura a su paso. Hay momentos dignos de ser atesorados en lo más querido e íntimo del corazón, en ese otro agujero negro a donde van a parar todos esos hermosos recuerdos que nadie quiere perder de vista. Hay fotos que atestiguan lo que antes era sólo un comentario al pasar entre amigas. Hay otras amigas, hay nuevos amigos, hay compañeros de trabajo que ya casi puede decirse que son una parte más de la familia, hay esperanzas, hay provocadoras, batalladoras y fabulosas esperanzas donde antes reinaba una sola esperanza obstinada e inútil (ver el post de mi cumpleaños anterior). Hay sorpresas, hay regalos completamente inesperados, hay personas que reaparecen, primos que me agregan en el FB y me alegran en un instante la existencia toda al saber que están bien, que están haciendo cosas, que siguen siendo tan hermosos y tan locos como los recordábamos siempre...
Hay nuevos espacios, hay nuevos blogs, hay nuevos proyectos y refundaciones de los proyectos que ya estaban en marcha, hay viajes para recordar y viajes por venir, hay novedades siempre, donde antes el agujero negro de la desidia y la desazón se tragaba todo, hasta la luz. Porque eso es lo que hacen los agujeros negros según acabo de enterarme aquí. Los temibles se tragan hasta la luz, porque ni siquiera ella puede escapar de su asfixiante y ubicua prisión. 
Pero yo sí escapé. Al final, se conjuró y confabuló todo de forma tal que un exorcismo tan simple como cruzar algunas palabras por el chat de FB con él, con mi único "él", bastó para liberarme de una vez por todas (queremos creer que es de una vez por todas, pero conociéndolo a él y conociéndome a mí, uno nunca sabe muy bien a qué atenerse... pero pongamos así que queda mejor) de la ilusión más cruel y paralizante para mí. Que él volviera. Y volvió. Pero cuando volvió, ya no lo quise. Y no lo quise porque recordé, porque hubo algo que el agujero negro no se pudo tragar y fueron los recuerdos. Los buenos y los malos. Y los malos eran más, aunque los buenos fueran los más buenos de todos los buenos posibles o casi. Y así, ayer no me preocupé ni un instante por si el teléfono iba a sonar o no, y si iba a ser a él o no. Simplemente me dejé ir y me olvidé de que alguna vez mi vida dependió de si ese teléfono sonaba o si no. No es, claro, que reniegue de mi historia con él o que piense que esa increíble magia, que ese portento de sentimientos se pueda repetir con otra persona. Porque no se repetirá, estoy segura. Tamaña pasión no cabe dos veces en una vida. La pasión que venga -porque vendrá- será completamente otra. Será otro agujero negro entonces el que me atrape después, pero este ya no. Como una estrella, dejó de arder y su núcleo comenzó a enfriarse hace ya mucho tiempo. A veces destella aún y logra engañarme, pero son apenas unos segundos. Eso sí: cuando su música suena es como si nunca hubiera abandonado mi corazón. Pero eso es todo. Y entonces vivo mis 35 añitos más feliz aún que el año pasado, aunque todavía no haya aparecido el hombre dispuesto a robarse nuevamente todo mi amor. 

19 de mayo de 2009

El maravilloso mundo de las imágenes curvas, de nuevo

No sé bien por qué esta renuencia a publicar en Curvas. A decir verdad, no pareciera tratarse de nada en especial, pero el último post es del 6 de mayo, hoy es 19, y teniendo en cuenta que la proclamada frecuencia de este blog es diaria... Bien, cualquiera podría decir que en efecto algo está pasando. Pasa, por cierto, que estoy trabajando más horas en la ciudad de las diagonales. Pasa que tengo otros blogs de los que ocuparme. Pasa que a veces me distraigo con las nocturnas amenidades que regala (¿o entrega a cambio de nuestras almas?) Facebook. Pasa que otras veces me distraigo con las inusitadas sorpresas del Messenger. Pasa que... la vida también pasa. Y otras veces hago otras cosas, otras se corta la luz, otras me engancho a ver algo en la tele, aunque esto es lo más raro de todo. Pasa que también vivo y eso, a menudo, se traduce en horas y momentos lejos del monitor, ausente sin aviso del teclado (y bueh, ya tendré yo también mi laptop o mi netbook o mi lifedrive, je).
Pero hoy tuve ganas de venir a curvas porque el maravilloso mundo de las imágenes me ha atrapado de nuevo. Estaba revisando mails llegados a una de mis tantas cuentas cuando observé esta alucinación que verán a continuación: 


Eso que se ve ahí chiquitito es la Tierra que, por un efecto desde luego óptico, parece muy cercana a los adorables anillos de Saturno (lugar en el que siempre quise vivir en mi fantasía infantil... y no tanto). La imagen se obtuvo a partir de complicados procesos que no pienso describir aquí, desde una sonda que exploró o estuvo explorando Saturno en el 2006 llamada Cassini, desde luego un proyecto de la NASA, la Agencia Espacial Europea y la Agencia Espacial Italiana. Poco importa esto, pero es correcto citarlo. Pueden encontrar más información (en inglés) y más imágenes curvas, desviadas e increíbles en la página oficial de la sonda Cassini: http://ciclops.org/ir_index/21/In_Orbit
Hoy mismo sufrí otra alucinación similar con esta otra foto y la noticia publicada por Yahoo, cuyo link os dejo, aunque creo que la imagen habla por sí misma y la explicación acerca de cómo fue lograda la foto y blah blah le quita, creo yo, todo el misterio. No es un limón, es el Sol: 

Día de imágenes que invitan a pensar en imposibles, en magias insolubles, en poderes que están mucho más allá de nuestro alcance, es decir, en esas cosas que entusiasman tanto a los escritores de raza... Será por eso que al fin me aventuré por aquí hoy.

6 de mayo de 2009

Influenza: la curva del pánico

Alguna vez he hablado por estas mismas páginas de la lógica del pánico, las teorías conspirativas y otros similares desvíos convenientes (convenientes para los poderosos, se entiende, para los Señores del Mundo). Hoy, que estoy bastante resfriada, bastante molesta, bastante zombie y ligeramente preocupada (¿será un simple resfrío -el primero del año? ¿será una gripe moderada? u ¡oh no! ¡debe ser la gripe porcina, auxilio!), quiero compartir con uds, queridos lectores (de lejitos, no se preocupen; sin barbijo, eso sí) una nota que me llegó a través de Feisbuc en la que considero, a pesar de su extensión, se brinda información muy útil e interesante. 
Pero no es la típica nota que en tono apocalíptico alerta acerca de los peligros inminentes (o nunca llegados, en fin) de esta nueva "pandemia" si no que, con números y hechos en la mano, invita a reflexionar acerca de las causas económicas y políticas que están detrás de todas estas porquerías que, de pronto, de improviso, como por arte de birlibirloque, "nos invaden". No hay tal invasión. No hay ningún "de improviso". Hay algo que, lamentablemente, se parece mucho a las teorías conspirativas y a los siniestros sínodos internacionales donde un montón de Monty Burns se juntan a ver cómo hacen para incrementar, a cualquier precio, sus ganancias. 
La nota, a pesar de su extensión, insisto, invita también a pensar en las terribles consecuencias que el maldito individualismo instaurado hace ya varios años por nuestros gobiernos "progresistas" provoca en nuestras ya deterioradas y socavadas sociedades. Y si bien se refiere específicamente a México creo que basta con cambiar por 'Argentina' o el país latinoamericano que se prefiera o en el que se resida para ver reflejadas las mismas problemáticas una y otra vez...
Aquí la nota. Enjoy it... if you can. Es un poco bajón, lo sé, sobre todo al final (donde aparece, sí, la veta apocalíptica), pero de vez en cuando viene bien pensar en este tipo de cosas que, en definitiva, nos pueden dar una idea de hacia dónde vamos o hacia dónde no queremos ir. Atchís!!!

4 de mayo de 2009

Feisbuk, el nuevo dios

Si antes eran las alertas de Google las que me proveían de materiales para este rinconcito, ahora es el nuevo dios Feisbuk el propiciador de posteos y rememoraciones muy queridas, como la que me sorprendió esta noche, después de un ajetreado fin de semana entre poetas venidos de todas partes (Reunión de Voces 2009, evento organizado por el grupo de poesía Pretextos).
Estaba haciendo la recorrida habitual por la página de inicio del Feis cuando encontré que una de mis "amigas" (las comillas las uso con cierta ironía, desde luego; aunque es cierto que la mayoría de mis amigos feisbukeros son personas que conozco personalmente valga la rebuznancia, también hay muchos que no los conozco aún, como es el caso de esta "amiga") ponía un enlace a iutub con un clip de la película Bagdad Café. Esta peli, que no vi, pero que está basada en una novela de Carson MacCullers (La balada del café triste, si no recuerdo mal) tenía como tema principal una canción ARMOSA que estuve buscando durante años y años sin encontrarla jamás... hasta esta noche.
La razón por la que no había tenido éxito con mi búsqueda era que no recordaba ni cómo se llamaba la cantante ni cómo se llamaba el tema. El enlace de mi amiga feisbukera resolvió ambas incógnitas de un saque: Jevetta Steele la cantante, "Calling you" el tema. Si conocéis dicho tema y conocéis mis gustos musicales os preguntaréis cómo es posible que me guste tan melosa canción. No lo sé. Pero está unida indefectiblemente a una época ya muy lejana de mi existencia en la que todavía no había pasado "nada" (o ya habían pasado demasiadas cosas) y en la que estaba empezando, a Dios gracias, a despuntar el vicio de la lectura, la literatura, la música y la poesía. Y precisamente en aquel tiempo, además de escuchar la Heavy Rock n' Pop, que empezaba a la una de la mañana y terminaba a las tres (aunque a veces se alargaban hasta las cuatro o cinco), escuchaba también el programa de radio que hacía Jorge Lanata (sí, Lanata) inmediatamente antes que ellos, de doce a una, llamado La hora 25, título también de una impresionante novela antibelicista del rumano C. Virgil Gheorghiu, que presté y nunca me devolvieron... ufa! 
La cosa es que la cortina musical de arranque del programa de Lanata era este bellísimo tema que hoy, dieciocho años después, he recuperado gracias a Internet, a Facebook, a la tecnología y a la mar en coche. Y como en la letra se nombran las curvas y dicen que la película es excelente, los dejo sin más con el video: 

27 de abril de 2009

Curvas en movimiento

Pensaba despacharme nuevamente con una alerta de Google, pero en lugar de eso prefiero comentar sucintamente algunas nuevas actividades que estoy desarrollando en este arrollador (bueno, más o menos, por comparación con el año anterior, sí) 2009.
A mi apostolado habitual en favor de la lectura, la poesía y la literatura, testigos de lo cual son cada uno de mis blogs, se han sumado otros nuevos apostolados que van también en la misma dirección: en primer lugar, y ya desde el año pasado, las colaboraciones con la Agencia de Noticias ANSud (no pongo el link porque momentáneamente está off line, hasta que se termine de rediseñar la página y migrar de servidor), que me permitieron adentrarme, de a poco, en un mundo que siempre había mirado desde afuera y con bastante desconfianza, como es el del teatro. La posibilidad de ir a ver obras teatrales de las más diversas variantes y estilos es algo que nunca le podré terminar de agradecer a mi querido amigo y cumpa periodista Pablo Dipierri.
Este año, aparte de seguir cubriendo las obras de teatro, se sumarán, tal vez, nuevas actividades en la Agencia, entre la que figura la que quiero comentarles con más detalle en próximos posteos, a medida que me entere de algunas cositas más. Por ahora, baste el flyer aquí junto.
Pero en este mismo 2009 recibí otra propuesta/invitación más que interesante, como fue, por parte de Carlos Roldán, la de ser coordinadora (junto con los poetas Adrián Bet, Marcelo Luna y mi compi-amiga Karina Sacerdote) del ciclo de poesía "Vientos Contrarios", uno de los ciclos de poesía porteños señeros (y disculpen la rima) y con mayor trayectoria en el under poético. Un ciclo de poesía que se preocupa por dar cabida a nuevas voces y darle apoyo y difusión a voces poéticas más afianzadas, pero que también se ha propuesto darle una pequeña vuelta de tuerca al asunto y hacer un petit debate entre los poetas invitados, para que no todo sea la lectura de poemas de siempre y nada más.
El sábado, con bastante nervios y algunos desajustes, previsibles en todo estreno, nos largamos con esta nueva versión de "Vientos Contrarios" y el debate, que era la novedad, salió muy bien a pesar de que tal vez todos nos alejamos bastante de la pregunta original ("¿cuál es la función de la poesía en la sociedad actual?"), pero así y todo creo que salió muy bien. Lo que me sorprendió, y lo cuento porque quiero compartirlo, no para darme aires, fue que mi modesta, tímida y casi titubeante intervención fue ruidosamente aplaudida por los presentes, a pesar de que antes de mí habían hablado varios de los poetas invitados y habían dicho todos cosas muy sensatas y atendibles y con las que yo estaba básicamente de acuerdo... Lo que me sorprende no es tanto el aplauso en sí (aunque sí, para qué lo voy a negar), sino la aparente facilidad con que me salieron esas palabras (de las que, por supuesto, no recuerdo ni una...!). No me caracterizo por tener una oratoria descollante, más bien todo lo contrario. Incluso me cuesta mucho hablar en público. En la facultad rehuía todo lo posible los exámenes orales. Siempre digo que si pudiera hablar como escribo mi vida sería otra cosa... pero, bueno, es lo que es. Y, al parecer, no tenía más que dejar mis miedos y aprensiones de lado y largarme a hablar y ya...! Esto es lo que realmente me sorprende y quería compartir con uds. mis silentes -bueno, no tanto, hay nuevos lectores que se animan a comentar... al fin!- lectores.
Y calculo que se vendrán más actividades, pero eso sólo lo sabré con el tiempo. El caso es que a pesar de todo este movimiento, no quiero dejar desatendidos mis rinconcitos virtuales que tanta falta y tanto bien me siguen haciendo, si bien nada reemplaza el contacto humano amistoso, fraterno, cálido y sincero como el que tuve el sábado con mis compañeros poetas y con Liliana Varela y Patricia Ortiz, las amigas de "Río de Letras", otro de los ciclos poéticos en el que también tuve el gusto de ser invitada el año pasado.
Si Los Twist decían la dicha en movimiento yo digo: la poesía en movimiento!!!

22 de abril de 2009

Nebreda: ¿el auténtico desviado?

¿Qué pasa cuando es la mente humana la que se desvía? ¿La que se sale de los carriles normales (pero, desde luego, no dejo de preguntarme cuáles son y quién decide que esos sean los carriles "normales")?
Me temo que voy a decir un montón de estupideces o de paparruchas pero esto me ha realmente impactado. Anoche estaba chateando con una amiga fotográfa (ella). Una charla de chicas presuntamente inteligentes, presuntamente independientes, previsiblemente solas. No importa. Lo que importa es que nos pusimos a hablar de fotográfos y otros artistas, y Cele mencionó a David Nebreda. El link vino por los trabajos, también impresionantes, de Joel-Peter Witkin. Pero si el enterarme de que Witkin trabaja con cadáveres (cosa que yo no sabía y que explica muchas de sus fotos...) me impresionó, no lo hizo tanto como la obra del español Nebreda.
Nebreda no es un fotográfo (quizá sería mejor denominarlo directamente "artista") cualquiera. No saca fotos de pajaritos, de niños angelicales, de flores (que las amo), ni siquiera de eróticos, cuidados y sugestivos desnudos. Saca fotos de sí mismo. Pero de nuevo. No son los previsibles autorretratos de Mapplethorpe, pongamos por caso. No, señor. Nebreda saca fotos, registra, documenta su locura, su enfermedad, el desvío terrible, fatal y ominoso por el que se va su mente. Y al colocar ese precioso tricolon de adjetivos ("terrible, fatal y ominoso") no puedo dejar de preguntarme ¿terrible para quién? ¿para él o para nosotros que impasibles permanecemos observándolo cual si un insecto monstruoso e imposible fuera?; ¿qué es lo fatal? ¿su no adecuación a nuestras normas morales, sociales, culturales, lo que fuera?; ¿qué es lo ominoso? ¿su mente "desenfocada" o la nuestra, tal vez demasiado enfocada, encarrilada y encauzada por la cultura, la civilización, la educación?
Éstas son las preguntas que me surgen al pensar en la "obra" de Nebreda. Pongo comillas porque, insisto, su obra es sí mismo. Marca su cuerpo (por usar un verbo suave) pero también lo muestra, a pesar de que hace ya muchos años que vive completamente encerrado en una casa en algún oscuro e ignoto punto de Madrid. Se flagela (de nuevo, por usar un verbo suave) pero lo muestra. Cabe preguntarse entonces: ¿hace todo eso para mostrarlo, con el sólo fin de mostrarlo? ¿Es una pantomima perfectamente orquestada o realmente su enfermedad, la esquizofrenia paranoide según leo, lo lleva sin más a eso? ¿Dónde está el límite entre la supuesta actuación en pos de llamar la atención, digamos, y el terrible, fatal y ominoso acting a que lo obliga su desequilibrio, su desvío?
Sé que todo este palabrerío no sirve de mucho sin las pruebas fotográficas que lo sustenten. Pero en lugar de eso prefiero remitirlos a un video en el que se exhiben muchas de sus fotos, y entonces comprenderán a qué me estaba refiriendo con todo esto.
Como corolario, si ayer dije, vía Barthes, que el lenguaje es fascista, hoy debo agregar que en estos días leí un cuento de Kafka que nunca había leído y quedé sencillamente anodada, pasmada y azorada. Los que lo leyeron dirán "puff, chocolate por la noticia", pero yo todavía no salgo de mi asombro: "En la colonia penitenciaria" es, verdaderamente, terrible, fatal y ominoso. Quizás mañana en Fauna Abisal me despache a gusto sobre él. Nuevamente, todo tiene que ver con todo... y me guardo la obra de otro fotográfo en consonancia con todo lo expuesto hasta aquí para otro momento, quizá para mañana mismo. 
Por si acaso aclaro que el video no es apto para impresionables.

21 de abril de 2009

I'm back (no estaba de parranda... aunque me hubiera gustado!)

Welcome back everybody! Mi ausencia de estos parajes internéticos se debió a una serie de desinteligencias familiares e internas que provocaron el abrupto, astuto y taimado corte de la línea telefónica de mi (menos)preciado hogar y el consecuente impedimento de conectarme a la red, salvo en las sacrosantas horas de trabajo. Si bien hubiera podido preparar posteos y publicarlos por lo bajini desde my work, eso hubiera contradicho no sólo mi intachable ética laboral (risas) sino el espíritu mismo de estos posteos, que nunca son pensados ni planeados ni hechos con antelación (ni siquiera los de mi querida Fauna Abisal). Siendo así las cosas, me rendí ante la evidencia de mi espantosa incomunicación con el mundo y decidí ser paciente, pensando que ni bien uno pagaba la maldita boleta atrasada los señores de Telefónica/Speedy y todas sus putas madres (oh, no, ¿será ésta una muestra de violencia machista? ver infra) el servicio afectado se reestablecía... ja. 
Qué ingenua sos, Anita. El teléfono tardó casi tres días en volver mientras que Internet (parece que habilitar ambas cosas al mismo tiempo no es procedente, no corresponde o es un esfuerzo técnico tan grande que obliga a que se haga en dos interminables pasos) tardó otros dos días. Una belleza. Amigos, la moraleja es: ¡no se atrasen con sus boletas o se sentirán totalmente desasidos del mundo! Y pensar que antes, hace ya unos años, bueno, unos cuantos, déjenme ver... a la pipeta, siete años ya, yo no tenía Internet, apenas si la primera y aún fiel Abulafia, la compu que me heredó mi primo con sus primosos 3 gigas de... ¡espacio en disco! En fin, que no tenía Internet ni mp3 ni FCB ni MSN ni nada y era feliz igual... creo. O por lo menos no sentía que la PC era un trasto totalmente inútil si carecía de conexión con el mundo... O tempora, o mores (no Mariano, je)!
Entonces, heme aquí de nuevo, una vez que he desagotado (es un decir) mis cuentas de mail, abarrotadas luego de prácticamente una semana sin bajarlos y una vez que me he vuelto a conectar con todas aquellas cosas que tanto me gustan (interné, interné!!!), vuelvo a por mis fueros y ¿con qué me encuentro? Con que el mundo siguió girando, FCB siguió andando y sumando adeptos, pero la tasa de idiotas no decrece ni un segundo. Por el contrario, crece minuto a minuto. 
Revisaba mis googlianas alertas cuando me encontré con un término que desconocía y que no creo (mejor dicho, espero) que la RAE aún haya aceptado: "femicidio". ¿Lo qué? Una definición perogrullesca podría ser: "homicidio cometido contra una mujer", o bien "asesinato perpetrado contra una mujer (¿o los ineptos del correccionismo político prefieren "contra una persona del sexo femenino"???)". No creo (espero, reitero) que tenga validez legal pero aquí podrán encontrar la página de la que me alertó Google y su paranoica (es un hecho que el mundo está cada día más y más paranoico, sin duda alguna ya), retrográda y espantosa retórica "feminista". 
Y todo esto se debe, ¡una vez más!, a la maldita corrección política que tanto me repugna. Yo me pregunto: esta gente que tanto se rasga las vestiduras con la supuesta corrección del lenguaje, ¿entenderá alguna vez que el lenguaje es fascista, como bien dijo Roland Barthes? ¿Entenderán algún día que sólo podemos decir lo que el lenguaje nos deja decir? ¿Comprenderán que no existe la sinonimia perfecta, que la precisión rayana en lo absurdo es justamente eso, absurda, que el lenguaje es una herramienta y que nuestra misión es saber usarla cada vez mejor para así pensar cada vez mejor y llegar a ser medianamente libres?
Tal como veo hoy las cosas, pareciera que no. Lástima. O tempora, o mores, de nuevo.

10 de abril de 2009

Un desvío anatómico

No sé ustedes pero a mí, cuando era chica, me fascinaba ver libros de medicina o recorrer las hojas en papel ilustración de la enciclopedia donde se mostraban los distintos sistemas del cuerpo humano por dentro. Así, estaban las láminas donde el rojo de los músculos sobresalía ante todo; otras, en donde el recorrido de las venas y los vasos sanguíneos hacían pensar en mapas de territorios no hollados aún por el hombre; y también estaban aquellas, las más tétricas, las más hórridas, las que en el amarillento color de la muerte mostraban nuestros poderosos y frágiles doscientos seis huesos, nuestro simpáticamente feo esqueleto. 
¿Qué morbo se (nos) despierta al ver eso? No lo sé, pero evidemente uno muy grande. No hay más que pensar en la cantidad de series que hoy día se ocupan de cosas por el estilo en la tele (Bones, CSI, Dexter y tantas más). Recuerdo ahora también la muestra "Bodies", a la que al final no fui, pero de la que había visto algunas imágenes en un documental (justamente) por Discovery o History Channel. ¿Nos gusta la muerte? ¿O es otra cosa?
Creo que es otra cosa, aparte de la necrofilia. Es el misterio de lo que se nos mantiene, por nuestro bien, oculto. Es el misterio ahora profanado por radiografías, ecografías, tomografías y otros chismes de última generación semejantes. Podemos llegar, con ellos, a ver hasta el último recoveco de nuestro cerebro. Podemos conocer la silla turca (ese huesito donde se asienta la hipófisis) o el huesito vómer (un hueso detrás de la nariz) que siempre me cayó simpático por su nombre. Podemos conocer la inclinación de nuestro útero, el estado de todos nuestros órganos, pero aún así no podemos conocernos lo suficientemente a nosotros mismos y menos a quienes nos rodean. ¿No es realmente paradójico que el conocimiento de todos los cableados de nuestro interior no nos revelen ni un ápice de quiénes somos realmente?
Toda esta diatriba anatómica viene a cuento de dos cosas que vi en estos días y que quiero compartir con uds. Una salió ya en el blog de Jorge Gómez Jiménez y la otra me llegó vía Curious Expeditions, ese hermoso sitio donde están las imágenes de las bibliotecas curvas que publiqué hace unos meses. La primera se trata de una exposición en la biblioteca de Nueva York, titulada "Imágenes de la ciencia: 700 años de ilustración científica y médica", que pueden ver acá. Es, sencillamente, amazing, como dirían los yanquis. La otra es este blog, de temática similar. Lo que más me espeluznó, en todo sentido, son las figuras de cera usadas por los antiguos estudiantes de Medicina. Y también la colección de animales conservados en formol. 
Vuelvo a mi pregunta inicial: ¿qué es, entonces, lo que tanto nos fascina? ¿Por qué yo sigo mirando programas como los que pasan en Discovery Home & Health acerca de extraños casos médicos? ¿Por qué nos gusta tanto Doctor House? Estoy segura de que no es sólo por lo bien construido que está el personaje. Hay algo más. Lo distinto. Lo extraño. Lo que se sale de la norma. En definitiva, lo que se desvía. Lo que no sigue el curso preestablecido... pero ¿preestablecido por quién?

8 de abril de 2009

Una escalera, sus curvas, un fotográfo y el infinito

En este miércoles que se disfrazó de viernes, como bien sugirió uno de mis compañeros de trabajo, en lugar de recurrir a las Google alerts como pensaba voy a presentarles mejor a un fotográfo que descubrí anoche navegando por photo.net.
Se llama Damjan Voglar y en su deviant descubro que vive en Ljubljana (Eslovenia) y que le gusta Frank Zappa...! Con razón sentí una afinidad instantánea al ver las imágenes que voy a compartirles debajo.
Pensaba, al verlas, en el misterio que (me) suscitan las escaleras en caracol, por completo diferente del que pueden suscitar, si lo hacen, las escaleras, digamos, "rectas". Dijo un filósofo del siglo XX, acaso uno de los más lúcidos y de los menos difundidos y comprendidos, que la filosofía es como una escalera que sirve para llegar hasta un punto y luego hay que tirarla. Pero, me pregunto yo ahora, ¿cómo tirar una escalera caracol...? Una de esas escaleras que se enrollan sobre sí mismas, que dan vueltas sobre su eje, y que, como helicoides, dan vueltas y más vueltas sobre la nada y el infinito mismo? Esas escaleras que nos recuerdan la delicada orfebrería de nuestras orejas? Esas escaleras hechas a imitación, es claro, del caracol col col y su casita rodante a cuestas?
Tal vez las escaleras caracol vengan a recordarnos que hay algunas escaleras de las que no podemos prescindir, que sirven igualmente para elevarnos hasta un punto como las otras, pero de las que no podemos deshacernos, so pena de quedarnos varados, por siempre, en el vacío.
Esas escaleras, para mí, son la música, la poesía, la literatura. ¿Cuáles son las tuyas, amable y distante lector?
¡Felices Pascuas!



7 de abril de 2009

La rectitud de la curva y la curva de la rectitud (más un pequeño desvío)

Hay muchas novedades por aquí, es decir, por mi frágil pero fuerte humanidad, por mi bella constitución de carne y sangre palpitantes (sepan disculpar la poesía, hoy me levanté con el ánimo poético). La mayoría de estas novedades atañen al plano laboral por lo que no es necesario que sean vertidas aquí, ya que todas son buenas pero en ningún modo son excusa para el abandono de ya casi una semana de posteos curvos y desviados. Ruego sepan disculpar este nuevo petit descontrol sobre mis ponderadas rutinas blogueriles. No obstante lo cual he posteado en mis otros rinconcitos con bastante asiduidad, como podrán apreciar aquí junto. 
La cosa es que hoy no sabía qué poner aquí y nuevamente las alertas del dios padre Google han venido en mi rescate. Creí que ya había hecho referencia a este sujeto, pero no, me estaba confundiendo con otro de tenor y pluma similar. Se ve que en la prensa latinoamericana abunda la retórica floreada y vacua, residuo insano, quizá, del barroco y del soplo mórbido del modernismo (¿les hablé alguna vez del modernismo?¿les hablé de Rubén Darío...? hum...). Se ve que poner muchas palabras juntas para terminar diciendo nada es práctica usual en la prensa de estas latitudes, porque otra vez me encuentro con una suerte de ¿editorial? ¿nota de opinión? ¿artículo? en el que no se entiende un pepino qué se quiso decir pero que abunda, de nuevo también, en curvas y desvíos, acaso homenajeándome con discreto y sumo disimulo. No lo sé. Y cuando digo "de nuevo", me refiero a este otro posteo donde doy cuenta de un texto similar, producto de un ecuatoriano en esa ocasión.
Aquí podrán leer el texto de Salomón Beltrán Caballero, un ídem mexicano por lo que veo. Dios, con razón mi maestro dice que lograr la concisión y la claridad al escribir es una de las cosas más díficiles...

Y ahora los dejo con un pequeño desvío: si se quieren divertir lindo y barato, visiten Placas Rojas y creen en segundos su propia placa catástrofe de Crónica TV. Aquí, al costado, les dejo algunas mías. Enjoy them...!

31 de marzo de 2009

Vuelta a las imágenes

A pesar de que no le he hecho publicidad expresa (salvo por el anuncio aquí al costado), como muchos de ustedes ya sabrán, hace pocos días he estrenado nuevo blog: "Poemas sobre Imagen"
Como su nombre lo indica, no hay misterio alguno al respecto: son poemas nacidos a partir de la observación de una imagen en particular. Esta práctica, que recomiendo a todos los poetas sin vacilar (y a los narradores también...!), nació como una consigna de uno de los grupos de poesía que con más cariño recuerdo de mis primeras épocas internéticas: Poetas en el Zaguán. Allí, todos los días había una consigna diferente para jugarescribir y los jueves era el día del "click". Mi amiga y musa Liliana Muente enviaba cada jueves sus imágenes para que los zaguaneros no sólo nos deleitáramos con ellas sino para que crearáramos a nuestra vez. Esta hermosa rutina duró varios años (comenzó en el 2003) y no sé si aún se mantiene (sigo suscripta al Zaguán pero estoy algo remolona para leer los mensajes). 
En mi caso particular hizo nacer siempre poesía completamente insospechada y por eso decidí aplicar la misma técnica con otros fotográfos e incluso con otros artistas plásticos (¡Lili también lo es!), como la maravillosa portuguesa Margarida Cepeda, de quien creo haberles hablado en una ocasión en este rinconcito. El caso es que después de mucho vacilar y de algunos intentos que no funcionaron (como la primera versión de Rumiante en Wordpress -no lo busquéis, inútil será, puesto que lo he borrado), finalmente dí con un formato acorde a lo que quería expresar y he empezado a publicar aquellos viejos (y no tanto) poemas sobre imagen, con el agregado de algunos nuevos, a ver si así las musas vuelven a mí y la poesía se reconcilia conmigo (o yo con ella, tal vez sea mejor decir). 
En apenas una semana de existencia ya he recibido numerosas visitas y comentarios, que agradezco enormemente (de hecho, termino de postear aquí y me voy a postear y comentar allí) y también he recibido una gratísima sorpresa de parte de alguien que, en los últimos tiempos, adquiere un relieve cada vez más y más especial para mí... Pero no diré nada más al respecto, es un secreto, shhh (y no es músico!). Lo que quiero sí decir es que hoy, gracias al bendito Facebook, he conocido a otra notable fotográfa de la que no tenía ni idea y que quiero compartir con ustedes ya mismo. Se trata de Ruth Bernhard y la conocí gracias al hermosísimo blog de Patricia Damiano, zoopat, que les recomiendo sin duda alguna. 
Leo que Bernhard vivió nada menos que 101 años (¡casi tantos como un Magiclik!), que nació en Berlín y que en los años veinte se mudó a Nueva York; que en California conoció a Edward Weston (otro monstruo de la fotografía) y que luego se trasladó a San Francisco; que fue asistente de cuarto oscuro (leo y traduzco al mismo tiempo, sabrán disculpar las desprolijidades) en una revista neoyorkina, pero que ese trabajo no la conformaba y con la indemnización se compró una cámara con la que empezó por fotografiar a su padre y sus amigos ("un círculo de artistas y diseñadores"... ohhhhh!!!) y terminó convirtiéndose en una fotográfa free-lance, capaz de generar bellezas como las que verán debajo y de decir cosas como: 

"For me, the creation of a photograph is experienced as a heightened emotional response, most akin to poetry and music, each image the culmination of a compelling impulse I cannot deny. Whether working with a human figure or a still life, I am deeply aware of my spiritual connection with it. In my life, as in my work, I am motivated by a great yearning for balance and harmony beyond the realm of human experience, reaching for the essence of oneness with the Universe." 

(traducción casera y ligerita: "Para mí, la creación de una fotografía es experimentada como una elevada respuesta emocional, mucho más cercana a la poesía y a la música; cada imagen es la culminación de un apremiante impulso que no puedo negar. Ya sea que trabaje con una figura humana o con una naturaleza muerta, estoy profundamente conciente de mi conexión espiritual con ellas. En mi vida, como en mi trabajo, me motiva un gran anhelo de equilibrio y armonía más allá del reino de la experiencia humana, intentando alcanzar la esencia de la unidad con el Universo.")


Ruth Bernhard - "Early nude"


Ruth Bernhard - "Life savers"

Ruth Bernhard - "Drapped torso"

29 de marzo de 2009

¿El medio es el mensaje? Un desvío por la publicidad callejera

Ayer, mientras esperaba el colectivo para retornar a mi hogar luego de haber ido al taller literario y de haber pasado unas tres horas aprox parloteando con otras dos compañeras escritoras en un Havanna, un cartel pegado en la primera parada del 159 -una vez que sale del Correo Central- llamó poderosamente mi atención. 
Tanto, que tuve que sacarle una foto (bueno, dos): 

Lo que me llamó tanto la atención fue el desparpajo con el que se usó una frase ¿urticante? ¿provocativa? ¿filosa? o algo así en momentos en los que tanto se discurre sobre matar o morir o ambas. 
No sé qué tan efectiva pueda ser publicitariamente la frase, lo que sí es innegable es que llama la atención de inmediato. 
Matar se ha convertido en algo tan común que ya estamos en condiciones de usarlo impunemente para una publicidad...? No es para sorprenderse tanto o acaso sí? Para mí, sí. 

24 de marzo de 2009

La curva de la mejilla

Hoy es un día raro. Hace exactamente 33 años que hoy es un día raro. Pero, a decir verdad, y a diferencia del año pasado, hoy no tengo ganas de plegarme a la medianía nacional y decir algo al respecto. O bien creo que lo diré, pero no aquí. Estoy soberanamente podrida de debates, de foros, de conferencias y de parloteos varios que nunca llevan a nada. Estoy más interesada en los debates de mi alma, en las conferencias que celebran sin mi consentimiento mis sentidos y en los ayes, gemidos y bravuconadas de mi corazón. Y como dijera Rubén Darío y refrendara mi amado Arlt, si a alguien esto le parece un sacrilegio o una herejía en medio de los terribles-momentos-que-estamos-viviendo, catullianamente digo que me importa un bledo y que bufen los eunucos. 
Finalmente, para no dejarlos con la intriga de mi folletín-culebrón telenovelesco y virtual, me despedí de mi hermoso musiquito. Por mail, desde luego, atendiendo a la virtualidad de la cosa, no podía ser de otra manera. Bueno, pudiera haber sido por el chat, pero, ¡oh, condenada!, fiel a mis malos hábitos no me animé. Comprendió la situación, dijo que conmigo había aprendido un montón de cosas, desde toda esa música extrañísima y maravillosa de la que tanto hablamos y escuchamos (aunque cada cual detrás de su pantalla, ¡maldito mundo conectado y desconectado a la vez!) hasta cómo ir a Hurlingham... y que nunca se iba a olvidar de todos los buenos momentos que vivimos on-line... Nunca mejor expresado. Me deseó que fuera "más que feliz" y que siguiera siempre por los senderos del arte. Bendito. Estoy segura de que si nos hubiéramos cruzado en otra circunstancia o si hubiéramos concretado el encuentro, habríamos vivido una hermosa historia de amor. 
Pero... ¿estoy realmente tan segura de eso? ¿O es lo que hubiera deseado y ante la desilusión transformo ese deseo en un anhelo aún más elevado e inalcanzable? Hum... menuda cuestión. He seguido cavilando acerca de estas cosas y me he ayudado con la lectura de un libro del psiquiatra y escritor Irvin Yalom, autor de la novela El día que Nietzsche lloró, cuya adaptación teatral en Buenos Aires he reseñado aquí. El libro se llama Remedios de amor (oh, sí, un guiño al licencioso Ovidio), pero en verdad, su título en inglés es Love's executioner. Es decir: el verdugo del amor. Dice Yalom que detesta ser el verdugo del amor pero que tiene que serlo: "El buen terapeuta combate la oscuridad y busca la iluminación, mientras que el amor romántico se sostiene por el misterio y se pulveriza al ser examinado."
No era exactamente esa la cita que quería traer a colación, pero igual viene bien. Acaso esta ¿inquietud?, este ¿encanto?, este ¿atisbo de algo que no sé bien qué es y que pudo o no ser amor?, que me produjo este bebote no resistiera el menor análisis ni la menor luz sobre él. Pero es bien cierto que, desde que las cosas se terminaron con el otro amor musical, él -y acaso nadie más, pero no es cierto, shh, hay alguien más, y muy cercano pero muy lejano a la vez- me produjo nuevamente esta clase de estrecimiento, de sensaciones, de galopes tiernos y desesperados en el corazón. Sólo por eso he decidido guardar su bello recuerdo y evitar que caiga en ese pozo negro donde cayeron, de inmediato, todos los demás esperpentos y payasos que he conocido en este tiempo. 
La cita que quería traer a colación pertenece a Proust. Proust no es autor de mi agrado, aun cuando como sabéis (y si no, os lo digo ahora), el siglo XIX en general y especialmente el francés ejerce sobre mí una fascinación inusitada e inquebrantable (ahora estoy leyendo a Guy de Maupassant, por ejemplo). No le pude entrar a Proust. Dios sabe que lo intenté. Tenía que leerlo para la facultad, no podía andar con vueltas ni remilgos. Pero no pude. Justamente porque él, al menos en lo poco que leí, se la pasaba en vueltas y remilgos. Pienso también que mi estado mental de aquel entonces no contribuyó demasiado a hacérmelo fácil; estaba en las antípodas del bueno de Marcel, y no soportaba la morosidad, el detenimiento azorado y premeditado en el detalle, la terrible banalidad de la experiencia, el goce con la minucia y con lo mínino. Quizá ahora fuera distinto, si probara a leerlo de nuevo. No lo sé. 
El caso es que es un manantial de citas para todo tiempo, evento y lugar. He comprobado que cada vez que se lo cita, queda uno no solamente bien sino con una enseñanza bajo el brazo (razón de más para leerlo, me digo, pero ¿por qué yo nunca encuentro estas citas tan vivificantes?). Y este es el caso del fragmento de Proust citado por Yalom que quiero compartir con uds.: 

"Llenamos el perfil físico de la criatura que vemos con todas las ideas que ya nos hemos formado de ella, y en la imagen completa de ella que nos hacemos en la mente, aquellas ideas tienen con seguridad el principal papel. Al final llegan a cubrir tan completamente la curva de las mejillas, a seguir tan exactamente la línea de su nariz, se funden tan armoniosamente con el sonido de su voz que éstas no parecen ser más que un envoltorio transparente, con lo que cada vez que vemos la cara u oímos la voz de esa persona son nuestras propias ideas de ella lo que reconocemos y escuchamos."

¿De quién nos enamoramos entonces? ¿De los otros o de nosotros mismos? ¿De lo bueno que no podemos ver en nosotros mismos y que proyectamos en un otro que calza justo en nuestro engarce? ¿Y por qué a veces no podemos deshacernos de la gema que con tanta justeza y presteza calzó en nosotros para que una nueva joya venga a ocupar ese lugar? ¿Por qué hacemos todo lo posible por evitar el cambio de gemas? ¿Por qué un rostro, una voz, una forma de decir 'hola' se quedan grabadas a fuego en la mente y no hay forma de arrancar esos vestigios? Si todos somos un accidente ¿por qué este aferrarnos a otros accidentes, a otros objetos contingentes?
No lo sé. Son las cosas que me pregunto después de terapia, después de leer a Proust vía Yalom y después de sepultar una nueva ilusión que parecía prometer tanto y que, como tantas, quedó en la más absoluta ¿y curva y desviada? nada.

22 de marzo de 2009

Un desvío por las relaciones virtuales

Robo de un blog hermosísimo esta cita para reflexionar acerca de algo en lo que he venido pensando estos últimos días: 

¿Por qué será que, tanto los hombres como las mujeres, pero sobre todo los hombres, estamos dispuestos a aceptar los impedimentos y los rechazos de las relaciones reales, cada vez más rechazos a medida que transcurre el tiempo, cada vez más humillantes y, sin embargo, seguimos intentándolo? La respuesta: porque no podemos prescindir de la relación auténtica real; porque sin lo real perecemos, como si muriésemos de sed.
La cita es de J. M. Coetzee, a quien no he leído (y quien también ha dicho: "Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente",  -!!!-), pero a quien ya mismo me gustaría estar leyendo (ya saben qué regalarme para mi cumpleaños!). Dice allí que "sin lo real perecemos" y yo me atrevería a afirmar que sin lo ilusorio también. Mejor dicho, sin la ilusión, sin la fantasía, sin la ensoñación que, en muchas ocasiones, nos impide (o usamos como excusa para no) ponernos en acción e ir hacia aquello que deseamos. 
Ya he hablado en muchas ocasiones de mi vida amorosa aquí, así que volveré a hacerlo una vez más, porque tiene que ver con lo que plantea Coetzee y con lo que me interesa plantear en este primer domingo de otoño. Los músicos me pueden. No es que habiendo estado mucho tiempo con uno, ahora quiera reeditar todo aquello estando con otro. No, señor Freud, no se adelante. Los músicos me pueden desde que tengo uso de razón, e incluso quizá antes. La primera vez que me enamoré perdidamente de alguien fue, desde luego, de un músico. Un músico en ciernes, bueno, porque tenía la misma edad que yo (quince, diéciseis años), pero ya se veía que era capaz de sacarle sonidos, sonidos ármonicos y melodiosos, desde luego, a cualquier cosa (a una mesa, a las piedras, a mi corazón). No sé qué habrá sido de él, dejé de verlo hace muchísimos años y aunque cada tanto googleo su nombre, nunca aparece nada suyo en la red. Cosa por demás extraña: ¿quién no está hoy en la red? 
Más allá de eso, el caso es que tengo un olfato especial para detectar a un músico a varios kilómetros de distancia y además de ese primer amor adolescente, luego tuve muchos otros entuertos fugaces y no tanto con otros músicos hasta el encuentro, fatal y decisivo, con quien aún es (pero ya debería dejar de serlo, se sabe) "el amor de mi vida". Como ya he hablado de él bastante más de lo aconsejable en estas y en otras páginas, juzgo interesante no agregar nada más al respecto. Acaso sólo podría agregar que es el día de hoy que su música me sigue conmoviendo como siempre, que eso no ha variado ni un ápice y que no creo que vaya a cambiar nunca, y que, como le dije una vez, "ojalá no me gustara tu música", pero, dios, me gusta y me gusta porque es la mejor representación de lo mejor que hay en él, de eso que muy pocas, pero realmente pocas, veces deja salir. 
El caso es que acordamos dejarnos en paz hace ya casi dos años, paz que sólo se vio perturbada por una increíble (o no tanto) invitación suya a su hi5, sitio del que prudentemente me borré luego de un tiempo, y por esos dos fugaces avistajes el año pasado por la calle... Lamentablemente para mi espíritu y para mi psique, aún (sí, aún) aguardo el tercer y definitivo avistaje, aquel que nos permita al menos decirnos "hola, cómo estás" y después sí, seguir como si nada hubiera sucedido (pero nunca se puede seguir así después de reencontrarse con alguien a quien se ha amado hasta la inconsciencia más absoluta y dañina). 
El caso es, decía, que ya debería haberlo superado o por lo menos haber aceptado el hecho de que no estamos juntos y no lo volveremos a estar, sencillamente porque nos hacemos mal. No porque técnica y fácticamente no sea posible, que lo es, las cosas cambian, nada es para siempre, se pudo haber separado ayer mismo incluso, si no porque ha sido fehacientemente probado que, por nuestras características psíquicas y emocionales actuamos en el otro como un verdadero pharmakón: un lento envenenamiento, una narcotización sinuosa y ondulante, que empieza primero con una terrible y maravillosa e insuperable euforia, con la sensación más entusiástica y orgiástica que imaginarse puedan y que termina, siempre, invariablemente, en los abismos más profundos de la desesperación, de la miseria y de la desolación. ¿Exagerado? En absoluto. Cualquiera que sepa lo que es una verdadera pasión, comprenderá que estas palabras apenas si descubren-describen una mínima parte de ella.
En este contexto, desde que me he separado de él, y por otras circunstancias que no viene al caso enumerar aquí, he procurado conocer a otros hombres y he elegido, quizá equivocadamente, este medio como un modo ¿más expedito? ¿más seguro? ¿más cómodo? de hacerlo. Y así me he visto envuelta en historias francamente risibles, rídiculas, estúpidas y hasta malsanas. Me he llevado numerosos chascos (en todos los sentidos del término), he conocido monigotes y fantoches que ni salidos de un bestiario medieval, he gastado mis mejores armas de seducción (la verba pero también las curvas, claro) en chimangos y otras aves despreciables, he perdido tiempo, energías y horas de escritura por sólo intentar conocer a alguien y estar relativamente bien. Pero, si he de ser justa, también tengo que decir que a pesar de todo eso también conocí algún que otro hombre interesante (a tal punto que estoy en un proyecto artístico muy copado con uno de ellos) y que, como dice Coetzee, he seguido intentándolo a pesar del evidente fracaso que ha sido todo esto. 
¿Por qué he seguido intentándolo? es lo que me pregunto a partir de la cita de Coetzee.
Porque aquí no puede hablarse de una "relación real" sino meramente virtual, fantasiosa, ilusoria. Y aquí viene la última parte de este largo rodeo. Dije que los músicos me pueden. Bien, en consonancia con ese hecho casi fisiológico, diría yo, siempre procuro que mis candidatos lo sean. Si no lo son, al menos tienen que estar vinculados, de una forma u otra, al arte. De otro modo, me parecen irremediablemente (y lo son, qué quieren que les diga) insulsos, aburridos, esquemáticos, sin gracia, etc. Mi último candidato virtual era músico. Lindo hasta decir basta. Divertido. Al parecer alto (otro requisito fundamental). Al parecer interesado (muy) en mí. Teníamos charlas diferentes a las que suelo mantener por el MSN. Hablábamos mucho de música. Saqué a relucir mi sapiencia musical en más de una ocasión. Le hablé de la música contemporánea, de Stockhausen, de Ligeti, de Luigi Nono, de John Cage (ya se puede ver qué culta soy). Del cuarteto de helicópteros de Stockhausen, de "4' 33''" de Cage. Le pasé temas de Ritchie Kotzen, de Jaco Pastorius, de John Zorn (no cualquiera, ¿eh?). Le hablé hasta el cansancio de Zappa, claro. ¡Incluso le pasé música de mi ex! Oh, sí, hasta ese sacrilegio cometí, tanto me gustaba este muchachito. Porque encima le llevo diez años. Y hablabámos casi todas las noches, casi siempre cuando él estaba cenando y siempre me decía que yo le hacía compañía. Y otras cosas por el estilo. Esas dulces melosidades que le entibian el corazón a cualquiera. Y me dejaba notitas en mi muro de FB o comentarios en mis fotos de Tagged. Y yo lo mismo. Y así se construyó una auténtica relación virtual, con oxímoron y contradictio in adjecto incluidos. 
Sin embargo, había algo que a mí me llamaba la atención: siempre que yo mencionaba la posibilidad de conocernos, él decía "sí, sí, claro", pero no concretaba nada. Lo invité a ver a Manuel Ochoa, pianista de jazz del carajo y no me respondió. Lo invité a ver alguna peli en el Festival In-Edit Cinzano y tampoco. ¿Debería haber sospechado antes? Quizás. Pero los seres humanos somos especialistas en no ver aquello que no queremos ver. Todo venía más o menos bien hasta que en un momento, desapareció. Literalmente. Es decir, desapareció del mundo virtual. Su perfil de Tagged ostentó la tétrica leyenda "no longer exists" y se esfumó también de FB. Me preocupé. No entendía qué sucedía. Pero en el fondo lo sospechaba, claro que sí, pero me hubiera matado antes de admitir tal cosa. Yo siempre me había apoyado en su declaración de que no estaba con nadie en este momento, de que su corazón estaba libre. Tomada de esa creencia, desplegué con él también mis artes seductrices, a las que agregué el condimento extra que nos unía, la música. ¿Dónde va a encontrar otra mina que conozca a Jeff Beck, a John Scoffield, a Stanley Jordan? pensaba yo con ingenuidad digna de mejor causa. Y además escritora. Y además curvilínea. Y además... tarada de remate
Pero bueno, sigamos, que ya se está haciendo muy largo. Hace unos días reapareció. Oh, sí. Su fotito volvió a aparecer entre mis contactos del FB. Y se conectó al fin al MSN y me habló. Me pidió disculpas por su "desaparición", proclamó haber tenido muchos quilombos pero "ahora ya estoy bien". Qué bueno, pensé yo, pero algo no cerraba en la ecuación. Me alegré, de todos modos, y se lo dije. Y le dije también cuánto me había preocupado por él. "¿Tanto se me extrañó por esos lados". "Por acá sí" fue mi respuesta. Y entonces aconteció el baldazo de agua fría que ya todos deben estar sospechando: su mensaje siguiente fue "te presento a mi gordita", seguido de la aparición de una foto suya con una fémina en actitud amorosa. Lindo melodrama, ¿no? Lo peor del caso no es eso, que era obvio desde el vamos, si se quiere, si no que me haya producido tanto malestar (por ponerle algún nombre) algo que proviene de alguien ¡a quien ni siquiera conozco personalmente!
Por eso me atrevo a reformular lo dicho por Coetzee. En los tiempos que corren, no sólo estamos hambrientos de realidad, también de ilusión. Y cuando encontramos una nos agarramos con todas nuestras fuerzas a ella y cuando se rompe nos lamentamos, pataleamos, fingimos que está todo bien (él: "¿no te alegrás por mí?"; yo: "sí, me alegro un montón"), fingimos que no nos duele, seguimos incluso insistiendo (yo: "¿o sea que ya no tengo chances contigo...? malo"), pretendemos que todo sigue igual que antes y decimos "bueno, lindo, que estés bien, me voy a ocupar de mis blogs" y recordamos que esa misma mañana habíamos soñado con nuestro ex y en el sueño habíamos llorado como niños arrancados a la fuerza de los brazos de su madre y seguimos pretendiendo que todo está bien, que ya pasará, que el amor estará en alguna otra parte (pero dónde, dóndeeeeeee), que quizá sea mejor dejarnos de joder con esta pelotudez de Tagged, del MSN, del FB y salir a la calle (si tan sólo no nos diera tanto miedo hacer eso) y de nuevo contemplamos el altar sagrado donde reposa la imagen de nuestro amado/odiado ex y volvemos a pensar que sólo con él podríamos ser felices, que sólo él, aunque fuera un hijo de puta desalmado, nos merecía, que todos los demás son unos imbéciles redomados, que el único genial y hermoso era él, que con él éramos más felices aunque se pasara MESES enteros sin dirigirnos siquiera una paloma mensajera o aunque nos dijera "no sé si te amo" después de habernos dicho que sí nos amaba, y con locura, y que no quería morirse sin casarse con nosotras (como soy geminiana puedo decir tranquilamente nosotras) y que quería tener una hija con nosotras, que se iba a llamar Ariadna, y que siempre nos había amado, a nosotras, no a ella, y así por el estilo. 
¿Por qué la ilusión tiene esta fuerza? ¿Por qué sigo eligiendo colgarme de la ilusión, cualquiera sea? ¿Por qué es más real para mí lo que leo o lo que imagino que lo que realmente "pasa"? Pero, sobre todo, ¿por qué sigo insistiendo con lo que evidentemente me hace mal? Aunque ya sé, otros pensarán que no es ese el problema sino por qué me sigo enganchando con músicos y no pruebo con otras ramas del arte o del saber... porque soy una groupie en cuerpo y alma y porque alguien capaz de hacer belleza con los sonidos como quien estoy escuchando ahora mismo (Zappa, obvio) siempre va a poder obtener de mí lo quiera.
Acaso allí resida el problema. En que no sé ser una perra. Una auténtica yegua, una verdadera hija de puta que se caga en todo y en todos. Tal vez haya llegado el momento de aprenderlo.  

21 de marzo de 2009

El otoño y sus desvíos

Hoy comienza el otoño y esta es la entrada número 150 de este blog. 
Recuerdo que el año pasado, para esta misma fecha, hice un posteo meláncolico y un poco apagado, con un poema que había escrito no hacía mucho, en el que por supuesto hablaba de lo mismo de siempre (de mí y de mi amorosa circunstancia). Estuve a punto de hacer algo parecido hoy también, porque de nuevo el otoño me encuentra sola (¿y desesperada...? tal vez), porque de nuevo sus gatos amarillos maúllan muy lejos de mí y sus hojas caedizas no golpean ya a mi puerta y sus yeguas doradas no galopan sobre mis lomos y yo soy, de nuevo, la que mira pasar el espectáculo de eso que algunos se empeñan en llamar la vida, mientras otros son los que, de nuevo, actúan en ella. Pero ¡basta de poesía conmiserativa!, que era exactamente lo que no quería hacer hoy. 
Ayer tuve un mal día, es cierto, y hoy sólo mejoró en cuanto pude ocuparme de lo único que tengo que ocuparme, es decir, mi escritura. En cuanto me zambullí en ella, el mundo y todos sus estúpidos avatares, y todos sus habitantes, especialmente ciertos músicos, actuales y pasados, desaparecieron del horizonte y ante mí se extendió, soberana, la pantalla despojada con sólo la página que estaba escribiendo y lo que en ella se estaba creando, lo que en ella yo voy creando a medida que lo escribo, a medida que lo saco de mi cabeza y lo pongo ahí. Si eso no es la felicidad, se le parece bastante. 
Pero desde ayer que estaba pensando en hacer algún posteo especial el día de hoy y, reitero, antes de caer en la poesía del hoyo, en el amor que me desaira de nuevo, en la repetición insoportable e impepinable de conductas cuyos resultados son obvios y predecibles y malos para mí (pero aún así insisto... he concluido que la misión del inconsciente es insistir, amigos), antes de volver a ser la unhappy girl que era cuando moría de amor por Jim Morrison, he preferido apostar a los colores. El mundo (es decir, no el planeta y sus maravillas, sino lo que nosotros, especie humana, hacemos con él) ya es lo suficientemente oscuro como para agregarle más oscuridad, ya sea desde el poema, la vestimenta o incluso la actitud. No more black. No more tears. And no more procrastination, como he puesto por ahí. No more hablar y no hacer. No more engendrar deseos que no se cumplirán, la peor de las pestes en palabras de William Blake. No more pesimism. No more ugly vibrations. No more half-empty glasses. Pero sobre todo no more black and grey. 
Desde hace ya bastante tiempo que vivo sobrecogida y fascinada por el color. Prueba de ello son los mandalas que vengo pintando desde, exactamente, el comienzo de la primavera pasada. También lo es la decoración de mi estudio, que ha cambiado radicalmente en los últimos tiempos. Y mis ropas. Amarillo, fucsia, rojo, se han sumado al sempiterno violeta en todos sus matices. Quiero, deseo y necesito ver mucho color a mi alrededor. Y todo esto viene a cuento por no sólo las fotos que ilustran este post ("flores otoñales", podríamos llamarlas), sino por la herramienta que me permitió dar con tan bellas creaciones: se llama Multicolr Search Lab y lo pueden ver en acción aquí. Se trata de un motor de búsqueda de imágenes por colores, en el que se puede armar una paleta de hasta diez colores, pero con poner un solo color ya es suficiente para quedarse boquiabierto ante los resultados.
Y así, poniendo un tono de amarillo, otro de naranja, luego un ocre y finalmente un rojo, di con estas bellezas de la Naturaleza con las que quiero celebrar el comienzo del otoño, una de mis estaciones favoritas, aunque no pueda, este año tampoco, empezarla enamorada y en los brazos de mi amor como sí pude hacerlo en un otoño ya mítico, ya tan lejano y ajeno que parece (¿que es?)  irreal. Y para que la celebración sea tal, en lugar de hojas muertas, vencidas ya por el ciclo de la creación, elegí flores, flores vivas y cimbreantes, frágiles pero fuertes, enteras, dignas, fluyentes y majestuosas, como quiero pensarme yo, como quiero ser de una vez por todas. 
Frágil pero entera. Fuerte pero tierna. Viva, cimbreante, cálida y voluptuosa, una fiesta para el espíritu y para los sentidos. Como ellas: 









20 de marzo de 2009

La curva circunferencia del mundo (no su ombligo)

Afortunadamente, soy muy curiosa. Todo (o casi todo) me interesa. Parte de eso es lo que intento reflejar en este blog. De la vastedad de cosas que componen el mundo, el universo y alrededores, elegí dos vectores, por así decirlo, que ejemplo pueden ser de todos los demás. Las curvas, los desvíos. Ya se sabe, pero no está de más aclararlo, ya que como dice la Señora, "el público siempre se renueva". 
Pero nunca imaginé, al fundar este blog, que iba a darme el lujo de reflejar noticias, sucedidos y otras yerbas de disciplinas tan lejanas (al parecer) de la poesía y la literatura como, en el caso que hoy nos ocupa, la astronomía. Remarco el "al parecer". 
Hubo un tiempo que fue hermoso y los saberes estaban hermanados entre sí; sólo la filosofía era la reina de todos ellos y todos ellos tributaban a ella como los ríos que siempre van a dar a la mar (como nosotros). Los hombres de aquel tiempo y aquella tierra (la Magna Grecia, la lasciva Roma) eran hombres orquesta. No sólo sabían de astronomía, como Eratóstenes, sino que también dominaban otras ramas de saber con la misma prestancia y destreza. ¿Por qué hemos perdido ese don? ¿Por qué seguimos tributando al negativo positivismo del siglo XIX y sus compartimientos estancos? ¿Por qué no nos rendimos a la evidencia de que todo tiene que ver todo, más allá del chiste que la frase propulsa?
Y digo esto porque a través de esta alerta de Google, una vez más, me entero de varias cosas. Que el 2009 es el año de la Astronomía. Que se recreó el experimento que el astrónomo -pero también poeta, orador, matemático, filosófo, etc.- Eratóstenes realizó hace varios siglos para determinar el perímetro y el diámetro aproximado de la tierra. No de una bolita lechera sino de la Tierra... Y me entero de que el experimento se recreó con chicos de escuelas de diferentes ciudades argentinas; es decir que, por una vez, la física, la geometría, la matemática, la trigonometría no fueron fríos números y fórmulas imposibles de recordar anotados en un papel sino que fueron descubrimiento, asombro y experiencia en acción. 
Cuánto me hubiera gustado participar en algo así cuando yo iba al colegio y sufría -el verbo no es exagerado- en las clases de Matemática o Física, sin haber comprendido jamás ni una palabra -de las pocas que se decían, claro- y siempre preguntándome para qué corno me iba a servir eso en la vida... Bien, cosas como éstas demuestran para qué sirve y cómo, una vez más, no hay nada que venga de la nada ni hay estuches que lo separen todo sino vasos comunicantes, sistemas vasculares y linfáticos, ríos subterráneos, corrientes de agua dulce y fresquísima que, como nuestros impulsos nerviosos, viajan por todo el mundo y se interconectan... exactamente igual que "la red" y sin necesidad de ningún cable. No es casual, entonces, que a este mundo cibernético lo llamemos red, ¿no es cierto?
Agradezco, entonces, no haber perdido ni un ápice de la misma curiosidad que tenía cuando era niña y quería comprenderlo todo. Todavía quiero hacerlo. Sólo que ahora pretendo también compartirlo con otros, hasta donde me sea posible.

17 de marzo de 2009

Una única imagen curva (y una invitación subsecuente)

¿Alguna vez podré decir con toda precisión y claridad el encantamiento que las imágenes ejercen sobre mí? Algo similar me ocurre con la música y jamás he logrado ni acercarme a describir un mínimo porcentaje de lo que ella produce en mí.  Intuyo que lo mismo me sucede (y sucederá) con las imágenes. 
Me debo y les debo un blog dedicado exclusivamente a mis poemas sobre imagen, que no son pocos y que la mayoría están hechos sobre imágenes de mi amiga y diosa fotográfa Liliana Muente, aunque también me he atrevido a escribir sobre imágenes de monstruos como Robert Mapplethorpe o Joel-Peter Witkin... A decir verdad estaba pergeñando algo así en wordpress pero una vez más desistí de ello y una vez más creo que lo fundaré aquí mismito muy pronto. Sería una buena gimnasia no sólo publicar los poemas que ya tengo sino volver a escribir poesía de ese modo, a partir de una imagen dada. 
De una imagen como esta que les pongo aquí debajo, que me llegó gracias a las alertas de Google, y a partir de la cual los invito también a visitar el blog donde está publicada originalmente, del que me hice follower (o seguidora) en un trís, al ver qué bellas fotos postea este muchacho cada día. ¡Ah, la tecnología! O tempora, o mores!
Disfruten. Que a eso hemos venido a este mundo y nada más.

11 de marzo de 2009

Castillo, un grande

Ayer pasé una tarde espléndida.
Hace poco cambié ligeramente mis horarios de trabajo y esto me permite asistir a eventos a los que antes, por cuestiones horarias y geográficas, me era imposible asistir. De este modo, los martes se han convertido (o es mi deseo que se conviertan) en mis días "para mí". Tengo ya un día de esos a la semana, aunque más adecuado sería llamarlo un día "para mi escritura", que es el sábado, día al que asisto religiosamente (y el adverbio no es exagerado ni irónico) al taller de mi maestro Marcelo di Marco.
A partir de mis nuevos horarios platenses, entonces, el martes es el día "para mí", día en el que indistintamente puedo ir a un evento como el que fui ayer o hacer cualquier otra cosa que me apetezca (verbo castizo que nosotros no solemos usar, pero que uds. me dispensarán, porque me gusta mucho) mientras la haga conmigo misma. ¡Oh, supremo egoísmo! ¡Sublime, magnífico egoísmo! Sí, soy una defensora del egoísmo, del egoísmo bien entendido, aquel que susurra que este ratito es sólo para nosotros, que este blog puede contener lo que se nos cante, que está bien malcriarnos y comprarnos varios juegos de lápices para pintar nuestros mandalas, que está perfecto comprarse ropa, no necesariamente de marca, pero sí linda y vistosa, y que está aún más perfecto perderse toda una tarde en Palermo Hollywood para ir a ver a un grande, como Abelardo Castillo.
La cita era en esa hermosa librería poéticamente llamada "Eterna Cadencia" (Honduras y Fitz Roy, para los que aún no la conocen). Ahora canchereo, pero hasta hace veinticuatro horas yo tampoco la conocía. La conocía sólo de nombre, y siempre había querido ir, pero nunca se presentaba la oportunidad y... ayer se presentó, gracias al ciclo "Los martes de Eterna Cadencia", ciclo en el que irán aconteciendo charlas y encuentros diversos según pude vislumbrar ¿de aquí a fin de año? Ojalá. Se me hace que los martes es un día ideal para este tipo de eventos: la locura porteña está bastante atenuada (bueno, es un decir... o una expresión de deseos); la mala onda del lunes ya está ausente, porque es martes; todavía se tiene la cabeza bastante despejada, puesto que aún no promedia la semana... En fin, ideal decía y así lo creo, porque ayer lo comprobé con creces.
Salí, rauda, de mi trabajo en La Plata y me trepé a uno de esos largos y blancos, decorados con una poética rosa en sus costados, micros que van de la ciudad de las diagonales a la ciudad de la furia por la autopista... Y en menos de una hora o casi ya me encontraba adosada al asfalto porteño. Ayer hizo un día espléndido (qué bueno recordarlo, porque la lluvia que viene cayendo desde esta madrugada ya me tiene los pelos de punta -y totalmente frizzados, lo que es aún peor!- y no veo la hora de que pare al fin) y estaba ideal para caminar, para pasear, para mirar vidrieras... Me bajé en Plaza de Mayo y allí descendí hasta las catacumbas del subte, de las que emergí en otra plaza, Plaza Italia, la misma en la que emerjo cada sábado cuando voy al "yerta".
Una vez allí, consulté mi maravillosa guía T (debería llamarse "Acme"), chequeé nuevamente la dirección de Eterna Cadencia, y caminando muy contenta, bajo las hojas todavía verdes de los árboles palermitanos y mecida por el solcito todavía fuerte de estos días de marzo, me encaminé hacia mi destino. Llegué y cometí el error de no entrar inmediatamente a Eterna Cadencia, acaso por timidez, por pajueranismo o no sé qué rayos, pero siendo las 18:30 y sabiendo que Castillo iba a convocar a una linda porción de gente, debería haber entrado y punto (el evento empezaba a las 19). Pero no. Seguí caminando un poco más por esa parte del barrio que no conocía y me senté en un bar, en una mesa a la calle, donde me comí una linda porción de cheese-cake mientras me asombraba de lo fácil que es pasarla bien con uno mismo, sin necesitar a nada ni a nadie más...
Cinco minutos antes de las siete hice mi entrada en la librería. Quedé subyugada por los techos de oscura madera, por la terraza (aunque apenas la entreví), por las estanterías hasta el techo llenas de libros, por las mesas llenas de ídem, y quedé también apenada por las mesitas del barcito a las que ni siquiera pude acercarme porque ya estaban, desde luego, ocupadas y recontraocupadas. En un lugar destacado, una mesa más grande, dos micrófonos dispuestos, copas y una máquina de escribir Olivetti (una obviedad, pero efectiva). Rápidamente deduje que allí se sentaría Castillo y quien conduciría la charla y procuré apostarme lo más cerca posible, pero las entradas al bar-patio de la librería también estaban ya copadas por otras tantas personas. De cualquier modo, logré quedarme en la que más cerca estaba de esa mesa y así lo vi llegar a Castillo y pasar por allí mismo junto con su mujer (Sylvia Iparraguirre) y con el presentador y con quienes parecían los dueños de la librería y demás.
A diferencia de otras ocasiones, no saqué fotos. No las saqué por la sencilla razón de que mi telefonito estaba con muy poca batería y hubiera bastado sacar un par de fotos para terminar de agotarla. Pero no hizo falta tampoco, porque había allí un presto fotográfo que hizo lo que debía hacer (aunque le sonó el celular en medio de la charla, ay!) y aquí se puede ver el resultado.
La charla fue breve y quien la conducía fue, literalmente, sopapeado por Castillo (quien, para más datos, fue boxeador en su juventud) desde el comienzo. No sé cómo se llama este muchacho pero es quien firma el post ya linkeado y me pareció que no solamente fue ganado por los nervios sino que también fue ganado por la desinformación. O, por lo menos, por una fuente de información poco fidedigna. Las tres primeras preguntas que le hizo a Castillo contenían información errónea, por lo que la primera palabra con que Castillo las respondió fue "no". El resto de las preguntas seguían más o menos en la misma tónica, entre la información "espúrea", por así decirlo, y la obviedad más flagrante.
Ya sé, ya sé: no es fácil pensar preguntas interesantes para hacerle a un escritor, sobre todo a alguien que uno admira mucho. El propio Castillo dijo que tal vez sea mejor no conocer nunca a los escritores y limitarnos a leerlos y disfrutarlos en sus libros, que es lo que realmente hay que hacer. Aún así, ya que se tenía la oportunidad de dialogar abiertamente con uno de los últimos grandes de nuestra literatura, no hubiera estado mal romperse un poquito el coco y preguntarle algo más interesante...? más profundo...? más relacionado con el quehacer intrínseco del escritor...? No sé, algo menos previsible, en todo caso.
Escucho una vocecita maligna que me dice: "y vos qué tanto hablás, ¿qué le hubieras preguntado?" No conforme con ese dardo, la vocecita sigue: "y ya que tanto hablás de preguntas interesantes, ¿por qué no le preguntaste algo cuando se abrió el diálogo al público?" Ay, uy. ¡Estas voces que uno tiene en la cabeza suelen meter siempre el dedo en la llaga, caramba! No sé qué le hubiera preguntado, pero si hubiera tenido tiempo de preparar un poquito las cosas le hubiera dicho, al menos, que la sección "Irreverencias" de su libro Ser escritor (reseñado aquí) me pareció una de las mejores de todo el libro, sobre todo por su carácter desacralizador.
La literatura argentina tiene (o tenía, habría que ver) la horrenda manía de la sacralización, de la casi necrofilia con sus ilustres mamotretos y son muy pocos los autores que se atreven a decir cosas como las que Castillo asevera allí. Tendemos siempre al panegírico, al amiguismo, a hablar mal sólo de los enemigos acérrimos, pero nunca a decir verdades irrefutables como que Mallea o Gálvez son infumables, o que a Echeverría debería considerárselo el fundador de nuestra literatura o que nada iguala la salvaje potencia de Sarmiento (más allá de que se esté de acuerdo o no con sus ideales), etc. Algo de eso le hubiera dicho, seguramente, si hubiera tenido tiempo de prepararlo un poco. Y le hubiera preguntado, tal vez, cuál era su método de corrección, o qué diferencia veía él entre la corrección y la reescritura, porque me consta, por mi maestro, que para Castillo una cosa es corregir y otra reescribir.
Y ahora me pregunto, como una boba, por qué catzo no le pregunté eso ayer, ya que al final casi nadie se atrevió a preguntar nada y lo más jugoso estuvo, como siempre suele suceder, en el después, con el grueso de la gente ya ida, en una charla más íntima y suelta, que yo me perdí también, revoloteando como una luciérnaga entre las estanterías abarrotadas de Eterna Cadencia, lectora y bibliomána sin remedio al fin.

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